Si bien resulta harto conocido que la Segunda
Guerra Mundial fue el epicentro de la beligerancia entre dos potencias europeas
—el comunismo soviético y el nacionalsocialismo alemán—, cada uno con aliados
de distinta procedencia y con un particular sentido del imperialismo, también
resulta frecuente una pregunta que soslaya todo análisis al respecto: ¿por qué
fueron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Alemania quienes se disputaron
el poder durante este acontecimiento crucial para la historia mundial? ¿Por qué
fue Alemania y no, por ejemplo, Francia, España, o Inglaterra? ¿Por qué fue el
pueblo ruso y no otro perteneciente a Europa? En síntesis: ¿por qué fueron
Alemania y la URSS los lugartenientes del desarrollo de dos movimientos
políticos particulares y responsables de la conformación de la Segunda Guerra
Mundial?
Muchos podrían citar a la capacidad
militar de ambos países como argumento para explicar esta duda incipiente,
también es cierto que otros países estaban militarmente avanzados y no llegaron
por ese motivo a tales instancias. Incluso, Estados Unidos e Inglaterra debieron intervenir con sus fuerzas partisanas en pleno
apogeo, demostrando dicha capacidad. Por su parte, algunos historiadores,
especialmente revisionistas, alegan que la percudida posición de Alemania luego
del Tratado de Versalles —culminada la Primera Guerra Mundial —también es
motivo suficiente para explicar el crecimiento de dicho país y el origen de una
sensación de venganza o repudio que los germanos abrigaron lentamente en el
seno de sus pasiones hasta hacerlo estallar. Sin embargo, como hemos de repetir
en reiteradas ocasiones, detrás de cada acción se esconde una idea, y son las
ideologías furtivas y silenciosas las responsables de movilizar los engranajes
del motor de la historia. De esta manera, deberíamos señalar que, al margen de
los avances bélicos y las coyunturas internacionales que caracterizaron a
Alemania y Rusia en aquella época, fue el
Romanticismo el principal caldo de cultivo que llevó a estas dos naciones a
enfrentarse entre sí.
En primer lugar, deberíamos definir cuál fue el
origen del Romanticismo y el surgimiento cronológico del mismo. Sabemos que el
siglo XVIII se caracterizó por el auge de una visión racional del mundo y, más
importante aún, del hombre. A esta etapa se la llamó Siglo de las Luces debido precisamente a que, mediante el uso de la
razón, el ser humano podía iluminar el sendero de un destino de progreso
ineluctable. De aquí que se llame a este fragmento de la historia como Iluminismo. Las personas que cultivaban
su conocimiento mediante la ciencia en primer lugar y el arte como factor
secundario eran consideradas como ilustrados,
y tenían la potestad de dirigir o encauzar al resto de la humanidad. La
reivindicación de la razón como vehículo predilecto para alcanzar el progreso
coincide asimismo con los últimos atisbos de la Edad Moderna —iniciada a partir
de acontecimientos coyunturales como el descubrimiento de América, la Reforma
Protestante, el Renacimiento y la invención de la imprenta—, y el inicio de la
Edad Contemporánea. La humanidad confiaba en la idea de emplear la ciencia y el
método científico para mejorar la calidad de las personas. Una retahíla de
descubrimientos avalaron esta noción, el surgimiento de democracias políticas
que reemplazaron a las monarquías europeas dieron garantía de haber trasladado
estas ideas al ámbito político, el crecimiento de las burguesías prematuras le
dieron entidad propia a la economía y al mercado de intercambio, y la
Revolución Francesa de fines de siglo terminó por decorar un paisaje que
prometía ser más justo y libre que el predecesor. Se abandonaba un paradigma
regido principalmente por la religión y la astrología. Personajes ilustres
destacados del Iluminismo fueron Descartes, Voltaire, Kant, Hegel e incluso
Hume; y el punto neurálgico de esta nueva etapa se dio en Francia, precisamente
donde la sangrienta revolución dejó en claro que, como se mencionó
anteriormente, las ideas podían plasmarse en la realidad y llevarse a la
práctica, aún de manera cruenta e intempestiva.
Pero así como Fitche desarrolló la idea de que
a toda tesis le surge su antítesis para suscitar posteriormente una síntesis
entre sus predecesoras —teoría dialéctica que, dicho sea de paso, se le
adjudica erróneamente a Hegel—, a las ideas de la Ilustración se le opusieron elucubraciones
que ponían en duda la supremacía de la razón, despreciaban los avances
característicos de la Edad Moderna, no creían en el progreso sino que veneraban
las tradiciones y los pueblos originarios, supeditaban lo racional a lo
instintivo, y proponían al arte como la única salvación de una vida mediocre y
angustiante. Debido a esta exaltación de lo subjetivo y lo artístico, a este
movimiento se lo denominó Romanticismo,
y sus principales propulsores fueron Herder —quien defendía la particularidad
de las culturas, rechazaba la universalidad de la Ilustración y se enfrentó con
vehemencia a las tesis de Kant—, Schopenhauer —quien mantuvo una fuerte disputa
con Hegel respecto a la evolución dialéctica de la humanidad—, Nietzsche
—principal discípulo de Schopenhauer—, y Schelling —pensador que propuso tener
una vida artística y desarrolló su idea de estetización de la política que
culminaría en los regímenes fascistas del siglo XX —. Ubicando cronológicamente ambos movimientos,
el auge del Iluminismo fue el siglo XVIII con escenario primordial en Francia,
mientras que el ápice del Romanticismo fue el siglo XIX con epicentro en
Alemania.
