En la actualidad, la nueva izquierda —visiblemente
inclinada más hacia el progresismo que hacia el materialismo dialéctico
comunista —, cuenta con una serie interminable de ídolos y líderes, algunos de
los cuales paradojalmente ejecutaron acciones y defendieron ideas ajenas al
cuerpo de la ideología que hoy se reivindica. La cantidad es tan numerosa y
heterogénea que ha suscitado más de una polémica durante los debates políticos
de los últimos años. Ernesto Guevara, Karl Marx, Vladimir Ulianov, Fidel
Castro, Trotsky, Joseph Stalin, Michel Foucault, Noam Chomsky, Mao Tsé Tung,
son algunos de los nombres que trascendieron fronteras nacionales y que desfilan
en los pedestales de los pensamientos de izquierda. De hecho, son
frecuentemente citados por dirigentes políticos que simpatizan con estas ideas.
Sin embargo, existe uno que no ha trascendido en su nombradía y no adquiere el
reconocimiento que merece, posiblemente debido a la complejidad de sus ideas
así como de sus pretensiones literarias, aunque también pueda deberse a que no
ocupó ningún cargo político o no tuvo una vida caracterizada por el
pragmatismo. Fue el fundador de una corriente filosófica que dio origen al
concepto de “sistema” —terminología utilizada actualmente por los movimientos
artísticos y vanguardistas que simpatizan con el socialismo o el comunismo para
hacer referencia al conjunto de instituciones que manipulan al ser humano—, fue
también el creador de la postura victimista de algunos sectores de la sociedad,
el redentor de la veneración del hombre en contacto con la naturaleza, el
creador del concepto del buen salvaje,
el enemigo más íntimo de la Ilustración y del rechazo a la razón como vehículo
del progreso, el fundador de una metodología de escritura intrincada y confusa
que luego de su apogeo sería empleada por los académicos e intelectuales
comunistas para construir una excepcionalidad hermética en sus discursos y sus
obras. En el presente artículo estudiaremos a Claude Leví-Strauss, fundador del
estructuralismo y, consecuentemente, del posestructuralismo, un personaje
admirado y detestado que ha sabido mover los hilos de la historia en silencio y
que sólo es reconocido en la actualidad por personas ajenas al mundo académico
de la filosofía a través de una marca de jeans.
Claude Leví-Strauss fue, junto a Ferdinand de
Saussure, el fundador del estructuralismo,
una corriente de filosofía que surge aproximadamente en la década del 60 del
siglo pasado, especialmente en Francia, como respuesta o antítesis a las ideas
existencialistas en boga en aquel entonces. Podemos decir que la dialéctica, en
este caso particular, está conformada por el existencialismo sartreano y el
estructuralismo ya mencionado. El primero sugería que el ser humano es el
centro de la escena de la realidad, su vida está condicionada exclusivamente
por sus decisiones, y el más importante de sus postulados: es el propio ser
humano el que le da sentido a la vida. Es decir, no son los acontecimientos
coyunturales, las personas que nos rodean, las cosas que poseemos, los éxitos o
fracasos, los que nos dan sentido, sino que nosotros le damos sentido a cada
una de estas cosas desde nuestra subjetividad. A partir de un análisis
cronológico, fue Soren Kierkegaard el primer filósofo en pergeñar ideas
existencialistas a través de sus estudios sobre la inevitable angustia
inherente al ser humano (debido a que combina en su existencia elementos
infinitos como el alma y elementos finitos como el cuerpo). No obstante, el
desarrollo crucial del existencialismo se debe en primer lugar a Martin
Heidegger, quien vuelve a poner en el centro de la escena al sujeto y desplaza
de este modo a la razón como un ente supremo y autárquico, cuestionando la idea
racionalista que propone pienso, luego
existo; y en segundo lugar a Jean Paul Sartre, el existencialista por
antonomasia, un intelectual respetado incluso por sus principales detractores.
Sartre es para la filosofía lo que Borges para la literatura. Sus escritos
parecen resumir la excelencia literaria de todas las obras predecesoras, y sus
ideas ponen de manifiesto la supremacía del hombre como persona, como
responsable del sentido de su vida, supeditando entelequias como la alegría, la
angustia o la tristeza al propio ejercicio del intelecto del sujeto. Aquí
encontramos nuevamente lo desarrollado en el párrafo anterior: según Sartre no
existe una alegría o una angustia o una tristeza que, desde afuera, invaden al
ser humano y lo hacen sentir de una determinada manera, sino que es el propio
ser humano el cual, a partir del ejercicio de su intelecto, le da entidad a
cada una de estas sensaciones. Algunas frases sartreanas fueron veneradas por
la calle y por los movimientos vanguardistas y políticos, y aún hoy continúan
en vigencia: un hombre es lo que hace con
lo que hicieron con él, o: el
infierno son los otros.
