viernes, 4 de abril de 2025

Estructuralismo y Nueva Izquierda

 


En la actualidad, la nueva izquierda —visiblemente inclinada más hacia el progresismo que hacia el materialismo dialéctico comunista —, cuenta con una serie interminable de ídolos y líderes, algunos de los cuales paradojalmente ejecutaron acciones y defendieron ideas ajenas al cuerpo de la ideología que hoy se reivindica. La cantidad es tan numerosa y heterogénea que ha suscitado más de una polémica durante los debates políticos de los últimos años. Ernesto Guevara, Karl Marx, Vladimir Ulianov, Fidel Castro, Trotsky, Joseph Stalin, Michel Foucault, Noam Chomsky, Mao Tsé Tung, son algunos de los nombres que trascendieron fronteras nacionales y que desfilan en los pedestales de los pensamientos de izquierda. De hecho, son frecuentemente citados por dirigentes políticos que simpatizan con estas ideas. Sin embargo, existe uno que no ha trascendido en su nombradía y no adquiere el reconocimiento que merece, posiblemente debido a la complejidad de sus ideas así como de sus pretensiones literarias, aunque también pueda deberse a que no ocupó ningún cargo político o no tuvo una vida caracterizada por el pragmatismo. Fue el fundador de una corriente filosófica que dio origen al concepto de “sistema” —terminología utilizada actualmente por los movimientos artísticos y vanguardistas que simpatizan con el socialismo o el comunismo para hacer referencia al conjunto de instituciones que manipulan al ser humano—, fue también el creador de la postura victimista de algunos sectores de la sociedad, el redentor de la veneración del hombre en contacto con la naturaleza, el creador del concepto del buen salvaje, el enemigo más íntimo de la Ilustración y del rechazo a la razón como vehículo del progreso, el fundador de una metodología de escritura intrincada y confusa que luego de su apogeo sería empleada por los académicos e intelectuales comunistas para construir una excepcionalidad hermética en sus discursos y sus obras. En el presente artículo estudiaremos a Claude Leví-Strauss, fundador del estructuralismo y, consecuentemente, del posestructuralismo, un personaje admirado y detestado que ha sabido mover los hilos de la historia en silencio y que sólo es reconocido en la actualidad por personas ajenas al mundo académico de la filosofía a través de una marca de jeans.

Claude Leví-Strauss fue, junto a Ferdinand de Saussure, el fundador del estructuralismo, una corriente de filosofía que surge aproximadamente en la década del 60 del siglo pasado, especialmente en Francia, como respuesta o antítesis a las ideas existencialistas en boga en aquel entonces. Podemos decir que la dialéctica, en este caso particular, está conformada por el existencialismo sartreano y el estructuralismo ya mencionado. El primero sugería que el ser humano es el centro de la escena de la realidad, su vida está condicionada exclusivamente por sus decisiones, y el más importante de sus postulados: es el propio ser humano el que le da sentido a la vida. Es decir, no son los acontecimientos coyunturales, las personas que nos rodean, las cosas que poseemos, los éxitos o fracasos, los que nos dan sentido, sino que nosotros le damos sentido a cada una de estas cosas desde nuestra subjetividad. A partir de un análisis cronológico, fue Soren Kierkegaard el primer filósofo en pergeñar ideas existencialistas a través de sus estudios sobre la inevitable angustia inherente al ser humano (debido a que combina en su existencia elementos infinitos como el alma y elementos finitos como el cuerpo). No obstante, el desarrollo crucial del existencialismo se debe en primer lugar a Martin Heidegger, quien vuelve a poner en el centro de la escena al sujeto y desplaza de este modo a la razón como un ente supremo y autárquico, cuestionando la idea racionalista que propone pienso, luego existo; y en segundo lugar a Jean Paul Sartre, el existencialista por antonomasia, un intelectual respetado incluso por sus principales detractores. Sartre es para la filosofía lo que Borges para la literatura. Sus escritos parecen resumir la excelencia literaria de todas las obras predecesoras, y sus ideas ponen de manifiesto la supremacía del hombre como persona, como responsable del sentido de su vida, supeditando entelequias como la alegría, la angustia o la tristeza al propio ejercicio del intelecto del sujeto. Aquí encontramos nuevamente lo desarrollado en el párrafo anterior: según Sartre no existe una alegría o una angustia o una tristeza que, desde afuera, invaden al ser humano y lo hacen sentir de una determinada manera, sino que es el propio ser humano el cual, a partir del ejercicio de su intelecto, le da entidad a cada una de estas sensaciones. Algunas frases sartreanas fueron veneradas por la calle y por los movimientos vanguardistas y políticos, y aún hoy continúan en vigencia: un hombre es lo que hace con lo que hicieron con él, o: el infierno son los otros.

