jueves, 21 de marzo de 2024

Oriente y Occidente: ¿un abismo inconciliable?

 


El Renacimiento fue el escenario de dos concepciones filosóficas que con el tiempo resultarían llamativamente antagónicas. Sin embargo, a pesar de que a priori exista una tendencia a considerar estos dos factores como realidades aisladas y antitéticas, podemos identificarlas como interdependientes o causales. Por un lado, el descubrimiento de América lleva al individuo renacentista a encontrar una nueva esperanza en su propio ser: el concepto de riqueza se vincula al de individuo aislado; el hombre tiene la esperanza de progresar por sus propios medios, superar el bucle del ensimismamiento indefinido y del sentimiento de personalidad incompleta dentro de sí. Cada individuo era incapaz de definirse a sí mismo o de asegurar qué quería, pero esta silenciosa tragedia se ve superada durante el desarrollo de la personalidad Renacentista, donde la búsqueda de la fama, el placer sensual, la fortuna y la aventura resultan sus principales características, a diferencia del hombre medieval, encerrado en su feudo y desconocedor de todo cuanto ocurría afuera. La persecución del oro y la plata en el conquistador incita a la acción indefectiblemente. Se descubre la subjetividad, el papel dominador del individuo, la conciencia individual. En simultáneo, las tierras del continente americano renuevan la simpatía por el mundo oriental y la admiración por su filosofía. De hecho, sería América el escenario predilecto de algunos europeos para proyectar ideas fourieristas y teocracias jesuíticas, las cuales influyen notablemente en el territorio de Hispanoamérica y la personalidad pasional pero triste del hombre latinoamericano. Surge, en este contexto, el mito del buen salvaje promovido por Montaigne y por Henry David Thoreau, el cual retoma Claude Levi Strauss para darle un abordaje antropológico durante el siglo XX. Los europeos admiradores de la filosofía oriental renuevan sus votos y avizoran en América el horizonte perfecto para desarrollar las ideas utópicas de Tomas Moro. Luego, el positivismo de Comte y Spencer, los estudios psicológicos de Gustave Le Bon y el Darwinismo social terminarían por fulminar la idealización del americano y la reivindicaciónde las sociedades precolombinas, particularmente mediante el desarrollo de teorías etnológicas que relacionan el retraso de América Latina con características heredadas de los indios: pereza, indolencia, melancolía, indiferencia. Continuando con el análisis cronológico, surgen a comienzos del siglo XX una corriente antropológica que se opone al positivismo y al Darwinismo social, heredando las ideas de Nietzschereferidas al eterno retorno. Entre las figuras más destacadas de este nuevo paradigma se encuentran Oswald Spengler, Miguel de Unamuno y el primer Ortega y Gasset. Éstos ya no suponen una personalidad mágica o divina en el cerril americano, sino que reconocen las características de los mismos y las oponen al mercantilismo europeo carente de sentimiento o de alma.

Se definen entonces los principales paradigmas del Renacimiento: la nueva concepción del individuo y la confianza en sí mismo como dueño de su propio progreso –concepción que luego formaría las bases de la Modernidad y el desarrollo de la ciencia y la técnica –, y la renovada atracción hacia la filosofía oriental –seno del desarrollo de los gobiernos totalitarios del siglo XX –. ¿De qué manera ambos pueden explicar las diferencias irreconciliables entre Oriente y Occidente?

