El Renacimiento fue el escenario de dos concepciones filosóficas que con el tiempo resultarían llamativamente antagónicas. Sin embargo, a pesar de que a priori exista una tendencia a considerar estos dos factores como realidades aisladas y antitéticas, podemos identificarlas como interdependientes o causales. Por un lado, el descubrimiento de América lleva al individuo renacentista a encontrar una nueva esperanza en su propio ser: el concepto de riqueza se vincula al de individuo aislado; el hombre tiene la esperanza de progresar por sus propios medios, superar el bucle del ensimismamiento indefinido y del sentimiento de personalidad incompleta dentro de sí. Cada individuo era incapaz de definirse a sí mismo o de asegurar qué quería, pero esta silenciosa tragedia se ve superada durante el desarrollo de la personalidad Renacentista, donde la búsqueda de la fama, el placer sensual, la fortuna y la aventura resultan sus principales características, a diferencia del hombre medieval, encerrado en su feudo y desconocedor de todo cuanto ocurría afuera. La persecución del oro y la plata en el conquistador incita a la acción indefectiblemente. Se descubre la subjetividad, el papel dominador del individuo, la conciencia individual. En simultáneo, las tierras del continente americano renuevan la simpatía por el mundo oriental y la admiración por su filosofía. De hecho, sería América el escenario predilecto de algunos europeos para proyectar ideas fourieristas y teocracias jesuíticas, las cuales influyen notablemente en el territorio de Hispanoamérica y la personalidad pasional pero triste del hombre latinoamericano. Surge, en este contexto, el mito del buen salvaje promovido por Montaigne y por Henry David Thoreau, el cual retoma Claude Levi Strauss para darle un abordaje antropológico durante el siglo XX. Los europeos admiradores de la filosofía oriental renuevan sus votos y avizoran en América el horizonte perfecto para desarrollar las ideas utópicas de Tomas Moro. Luego, el positivismo de Comte y Spencer, los estudios psicológicos de Gustave Le Bon y el Darwinismo social terminarían por fulminar la idealización del americano y la reivindicaciónde las sociedades precolombinas, particularmente mediante el desarrollo de teorías etnológicas que relacionan el retraso de América Latina con características heredadas de los indios: pereza, indolencia, melancolía, indiferencia. Continuando con el análisis cronológico, surgen a comienzos del siglo XX una corriente antropológica que se opone al positivismo y al Darwinismo social, heredando las ideas de Nietzschereferidas al eterno retorno. Entre las figuras más destacadas de este nuevo paradigma se encuentran Oswald Spengler, Miguel de Unamuno y el primer Ortega y Gasset. Éstos ya no suponen una personalidad mágica o divina en el cerril americano, sino que reconocen las características de los mismos y las oponen al mercantilismo europeo carente de sentimiento o de alma.
Se definen entonces los principales paradigmas del Renacimiento: la nueva concepción del individuo y la confianza en sí mismo como dueño de su propio progreso –concepción que luego formaría las bases de la Modernidad y el desarrollo de la ciencia y la técnica –, y la renovada atracción hacia la filosofía oriental –seno del desarrollo de los gobiernos totalitarios del siglo XX –. ¿De qué manera ambos pueden explicar las diferencias irreconciliables entre Oriente y Occidente?
En primer lugar, cabe resaltar los fundamentos que caracterizan a cada grupo. En Oriente se reivindica la irracionalidad, el despotismo, la magia, la emoción, la inmovilidad, la pasividad, la contemplación, el ensimismamiento, la autoridad, la tradición. Los regímenes orientales tradicionales se basan en aquello que Karl Marx definió en su momento como modo de producción asiático, pero que muchos calificaron como despotismo oriental. Se trata de la disolución del individuo en el seno de lo colectivo, entender o asimilar la política como una religión, establecer costumbres regidas por normas rígidas y estructuradas, el encierro de la Nación, y el extranjero visto como un enemigo. Desde una perspectiva exclusivamente económica, sobre la cual Marx y Engels sentaron las bases de sus estudios, el modo de producción asiático se apoya en el rechazo de la propiedad privada y el establecimiento de los medios de producción en manos del Estado. Esto genera el surgimiento de un Estado poderoso que controla la vida privada del individuo, en total ausencia de libertad, e implantando una burocracia que genera la visible idolatría carismática de los emperadores. Estas características coyunturales se profundizan en aquellas sociedades donde el riego resultaba fundamental para desarrollo de la agricultura, como el caso de algunas zonas de la China. La consecuencia de un Estado omnipotente que tiende a formar una sociedad homogénea es la negación de las diferencias sociales. En las sociedades igualitarias orientales el Estado se encomienda a apaciguar las diferencias, no hay contradicción, no hay conflicto y, consecuentemente, no hay lucha de clases. En contraposición, el mundo occidental, cuya idiosincrasia nace confusamente a partir de la filosofía griega, el Derecho Romano –donde el Estado se interpreta como una representación o garantía de los derechos humanos – y el empirismo inglés de los siglos XVII y XVIII, pregona la propiedad privada de los medios de producción, lo cual genera conflictos entre las clases y la consecuente lucha entre éstas, motor o pilar fundamental de la evolución moderna. Rasgos fácilmente reconocibles de Occidente serán, entonces: el cambio sobre la tradición, la razón sobre la emoción, la ciencia sobre la magia, la libertad sobre la autoridad, el individuo sobre el ente colectivo.El dinamismo occidental se opone al estancamiento oriental. Se puede decir que existen dos causas principales que explican las diferencias entre ambas civilizaciones: la falta de la idea de individuo como entidad independiente (fuera del esquema burocrático-estatal del autoritarismo) y la falta de lucha de clases.
