Existe un debate teológico cuyo origen se
remonta a los inicios de la propia civilización humana y que, de tan
inabarcable, parece imposible de conciliar. Se trata inclusive de una discusión
que acapara a agnósticos, ateos y religiosos de cualquier índole. El tema es el
siguiente: todo creyente alega que hemos sido creados por alguien, y de esta
noción se desprende la idea de que ese alguien es alguien superior, ya que difícilmente una creación tenga facultades
superiores a las de su creador. Las teorías darwinistas o naturalistas, que
reducen al hombre a una existencia cuyo origen es estrictamente evolutivo,
avaladas por la ciencia, no han podido descifrar el origen del universo. El
modelo del origen del universo propuesto por el astrofísico Fred Hoyle que se
conoce como Big Bang supone que todo aquello que existe fue producto de una gran
explosión de una partícula superdensa en el espacio. Pero ¿quién ha creado esa partícula
superdensa; quién ha creado el espacio donde la misma explota y reparte sus
elementos por toda la galaxia? Y una pregunta más sutil aún pero no por ello
impertinente: ¿quién ha creado el tiempo mediante el cual se van desarrollando
estos fenómenos? El escenario de la discusión entre ateos y creyentes, que
parecía ser más mundano de lo común, adquiere ahora condiciones medianamente
estrictas: no se puede concebir o explicar científicamente el origen de la
existencia, de manera tal que dicha discusión corresponde a los bizantinos
desarrollos de las religiones a lo largo de los siglos.
Retomamos ahora el debate que se propone en el
principio: si hemos sido creados por alguien, se entiende que este proceso se
ha hecho aplicando a las creaciones las características de su creador –aquello
que vulgarmente se conoce como a su
imagen y semejanza –, pero desconocemos cuáles son los atributos del
creador. Más aún: varios filósofos de encomiable talla se han atrevido a
sugerir la idea de que exista un dios maligno, y que el origen de todas las
desgracias procede de la condición nefanda de nuestro creador: si los seres
humanos somos erráticos, imperfectos, y buscamos a toda costa evitar el
sufrimiento, debería ser que quien nos haya creado tiene una condición similar,
ya que nadie puede crear algo con condiciones ajenas a las nuestras. Lo único
que sabemos a ciencia cierta de la fuerza demiúrgica que nos pudo haber creado,
lo único que estamos en condiciones de aseverar con total objetividad, es que
contiene la capacidad de crear.
Entonces nosotros, los seres humanos que hemos sido creados, seremos capaces a
su vez de crear, puesto que este es el único atributo digno de ser reconocible
en el proceso de la misma creación. Aquí nos remontamos al dictamen que Platón
decretó oportunamente cuando desarrolló su alegoría de la caverna: los seres humanos son dioses pero lo habéis
olvidado. Esta sentencia platónica intenta responder a todas las preguntas
que inquietan a la humanidad desde el origen mismo de su existencia: por qué
sufrimos; por qué no podemos ser lo que queremos ser; por qué no podemos tener
lo que queremos tener; por qué el motor impulsivo de nuestra voluntad es la
carencia o la injusticia; por qué la felicidad no nos impulsa a hacer algo sino
que nos lleva a reposar en nuestro goce; por qué la felicidad es tan difícil de
conseguir que, una vez alcanzada, la mente nos tortura con una meta superior.
La condición del hombre es nefasta. Necesitamos de la angustia para seguir
creciendo, para movernos y superarnos. Pero en el fondo tenemos una idea que ya
parece más un consuelo que una convicción: somos creadores. Si somos creados,
debemos ser creadores, somos inherentemente creadores, por mucho que nos pese.
De aquí la importancia del existencialismo como movimiento filosófico: no sólo
reconoce que nosotros creamos nuestra propia realidad, sino que nos sentimos
perplejamente deprimidos por ello, ya que de buena manera aceptaríamos que
fuera otra persona u otra fuerza superior que nos construya la realidad, y nos
libere de semejante responsabilidad. Pero no: estamos condenados a actuar y a
decidir, y mediante nuestras actuaciones y decisiones forjamos nuestro destino.