En primer lugar, cabe resaltar los fundamentos que caracterizan a cada grupo. En Oriente se reivindica la irracionalidad, el despotismo, la magia, la emoción, la inmovilidad, la pasividad, la contemplación, el ensimismamiento, la autoridad, la tradición. Los regímenes orientales tradicionales se basan en aquello que Karl Marx definió en su momento como modo de producción asiático, pero que muchos calificaron como despotismo oriental. Se trata de la disolución del individuo en el seno de lo colectivo, entender o asimilar la política como una religión, establecer costumbres regidas por normas rígidas y estructuradas, el encierro de la Nación, y el extranjero visto como un enemigo. Desde una perspectiva exclusivamente económica, sobre la cual Marx y Engels sentaron las bases de sus estudios, el modo de producción asiático se apoya en el rechazo de la propiedad privada y el establecimiento de los medios de producción en manos del Estado. Esto genera el surgimiento de un Estado poderoso que controla la vida privada del individuo, en total ausencia de libertad, e implantando una burocracia que genera la visible idolatría carismática de los emperadores. Estas características coyunturales se profundizan en aquellas sociedades donde el riego resultaba fundamental para desarrollo de la agricultura, como el caso de algunas zonas de la China. La consecuencia de un Estado omnipotente que tiende a formar una sociedad homogénea es la negación de las diferencias sociales. En las sociedades igualitarias orientales el Estado se encomienda a apaciguar las diferencias, no hay contradicción, no hay conflicto y, consecuentemente, no hay lucha de clases. En contraposición, el mundo occidental, cuya idiosincrasia nace confusamente a partir de la filosofía griega, el Derecho Romano –donde el Estado se interpreta como una representación o garantía de los derechos humanos – y el empirismo inglés de los siglos XVII y XVIII, pregona la propiedad privada de los medios de producción, lo cual genera conflictos entre las clases y la consecuente lucha entre éstas, motor o pilar fundamental de la evolución moderna. Rasgos fácilmente reconocibles de Occidente serán, entonces: el cambio sobre la tradición, la razón sobre la emoción, la ciencia sobre la magia, la libertad sobre la autoridad, el individuo sobre el ente colectivo.El dinamismo occidental se opone al estancamiento oriental. Se puede decir que existen dos causas principales que explican las diferencias entre ambas civilizaciones: la falta de la idea de individuo como entidad independiente (fuera del esquema burocrático-estatal del autoritarismo) y la falta de lucha de clases.

Hasta aquí, un abordaje político o económico de la fundamentación de la dicotomía antes planteada. Sin embargo, existe una segunda explicación que por no ser visible o claramente identificable no significa que sea menos importante. Se trata de la religión. Las religiones orientales –budismo, hinduismo, taoísmo –, reivindican la muerte como parte de un ciclo, el quietismo y la contemplación como medios indispensables para alcanzar el nirvana, y precisamente el mismo nirvana o iluminación espiritual, lo definen como un estado de reposo. Asimismo, suponen la existencia de reencarnaciones, las cuales, sumadas a las caracterizaciones previamente detalladas, forman un caldo de cultivo ideológico o gnoseológico que dificultan la idea de progreso. No puede el individuo crecer o intentar superarse mediante el cambio o el dinamismo ya que ambos se oponen a la tradición y al reposo. Los motores del progreso occidental se oponen a la religión oriental. A su vez, resulta imposible complementar la idea del karma con la de superación de un individuo: las condiciones de vida miserables son consecuencia de una pecaminosa vida anterior, y no hay nada que pueda hacerse contra ello, ya que tal tesitura implica una ofensa a los dioses.

