viernes, 13 de septiembre de 2024

Tótem y Tabú

 


El término reificación hace referencia a la idea de considerar a un ente libre y consciente como una cosa que no es ni libre ni consciente. Claramente se aplica al ser humano, y fue acuñado por vez primera por Karl Marx, haciendo énfasis en que las condiciones materiales y económicas determinan las relaciones sociales del individuo y, consecuentemente, a la forma de ser del mismo, su personalidad, su realidad, su visión de la vida. Dicho de manera resumida, que la posición económica que ocupan las personas terminan determinando su existencia. Sigmund Freud es considerado el padre del psicoanálisis, y es conocido vulgarmente como un psicoanalista incluso por personas que se desentienden de este campo de estudio. Es el caso emblemático de los personajes que trascienden los límites de aquello a lo que se dedican. El mismo comparte la noción de reificación que otrora había señalado Marx, pero la encara desde  una perspectiva psíquica: las decisiones que toma y las actitudes que adopta cualquier individuo son producto de una serie de pulsiones e impulsos que el propio ser humano desconoce. Lo que hicieron tanto Freud como Marx –cada uno en su respectivo campo de estudio –, fue posicionar al individuo en una esfera de total carencia de libertad: todo lo que hacemos está condicionado por fuerzas exteriores que no logramos manipular. Somos esclavos sin darnos cuenta de que lo somos, e incluso cuando nos cercioramos de esta condición seríamos incapaces de revertirla por nosotros mismos.

En el año 1912, Freud funda junto a algunos colegas la revista Imago y se dedica exclusivamente a publicar artículos en la misma, abandonando la esfera de la psicoanalítica pragmática. Sus escritos experimentan un viraje y comienza a concentrarse en un tema más bien general y abarcable: la composición de la cultura de occidente y la forma en que la misma condiciona la existencia de cada una de las personas. Este punto neurálgico de su carrera coincide con la publicación de su obra magna Tótem y Tabú (1913), la cual, junto con El Malestar en la Cultura (1930) conforma la obra paradigmática de su última etapa. Según el propio Freud, existieron tres personajes históricos que contribuyeron a derrocar el narcisismo humano –entendiendo a éste como una visión antropológica de la vida donde el ser humano siempre se ubica en el centro, siendo éste capaz de manipular cualquiera de las fuerzas exteriores –: en primera instancia Copérnico, mediante su teoría heliocentrista (el planeta Tierra es uno de varios planetas que giran alrededor del Sol); en segundo lugar Charles Darwin, mediante su teoría de la evolución (el ser humano es fruto de la evolución del mono y la adaptación del mismo a distintas condiciones ambientales, mediante un fenómeno que catalogó como selección natural); y en tercer lugar, el propio Freud, mediante la reificación aplicada al ámbito del psicoanálisis.

De esta manera, surge un cuestionamiento central en toda persona que pretende estudiar con cierta profundidad la psicología freudiana: ¿de dónde surgen los impulsos instintivos o pulsiones que dominan el comportamiento de todo ser humano? Para epitomizar la filosofía que subyace en todo tipo de explicación que fundamente una respuesta a esta pregunta, podría decirse que, en su infancia, toda persona experimenta represiones de impulsos naturales. En los primeros años de vida, el niño es una tabula rasa, y su entera existencia consiste en querer poner de manifiesto una intención intrínseca, un impulso natural. Pero claro está que constantemente deberían sus tutores imponer límites a estos impulsos. Así pues, cuando un adulto reprime las intenciones de un niño, se genera una división en su interior: el impulso reprimido se aloja en el subconsciente –la parte de la mente del ser humano a la que no tenemos acceso con facilidad, donde se esconden nuestros sentimientos oscuros, nuestras creencias y paradigmas que rigen nuestro comportamiento –; pero, en simultáneo, el efecto de la represión recae luego en la parte consciente, aquella porción de la mente del ser humano de la cual somos conocedores y a la cual podemos manipular. Surge entonces el siguiente escenario: cuando el niño pasa a ser adolescente y luego adulto, existe en su interior una multiplicidad de impulsos reprimidos en el subconsciente y una intención en el consciente de procurar satisfacerlo. De manera involuntaria, toda persona adulta está constantemente procurando saciar sus sentimientos reprimidos en la infancia mediante las herramientas que el mundo convencional le brinda. De esta forma, es frecuente catalogar a toda persona como un ser viviente que busca reducir el sentimiento del dolor y aumentar sus dosis de placer, mecanismo que pone en juego inconscientemente.

