El término reificación
hace referencia a la idea de considerar a un ente libre y consciente como una
cosa que no es ni libre ni consciente. Claramente se aplica al ser humano, y
fue acuñado por vez primera por Karl Marx, haciendo énfasis en que las
condiciones materiales y económicas determinan las relaciones sociales del
individuo y, consecuentemente, a la forma de ser del mismo, su personalidad, su
realidad, su visión de la vida. Dicho de manera resumida, que la posición
económica que ocupan las personas terminan determinando su existencia. Sigmund
Freud es considerado el padre del psicoanálisis, y es conocido vulgarmente como
un psicoanalista incluso por personas que se desentienden de este campo de
estudio. Es el caso emblemático de los personajes que trascienden los límites
de aquello a lo que se dedican. El mismo comparte la noción de reificación que
otrora había señalado Marx, pero la encara desde una perspectiva psíquica: las decisiones que toma
y las actitudes que adopta cualquier individuo son producto de una serie de
pulsiones e impulsos que el propio ser humano desconoce. Lo que hicieron tanto
Freud como Marx –cada uno en su respectivo campo de estudio –, fue posicionar
al individuo en una esfera de total carencia de libertad: todo lo que hacemos
está condicionado por fuerzas exteriores que no logramos manipular. Somos
esclavos sin darnos cuenta de que lo somos, e incluso cuando nos cercioramos de
esta condición seríamos incapaces de revertirla por nosotros mismos.
En el año 1912, Freud funda junto a algunos
colegas la revista Imago y se dedica
exclusivamente a publicar artículos en la misma, abandonando la esfera de la
psicoanalítica pragmática. Sus escritos experimentan un viraje y comienza a
concentrarse en un tema más bien general y abarcable: la composición de la
cultura de occidente y la forma en que la misma condiciona la existencia de
cada una de las personas. Este punto neurálgico de su carrera coincide con la
publicación de su obra magna Tótem y Tabú
(1913), la cual, junto con El
Malestar en la Cultura (1930) conforma la obra paradigmática de su última
etapa. Según el propio Freud, existieron tres personajes históricos que
contribuyeron a derrocar el narcisismo humano –entendiendo a éste como una
visión antropológica de la vida donde el ser humano siempre se ubica en el
centro, siendo éste capaz de manipular cualquiera de las fuerzas exteriores –:
en primera instancia Copérnico, mediante su teoría heliocentrista (el planeta
Tierra es uno de varios planetas que giran
alrededor del Sol); en segundo lugar Charles Darwin, mediante su teoría de la evolución
(el ser humano es fruto de la evolución del mono y la adaptación del mismo a
distintas condiciones ambientales, mediante un fenómeno que catalogó como
selección natural); y en tercer lugar, el propio Freud, mediante la reificación
aplicada al ámbito del psicoanálisis.
De esta manera, surge un cuestionamiento
central en toda persona que pretende estudiar con cierta profundidad la
psicología freudiana: ¿de dónde surgen los impulsos instintivos o pulsiones que dominan el comportamiento
de todo ser humano? Para epitomizar la filosofía que subyace en todo tipo de
explicación que fundamente una respuesta a esta pregunta, podría decirse que,
en su infancia, toda persona experimenta represiones
de impulsos naturales. En los primeros años de vida, el niño es una tabula
rasa, y su entera existencia consiste en querer poner de manifiesto una intención
intrínseca, un impulso natural. Pero claro está que constantemente deberían sus
tutores imponer límites a estos impulsos. Así pues, cuando un adulto reprime
las intenciones de un niño, se genera una división en su interior: el impulso
reprimido se aloja en el subconsciente
–la parte de la mente del ser humano a la que no tenemos acceso con facilidad,
donde se esconden nuestros sentimientos oscuros, nuestras creencias y
paradigmas que rigen nuestro comportamiento –; pero, en simultáneo, el efecto
de la represión recae luego en la parte consciente, aquella porción de la mente
del ser humano de la cual somos conocedores y a la cual podemos manipular.