Quedará en cada uno la elucubración respecto a la capacidad de cada individuo para asimilar las contradicciones de cada civilización en un mundo cada vez más cosmopolita, donde los abismos no sólo han resultado imposibles de transitar sino que también han generado escenarios bélicos de incomprensible violencia. Así como los griegos y los romanos se sintieron atraídos por la astrología, la alquimia y la adivinación que vinculaban a los imperios egipcios, también en la actualidad los habitantes de civilizaciones occidentales sienten simpatía por la filosofía oriental como una respuesta a los problemas de la vida cotidiana y al materialismo. Estos, apoyados en las ideas de Spengler y Schopenhauer –principal rival de las ideas dialécticas de Hegel, quien, a su vez, fue el puntapié inicial de la idea de conflicto y dela lucha de clases como motor del progreso a través de la ideología marxista–, sostienen que el mundo occidental llega, como toda civilización, a un ápice en su existencia, a una culminación a partir de la cual se inicia su propia decadencia. Algunos rasgos de esta desvalorización resultan ser la pérdida de valores trascendentales y la incapacidad de abstracción del individuo, quien ya no puede desarrollar un pensamiento crítico propio y sus esquemas de razonamiento pierden esencia y solidez. Es a partir de esta decadencia –que revela la ubicación de la sociedad capitalista en el Kali Yuga oriental –cuando nos veremos obligados a asimilar las verdades infundadas del orientalismo. Sin embargo, a estos acólitos del orientalismo suelen oponerse aquellos que desdeñan la costumbre apologética de algunos intelectuales de reivindicar los orientalismos (o el orientalismo en sus diversas formas), como lo ha hecho Alexis de Tocqueville (El Antiguo régimen y la Revolución, 1856): “No encontrando nada que les parezca conforme a ese ideal, van a buscarlo en el fondo de Asia. No exagero afirmando que no haya uno que no haya hecho en alguna parte de sus escritos el elogio enfático de la China. Ese gobierno bárbaro les parece el modelo más perfecto que pueden copiar todas las naciones”.


sábado, 16 de marzo de 2024

Retorno al campo. Talasocracia y Geocracia II

 

Las reflexiones acerca del impulso contemporáneo por regresar a los valores bucólicos idealizados y banalizados ha suscitado una dicotomía que presenta raíces milenarias: la rivalidad entre la talasocracia y la geocracia (término en algunos pasajes puede ser reemplazado por telurocracia). Podemos definir a la primera de ellas como un estilo de gobierno basado en el dominio de los mares; a la segunda, en contraposición, como un sistema político basado en el dominio de la tierra. Sin embargo, el estudio de ambas invita a un desarrollo harto profundo.

La geocracia hace referencia a una personalidad, a un talante, a un estilo de vida. Reivindica los valores telúricos haciendo alusión a aquellos principios invariantes que se mantienen firmes a lo largo del tiempo, obligando a las coyunturas sociales a adecuarse a los mismos, en lugar de hacer lo contrario. Hay en la geocracia una supeditación de los avances de cada civilización a los valores perennes e inmutables de los ancestros, por ende, una pleitesía a aquello que se transmite de manera generacional. De este modo, las instituciones que validan este esquema son las verdaderamente legítimas: la familia, el matrimonio, las tradiciones. La talasocracia, por su parte, se basa en el dinamismo, en la mezcla de las culturas, en el eclecticismo, en el abandono de paradigmas pretéritos para dar lugar a aquellos que surgen constantemente. Tiene raigambre en el nomadismo y su liquidez genera un desprecio a todo epifenómeno que ocasiona un estancamiento en el avance ineluctable de toda sociedad. La familia y el matrimonio pierden valor, aquellas costumbres que practicaban nuestros ancestros resultanantiguallas y deben reemplazarse por los nuevos hábitos. La virtud ya no reposa en atributos imperturbables, sino que éstos dependen de la ocasión, y el hombre debe convertirse en un príncipe maquiavélico, al servicio del momento, priorizando aquellas modas pasajeras por sobre los principios del pasado. Detrás de esta argucia, detrás de esta falsa sensación de libertad, se consigue lo opuesto. A esto se llama heterogonía de los fines: el alcance de un destino cuando se pretendía conseguir todo lo contrario. Reemplazar valores telúricos o principios trascendentales por paradigmas efímeros conquistados a través dela razón parece suponer, a priori, un nuevo grado de libertad en la vida de los individuos. Los cerriles rituales dogmáticos de nuestros ancestros cargan con un factor de complejidad referido a lo trascendental: no comprendemos cómo los seres humanos depositaban tanta confianza y tanta fe en algo invisible e incomprobable. Y se conoce que todo aquello que no se comprende, se rechaza. Costumbres pretéritas que ahora nos parecen ridículas reflejaban un sentido de trascendencia que alimentaba todas las decisiones de los individuos. A partir de esta perspectiva, pareciera que el hombre del pasado no era libre, ya que ataba sus emociones, decisiones y pensamientos a una religión o a una concepción teológica tradicional y ajena a todo raciocinio. Ahora que aquellos paradigmas y ritos han sido desplazados de la sociedad, el hombre experimenta un grado mayor de libertad, se libera en su vientre el tiempo y la energía que ocupaban estos rituales, y queda a merced de su razón la elección de las nuevas costumbres. Pero así como el hombre pierde lo sacro, lo ceremonioso, lo irracional, pierde también lo trascendental. El eclecticismo de la talasocracia, que a bombos y platillos auspicia una libertad palpable y visible, también nos quita ese vínculo con aquello que nosotros consideramos sagrado, trascendental, metafísico, un sentimiento o una pasión que impide el imperio de los sentidos y el goce del placer inmediato. Perdimos el aburrimiento pero también la trascendencia. El hombre incapaz de pergeñar una idea que sobrevuele los cielos grises de lo mundano, de lo sensual, es incapaz del ejercicio de cualquier libertad. Es un hombre corrompido y propenso a la sumisión.