Mientras estas ideas estaban en auge en Europa
durante la segunda mitad del siglo pasado, surge en simultáneo el
estructuralismo, el cual se opone a la supremacía del individuo como creador de
su propia realidad, y debido a esta perspectiva ontológica se ha catalogado a
este movimiento filosófico como antihumanista.
La propuesta del estructuralismo de quitarle al sujeto la capacidad de obrar
libremente y de construir su propio destino radica en la importancia
indeclinable de las estructuras, analizadas estas como un conjunto de
componentes que se encuentran interrelacionados entre sí, por lo cual, la
alteración de una de las partes perjudica al todo, y un cambio en el todo
modifica a cada una de las partes. El ser humano, siendo condicionado por las
estructuras o instituciones que le rodean, no puede actuar libremente y mucho
menos ser el creador de su vida. De este modo, hay una ponderación de la
inconciencia por sobre la conciencia. Debido a que el estructuralismo se
alejaba del estudio del sujeto como ser o como ente —del cual se encarga la ontología —, y se abocaba más al
análisis, alcances y límites del conocimiento humano, se suele caracterizar al
estructuralismo como una antropología.
No por casualidad el desarrollo de esta
corriente se produjo en simultaneidad a los primeros esbozos de los populismos
o las revoluciones tercermundistas, como la Revolución Cubana (1959) o las
dictaduras de centro izquierda en Sudamérica. Las ideas de Leví-Strauss eran
antiuniversalistas, no creían en la perfecta e inevitable evolución del hombre
mediante el empleo de sus capacidades innatas, ya que el ser humano, estando
condicionado por fenómenos externos que limitan sus capacidades, difícilmente
pueda construir un futuro mejor. Más bien construye un futuro conveniente para
esas instituciones que lo manipulan, un futuro mediante el cual él mismo es un
esclavo del sistema. De esta manera, si uno descree de la capacidad evolutiva
de la humanidad, inherentemente tiende a considerar las características de cada
civilización como igualmente importantes, independientemente del grado de
evolución que cada una tenga. Suponer que una comunidad primitiva y salvaje es
menos libre o de una calidad de vida inferior a una comunidad contemporánea es
un error. Aquí nace el mito del buen salvaje, la reivindicación de los pueblos
primitivos, la cerrazón de las culturas en sus respectivos nacionalismos y la
reivindicación de los trabajos manuales ante el avance insidioso de los
globalismos cosmopolitas que proponen la invención tecnológica como medio para
alcanzar el tan ansiado progreso. Leví-Strauss sostenía que resulta imposible
evaluar a una sociedad con las normas consuetudinarias de otra, y que cada
civilización debe ser analizada dentro de sus propios valores. De esta manera
no resulta casual que los gobiernos populares que caracterizaron a la segunda
mitad del siglo XX, especialmente en América del Sur, hayan sido detractores de
las técnicas importadas de las potencias mundiales y hayan propuesto el
hermetismo en sus propios países, en algunos casos, como el muy particular de
Cuba, haciendo énfasis en los trabajos manuales del campo y la interrupción de
los avances en ciencia y técnica. La antropología estructuralista de
Leví-Strauss, que impugnaba el universalismo y la evolución de las sociedades a
través de hábitos y valores cada vez más civilizados, se oponía así a la
antropología evolucionista de Lewis Morgan. Paradojalmente, el progresismo de
la actualidad combina elementos de ambas corrientes antropológicas: por un lado
critica al sistema o estructura y venera
a las sociedades primitivas, pero por otro lado tiene una visión evolucionista
de las sociedades y globalista del mundo, importando ideologías y políticas de
otros países (especialmente europeos), percudiendo de este modo los
nacionalismos. Esta paradoja o contradicción lleva a la sospecha de que detrás
de este movimiento en boga en la actualidad existe una prestidigitación o
manipulación.
Otra visible influencia de las teorías de
Leví-Strauss en los movimientos de izquierda contemporáneos es la idea del
grupo. Al reivindicar la cerrazón de las civilizaciones y el rechazo de los
vientos evolucionistas del extranjero, se venera implícitamente una concepción
comunitaria de la existencia del hombre, en contraposición a la atomicista o
individualista que propuso históricamente el racionalismo. Si la razón es el
vehículo predilecto para mejorar las ideas y, consecuentemente, aportar claridad
a la vida del ser humano, se trata de un atributo propio de cada individuo —el
hábito de pensar—, y depende exclusivamente de cada uno el empleo de la razón.
Sin embargo, si se pretende cuidar al grupo del avance invasivo de ideas ajenas
al mismo, se tiene que pensar y vivir en términos de comunidad y no de
individualismo. De este modo, se supedita el individuo y sus ideas a las pretensiones
del grupo, una visión de moda en la actualidad, donde se suele pensar en
términos de estereotipo más que de individualidades. Hoy en día, cuando
encontramos a una persona que combina elementos de distintos estereotipos, no
sólo resulta algo extraño e inhabitual sino que descoloca toda interpretación.
