jueves, 29 de febrero de 2024

Posmodernismo

 


El término aparece en primera instancia para hacer referencia a la arquitectura posmoderna, haciendo alusión a una mezcla de estilos pretéritos con una intención irónica. La aplicación del epíteto a la filosofía o a la literatura aparece más tarde. Se puede decir que es una exaltación de lo irracional, la muerte del gran relato –Jean-François Lyotard –, la instalación de la hermenéutica. No obstante, abordaremos el análisis desde aristas inhabituales, con el objeto de llegar a conclusiones más acertadas y originales.

La palabra hace alusión a una etapa posterior al Modernismo o la Modernidad, lo cual nos hace pensar que se trata de una superación, una redefinición de los valores y paradigmas de la Edad Moderna. Sin embargo, luego de varios análisis de cierta profundidad, estamos en condiciones de sugerir que el posmodernismo es, en verdad, un premodernismo, ya que propone un retorno a las premisas románticas previas al surgimiento de la Modernidad. Entre ellos, podemos enumerar el retorno a la magia por sobre la ciencia, la reivindicación de los pueblos primitivos, el desprecio hacia la civilización, el giro de lo individual a lo masivo –siempre interpretando a las comunidades como antítesis de las sociedades, distinción que oportunamente había hecho ya Ferdinand Tönnies –. A medida que uno ahonda en el estudio del posmodernismo van decantando dos situaciones análogas: por un lado, se trata de la época que nos tocó vivir y, de alguna manera cobarde o simplista, la mayoría de las personas, en lugar de luchar contra los paradigmas de la época, prefiere someterse a ellos, circunscribir su existencia a los límites de las imposiciones que están de moda; por otro lado, nos cercioramos de que todo está relacionado causalmente, todo efecto pragmático que parece ser espontáneo o fruto de la intuición tiene un fundamento teórico detrás.

Si tuviéramos que definir a la Edad Moderna en pocas palabras podríamos hacer referencia inmediata a la ciencia y la técnica como fundamentos o bases del progreso: el hombre, durante la Modernidad, sospecha que su vida mejora paulatinamente gracias a la aplicación de la técnica. Las condiciones laborales son más amenas, la calidad de vida mejora, las personas de distintas clases pueden acceder con mayor facilidad al consumo de alimentos y a ciertas cuotas de placer que antes les estaban vedadas, la situación sanitaria es más efectiva y algunas enfermedades que antes causaban muertes ahora se solucionan mediante medicamentos accesibles, el arte está disponible a cualquiera y ya no queda reservado exclusivamente a los más pudientes. Quedan problemas por solucionar pero es innegable una mejora objetiva y organoléptica en la calidad de vida de la gente. Los baluartes de este progreso son la razón, la ciencia y la globalización. Mediante el pensamiento y el método científico, se introducen reformas que mejoran la vida de las personas, y mediante el carácter cosmopolita de estas reformas el progreso se expande mundialmente y llega a cada rincón del planeta, a pesar de ciertas desaceleraciones fruto del chauvinismo. Hasta aquí parece todo tan bello y sublime que resultaría demencial sospechar una contraoferta.

La primera crítica fue efectuada a partir de la Escuela de Frankfurt y sus pensadores post marxistas, que intentaron redefinir el comunismo materialista y volcarlo de alguna forma quizá impertinente a la cultura. Los pensadores de esta facción, dentro de los cuales se destacaban Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Max Horkheimer, sostenían que el capitalismo tardío había devorado al comunismo, lo había integrado en su propia ideología y en su propio mecanismo. La gente, al tener acceso a facilidades antes insospechadas y a placeres inmediatos, ya no tenía tiempo ni energía para pensar en las injusticias que les tocaba vivir, ya no se preocupaban por nada. El consumismo había terminado consumiendo al consumidor. La gente ya no compraba productos por necesidad, sino para entrar en la rueda de un fenómeno que antes resultaba ignoto, para aparentar, para intentar convencerse a uno mismo que se es feliz cuando, en realidad, uno no lo es. Una característica propia que se deriva de esta circunstancia es el temor inexorable a la soledad. El hombre posmoderno, además de consumista y mediocre, le teme a la soledad y se jacta de ser gregario, prestando suficiente atención a las dependencias y ataduras que su alegría mantiene con el resto de la gente, con aquello que otrora se definía como popular. ¿No es común que el principal criterio para que algo nos guste o para adquirir una actitud o un hábito sea su carácter masivo? En la soledad, nuestro cerebro se ve atiborrado de pensamientos que nos debilitan y nos muestran nuestras principales fragilidades, aquellos compromisos que no queremos asumir y aquellas realidades que no queremos reconocer y buscamos esconder debajo de una alfombra. Estar sólo es un error, o un desafío al que únicamente los valientes pueden hacer frente.