Surge entonces el siguiente escenario: cuando el niño pasa a ser adolescente y
luego adulto, existe en su interior una multiplicidad de impulsos reprimidos en
el subconsciente y una intención en el consciente de procurar satisfacerlo. De
manera involuntaria, toda persona adulta está constantemente procurando saciar
sus sentimientos reprimidos en la infancia mediante las herramientas que el
mundo convencional le brinda. De esta forma, es frecuente catalogar a toda
persona como un ser viviente que busca reducir el sentimiento del dolor y
aumentar sus dosis de placer, mecanismo que pone en juego inconscientemente.
En la segunda etapa freudiana, aquella que
temporalmente hemos definido en el segundo párrafo del siguiente artículo,
Sigmund Freud se concentró en el estudio de las civilizaciones humanas de
distintos tiempos para encontrar similitudes o puntos en común que le indiquen
cuáles son los fenómenos psíquicos que van más allá de las condiciones
temporales o ambientales, pero siempre sin perder de vista el esquema del
psicoanálisis que pone de manifiesto una vital importancia en los primeros años
de vida de todo individuo –cuando, mediante las represiones de sus padres o
tutores, experimenta la división entre el consciente y el subconsciente –. Así
es como descubre la existencia del tabú,
que hace alusión a las prohibiciones que toda sociedad debe cumplir para vivir
en armonía. Aún en las civilizaciones más primitivas o más salvajes existieron
prohibiciones, y Freud encontró dos rasgos distintivos en las mismas: por un
lado, ningún ser humano suele contar con la motivación de trascenderlas; por
otro lado, todos desconocen el verdadero origen de las mismas. A diferencia de
las normas morales que impone toda religión, el tabú cuenta con un impedimento
tácito que no suele exigir un argumento. Los temas que hoy se denominan tabú (prohibidos), no necesitan ser
explicados mediante silogismos verificables, y ni siquiera precisan ser penados
por la ley. Existe un consentimiento tácito que tradicionalmente se ha
establecido en la rutina de cada uno. Todos saben que no se debe hacer tal cosa
y todos desconocen a su vez el motivo por el cual no debe hacerse. Para complicar
el escenario, se debería agregar que existe un impulso natural por intentar
hacerlo, un deseo reprimido que nos exige ser saciado, pero aún contando con la
oportunidad de hacerlo, sabemos que posteriormente deberemos transitar un
período de duelo, de carga de conciencia por haberlo hecho. Parecería ser un
callejón sin salida, un laberinto indescifrable. Este es, según Freud, el
origen de la neurosis.
La contribución de esta idea para la psicología
de masas es el siguiente: querer hacer algo y no poder hacerlo, o querer hacer
algo y poder hacerlo pero sabiendo que luego deberemos enfrentar un
remordimiento fatal, es una manera de manipular a las personas sin necesidad de
imponer castigo alguno. Sería, tal vez, lograr la manipulación de las masas sin
la necesidad de una fuerza policial o una serie de instituciones que
contribuyan a dicha manipulación. Esto deriva en un tema recurrente en este
espacio: la manipulación mediante el propio ejercicio de la manipulación; el
hombre que se auto manipula, el hombre
siendo esclavo de sus propias pasiones o de su propia ignorancia, que para los
griegos sería lo mismo. No hay una presión exterior que contribuya a esta
esclavitud, sino que la propia conciencia del hombre manipula su propia
existencia. En palabras de Freud, dentro de la mentalidad de todos los
individuos existe una ambivalencia,
surgida a partir de las represiones experimentadas en la infancia. Ante un
impulso interior se opone una prohibición exterior, pero ello no soluciona el
conflicto, porque la explicación que dan los represores es puramente consciente,
objetiva, racional, mientras que el impulso resulta ser exclusivamente inconsciente
e irracional. El hombre adulto quiere
lo prohibido pero lo retiene siempre el horror que el mismo acto le inspira,
aún sabiendo que ese acto no implica un castigo visible o reconocible. Es entonces
cuando surgen los actos sustitutivos,
es decir, aquellas acciones que todo ser humano lleva a cabo para saciar el
deseo inconsciente pero que no tiene un vínculo tan directo con el deseo en sí.