Mientras estas ideas estaban en auge en Europa durante la segunda mitad del siglo pasado, surge en simultáneo el estructuralismo, el cual se opone a la supremacía del individuo como creador de su propia realidad, y debido a esta perspectiva ontológica se ha catalogado a este movimiento filosófico como antihumanista. La propuesta del estructuralismo de quitarle al sujeto la capacidad de obrar libremente y de construir su propio destino radica en la importancia indeclinable de las estructuras, analizadas estas como un conjunto de componentes que se encuentran interrelacionados entre sí, por lo cual, la alteración de una de las partes perjudica al todo, y un cambio en el todo modifica a cada una de las partes. El ser humano, siendo condicionado por las estructuras o instituciones que le rodean, no puede actuar libremente y mucho menos ser el creador de su vida. De este modo, hay una ponderación de la inconciencia por sobre la conciencia. Debido a que el estructuralismo se alejaba del estudio del sujeto como ser o como ente —del cual se encarga la ontología —, y se abocaba más al análisis, alcances y límites del conocimiento humano, se suele caracterizar al estructuralismo como una antropología.

No por casualidad el desarrollo de esta corriente se produjo en simultaneidad a los primeros esbozos de los populismos o las revoluciones tercermundistas, como la Revolución Cubana (1959) o las dictaduras de centro izquierda en Sudamérica. Las ideas de Leví-Strauss eran antiuniversalistas, no creían en la perfecta e inevitable evolución del hombre mediante el empleo de sus capacidades innatas, ya que el ser humano, estando condicionado por fenómenos externos que limitan sus capacidades, difícilmente pueda construir un futuro mejor. Más bien construye un futuro conveniente para esas instituciones que lo manipulan, un futuro mediante el cual él mismo es un esclavo del sistema. De esta manera, si uno descree de la capacidad evolutiva de la humanidad, inherentemente tiende a considerar las características de cada civilización como igualmente importantes, independientemente del grado de evolución que cada una tenga. Suponer que una comunidad primitiva y salvaje es menos libre o de una calidad de vida inferior a una comunidad contemporánea es un error. Aquí nace el mito del buen salvaje, la reivindicación de los pueblos primitivos, la cerrazón de las culturas en sus respectivos nacionalismos y la reivindicación de los trabajos manuales ante el avance insidioso de los globalismos cosmopolitas que proponen la invención tecnológica como medio para alcanzar el tan ansiado progreso. Leví-Strauss sostenía que resulta imposible evaluar a una sociedad con las normas consuetudinarias de otra, y que cada civilización debe ser analizada dentro de sus propios valores. De esta manera no resulta casual que los gobiernos populares que caracterizaron a la segunda mitad del siglo XX, especialmente en América del Sur, hayan sido detractores de las técnicas importadas de las potencias mundiales y hayan propuesto el hermetismo en sus propios países, en algunos casos, como el muy particular de Cuba, haciendo énfasis en los trabajos manuales del campo y la interrupción de los avances en ciencia y técnica. La antropología estructuralista de Leví-Strauss, que impugnaba el universalismo y la evolución de las sociedades a través de hábitos y valores cada vez más civilizados, se oponía así a la antropología evolucionista de Lewis Morgan. Paradojalmente, el progresismo de la actualidad combina elementos de ambas corrientes antropológicas: por un lado critica al sistema o estructura y venera a las sociedades primitivas, pero por otro lado tiene una visión evolucionista de las sociedades y globalista del mundo, importando ideologías y políticas de otros países (especialmente europeos), percudiendo de este modo los nacionalismos. Esta paradoja o contradicción lleva a la sospecha de que detrás de este movimiento en boga en la actualidad existe una prestidigitación o manipulación.

Otra visible influencia de las teorías de Leví-Strauss en los movimientos de izquierda contemporáneos es la idea del grupo. Al reivindicar la cerrazón de las civilizaciones y el rechazo de los vientos evolucionistas del extranjero, se venera implícitamente una concepción comunitaria de la existencia del hombre, en contraposición a la atomicista o individualista que propuso históricamente el racionalismo. Si la razón es el vehículo predilecto para mejorar las ideas y, consecuentemente, aportar claridad a la vida del ser humano, se trata de un atributo propio de cada individuo —el hábito de pensar—, y depende exclusivamente de cada uno el empleo de la razón. Sin embargo, si se pretende cuidar al grupo del avance invasivo de ideas ajenas al mismo, se tiene que pensar y vivir en términos de comunidad y no de individualismo. De este modo, se supedita el individuo y sus ideas a las pretensiones del grupo, una visión de moda en la actualidad, donde se suele pensar en términos de estereotipo más que de individualidades. Hoy en día, cuando encontramos a una persona que combina elementos de distintos estereotipos, no sólo resulta algo extraño e inhabitual sino que descoloca toda interpretación. No vemos a las personas como individuos libres sino como miembros de un grupo o partícipes de una ideología, y no albergamos la posibilidad de que cada persona combine elementos de distintos grupos —lo que se conoce habitualmente como sincretismo o eclecticismo—. Esta costumbre también es heredada de la antropología estructuralista.