En la segunda etapa freudiana, aquella que temporalmente hemos definido en el segundo párrafo del siguiente artículo, Sigmund Freud se concentró en el estudio de las civilizaciones humanas de distintos tiempos para encontrar similitudes o puntos en común que le indiquen cuáles son los fenómenos psíquicos que van más allá de las condiciones temporales o ambientales, pero siempre sin perder de vista el esquema del psicoanálisis que pone de manifiesto una vital importancia en los primeros años de vida de todo individuo –cuando, mediante las represiones de sus padres o tutores, experimenta la división entre el consciente y el subconsciente –. Así es como descubre la existencia del tabú, que hace alusión a las prohibiciones que toda sociedad debe cumplir para vivir en armonía. Aún en las civilizaciones más primitivas o más salvajes existieron prohibiciones, y Freud encontró dos rasgos distintivos en las mismas: por un lado, ningún ser humano suele contar con la motivación de trascenderlas; por otro lado, todos desconocen el verdadero origen de las mismas. A diferencia de las normas morales que impone toda religión, el tabú cuenta con un impedimento tácito que no suele exigir un argumento. Los temas que hoy se denominan tabú (prohibidos), no necesitan ser explicados mediante silogismos verificables, y ni siquiera precisan ser penados por la ley. Existe un consentimiento tácito que tradicionalmente se ha establecido en la rutina de cada uno. Todos saben que no se debe hacer tal cosa y todos desconocen a su vez el motivo por el cual no debe hacerse. Para complicar el escenario, se debería agregar que existe un impulso natural por intentar hacerlo, un deseo reprimido que nos exige ser saciado, pero aún contando con la oportunidad de hacerlo, sabemos que posteriormente deberemos transitar un período de duelo, de carga de conciencia por haberlo hecho. Parecería ser un callejón sin salida, un laberinto indescifrable. Este es, según Freud, el origen de la neurosis.

La contribución de esta idea para la psicología de masas es el siguiente: querer hacer algo y no poder hacerlo, o querer hacer algo y poder hacerlo pero sabiendo que luego deberemos enfrentar un remordimiento fatal, es una manera de manipular a las personas sin necesidad de imponer castigo alguno. Sería, tal vez, lograr la manipulación de las masas sin la necesidad de una fuerza policial o una serie de instituciones que contribuyan a dicha manipulación. Esto deriva en un tema recurrente en este espacio: la manipulación mediante el propio ejercicio de la manipulación; el hombre que se auto manipula, el hombre siendo esclavo de sus propias pasiones o de su propia ignorancia, que para los griegos sería lo mismo. No hay una presión exterior que contribuya a esta esclavitud, sino que la propia conciencia del hombre manipula su propia existencia. En palabras de Freud, dentro de la mentalidad de todos los individuos existe una ambivalencia, surgida a partir de las represiones experimentadas en la infancia. Ante un impulso interior se opone una prohibición exterior, pero ello no soluciona el conflicto, porque la explicación que dan los represores es puramente consciente, objetiva, racional, mientras que el impulso resulta ser exclusivamente inconsciente e irracional. El hombre adulto quiere lo prohibido pero lo retiene siempre el horror que el mismo acto le inspira, aún sabiendo que ese acto no implica un castigo visible o reconocible. Es entonces cuando surgen los actos sustitutivos, es decir, aquellas acciones que todo ser humano lleva a cabo para saciar el deseo inconsciente pero que no tiene un vínculo tan directo con el deseo en sí. Es el típico caso de las personas que no logran comprender las actitudes tomadas por otros seres humanos, a los cuales tildan de perversos o enfermos, lo que está sucediendo es que estos seres buscan mediante actos ajenos a la satisfacción del placer ponerle punto final a un impulso que nació en la niñez y que aún no pudo ser atendido. Y aquí subyace una realidad más temible aún, quizá también contradictoria: si todo ser humano no es capaz de reconocer los impulsos reprimidos en su inconsciente y busca como alternativa realizar otro tipo de actividades ajenas a esta pulsión, entonces significa que el temor al deseo es más fuerte que el deseo propiamente dicho. Es entonces cuando nos cuadramos una dimensión aproximada del poder que tiene el tabú o la prohibición en la humanidad.