Entonces, si somos creadores y construimos
nuestra propia vida, ¿por qué lo hacemos tan mal? ¿Cuál es el motivo por el
cual no existe ni un solo hombre capaz de ser feliz durante un tiempo prolongado
de su vida? Los tiempos contemporáneos, mediante el auge de las redes sociales,
nos han calado hasta el hartazgo la imagen de celebridades pudientes que
parecen estar felices en todo momento y parecen tener una visible obsesión por
demostrar esa especie de felicidad ficticia. Nos hacen pensar que existen
personas plenamente alegres y que nuestra vida, en comparación de aquellas, es
una mera mediocridad. Pero así como un mediocre puede tener un propósito banal
que lo incomode hasta alcanzarlo, también los pudientes tienen propósitos que
los incomodan hasta alcanzarlos. También ellos se frustran y no tienen cosas
que quieren tener, precisamente porque es condición de la humanidad la carencia, es la fuerza que nos empuja
a conquistar aquello que deseamos, sea un deseo bajo o encomiable. Es condición
del ser humano querer algo que no tiene, porque esa situación nos impulsa a
seguir viviendo, esas utopías nos mantienen en movimiento. Conclusión: nosotros
creamos nuestra realidad. Obsesión: ¿por qué no podemos crear la realidad que
queremos?
León Festinger fue un psicólogo estadounidense
que a mediados del siglo XX (en pleno auge del estudio psicológico de las
masas) desarrolló una respuesta técnica a esta pregunta que nos estamos
haciendo. Los seres humanos no logramos ser entera y perpetuamente felices
porque no deseamos lo que realmente queremos desear, sino que tenemos deseos
impostados. Para desarrollar esta idea creó la teoría de la disonancia
cognitiva, la cual vendría a explicar el método o mecanismo de funcionamiento
que sustenta el hecho de que las personas estemos imbuidas en ese fenómeno de
desear cosas que en el fondo no deseamos. Por más que el juego de palabras
pueda resultar perturbador, y por más que durante siglos la respuesta a la
existencia del sufrimiento humano es la
dificultad que presenta todo deseo por su propia naturaleza, vamos a
estudiar la teoría de Festinger para comprender con mayor profundidad su
propuesta.
El término disonancia cognitiva se refiere a un
momento fatal donde la realidad nos demuestra que alguna idea en particular que
tenemos instalada en nuestra mente resulta falsa o incorrecta. Hay una
diferencia entre lo que pensamos y lo que nos dice la realidad, mediante un
acontecimiento objetivo que resulta insoslayable. Cuando llegamos a este estado
desagradable pasamos por alto una realidad inevitable: nos cuesta mucho cambiar
de opinión, o dicho de una manera más entendible, nos cuesta mucho reconocer
que no tenemos razón. La resistencia a cambiar de opinión nos lleva a justificar
nuestros actos y defender nuestras ideas aún cuando la realidad demuestra lo
contrario. Esto tiene una explicación científica: la arquitectura de nuestra
neuropsicología interpreta las contradicciones cognitivas, es decir, la diferencia
entre nuestras creencias y la realidad, como una forma de dolor, y esto se debe a que nuestros principios se crearon con
mucho esfuerzo y durante mucho tiempo. Aunque no nos hayamos percatado de esto,
nuestras ideas fueron desarrollándose paulatinamente, mediante el consumo de
información y mediante experiencias de vida. Luego, nos apoyamos en ella para
tomar decisiones en una vida plagada de incertidumbres, de manera tal que
reconocer que alguna de estas ideas es equivocada implica un cambio drástico
que no estamos dispuestos a ejecutar.