A la hora de citar las influencias del estructuralismo, es evidente nombrar en primer lugar las ideas románticas del retorno a un paraíso perdido, la contemplación de la naturaleza y el mito del buen salvaje. Es notable reconocer que las ideas de los movimientos de liberación sexual y el hipismo de fines del siglo pasado han reivindicado estos conceptos, en algunos casos proponiendo como genuino estilo de vida aquel que escapa a las grandes urbes y busca el rechazo de la vida citadina o urbana. En segundo lugar, es prudente nombrar a Jean Jacques Rousseau y su idea de la corrupción del hombre a través de la sociedad —el hombre que nace puro e incorruptible pero debe ultrajar su pureza cuando se introduce como miembro de una sociedad—. Deberíamos señalar, de paso, el carácter contradictorio de Rousseau, una figura imprescindible en la Ilustración y la Revolución Francesa, pero que entreveraba sus ideas racionales con principios del Romanticismo. Por último, como influjo secundario pero visible en sus teorías filosóficas, podemos situar a Schelling y sus ideas de estetización, ya que Leví-Strauss supeditaba el intelecto al instinto y priorizaba el arte por sobre el conocimiento, idea que también fue rescatada por los surrealistas y llevada hasta límites insondables por los movimientos de vanguardia. De esta manera se contesta una pregunta realizada por escépticos o por personajes totalmente ajenos al desarrollo del arte, ¿por qué algunos movimientos artísticos proponen maneras autoestructivas y hedonistas de vivir? Precisamente detrás de estos hábitos se encuentran las ideas estéticas de Schelling y los movimientos surrealistas, que desdeñaban la domesticación de la vida a través del desarrollo de la Edad Moderna y sospechaban del principio de que el hombre pudiera ser más feliz a través del uso de la razón. De este modo, sus costumbres oscilaban hacia el extremo opuesto: los sentidos, las emociones, los impulsos, aquello que únicamente el arte podría llegar a estructurar. Penetrar el subconciente, aquella parte de la mente que no está domesticada por la razón y a la que se llega a través de las emociones o los impulsos. Sin ir más lejos, en su primer viaje a Nueva York, Leví-Strauss conoce a Adnré Breton, principal exponente del surrealismo, y entabla con el mismo una férrea amistad. 

Por otra parte, un rasgo distintivo del estructuralismo ha sido la exacerbada inclinación hacia la lingüística, con una clara intención de dotar a la filosofía de una faceta más científica que social. Al concentrarse en el lenguaje como un sistema de signos cerrados, los estructuralistas descuidaron el significado en sus relatos e hicieron más hincapié en el significante, es decir, las palabras. De este modo, nacen a partir del estructuralismo todos los textos filosóficos que plantean una complejidad inusitada y que muchas veces culminan en fárragos discursivos que, habiendo perdido toda claridad, no comunican nada certero. Esta costumbre de priorizar los símbolos por sobre aquello que simbolizan fue la principal influencia de los posestructuralistas como Foucault o Derrida (quien literalmente inventaba palabras en sus obras), e incluso del filósofo existencialista Martin Heidegger. Pero la influencia más notoria, y la cual se ha extendido a movimientos artísticos contemporáneos, ha sido en las vanguardias literarias. La costumbre de concentrarse en el mensaje para causar un impacto en el interlocutor, descuidando el contenido de dicho mensaje, buscando impresionar mediante una complejidad que pretende hacerse pasar por profunda pero que en realidad no oculta ningún significado por dentro, ha influido en el arte contemporáneo. Incluso hoy en día, tanto la música como el arte más consumido, apunta a la parte límbica del ser humano, la parte más emotiva. El éxito artístico contemporáneo está dirigido a seducir la emocionalidad más que la razón, no sólo a través de banalidades sino también por medio de vericuetos que se asemejan intrincados pero que están vacíos de contenido. No importa tanto qué se transmite, sino la forma en que se transmite. Una frase de Leví-Strauss quedó marcada como rasgo distintivo de esta nueva costumbre: los símbolos son más reales que aquello que simbolizan. De esta manera, si el ser humano en la actualidad puede en algún momento llegar a la conclusión de que las apariencias engañan, o de que muchas veces nos dejamos llevar por intuiciones respecto a un tema o a una persona que terminan posteriormente demostrando lo contrario, es por esta nueva manera de comunicar, de ponderar el significante por el significado.