No vemos a las personas como individuos libres sino como miembros de un grupo o
partícipes de una ideología, y no albergamos la posibilidad de que cada persona
combine elementos de distintos grupos —lo que se conoce habitualmente como sincretismo o eclecticismo—. Esta costumbre
también es heredada de la antropología estructuralista.
A la hora de citar las influencias del
estructuralismo, es evidente nombrar en primer lugar las ideas románticas del
retorno a un paraíso perdido, la contemplación de la naturaleza y el mito del
buen salvaje. Es notable reconocer que las ideas de los movimientos de
liberación sexual y el hipismo de
fines del siglo pasado han reivindicado estos conceptos, en algunos casos
proponiendo como genuino estilo de vida aquel que escapa a las grandes urbes y
busca el rechazo de la vida citadina o urbana. En segundo lugar, es prudente
nombrar a Jean Jacques Rousseau y su idea de la corrupción del hombre a través
de la sociedad —el hombre que nace puro e incorruptible pero debe ultrajar su
pureza cuando se introduce como miembro de una sociedad—. Deberíamos señalar,
de paso, el carácter contradictorio de Rousseau, una figura imprescindible en
la Ilustración y la Revolución Francesa, pero que entreveraba sus ideas
racionales con principios del Romanticismo. Por último, como influjo secundario
pero visible en sus teorías filosóficas, podemos situar a Schelling y sus ideas
de estetización, ya que Leví-Strauss supeditaba el intelecto al instinto y
priorizaba el arte por sobre el conocimiento, idea que también fue rescatada
por los surrealistas y llevada hasta límites insondables por los movimientos de
vanguardia. De esta manera se contesta una pregunta realizada por escépticos o
por personajes totalmente ajenos al desarrollo del arte, ¿por qué algunos
movimientos artísticos proponen maneras autoestructivas y hedonistas de vivir?
Precisamente detrás de estos hábitos se encuentran las ideas estéticas de
Schelling y los movimientos surrealistas, que desdeñaban la domesticación de la
vida a través del desarrollo de la Edad Moderna y sospechaban del principio de que
el hombre pudiera ser más feliz a través del uso de la razón. De este modo, sus
costumbres oscilaban hacia el extremo opuesto: los sentidos, las emociones, los
impulsos, aquello que únicamente el arte podría llegar a estructurar. Penetrar
el subconciente, aquella parte de la mente que no está domesticada por la razón
y a la que se llega a través de las emociones o los impulsos. Sin ir más lejos,
en su primer viaje a Nueva York, Leví-Strauss conoce a Adnré Breton, principal
exponente del surrealismo, y entabla con el mismo una férrea amistad.
Por otra parte, un rasgo distintivo del
estructuralismo ha sido la exacerbada inclinación hacia la lingüística, con una
clara intención de dotar a la filosofía de una faceta más científica que
social. Al concentrarse en el lenguaje como un sistema de signos cerrados, los
estructuralistas descuidaron el significado en sus relatos e hicieron más
hincapié en el significante, es decir, las palabras. De este modo, nacen a
partir del estructuralismo todos los textos filosóficos que plantean una
complejidad inusitada y que muchas veces culminan en fárragos discursivos que,
habiendo perdido toda claridad, no comunican nada certero. Esta costumbre de
priorizar los símbolos por sobre aquello que simbolizan fue la principal
influencia de los posestructuralistas como Foucault o Derrida (quien
literalmente inventaba palabras en sus obras), e incluso del filósofo
existencialista Martin Heidegger. Pero la influencia más notoria, y la cual se
ha extendido a movimientos artísticos contemporáneos, ha sido en las
vanguardias literarias. La costumbre de concentrarse en el mensaje para causar
un impacto en el interlocutor, descuidando el contenido de dicho mensaje,
buscando impresionar mediante una complejidad que pretende hacerse pasar por
profunda pero que en realidad no oculta ningún significado por dentro, ha
influido en el arte contemporáneo. Incluso hoy en día, tanto la música como el
arte más consumido, apunta a la parte límbica del ser humano, la parte más
emotiva. El éxito artístico contemporáneo está dirigido a seducir la
emocionalidad más que la razón, no sólo a través de banalidades sino también por
medio de vericuetos que se asemejan intrincados pero que están vacíos de
contenido. No importa tanto qué se transmite, sino la forma en que se
transmite. Una frase de Leví-Strauss quedó marcada como rasgo distintivo de
esta nueva costumbre: los símbolos son
más reales que aquello que simbolizan. De esta manera, si el ser humano en
la actualidad puede en algún momento llegar a la conclusión de que las
apariencias engañan, o de que muchas veces nos dejamos llevar por intuiciones
respecto a un tema o a una persona que terminan posteriormente demostrando lo
contrario, es por esta nueva manera de comunicar, de ponderar el significante
por el significado.