Otra crítica que la Escuela de Frankfurt hizo a la Modernidad fue el carácter instrumental que la razón adquirió durante esta época. Cuando las esperanzas del Iluminismo nos proponían una mejora continua a partir de la intervención de la razón en la vida del hombre, haciendo hincapié en la ciencia y la técnica, el correr de los años nos ofreció una realidad visiblemente distinta, ya que el hombre no empleó la razón y la técnica para mejorar la vida del ser humano en general, sino para manipular, fruto del poder, a otros hombres y ejercer sobre los mismos un dominio lamentable y subrepticio. La razón no fue un vehículo hacia la mejora del hombre sino una herramienta o un instrumento para la manipulación mutua.

Augusto del Noce fue más puntilloso en su descripción de la posmodernidad, siempre desde un punto de vista crítico y apodíctico. Señaló oportunamente tres características de esta época que se pueden observar implícitamente en la vida cotidiana: el hombre posmoderno es atélico (no tiene fines o propósitos), anutópico (no tiene utopías que funcionen como un horizonte o como un motor impulsor de su vida), y anaxiológico (no hay valores trascendentales, no hay una jerarquía de valores, sino que los mismos se atan a las circunstancias, dependen de ellas, y el orden de los mismos va cambiando por conveniencia). Las personas sin horizonte y sin valores inalterables son más fáciles de manipular. Sin embargo, la manipulación está íntimamente ligada con la mediocridad. En el año 1951, el psicólogo Solomon Asch realizó un experimento para medir la influencia de las opiniones ajenas en las decisiones propias. Se montó un salón donde se hacían preguntas relativamente obvias y lógicas a un grupo de personas. Se les preguntaba, por ejemplo, qué línea era más larga entre un grupo de éstas ordenadas una al lado de la otra, donde la línea más larga era fácil de visualizar y de reconocer. El experimento se enfocaba en una de las personas del grupo, ya que el resto de los individuos eran parte del personal de Asch, los cuales fingían sus respuestas e indicaban como la línea más larga a una que era elocuentemente más corta. El entrevistado, en la gran mayoría de los casos, no elegía aquella que consideraba la respuesta correcta sino la opción elegida por el resto, sabiendo que era la incorrecta. El experimento se había llevado a cabo para analizar el incipiente fenómeno de manipulación de las masas: de qué manera esta situación podía llevarse a cabo y cuáles eran los resortes a través de los cuales se podía manipular. El hombre mediocre tiene características determinadas que no vienen al caso describir, pero que pueden agruparse en la lista mencionada en tiempos pretéritos por del Noce, ya que no tiene fines, ni horizontes, ni valores supremos a los cuales responder. Pero cuando se forma un enjambre de hombres mediocres, una comunidad donde prima la mediocridad, sucede algo increíblemente extraordinario: las personas que pretenden desarrollar valores trascendentales o procuran practicar actividades fuera de lo común, son excluidas mediante la humillación y el rechazo. El hombre posmoderno es inevitablemente mediocre, y la posmodernidad como entelequia no es más que un culto a la mediocridad. Esta situación se ve reforzada por una condición genética que arrastramos desde los primeros esbozos de civilización. En las sociedades primitivas, previo al desarrollo de la agricultura, el hombre se dedicaba exclusivamente a la caza. Para tal actividad, debía contar con dos condiciones físicas: por un lado, la fuerza para derrotar al animal que se persigue; por el otro lado, la rapidez para huir del peligro o para alcanzar a la presa. Ambas cualidades anatómicas resultaban proporcionalmente inversas: la mejora de una ocasionaba el detrimento de la otra. Así, quienes eran más rápidos carecían de fuerza debido a su liviandad, y quienes eran más fuertes carecían de ligereza debido a su reciedumbre. Los sobresalientes eran los que mantenían un equilibrio entre ambas aptitudes. La mediocridad, confundida con equilibrio virtuoso, es un mal que aqueja a nuestra condición humana desde tiempos inmemorables. La consecuencia directa de este fenómeno es la facilidad de manipulación. Y, debido a que toda mediocridad surge de manera espontánea cuando la cantidad de personas es mayor, éste es el signo definitivo de las masas populares. De aquí que se fomente un pensamiento único y se reivindiquen los grandes acontecimientos culturales, donde el criterio no es la calidad del arte sino la masividad de su llegada o de su alcance.

Siguiendo con las características del posmodernismo, hemos de sugerir la contribución de la antropología a la ideología en boga. Sabido es que con la aparición del estructuralismo en período de entre guerras, la antropología dejó de ser evolucionista. Ésta sostenía que el hombre evolucionaba a partir de la razón y la aplicación de la técnica y la ciencia (clara alusión al progresismo), pero los estudios de Claude Levi-Strauss dieron un vuelco neurálgico al asunto, sugiriendo que cada cultura y cada civilización guardaba dentro suyo un sistema de valores morales y rituales éticos propios, y que por ende no podrían evaluarse las costumbres de un pueblo con los criterios de otro. Así, los avances científicos están a la altura de la magia del alquimista, la medicina a la par del curandero. Este viraje de la antropología contribuyó a que la gente, en la modernidad, aprecie el retorno al pasado como una elegía bucólica.