Ahora supongamos que uno quisiera hacer un estudio más exhaustivo y extender el horizonte temporal a los tiempos más remotos. Si nos remontamos a sociedades primitivas, estaríamos llegando al totemismo: aquellas civilizaciones que estaban organizadas alrededor del culto al tótem, que solía ser un animal sagrado o, en menor proporción, una planta. Las sociedades totémicas pretéritas rendían culto a un animal y lo endiosaban al punto tal que imponían una serie de reglas referidas a su existencia. Encontramos aquí las represiones más antiguas de todas las sociedades: los miembros de la tribu no podían comer la carne del animal que conformaba el tótem y no podían tener relaciones sexuales con personas de sexo opuesto que pertenezcan a la misma tribu totémica. Si tuviéramos que demudar estas exigencias a un lenguaje contemporáneo, las mismas prohibiciones se traducirían de la siguiente manera: no podemos trascender las normas impuestas por nuestros tutores o padres y tampoco podemos tener relaciones sexuales con personas de sexo opuesto que forman parte de algún círculo íntimo –dentro del cual el más visible sería claramente la familia –. Hay una analogía que se manifiesta de manera vulgar y brutal y que se relaciona con esto: matar al padre y tener relaciones con la madre. Es éste el argumento mitológico de Edipo Rey, obra de Sófocles, donde el protagonista, Edipo, está condenado a matar a su propio padre y a formar una familia con su propia madre, aún cuando todo el empeño suyo y de su familia se encargaron de evitar esta desgracia, la cual terminó ocurriendo indefectiblemente. A través del complejo de Edipo, Freud nos sugiere indirectamente que las represiones de las pulsiones conviven en nuestro interior y nos obligan a comportarnos de una manera determinada, aún cuando nosotros intentamos comportarnos de forma distinta. Y que los dos instintos reprimidos más antiguos son el hostigamiento hacia la autoridad y los vínculos sexuales con personas que pertenecen a nuestra propia tribu o a quienes les cubre un velo prohibición por algún vínculo personal.

A partir de estas reflexiones psicológicas podemos concluir dos verdades fehacientes que resultaron ser pilares fundamentales en la teoría freudiana. Por un lado, por más extraño que parezca, las restricciones respecto a las relaciones sexuales y al respeto indeclinable hacia la autoridad son anteriores a la religión, incluso en civilizaciones primitivas y completamente aisladas de cualquier avance social y tecnológico, tribus remotamente antiguas y caracterizadas por un visible rasgo de brutalidad; en ellas contaban con prohibiciones y normas estrictas con respecto a estos dos puntos, muy a diferencia de lo que se puede esperar. En segundo lugar, existe una analogía conductual entre el comportamiento de los salvajes primitivos y los neuróticos, y que esta similitud se apoya en el concepto de ambivalencia.