Queda así definida una confrontación entre el
predominio de la razón y la esperanza de que esta misma nos conduzca a mejores
estilos de vida a través de la ciencia y la técnica, y el predominio de la
pasión y el arte que constituyen la verdadera esencia del ser desconfiando de
la capacidad objetiva de la ciencia y el método científico, enfrentamiento que
aún perdura al día de hoy en nuestros ideales y en la forja de los debates
políticos. Mientras los ilustrados observaban el horizonte del futuro temporal
que auguraba una mejora en las condiciones económicas y sociales de cada
individuo, los románticos pretendían retornar a un paraíso perdido, una elegía
bucólica, el regreso al contacto pleno del hombre con la naturaleza y con sus
sentimientos más profundos, sin que éstos sean domesticados por la
civilización.
Como se pudo ver, Alemania fue el sitio donde
el Romanticismo caló más hondo en la población, al punto tal que muchos
autores, como por ejemplo Heidegger (partidario del nacionalsocialismo y heredero
de las ideologías románticas), se atrevieron a nombrar a este movimiento como Romanticismo alemán. A comienzos del
siglo XX, el país teutónico contaba con circunstancias particulares que le
llevaron a descreer de las teorías ilustradas provenientes de Francia luego de
la Revolución Francesa. Entre las mismas se pueden citar su incapacidad para
constituirse como un Estado-Nación (deficiencia heredada de su derrota en la
Primera Guerra Mundial), la carencia de una burguesía democrática, su atraso
económico en comparación con otros países europeos como Inglaterra, Francia o
los Países Bajos, y las reminiscencias de la invasión napoleónica de 1813.
Estos factores llevaron a Alemania a incrementar su apego a las tradiciones
nacionales, rechazar los vientos racionales que provenían del extranjero, y
desarrollar una filosofía que venere los valores culturales alemanes, argumentos
que inspiraron la prosa de Hölderlin, las ideas de Herder y, consecuentemente,
el avasallante nacionalismo de Heidegger. Estas concepciones serían rescatadas
incluso a fines del siglo XX, cuando la decadencia del existencialismo
sartreano dio lugar a las ideas estructuralistas de Claude Levi-Strauss,
revalorizando los postulados irracionales
del Romanticismo alemán.
Rusia, por su parte, durante la primera
posguerra experimentó una huida de los jóvenes adinerados hacia las
universidades alemanas, debido a que procuraban evitar las academias de Francia
a causa de la convulsión que estaba viviendo dicho país durante las
postrimerías de la revolución. De esta manera, los jóvenes soviéticos abrevaron
de las ideas de Fitche, Schelling y, principalmente, Schopenhauer. Este último
fue el precursor de la teoría de la
voluntad —que más tarde retomaría Nietzsche para desarrollar su concepto de
voluntad de poder—, la cual oponía al
intelecto y lo subordinaba. Cito a Schopenhauer para entender mejor este
concepto: La inteligencia se fatiga
mientras la voluntad es infatigable. La voluntad se eleva siempre, se
manifiesta en forma de temor, horror, esperanza, alegría, deseo, codicia,
envidia, cólera, furor, y nos impulsa a palabras y actos precipitados a los que
sigue con frecuencia el arrepentimiento (El Mundo como Voluntad y
Representación, 1818). Es visible la inclinación del autor hacia las emociones
y el rechazo rotundo del intelecto, patrimonio también del resto de los
románticos. Con el objeto de resaltar la notable importancia que ha tenido este
filósofo en el desarrollo de las ideas, cabe destacar que el propio Freud tomó
el concepto de Voluntad de Schopenhauer para desarrollar su teoría de la
sublimación y los impulsos sexuales reprimidos. Asimismo, el autor alemán
sostenía que le cabía a algunos elegidos la responsabilidad de comunicarle la
verdad a las masas ineptas e inaccesibles para evitar que éstas caigan en la
equivocación. Ideas similares a las de este pensador fueron las de Schelling,
quien tomó el concepto de la salvación de la vida a través del arte —propiciado
por Schopenhauer—, y lo llevó al paroxismo de exaltar la locura y la necesidad
de tener una vida artística y frenética, auspiciando el elogio de la demencia.
