martes, 5 de marzo de 2024

Retorno al campo - Talasocracia y Geocracia


 

Durante las últimas décadas hemos sido testigos de un fenómeno que parece no haber tenido precedentes: el impulso juvenil por idealizar la vida campestre y el éxodo de muchas personas a regiones apartadas de las grandes ciudades, ya sea como vacaciones o con el ligero intento de vivir fuera de las concentraciones urbanas. A priori, podría decirse que se trata de un hartazgo respecto a los vicios y resabios de la vida citadina. Algunos, más virulentos, han catalogado esta circunstancia como una mera moda pasajera cuya fecha de vencimiento está próxima. Pero en este espacio hemos adoptado la costumbre de buscar las ideas que se esconden detrás de las acciones, y atender a los argumentos ideológicos que impulsan las decisiones de los individuos.

En el siglo XX se produjeron grandes debates filosóficos, especialmente académicos o técnicos, pero el más descollante ha sido el que respecta a la rivalidad entre existencialismo y estructuralismo. Sin redundar en detalles o profundidades, una descripción somera que epitomice esta dicotomía podría ser la siguiente: el existencialismo pone en el eje de la realidad al sujeto, ya que es él quien construye su destino a partir de las herramientas que tiene a su alcance –“un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él” –, mientras que el estructuralismo pone en el centro del escenario a las estructuras (objeto) y el sujeto no es más que una consecuencia del influjo que estas estructuras ejercen sobre él. Se puede esbozar una segunda descripción, ya que el estructuralismo propone pensar al hombre desde el neolítico (el ser humano debe ser analizado desde las sociedades primitivas), mientras que el existencialismo se apoya en la Revolución Francesa como punto de partida (el ser humano debe ser analizado desde el imperio de la razón). De fondo, detrás de estas investiduras lingüísticas, está la rivalidad entre primitivismo e iluminismo. El principal exponente del estructuralismo fue el antropólogo Claude Levi Strauss, y sus reflexiones llevaban a la conclusión de que todo hombre está determinado por la tierra en que nació y la época que le ha tocado vivir, que todo desarrollo cultural es eminentemente ahistórico y no puede una civilización ser juzgada con las normas de otro lugar u otra etapa de la historia. Esto implica, a su vez, que los descubrimientos no tienen por qué ir evolucionando a lo largo del tiempo, no hay una concepción lineal de la evolución humana, sino más bien circular, puntapié inicial para la reivindicación del primitivismo y las culturas antiguas. La civilización no implica un avance, el ser humano es corruptible y degrada su condición a medida que avanza el tiempo, y hemos perdido un paraíso que se sitúa en el origen. Estos tres argumentos conforman caldo de cultivo suficiente para fomentar el retorno a las raíces pretéritas, donde había una comunión íntima e inexorable entre el hombre y la naturaleza. A su vez, cada nación o civilización establece una identificación con su tierra: los lenguajes, las vestimentas, las costumbres y los usos están condicionados por el área que a cada comunidad le ha tocado ocupar. Pero eso no conforma peligrosidad alguna, ya que las costumbres, en pleno auge del cosmopolitismo, suelen mantenerse en límites vernáculos. El riesgo de este pensamiento aparece cuando se expande al Derecho, proponiendo que cada civilización, debido a su particularidad, debe contener un conjunto de normas y valores también particular o específico, que regulen la vida dentro de dicha comunidad, sin rendirle cuentas a nadie. Este relativismo choca con una idea universal cierta y apodíctica, por mucho que nos pese: el hecho de que ciertos valores ya son universalmente aceptados como tales y han trascendido toda frontera.

Detrás del paradigma del joven que escapa de la ciudad y regresa a la vida tranquila y bucólica en el campo o en las montañas existen fundamentos ideológicos y el desconocimiento de éstos podría resultar inoportuno. A la defensa del primitivismo que propuso Levi Strauss debería sumarse la férrea intenciónde Heidegger de ligar al campo los ideales de un país que tienden a perderse en la confusión de la civilización, donde intervienen ideales ajenos a cada patria. El campo es defensor de la estática, porque allí se conservan los usos y costumbres originales. Mientras que la ciudad vela por el dinamismo, por la dialéctica que lleva a ir reformulando las ideas que imperan en una sociedad. De esta forma, en el dinamismo de la ciudad florecen el capitalismo y el racionalismo, mientras en el campo redunda el sentimentalismo sedentario que no varía y que mantiene sus raíces. Dada la eterna rivalidad entre fe y razón (una dialéctica que debería haber sido finalizada con el tomismo y la escolástica), es lógico que la religión propugne al campo y rivalice con el urbanismo. De aquí la supuesta dicotomía entre ciencia y religión.