Todos tenemos una interpretación particular del
funcionamiento del mundo y del rol que ocupamos en la sociedad. El conjunto de
creencias constituye una cosmovisión. Cuando esta cosmovisión coincide con lo
que sucede en la realidad, nos genera satisfacción. Pero cuando no coincide nos
produce un malestar psicológico tan profundo que puede trasladarse
inmediatamente al plano físico. Esta coyuntura es fácilmente observable en las
conversaciones durante las cuales alguna de las personas demuestra distintos
niveles de violencia ante la aparición de una disonancia cognitiva. Existe
asimismo un condimento adicional en este estudio: desde los primeros esbozos de
la civilización se puede observar una necesidad de coherencia, situación que se
refleja en la creación de relatos –mitos, leyendas, epopeyas – que expliquen el
funcionamiento del mundo. Al hombre le incomoda lo caótico porque disfruta
teniendo el control de las cosas. Es una forma sutil o prematura del deseo de
poder, o voluntad de poder, el origen de la perdición de las civilizaciones
humanas.
El estudio más profundo de esta temática fue
publicado en 1957 por León Festinger, titulando su obra Una teoría de la disonancia cognitiva. El autor cita 5 formas de
reaccionar del ser humano ante la evidencia de una disonancia. Utilizaremos el
ejemplo de las decisiones políticas para ejemplificar cada una de estas
reacciones. Suponiendo que una persona vota a un candidato para que ocupe un
cargo de importancia en el gobierno, y suponiendo a su vez que esta elección se
apoya en una serie de argumentos, luego esta persona o grupo de personas comete
una decisión que deja en evidencia que tales argumentos no eran verdaderos, la
persona tiende a desenvolverse de la siguiente manera: 1) Ignorar/Eliminar.
Ante la noticia de que la persona votada o el gobierno votado comete un error,
la más sencilla de las reacciones es ignorar la primicia o cuestionar la
veracidad de la misma, alegando que suelen haber noticias falsas o improbables.
2) Añadir más pensamientos consonantes. Esta táctica se trata de reconocer
levemente el error cometido pero agregar otros aciertos para que la disonancia
desaparezca. 3) Trivializar o reducir la importancia. Se trata de reconocer el
error pero tratarlo como algo ínfimo en comparación con errores que cometieron
otras personas, esto es, contextualizar el error dentro de un marco de errores
más profundos. Aquí entra la habitual reacción de un ciudadano que reconoce la
equivocación de la persona votada pero marca errores pasados en dirigentes
políticos que nunca votó. 4) Aumentar la importancia de pensamientos
consonantes. Esta reacción es menos frecuente y requiere un embrollo discursivo
de difícil ejecución. Se trata de citar el error cometido como parte de un
proceso que culminará en una virtud. En el campo de la política podría
definirse como el ya famoso y renombrado esfuerzo
que debe hacer una población, sometiéndose a medidas contraproducentes, para
llegar a un futuro mejor. Hasta aquí, antes de mencionar la quinta y última
reacción, podemos determinar el conjunto de reacciones de la siguiente forma.
El presidente de un país toma una decisión que no estaba en sus planes ni en
sus argumentos, y esa decisión afecta a sus propios votantes, los cuales
reaccionan de la siguiente manera: “la noticia es falsa y, como tal, la
ignoraremos/Además, hubo presidentes que tomaron peores decisiones y yo nunca
los voté/El error es evidente pero esa misma persona acertó en asuntos de mayor
relevancia/El error forma parte de un proceso que empieza siendo difícil pero
inevitable para alcanzar un rumbo deseado a largo plazo”. 5) La última de las
reacciones es la más difícil de llevar a cabo y la menos frecuente: aceptar la
nueva información y cambiar de creencia. Desde luego, habrá personas más
resistentes a este tipo de cambios y otras más propensas a cambiar, pero la
realidad objetiva indica que cualquier
ser humano, antes de llegar a la quinta alternativa, debe pasar por las cuatro
anteriores.