Estos son los autores que los estudiantes rusos conocieron durante el siglo
XIX, y llevaron estas ideas a su propio país.
Pero Rusia contaba en aquel entonces con el
auge de un personaje fallecido un par de décadas atrás que, sin contar con un
conocimiento filosófico académico, había desarrollado a través de sus historias
algunas ideas afines al romanticismo alemán, una figura que aún hoy resulta
atractivo para los lectores incipientes, y cuya historia de vida genera intriga
desde varias aristas: Fiodor Dostoievski. Sus novelas estaban plagadas de
ambientes sombríos, desarrollos minuciosos de la psicología de cada uno de sus
personajes, escenas habituales o cotidianas que culminaban en paroxismos, y un
espíritu de desazón o pesimismo que únicamente podía ser redimido mediante la
pasión o la religión. La propia vida de Dostoievski estaba plagada de
situaciones angustiantes, como la pobreza, la ludopatía, la epilepsia extática;
y es sabido que los autores románticos suelen trasladar sus penurias a los
personajes de sus ficciones, propiciando la cercanía entre el autor y el
protagonista de la obra. De este modo, el escritor ruso encontró en los ideales
de la Ilustración un enemigo identificable hacia el cual apuntar sus tintas.
Acompañado del auge del irracionalismo romántico, Dostoievski atacó las
revoluciones burguesas europeas, atribuyendo a las mismas la responsabilidad de
la decadencia cultural del viejo continente y de la pérdida de valores que
funcionaron como cimientos de una identidad que se estaba pulverizando al
finalizar el siglo XIX. De tal manera, resulta previsible y lógico que en sus
novelas se reivindique el espíritu nacional ruso, refugio de los ataques de la
modernidad que buscaba destruir los valores de cada pueblo para instalar
ideologías cosmopolitas, impuestas por otros países, demonizando así a todo lo
extranjero. Esta coyuntura conformó el surgimiento de un ala intelectual en la
Rusia de esta época, que promovía la cultura campesina, los trabajos manuales,
el lenguaje soviético y la religión cristiana como la única vía para la
salvación de su país. Incluso, de manera furtiva o a través de sus personajes, Dostoievski
llegó a defender particularidades del espíritu ruso que resultaban deleznables,
como la embriaguez, el cinismo, la misoginia o la rudeza en el carácter. A esta
circunstancia debe agregarse el marco histórico de dicho país: Rusia se
caracterizó, al igual que España, por su rechazo a la Reforma Protestante e
incluso al anglicanismo anglosajón. Su religión se caracterizaba por un
cristianismo nacional, si el oxímoron
lo permite. En otras palabras, adjudicaba al pueblo ruso el destino mesiánico
de salvar a Europa de la podredumbre hacia la cual marchaba indefectiblemente
por haber domesticado sus culturas mediante la civilización y las ideas
ilustradas. Pero por sobre todas las sugerencias que el escritor ruso deslizaba
a través de sus historias —perfectamente narradas, desde luego —, hubo una que
resaltó de manera superlativa por el resto: la oposición entre la sabiduría
científica de los intelectuales y el conocimiento instintivo del pueblo. Éste,
aducía, conservaba intacta su sencillez y sus afectos, y aquí yacía la
superioridad de las masas incultas ante la exclusividad de un grupo de
ilustrados del extranjero. Este conforma el motivo principal por el cual
Dostoievski experimentó una ola de popularidad en Sudamérica a comienzos de
este siglo, donde las raíces autóctonas adquirieron relevancia por sobre el
avance del globalismo, percibido éste con cierto encono y enemistad. No es
casual que Nietzsche, el principal discípulo de Schopenhauer y un romántico
exuberante, haya sido admirador de Dostoievski. A tal punto abrevó de sus
novelas que llegó a tener una vida como si fuera un personaje de las mismas,
muriendo en el más profundo ostracismo y padeciendo una demencia inexorable.
De esta manera, tanto Rusia como Alemania
experimentaron circunstancias históricas —como el rechazo al protestantismo, la
falta de una burguesía nacionalista, el desprecio de la Ilustración e invasiones
extranjeras —, que las llevaron a aislarse en su propio hermetismo nacionalista
pero, también, en la idea redentora de la salvación de Europa ante el enemigo
extranjero. Sin embargo, las ideas del Romanticismo alemán —conformado
principalmente por Fitche, Schelling, Herder y Schopenhauer —, así como la
prosa de Dostoievski —cuyas ideas eslavófilas se distanciaban de otros autores
rusos, como Iván Turgueniev, que reconocían el atraso de su país y proponían
una modernización científica para sacarlo a flote —, resultaron una influencia
reconocible en los movimientos nacionalistas y mesiánicos que se terminarían
disputando el poder durante la Segunda Guerra Mundial.