Los intentos revolucionarios que procuraron enlistar al campo en sus ejércitos desconocieron sorprendentemente esta rivalidad. Marx y Engels habían desdeñado la capacidad del campesino a la hora de llevar a cabo las acciones necesarias para alcanzar la sociedad sin clases. El marxismo postulaba que de manera taxativa las sociedades capitalistas avanzarían hasta un punto límite en el que sus propias contradicciones lo llevarían a adoptar el socialismo, un estado de transición hasta el comunismo. Los estados socialistas, por su parte, deberían contar con una serie de condiciones de capitalismo avanzado y deberían, a su vez, aplicar una determinada cantidad de medidas socioeconómicas para dar el salto hacia la ansiada sociedad sin diferencias de clases. Estas medidas fueron explicitas en el Manifiesto Comunista. Pero aquello que desconocen los adláteres del retorno a la vida bucólica es que el mismo Marx despreciaba la falta de intelecto que caracterizaba a los cerriles cimarrones, quienes no estaban en condiciones de comprender la complejidad semántica de las ideologías: “el campesino es el representante permanente de la barbarie en el seno de la civilización” (Marx, 1850).La Revolución de Zapata en México (1910) y la Revolución maoísta en China fueron las únicas que contaron en sus filas a masas de campesinos. De esta última es necesario tener en cuenta que en el país oriental la sucesión de dinastías siempre se dio en el marco de líderes carismáticos provenientes del campo, como la revolución de los Taiping en 1843. La idealización de la vida campesina y su posterior manipulación política para fines revolucionarios ha sido una estrategia cuyo desarrollo pudo haber resultado oportuno en su momento, pero sus resultados han sido desastrosos, no sólo para la humanidad sino para los propios movimientos revolucionarios que han procurado jugar esta carta. La Revolución cubana –la cual previo a su ejecución no había sido catalogada como comunista, y sus partícipes se pasearon por Washington buscando apoyo y financiamiento despotricando contra Fulgencio Batista y su carácter de dictador –se jactó en su momento de haber nacido en el seno de los matorrales selváticos. Pero a esta pretensión debería agregarse que el gobierno de Batista estaba en su peor momento, que las fuerzas armadas no tenían motivos por los cuales pelear, que la ciudadanía cubana estaba a favor de la toma del poder de Castro, que el gobierno estadounidense y sus medios de comunicación también lo estaban. Todo eso conforma un contexto en el cual el condimento guerrillero/campesino no resulta de mucho valor o importancia. Sin ir más lejos, Ernesto Guevara se había desilusionado en su visita al Congo, queriendo exportar la revolución guerrillera, encontrándose con gente que no estaba en condiciones intelectuales de comprender sus ideas. Previo a su muerte, esta desilusión se había mudado a las selvas bolivianas, donde los campesinos no pretendían ninguna revolución ya que su gobierno había implementado una reforma agraria suficiente para colmar sus necesidades, todo eso al margen de la ya mencionada incapacidad de intelección de este rubro para asimilar las categorías revolucionarias. Estos fracasos se extendieron a la guerrilla argentina en 1973 –preámbulo del golpe militar de 1976 –, o Pol Pot y los Jeremes Rojos en Camboya, una pretensión perversa y sangrienta por volver a las actividades rurales, desdeñando el avance de la civilización en Phnom Penh.

Las partidas de los jóvenes al interior del país o a otros países lejanos, al mejor estilo del  Wandervogel berlinés, no son más que repeticiones tragicómicas de aquella relación entre los valores perennes de cada pueblo y su tierra, como si lo telúrico tuviera mayor relevancia que lo civilizado. Toda singladura hacia el campo o la montaña cuenta con una cuota de civilización, de tecnología, y son estos los cimientos del crecimiento lejos de casa. Los hippies de la actualidad –en visible transición de estereotipo hacia los artesanos –, no pueden evitar los avances tecnológicos en su totalidad, y de hecho son éstos los que conforman sus herramientas primordiales para valerse de un ingreso, especialmente en lo que atañe a la comunicación. Una vez más, la vulgaridad con la que se ha asimilado la idea del retorno al campo, la falta de conocimiento y de estudio que una materia tan misteriosa amerita, ha llevado a obviar un carácter profundo en esta iniciativa: el valor de la contemplación. La sociedad contemporánea invita al acompañamiento, de aquí tanto apego a las redes sociales y a los eventos comunitarios. El ciudadano común occidental no está preparado para la soledad, y la evita considerablemente. AlvinToffler (Future Shock, 1970), había anticipado que el siglo XXI se caracterizaría por la incapacidad del ser humano de asimilar los cambios abruptos en la humanidad y en el estilo de vida, lo cual generaría el florecimiento de las enfermedades mentales y el auge de los psicofármacos. Esta prognosis setentista se ha encarnizado en nuestra comunidad y no soportamos el aislamiento. Compartir el momento con otras personas es una especie de ansiolítico que nos aísla temporalmente de nuestros problemas, ocultos detrás del placer inmediato. Esto lleva a una notable falta de abstracción en el ser humano. Gurdjieff, discípulo de Carl Gustav Jung, sostenía que las depresiones eran bendiciones, debido a que obligaban al ser humano a abstraerse en su más profunda soledad, y es allí donde, en contacto con los arquetipos mentales que conforman el inconsciente colectivo, cada persona encuentra la solución. El vicio de la compañía y el terror a la soledad no hacen más que suspender la madurez de nuestros problemas, atrasar el miedo debido a la incapacidad de enfrentarlo. Esta soledad y esta abstracción en peligro de extinción vuelven a aparecer en el campo, en el aislamiento con la naturaleza. Los jóvenes del posmodernismo podrían utilizar el silencio de las alturas y la soledad de las llanuras para ejercer esta oportunidad de la abstracción, pero en lugar de ello se ha banalizado esta aventura, y los viajes que otrora estaban destinados a purificar el alma y cambiar rotundamente nuestra personalidad han demudado en superficialidades propensas a ser compartidas en redes sociales, invitando a aquella teoría que sugiere que toda realidad es tal únicamente cuando es percibida por los demás: las frases trilladas que desdeñan la vida citadina, la vulgar relación entre la naturaleza y la libertad, la vacua reivindicación de la filosofía oriental.

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