Ya hemos dicho que todo tabú esconde un remordimiento consciente, un intento por limitar los impulsos naturales a través de la aplicación de un castigo. Asimismo, el deseo es puramente inconsciente, y a partir de esta separación se produce la neurosis en los individuos. Profundizando este esquema con respecto a la figura de la autoridad, encontramos que se plantea una nueva dualidad en la relación del rey con sus súbditos en las sociedades primitivas: así como se atribuye al jefe de la tribu una identificación egregia y un respeto incólume, también la misma persona cuenta con responsabilidades que en muchos casos, dado el nivel de ignorancia, pertenecían exclusivamente al caótico funcionamiento de la naturaleza. Los reyes de las tribus antiguas podían ser ejecutados, torturados o golpeados hasta el desvanecimiento durante etapas de sequía o inundación; inclusive se solía atribuir a estas autoridades el nivel o intensidad de brillo del sol, lo cual resulta más estrambótico aún. Esto se debe, claramente, a que las sociedades primitivas no se caracterizaban por ser salvajes, como suele pensarse habitualmente, sino por ser supersticiosas. Y las supersticiones pueden ser ejecutoras de cierto salvajismo pero también de cierta indolencia. Por ejemplo, en algunas tribus del territorio africano, cuando en un combate se mataba a una persona de otra tribu, se veneraba posteriormente a las cabezas degolladas de las víctimas, llegando al extremo de adornarlas en los hogares propias y darles de comer, en señal de arrepentimiento por la muerte generada, debido al temor injustificado a la figura de la muerte, suponiendo siempre que los muertos pueden vengar, tarde o temprano, su propia desaparición en el plano físico. Freud razona que detrás de estos atributos que gozaban de ciertas prerrogativas pero a su vez se les adjudicaba compromisos injustificados y letales se esconde el mismo concepto de ambivalencia presente en el deseo: así como en todo deseo se le opone una prohibición, y el deseo es más fervoroso cuanto más profunda es la prohibición, también a las autoridades se les responsabiliza exageradamente, y cuanto mayor es la veneración y el respeto hacia esa autoridad mayor el nivel de exigencia que recae sobre su persona. Sucede una extraña sensación entonces, que a todo cariño le acompaña en simultáneo un hostigamiento, y detrás de todo respeto se esconde el deseo de despreciar a quien se respeta. Esto mantiene una clara analogía con la neurosis, donde la tendencia reprimida y la represora hallan una satisfacción simultánea y común. Se venera a la autoridad pero se la castiga por dicha elevación en igual medida en que se prohíbe severamente aquello que se desea.

Si combinamos algunas de las conclusiones a las que hemos arribado, podemos decretar que toda prohibición enmarca un deseo, ya que no se puede prohibir aquello que todo ser humano no desea, no tendría sentido. A su vez, que el temor al remordimiento es superior al deseo en sí, y que los dos tabúes principales en la humanidad son el deseo reprimido de matar a un padre (autoridad) y el deseo reprimido de tener relaciones sexuales con miembros de la misma sociedad o familia (incesto). A partir de este esquema, Freud conjetura dos visiones importantes en su lectura psicoanalítica del origen del tabú y la prohibición: que la tentación de matar es más fuerte en nosotros de lo que creemos y que se manifiesta en efectos psíquicos con los que parece, a priori, no tener relación alguna; por otro lado, que los deseos sexuales son individuales y no tienen vínculo con la supervivencia. Esto es, que el placer que conlleva la procreación es diminuto ante el placer de tener relaciones con lo que está prohibido, ya que no puede compararse el plano colectivo con el plano individual; el deseo erótico es egoísta y la supervivencia de la especie es un bien común. De esta forma alcanza una definición del neurótico como una persona que procura realizar por esfuerzos individuales aquello que la sociedad realiza por esfuerzos colectivos.

En cierto aspecto, queda por analizar el impacto de la horda primitiva, la diferencia entre neurosis y salvajismo, y la vigencia del animismo en la actualidad, que serán atendidas en un artículo venidero.


El poder blando

  Edward Bernays fue conocido vulgarmente por ser sobrino de Sigmund Freud, pero su actividad ha marcado una destacada relevancia en el mund...