Hasta aquí, un abordaje político o económico de la fundamentación de la dicotomía antes planteada. Sin embargo, existe una segunda explicación que por no ser visible o claramente identificable no significa que sea menos importante. Se trata de la religión. Las religiones orientales –budismo, hinduismo, taoísmo –, reivindican la muerte como parte de un ciclo, el quietismo y la contemplación como medios indispensables para alcanzar el nirvana, y precisamente el mismo nirvana o iluminación espiritual, lo definen como un estado de reposo. Asimismo, suponen la existencia de reencarnaciones, las cuales, sumadas a las caracterizaciones previamente detalladas, forman un caldo de cultivo ideológico o gnoseológico que dificultan la idea de progreso. No puede el individuo crecer o intentar superarse mediante el cambio o el dinamismo ya que ambos se oponen a la tradición y al reposo. Los motores del progreso occidental se oponen a la religión oriental. A su vez, resulta imposible complementar la idea del karma con la de superación de un individuo: las condiciones de vida miserables son consecuencia de una pecaminosa vida anterior, y no hay nada que pueda hacerse contra ello, ya que tal tesitura implica una ofensa a los dioses.
Quedará en cada uno la
elucubración respecto a la capacidad de cada individuo para asimilar las
contradicciones de cada civilización en un mundo cada vez más cosmopolita,
donde los abismos no sólo han resultado imposibles de transitar sino que
también han generado escenarios bélicos de incomprensible violencia. Así como
los griegos y los romanos se sintieron atraídos por la astrología, la alquimia
y la adivinación que vinculaban a los imperios egipcios, también en la
actualidad los habitantes de civilizaciones occidentales sienten simpatía por
la filosofía oriental como una respuesta a los problemas de la vida cotidiana y
al materialismo. Estos, apoyados en las ideas de Spengler y Schopenhauer
–principal rival de las ideas dialécticas de Hegel, quien, a su vez, fue el
puntapié inicial de la idea de conflicto
y dela lucha de clases como motor del progreso a través de la ideología
marxista–, sostienen que el mundo occidental llega, como toda civilización, a
un ápice en su existencia, a una culminación a partir de la cual se inicia su
propia decadencia. Algunos rasgos de esta desvalorización resultan ser la
pérdida de valores trascendentales y la incapacidad de abstracción del
individuo, quien ya no puede desarrollar un pensamiento crítico propio y sus
esquemas de razonamiento pierden esencia y solidez. Es a partir de esta
decadencia –que revela la ubicación de la sociedad capitalista en el Kali Yuga oriental –cuando nos veremos
obligados a asimilar las verdades infundadas del orientalismo. Sin embargo, a
estos acólitos del orientalismo suelen oponerse aquellos que desdeñan la
costumbre apologética de algunos intelectuales de
reivindicar los orientalismos (o el orientalismo en sus diversas formas), como
lo ha hecho Alexis de Tocqueville (El
Antiguo régimen y la Revolución, 1856): “No encontrando nada que les parezca conforme a ese ideal, van a
buscarlo en el fondo de Asia. No exagero afirmando que no haya uno que no haya
hecho en alguna parte de sus escritos el elogio enfático de la China. Ese
gobierno bárbaro les parece el modelo más perfecto que pueden copiar todas las
naciones”.