Es el típico caso de las personas que no logran comprender las actitudes
tomadas por otros seres humanos, a los cuales tildan de perversos o enfermos, lo que está sucediendo es que
estos seres buscan mediante actos ajenos a la satisfacción del placer ponerle
punto final a un impulso que nació en la niñez y que aún no pudo ser atendido. Y
aquí subyace una realidad más temible aún, quizá también contradictoria: si
todo ser humano no es capaz de reconocer los impulsos reprimidos en su inconsciente
y busca como alternativa realizar otro tipo de actividades ajenas a esta
pulsión, entonces significa que el temor al deseo es más fuerte que el deseo
propiamente dicho. Es entonces cuando nos cuadramos una dimensión aproximada
del poder que tiene el tabú o la prohibición en la humanidad.
Ahora supongamos que uno quisiera hacer un
estudio más exhaustivo y extender el horizonte temporal a los tiempos más
remotos. Si nos remontamos a sociedades primitivas, estaríamos llegando al
totemismo: aquellas civilizaciones que estaban organizadas alrededor del culto
al tótem, que solía ser un animal sagrado o, en menor proporción, una planta.
Las sociedades totémicas pretéritas rendían culto a un animal y lo endiosaban
al punto tal que imponían una serie de reglas referidas a su existencia.
Encontramos aquí las represiones más antiguas de todas las sociedades: los
miembros de la tribu no podían comer la carne del animal que conformaba el
tótem y no podían tener relaciones sexuales con personas de sexo opuesto que
pertenezcan a la misma tribu totémica. Si tuviéramos que demudar estas exigencias
a un lenguaje contemporáneo, las mismas prohibiciones se traducirían de la
siguiente manera: no podemos trascender las normas impuestas por nuestros
tutores o padres y tampoco podemos tener relaciones sexuales con personas de
sexo opuesto que forman parte de algún círculo íntimo –dentro del cual el más
visible sería claramente la familia –. Hay una analogía que se manifiesta de
manera vulgar y brutal y que se relaciona con esto: matar al padre y tener
relaciones con la madre. Es éste el argumento mitológico de Edipo Rey, obra de
Sófocles, donde el protagonista, Edipo, está condenado a matar a su propio
padre y a formar una familia con su propia madre, aún cuando todo el empeño
suyo y de su familia se encargaron de evitar esta desgracia, la cual terminó
ocurriendo indefectiblemente. A través del complejo
de Edipo, Freud nos sugiere indirectamente que las represiones de las
pulsiones conviven en nuestro interior y nos obligan a comportarnos de una
manera determinada, aún cuando nosotros intentamos comportarnos de forma
distinta. Y que los dos instintos reprimidos más antiguos son el hostigamiento
hacia la autoridad y los vínculos sexuales con personas que pertenecen a nuestra
propia tribu o a quienes les cubre un velo prohibición por algún vínculo personal.
A partir de estas reflexiones psicológicas
podemos concluir dos verdades fehacientes que resultaron ser pilares
fundamentales en la teoría freudiana. Por un lado, por más extraño que parezca,
las restricciones respecto a las relaciones sexuales y al respeto indeclinable
hacia la autoridad son anteriores a la
religión, incluso en civilizaciones primitivas y completamente aisladas de
cualquier avance social y tecnológico, tribus remotamente antiguas y
caracterizadas por un visible rasgo de brutalidad; en ellas contaban con
prohibiciones y normas estrictas con respecto a estos dos puntos, muy a
diferencia de lo que se puede esperar. En segundo lugar, existe una analogía
conductual entre el comportamiento de los salvajes primitivos y los neuróticos,
y que esta similitud se apoya en el concepto de ambivalencia.