Posiblemente esta última forma de llevar a cabo
los discursos y las obras escritas por los estructuralistas —a saber:
complejizar los términos discursivos sin pretender hacer alusión a nada en
concreto—, tenga una relación implícita con el concepto que Leví-Strauss tenía
respecto al conocimiento. Según el antropólogo, reacio a las corrientes ilustradas
que proponían el progreso a través de la razón y a ciencia, todo conocimiento
era una invasión a las culturas nativas, una amenaza a sus hábitos y a sus
valores. Esta idea influyó notablemente en los posestructuralistas, quienes
interpretaron el conocimiento como una herramienta
de poder de las elites para manipular a las masas incultas.
Específicamente, Foucault desarrolló su teoría de la microfísica del poder a partir de las ideas de Leví-Strauss: toma
de éste el concepto de estructura y lo reemplaza por el de discurso, y parte asimismo de la idea de conocimiento como invasión
a cada cultura para desarrollar el innovador concepto de la dispersión del
poder en microesferas de la sociedad. De esta manera, no sólo podemos hallar el
influjo de los estructuralistas en la forma en que desarrollan el concepto de
poder los posestructuralistas, el cual continúa vigente en la actualidad, sino
también el empecinamiento en reivindicar las culturas primitivas, incultas,
ajenas a todo indicio de civilización, creando así el mito del buen salvaje.
Las ideas de Leví-Strauss no encontraron
asidero en Norteamérica, donde el filósofo-antropólogo estuvo de visita a una
edad ya avanzada dando seminarios y conferencias, ya que su pretensión del
retorno a un paraíso perdido y añorado, y la defensa de comunidades
incivilizadas no coincide con las ideas protestantes y la ética del capitalismo
reivindicada en aquella región. Pero sí hubo una fuerte influencia en
Sudamérica. Aún en tiempos actuales es posible observar la idea de que la
sencillez trae consigo la felicidad: el hombre pobre disfruta de su simpleza, y
su banalidad está satisfecha con poco, mientras que el hombre culto y
civilizado requiere de alegrías más complejas que lo entristecen y lo
angustian. Es una herencia del estructuralismo la relación de la tristeza con
el conocimiento y la reivindicación del hedonismo, el histrionismo, la
superficialidad y el placer por sobre la sabiduría introspectiva y la
abstracción metafísica.
Hoy en día no existe una ética objetiva o una
tabla universal de valores. Es frecuente escuchar a una persona que simpatiza
con una ideología defender los crímenes que se cometieron en el pasado en
nombre de tal movimiento, aduciendo que el contexto social de tal época
ameritaba estos avances que hoy son considerados ilegales pero que en aquel
entonces no corrían con dicha condición. La cerrazón de cada cultura dentro de
los límites impuestos por sus propios valores y sus propias costumbres
culminaba en relativismo cultural, donde todo estaba permitido porque cada
aberración, por más que parezca un crimen bajo las condiciones de una
comunidad, era vista como algo normal en otra, o en otro tiempo. De esta forma
se piensa en la actualidad: no se rechaza un crimen o una actitud desdeñable,
sino únicamente cuando es cometida por un grupo o una ideología ajenos a la
nuestra. Cuando nuestra propia identidad comete alguna de estas aberraciones,
se debe justificar de la misma manera que el estructuralismo justificaba las
atrocidades cometidas por civilizaciones antiguas e incultas.
Tal como anticipó en su momento Imannuel Kant,
si no se procura el consenso universal, todo criterio culmina en el mero gusto
y todo conocimiento se reduce a la estética, una característica crucial de los
tiempos contemporáneos, donde los espectadores del mundo entero nos dejamos
llevar por las apariencias o las formas más que por el contenido. Aunque hoy
parezca ilógico, hubo grandes pensadores que proponían una ética del arte, una
originalidad y veracidad en el contenido de toda obra artística. Autores de la
talla de Tzvetan Todorov o Mijaíl Bajtín se caracterizaron por esta premisa,
que consistía en un lenguaje claro en la literatura, lejos de la enrevesada
lingüística del estructuralismo y la vacía complejidad de los movimientos de
vanguardia.
Quedan detallados de esta manera los pilares
fundamentales del estructuralismo, su intención de matar al sujeto reivindicando las estructuras, sus vínculos con el
posestructuralismo empecinado en analizar el abuso de poder, sus destellos que
en la actualidad se mantienen vigentes, su desprecio por las filosofías
existencialistas y su relación con la inconciencia de la psicología freudiana.