Durante las guerras púnicas (264 a.C hasta 146 a.C), se enfrentaron ambos modelos: la Roma geocrática y telúrica contra Cartago,talasocrática y líquida. Los romanos estaban espantados por las costumbres mefistofélicas de los cartagineses, quienes descendían de los fenicios y de los cuales heredaron no sólo el dominio del mar, sino también rituales satánicos, como los sacrificios humanos o los asesinatos de los recién nacidos, dentro de monstruos metálicos que incrementaban el sonido del llanto y la súplica (el culto a Baal). El Imperio Romano basaba su estirpe en la conquista terrestre y en el trabajo de la tierra, mientras que Cartago cimentaba el crecimiento y desarrollo de su comunidad en la rapiña, la piratería, la expoliación o, dicho de manera más elegante, el comercio marítimo. En este sentido, lo telúrico hace referencia al acto: la tierra es organoléptica, se palpa, se ve, se siente; el ser humano decide de qué forma utilizar la tierra para su propio provecho (cultivo, ganado, construcciones). Mientras que el mar es potencia: se desconoce aquello que se obtendrá; el contenido de los barcos que serán atacados y usurpados es una incógnita; las costumbres de las civilizaciones que serán atacadas se asimilan y las propias tradiciones van mutando. Aquí se observa la diferencia aristotélica de acto y potencia.

A fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX se dio una rivalidad que adquirió nuevamente la condición de talasocracia y geocracia: la hispanidad telúrica contra el Imperio Británico talasocrático. Desde luego, aquellos gobiernos insulares, de tierras exiguas rodeadas de mar, tienen una inclinación inmanente hacia la talasocracia. Gran Bretaña ha sido el mejor ejemplo. Mientras la Hispanidad, desde el descubrimiento de América, se preocupaba por las misiones católicas, por extender la religión hacia las tierras precolombinas, el Imperio Británico estaba más inclinado hacia el comercio, la usura, la imposición del libre comercio como ideología por excelencia. Detrás de tanta filantropía disfrazada de civilización y evolución, detrás del protestantismo como bandera pseudo religiosa, se esconde la talasocracia líquida, la legitimación de una perversidad usurera, la deuda internacional mediante la cual se exigen condiciones favorables únicamente para el dueño de esa deuda. Sin ir más lejos, la Revolución de Mayo fue el cambio de una dependencia por otra: del sometimiento a una España que atrasaba por una anglofilia que prometía el avance perpetuo y sostenido a lo largo del tiempo. Para un ilustrado de comienzos del siglo XIX, España era el atraso y Gran Bretaña la promesa del progreso. Los británicos, astutos como serpientes, incentivaron las revoluciones porque sabían que las mismas invitarían a comerciar con ellos. Dejen que los países latinoamericanos se independicen, que tengan su propia bandera y su propio himno nacional, que reivindiquen sus costumbres y se ensalcen en sus geografías, porque luego de ello vendrá nuestra propia manipulación, nuestro dominio silencioso e invisible: el sometimiento a través del comercio y la deuda.