¿Por qué nos genera tanto dolor que la realidad
nos demuestre que nuestras decisiones fueron desacertadas y que nuestros
principios no son correctos? Desde comienzos de la civilización humana, la
necesidad de coherencia fue un factor común en todas las culturas. Las pinturas
rupestres, los primeros escritos, los relatos, fábulas, mitos y leyendas están
orientados a generar coherencia, a sentir la sensación de pertenecer a este
mundo, que no nos sea ajeno, distante, incomprensible e incierto. A los
acontecimientos que suceden en la realidad el hombre les da un significado, un
origen, una causa, para que dichos acontecimientos no queden ahogados en el mar
de la incertidumbre o de lo ilógico.
Surge de soslayo una pregunta interesante que
Festinger desarrolla en su obra: ¿cuándo suelen aparecer las disonancias cognitivas?
Aunque no parezca, hay cuatro circunstancias durante las cuales es probable que
surjan las disonancias: 1) Cuando nos sometemos a nueva información, ya sea
consumiendo nuevos medios de comunicación, hablando con personas desconocidas,
asistiendo a nuevos cursos, etc. 2) Cuando tomamos una decisión que no coincide
con nuestros principios, lógicamente porque tenemos una obligación para tomar
esta decisión, o estamos presionados por la situación. 3) Cuando realizamos una
actividad que requiere mucho esfuerzo. 4) Cuando tomamos una decisión, sea cual
fuere, que resulta de vital importancia. Aquí yace lo que se conoce como el
paradigma de la libre elección, la doble faz que tiene el ejercicio de la
libertad, pues al hombre le agrada ser libre de hacer lo que quiera pero no
está en condiciones de soportar las consecuencias de las decisiones que toma,
al punto tal que llega a desear la ausencia total de libertad con tal de evitar
el peso del compromiso o de reconocer que en nuestras elecciones radica la raíz
de nuestra angustia. Por este mismo motivo, cuando tomamos una decisión surgen
dos circunstancias visiblemente diferentes. En primer lugar, las virtudes de
las alternativas descartadas comienzan a florecer, y en nuestro fuero interno
se produce un sentimiento negativo ya que se vislumbran las dificultades por
haber optado por tal o cual camino. Pero esta sensación disonante es
psicológicamente insoportable, e inmediatamente se nos presenta la segunda
etapa, la cual se conoce como expansión
de alternativas: una tendencia a justificar nuestra decisión y adjudicar
aspectos negativos a las opciones descartadas. Esta situación cuenta con un
aditamento: suele compartirse con los demás, ya que es habitual ver a personas,
luego de una decisión importante, relatando a terceros las virtudes elegidas y
los riesgos evitados, ya que relatando y repitiendo mecánicamente las minucias
y los detalles de la decisión tomada tiende a convencerse uno de que se ha
tratado de un acierto. Es un mecanismo psicológico orientado a recuperar el
bienestar emocional y el sentido de coherencia.
Por último, existen situaciones en las que
actuamos en contra de nuestros propios principios, violando nuestras propias
ideas. Esta circunstancia particular surge en alguna de las siguientes
situaciones: cuando pretendemos ganar más dinero, conseguir un trabajo, aspirar
a un ascenso, evitar herir los sentimientos de una persona o evitar un castigo.
Aquí surge un fenómeno que en psicología se denomina “complacencia inducida”,
mediante el cual nos hacemos sentir a nosotros mismos como víctimas de un poder circunstancial superior que nos obliga a
actuar de determinada forma.
El propósito de este artículo fue destacar las
artimañas mentales de las cuales somos víctimas, para reconocer la forma sutil
y artera mediante la cual nos engañamos a nosotros mismos, ya que nuestro
propósito primordial no es perseguir la verdad sino tener razón. Una vez
reconocido el patrón, podemos desentrañar el complejo tejido mediante el cual
actúan las disonancias cognitivas, nos resultará más sencillo cambiar de
opinión, y gradualmente descubriremos que nuestros propósitos, posiblemente,
han sido impuestos por un sistema que se aprovecha de nuestras debilidades
mentales.