Ya hemos dicho que todo tabú esconde un
remordimiento consciente, un intento por limitar los impulsos naturales a
través de la aplicación de un castigo. Asimismo, el deseo es puramente inconsciente,
y a partir de esta separación se produce la neurosis
en los individuos. Profundizando este esquema con respecto a la figura de la
autoridad, encontramos que se plantea una nueva dualidad en la relación del rey
con sus súbditos en las sociedades primitivas: así como se atribuye al jefe de
la tribu una identificación egregia y un respeto incólume, también la misma
persona cuenta con responsabilidades que en muchos casos, dado el nivel de
ignorancia, pertenecían exclusivamente al caótico funcionamiento de la naturaleza.
Los reyes de las tribus antiguas podían ser ejecutados, torturados o golpeados
hasta el desvanecimiento durante etapas de sequía o inundación; inclusive se
solía atribuir a estas autoridades el nivel o intensidad de brillo del sol, lo
cual resulta más estrambótico aún. Esto se debe, claramente, a que las sociedades primitivas no se
caracterizaban por ser salvajes, como suele pensarse habitualmente, sino por
ser supersticiosas. Y las supersticiones pueden ser ejecutoras de cierto
salvajismo pero también de cierta indolencia. Por ejemplo, en algunas tribus
del territorio africano, cuando en un combate se mataba a una persona de otra
tribu, se veneraba posteriormente a las cabezas degolladas de las víctimas,
llegando al extremo de adornarlas en los hogares propias y darles de comer, en
señal de arrepentimiento por la muerte generada, debido al temor injustificado a la figura de la muerte, suponiendo siempre
que los muertos pueden vengar, tarde o temprano, su propia desaparición en el
plano físico. Freud razona que detrás de estos atributos que gozaban de ciertas
prerrogativas pero a su vez se les adjudicaba compromisos injustificados y
letales se esconde el mismo concepto de ambivalencia presente en el deseo: así
como en todo deseo se le opone una prohibición, y el deseo es más fervoroso
cuanto más profunda es la prohibición, también a las autoridades se les
responsabiliza exageradamente, y cuanto mayor es la veneración y el respeto
hacia esa autoridad mayor el nivel de exigencia que recae sobre su persona.
Sucede una extraña sensación entonces, que a todo cariño le acompaña en simultáneo
un hostigamiento, y detrás de todo respeto se esconde el deseo de despreciar a
quien se respeta. Esto mantiene una clara analogía con la neurosis, donde la
tendencia reprimida y la represora hallan una satisfacción simultánea y común.
Se venera a la autoridad pero se la castiga por dicha elevación en igual medida
en que se prohíbe severamente aquello que se desea.
Si combinamos algunas de las conclusiones a las
que hemos arribado, podemos decretar que toda prohibición enmarca un deseo, ya
que no se puede prohibir aquello que todo ser humano no desea, no tendría
sentido. A su vez, que el temor al remordimiento es superior al deseo en sí, y
que los dos tabúes principales en la humanidad son el deseo reprimido de matar
a un padre (autoridad) y el deseo reprimido de tener relaciones sexuales con
miembros de la misma sociedad o familia (incesto). A partir de este esquema,
Freud conjetura dos visiones importantes en su lectura psicoanalítica del
origen del tabú y la prohibición: que la tentación de matar es más fuerte en
nosotros de lo que creemos y que se manifiesta en efectos psíquicos con los que
parece, a priori, no tener relación alguna; por otro lado, que los deseos
sexuales son individuales y no tienen vínculo con la supervivencia. Esto es,
que el placer que conlleva la procreación es diminuto ante el placer de tener
relaciones con lo que está prohibido, ya que no puede compararse el plano
colectivo con el plano individual; el deseo erótico es egoísta y la
supervivencia de la especie es un bien común. De esta forma alcanza una
definición del neurótico como una persona que procura realizar por esfuerzos
individuales aquello que la sociedad realiza por esfuerzos colectivos.
En cierto aspecto, queda por analizar el
impacto de la horda primitiva, la diferencia entre neurosis y salvajismo, y la
vigencia del animismo en la actualidad, que serán atendidas en un artículo
venidero.