El enfrentamiento bélico entre Rusia y la OTAN, a través del territorio ucraniano, parece renacer la vieja rivalidad entre talasocracia y geocracia. El territorio ruso ha sido invadido en la premodernidad por los mongoles, a fines del siglo XVIII por Napoleón, y la Operación Barbarroja(1941) a cargo del Nacional Socialismo. Estos tres acontecimientos históricos guardan una característica en común: las tres invasiones fueron perpetradas a través del territorio que hoy corresponde a Ucrania. La presencia de la OTAN en este territorio invita a sospechar de tal coincidencia.


martes, 5 de marzo de 2024

Retorno al campo - Talasocracia y Geocracia


 

Durante las últimas décadas hemos sido testigos de un fenómeno que parece no haber tenido precedentes: el impulso juvenil por idealizar la vida campestre y el éxodo de muchas personas a regiones apartadas de las grandes ciudades, ya sea como vacaciones o con el ligero intento de vivir fuera de las concentraciones urbanas. A priori, podría decirse que se trata de un hartazgo respecto a los vicios y resabios de la vida citadina. Algunos, más virulentos, han catalogado esta circunstancia como una mera moda pasajera cuya fecha de vencimiento está próxima. Pero en este espacio hemos adoptado la costumbre de buscar las ideas que se esconden detrás de las acciones, y atender a los argumentos ideológicos que impulsan las decisiones de los individuos.

En el siglo XX se produjeron grandes debates filosóficos, especialmente académicos o técnicos, pero el más descollante ha sido el que respecta a la rivalidad entre existencialismo y estructuralismo. Sin redundar en detalles o profundidades, una descripción somera que epitomice esta dicotomía podría ser la siguiente: el existencialismo pone en el eje de la realidad al sujeto, ya que es él quien construye su destino a partir de las herramientas que tiene a su alcance –“un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él” –, mientras que el estructuralismo pone en el centro del escenario a las estructuras (objeto) y el sujeto no es más que una consecuencia del influjo que estas estructuras ejercen sobre él. Se puede esbozar una segunda descripción, ya que el estructuralismo propone pensar al hombre desde el neolítico (el ser humano debe ser analizado desde las sociedades primitivas), mientras que el existencialismo se apoya en la Revolución Francesa como punto de partida (el ser humano debe ser analizado desde el imperio de la razón). De fondo, detrás de estas investiduras lingüísticas, está la rivalidad entre primitivismo e iluminismo. El principal exponente del estructuralismo fue el antropólogo Claude Levi Strauss, y sus reflexiones llevaban a la conclusión de que todo hombre está determinado por la tierra en que nació y la época que le ha tocado vivir, que todo desarrollo cultural es eminentemente ahistórico y no puede una civilización ser juzgada con las normas de otro lugar u otra etapa de la historia. Esto implica, a su vez, que los descubrimientos no tienen por qué ir evolucionando a lo largo del tiempo, no hay una concepción lineal de la evolución humana, sino más bien circular, puntapié inicial para la reivindicación del primitivismo y las culturas antiguas. La civilización no implica un avance, el ser humano es corruptible y degrada su condición a medida que avanza el tiempo, y hemos perdido un paraíso que se sitúa en el origen. Estos tres argumentos conforman caldo de cultivo suficiente para fomentar el retorno a las raíces pretéritas, donde había una comunión íntima e inexorable entre el hombre y la naturaleza. A su vez, cada nación o civilización establece una identificación con su tierra: los lenguajes, las vestimentas, las costumbres y los usos están condicionados por el área que a cada comunidad le ha tocado ocupar. Pero eso no conforma peligrosidad alguna, ya que las costumbres, en pleno auge del cosmopolitismo, suelen mantenerse en límites vernáculos. El riesgo de este pensamiento aparece cuando se expande al Derecho, proponiendo que cada civilización, debido a su particularidad, debe contener un conjunto de normas y valores también particular o específico, que regulen la vida dentro de dicha comunidad, sin rendirle cuentas a nadie. Este relativismo choca con una idea universal cierta y apodíctica, por mucho que nos pese: el hecho de que ciertos valores ya son universalmente aceptados como tales y han trascendido toda frontera.