Posiblemente esta última forma de llevar a cabo los discursos y las obras escritas por los estructuralistas —a saber: complejizar los términos discursivos sin pretender hacer alusión a nada en concreto—, tenga una relación implícita con el concepto que Leví-Strauss tenía respecto al conocimiento. Según el antropólogo, reacio a las corrientes ilustradas que proponían el progreso a través de la razón y a ciencia, todo conocimiento era una invasión a las culturas nativas, una amenaza a sus hábitos y a sus valores. Esta idea influyó notablemente en los posestructuralistas, quienes interpretaron el conocimiento como una herramienta de poder de las elites para manipular a las masas incultas. Específicamente, Foucault desarrolló su teoría de la microfísica del poder a partir de las ideas de Leví-Strauss: toma de éste el concepto de estructura y lo reemplaza por el de discurso, y parte asimismo de la idea de conocimiento como invasión a cada cultura para desarrollar el innovador concepto de la dispersión del poder en microesferas de la sociedad. De esta manera, no sólo podemos hallar el influjo de los estructuralistas en la forma en que desarrollan el concepto de poder los posestructuralistas, el cual continúa vigente en la actualidad, sino también el empecinamiento en reivindicar las culturas primitivas, incultas, ajenas a todo indicio de civilización, creando así el mito del buen salvaje.

Las ideas de Leví-Strauss no encontraron asidero en Norteamérica, donde el filósofo-antropólogo estuvo de visita a una edad ya avanzada dando seminarios y conferencias, ya que su pretensión del retorno a un paraíso perdido y añorado, y la defensa de comunidades incivilizadas no coincide con las ideas protestantes y la ética del capitalismo reivindicada en aquella región. Pero sí hubo una fuerte influencia en Sudamérica. Aún en tiempos actuales es posible observar la idea de que la sencillez trae consigo la felicidad: el hombre pobre disfruta de su simpleza, y su banalidad está satisfecha con poco, mientras que el hombre culto y civilizado requiere de alegrías más complejas que lo entristecen y lo angustian. Es una herencia del estructuralismo la relación de la tristeza con el conocimiento y la reivindicación del hedonismo, el histrionismo, la superficialidad y el placer por sobre la sabiduría introspectiva y la abstracción metafísica.

Hoy en día no existe una ética objetiva o una tabla universal de valores. Es frecuente escuchar a una persona que simpatiza con una ideología defender los crímenes que se cometieron en el pasado en nombre de tal movimiento, aduciendo que el contexto social de tal época ameritaba estos avances que hoy son considerados ilegales pero que en aquel entonces no corrían con dicha condición. La cerrazón de cada cultura dentro de los límites impuestos por sus propios valores y sus propias costumbres culminaba en relativismo cultural, donde todo estaba permitido porque cada aberración, por más que parezca un crimen bajo las condiciones de una comunidad, era vista como algo normal en otra, o en otro tiempo. De esta forma se piensa en la actualidad: no se rechaza un crimen o una actitud desdeñable, sino únicamente cuando es cometida por un grupo o una ideología ajenos a la nuestra. Cuando nuestra propia identidad comete alguna de estas aberraciones, se debe justificar de la misma manera que el estructuralismo justificaba las atrocidades cometidas por civilizaciones antiguas e incultas.

Tal como anticipó en su momento Imannuel Kant, si no se procura el consenso universal, todo criterio culmina en el mero gusto y todo conocimiento se reduce a la estética, una característica crucial de los tiempos contemporáneos, donde los espectadores del mundo entero nos dejamos llevar por las apariencias o las formas más que por el contenido. Aunque hoy parezca ilógico, hubo grandes pensadores que proponían una ética del arte, una originalidad y veracidad en el contenido de toda obra artística. Autores de la talla de Tzvetan Todorov o Mijaíl Bajtín se caracterizaron por esta premisa, que consistía en un lenguaje claro en la literatura, lejos de la enrevesada lingüística del estructuralismo y la vacía complejidad de los movimientos de vanguardia.

Quedan detallados de esta manera los pilares fundamentales del estructuralismo, su intención de matar al sujeto reivindicando las estructuras, sus vínculos con el posestructuralismo empecinado en analizar el abuso de poder, sus destellos que en la actualidad se mantienen vigentes, su desprecio por las filosofías existencialistas y su relación con la inconciencia de la psicología freudiana.

 


El poder blando

  Edward Bernays fue conocido vulgarmente por ser sobrino de Sigmund Freud, pero su actividad ha marcado una destacada relevancia en el mund...