Detrás del paradigma del joven que escapa de la ciudad y regresa a la vida tranquila y bucólica en el campo o en las montañas existen fundamentos ideológicos y el desconocimiento de éstos podría resultar inoportuno. A la defensa del primitivismo que propuso Levi Strauss debería sumarse la férrea intenciónde Heidegger de ligar al campo los ideales de un país que tienden a perderse en la confusión de la civilización, donde intervienen ideales ajenos a cada patria. El campo es defensor de la estática, porque allí se conservan los usos y costumbres originales. Mientras que la ciudad vela por el dinamismo, por la dialéctica que lleva a ir reformulando las ideas que imperan en una sociedad. De esta forma, en el dinamismo de la ciudad florecen el capitalismo y el racionalismo, mientras en el campo redunda el sentimentalismo sedentario que no varía y que mantiene sus raíces. Dada la eterna rivalidad entre fe y razón (una dialéctica que debería haber sido finalizada con el tomismo y la escolástica), es lógico que la religión propugne al campo y rivalice con el urbanismo. De aquí la supuesta dicotomía entre ciencia y religión.

Los intentos revolucionarios que procuraron enlistar al campo en sus ejércitos desconocieron sorprendentemente esta rivalidad. Marx y Engels habían desdeñado la capacidad del campesino a la hora de llevar a cabo las acciones necesarias para alcanzar la sociedad sin clases. El marxismo postulaba que de manera taxativa las sociedades capitalistas avanzarían hasta un punto límite en el que sus propias contradicciones lo llevarían a adoptar el socialismo, un estado de transición hasta el comunismo. Los estados socialistas, por su parte, deberían contar con una serie de condiciones de capitalismo avanzado y deberían, a su vez, aplicar una determinada cantidad de medidas socioeconómicas para dar el salto hacia la ansiada sociedad sin diferencias de clases. Estas medidas fueron explicitas en el Manifiesto Comunista. Pero aquello que desconocen los adláteres del retorno a la vida bucólica es que el mismo Marx despreciaba la falta de intelecto que caracterizaba a los cerriles cimarrones, quienes no estaban en condiciones de comprender la complejidad semántica de las ideologías: “el campesino es el representante permanente de la barbarie en el seno de la civilización” (Marx, 1850).La Revolución de Zapata en México (1910) y la Revolución maoísta en China fueron las únicas que contaron en sus filas a masas de campesinos. De esta última es necesario tener en cuenta que en el país oriental la sucesión de dinastías siempre se dio en el marco de líderes carismáticos provenientes del campo, como la revolución de los Taiping en 1843. La idealización de la vida campesina y su posterior manipulación política para fines revolucionarios ha sido una estrategia cuyo desarrollo pudo haber resultado oportuno en su momento, pero sus resultados han sido desastrosos, no sólo para la humanidad sino para los propios movimientos revolucionarios que han procurado jugar esta carta. La Revolución cubana –la cual previo a su ejecución no había sido catalogada como comunista, y sus partícipes se pasearon por Washington buscando apoyo y financiamiento despotricando contra Fulgencio Batista y su carácter de dictador –se jactó en su momento de haber nacido en el seno de los matorrales selváticos. Pero a esta pretensión debería agregarse que el gobierno de Batista estaba en su peor momento, que las fuerzas armadas no tenían motivos por los cuales pelear, que la ciudadanía cubana estaba a favor de la toma del poder de Castro, que el gobierno estadounidense y sus medios de comunicación también lo estaban. Todo eso conforma un contexto en el cual el condimento guerrillero/campesino no resulta de mucho valor o importancia. Sin ir más lejos, Ernesto Guevara se había desilusionado en su visita al Congo, queriendo exportar la revolución guerrillera, encontrándose con gente que no estaba en condiciones intelectuales de comprender sus ideas. Previo a su muerte, esta desilusión se había mudado a las selvas bolivianas, donde los campesinos no pretendían ninguna revolución ya que su gobierno había implementado una reforma agraria suficiente para colmar sus necesidades, todo eso al margen de la ya mencionada incapacidad de intelección de este rubro para asimilar las categorías revolucionarias. Estos fracasos se extendieron a la guerrilla argentina en 1973 –preámbulo del golpe militar de 1976 –, o Pol Pot y los Jeremes Rojos en Camboya, una pretensión perversa y sangrienta por volver a las actividades rurales, desdeñando el avance de la civilización en Phnom Penh.

Las partidas de los jóvenes al interior del país o a otros países lejanos, al mejor estilo del  Wandervogel berlinés, no son más que repeticiones tragicómicas de aquella relación entre los valores perennes de cada pueblo y su tierra, como si lo telúrico tuviera mayor relevancia que lo civilizado. Toda singladura hacia el campo o la montaña cuenta con una cuota de civilización, de tecnología, y son estos los cimientos del crecimiento lejos de casa. Los hippies de la actualidad –en visible transición de estereotipo hacia los artesanos –, no pueden evitar los avances tecnológicos en su totalidad, y de hecho son éstos los que conforman sus herramientas primordiales para valerse de un ingreso, especialmente en lo que atañe a la comunicación. Una vez más, la vulgaridad con la que se ha asimilado la idea del retorno al campo, la falta de conocimiento y de estudio que una materia tan misteriosa amerita, ha llevado a obviar un carácter profundo en esta iniciativa: el valor de la contemplación. La sociedad contemporánea invita al acompañamiento, de aquí tanto apego a las redes sociales y a los eventos comunitarios. El ciudadano común occidental no está preparado para la soledad, y la evita considerablemente. AlvinToffler (Future Shock, 1970), había anticipado que el siglo XXI se caracterizaría por la incapacidad del ser humano de asimilar los cambios abruptos en la humanidad y en el estilo de vida, lo cual generaría el florecimiento de las enfermedades mentales y el auge de los psicofármacos. Esta prognosis setentista se ha encarnizado en nuestra comunidad y no soportamos el aislamiento. Compartir el momento con otras personas es una especie de ansiolítico que nos aísla temporalmente de nuestros problemas, ocultos detrás del placer inmediato. Esto lleva a una notable falta de abstracción en el ser humano. Gurdjieff, discípulo de Carl Gustav Jung, sostenía que las depresiones eran bendiciones, debido a que obligaban al ser humano a abstraerse en su más profunda soledad, y es allí donde, en contacto con los arquetipos mentales que conforman el inconsciente colectivo, cada persona encuentra la solución. El vicio de la compañía y el terror a la soledad no hacen más que suspender la madurez de nuestros problemas, atrasar el miedo debido a la incapacidad de enfrentarlo. Esta soledad y esta abstracción en peligro de extinción vuelven a aparecer en el campo, en el aislamiento con la naturaleza. Los jóvenes del posmodernismo podrían utilizar el silencio de las alturas y la soledad de las llanuras para ejercer esta oportunidad de la abstracción, pero en lugar de ello se ha banalizado esta aventura, y los viajes que otrora estaban destinados a purificar el alma y cambiar rotundamente nuestra personalidad han demudado en superficialidades propensas a ser compartidas en redes sociales, invitando a aquella teoría que sugiere que toda realidad es tal únicamente cuando es percibida por los demás: las frases trilladas que desdeñan la vida citadina, la vulgar relación entre la naturaleza y la libertad, la vacua reivindicación de la filosofía oriental.

El poder blando

  Edward Bernays fue conocido vulgarmente por ser sobrino de Sigmund Freud, pero su actividad ha marcado una destacada relevancia en el mund...