Se advierte en el posmodernismo un matiz malthusiano de la escasez como condición primaria de las relaciones humanas: la idea de una cantidad limitada de recursos nos lleva a sospechar que el otro es el enemigo, y esto da lugar a un pilar fundamental del liberalismo y el comunismo en simultáneo –lo cual nos hace sospechar que ambas ideologías a priori contradictorias comparten la misma raíz –: por un lado, la competencia entre personas, fruto de la noción de que los recursos son limitados y debemos luchar por ellos; por otro lado, la idea de que debemos expoliar beneficios ajenos para que sean propios. En el primer caso, el liberalismo; en el segundo el comunismo. Ambos comparten la idea de conflicto entre personas, rechazan la armonía. El hombre es el lobo del hombre.

Sin embargo, a pesar de las características ya citadas, que pueden calificarse como objetivas, me gustaría hacer una suerte de elucubración propia, e indicar dos reflexiones acerca de la época que nos ha tocado vivir. Porque las relaciones entre personas, los usos y costumbres de las gentes, están estrechamente condicionados por la época en que viven. Existen dos factores que han contribuido al desarrollo del hombre mediocre, el hombre masa, característico de la posmodernidad. Uno es la llegada del materialismo hedonista a las clases inferiores. En Argentina, fue habitual la imagen, a fines de los noventa y comienzos del año 2000, de las antenas satelitales en las villas. El hombre de clase baja, que ya había sido estropeado por el consumo de incipientes drogas degradantes, sumaba ahora una nueva costumbre: el consumo de la televisión basura, que inculca subrepticia y furtivamente la idea del placer inmediato, la idea de la apariencia y la universalidad de los valores. Otrora, el pobre se jactaba de su fuerza, de su trabajo manual, y de su rudimentaria condición ornamental, criticando el estereotipo del chico bien, acomodado, de clase alta, incapaz de soportar el más leve infortunio, enclenque, preocupado por su finura y por la delicadeza de sus remilgos. Ahora, ambos comparten los usos y costumbres, sólo que cada uno recurre a aquello que tiene a su alcance. El hombre se volvió uno sólo. Las diferencias son circunstanciales. Todos persiguen el hedonismo, el materialismo. En segundo lugar, la tecnología, mediante su principal fuente: las redes sociales, contribuyeron a la creación de fenómenos de exhibición, palpando aquella vieja premisa que sostiene que el hombre vive o es sólo cuando es percibido, de manera tal que su ontología se verá más enriquecida cuanto más lo vean otras personas. Nace la necesidad desesperante de compartir lo que uno siente, piensa o hace con el resto de las personas, de manera casi lúdica, casi agonal, casi fervorosa.

Regentar el análisis del Posmodernismo como una etapa autárquica no es tarea fácil. Pero considero que los tópicos antes analizados son los principales fundamentos. Queda en uno el desafío de la abstracción y el desarrollo del pensamiento crítico, como alternativa de la pauperización que se divisa en las muchedumbres.


miércoles, 21 de febrero de 2024

Izquierda-Derecha, una dialéctica que atrasa

 


Nos han educado en materia de análisis político a reconocer dos bandos en pugna claramente definidos. Asimismo, nos han impuesto que debemos elegir uno de ambos y sentirnos identificados con las ideas y las propuestas que plantean. Estos bandos son la izquierda y la derecha, y en el afán de considerar irreconciliables las diferencias han pretendido hacer de estas palabras dos sustantivos representativos de la política universal.

Los términos se llevaron a la práctica durante la Revolución Francesa iniciada en el año 1789, en base a la posición que los asambleístas ocupaban en el parlamento francés: a la izquierda se ubicaban los partidarios del jacobinismo y a la derecha los defensores del conservadurismo. Histórica y tradicionalmente, algunos conceptos se acuñaron en cada uno de los bandos, fácilmente identificables. Por un lado, quienes promueven la intervención estatal, el Estado laico, la justicia social, la igualdad por sobre la libertad, el rechazo a la represión policial, son partidarios de la izquierda; quienes promueven la tradición, el conservadurismo, la religión, la libertad por sobre la igualdad, el militarismo, el minarquismo son partidarios de la derecha. Hasta aquí la definición y la categorización de los términos parecen algo aceptable y hasta entendible. Entonces, ¿por qué nos empecinamos en decir que esta contradicción, a través de los ojos contemporáneos, es una dialéctica que atrasa? Vamos a enumerar de manera categórica pero también amena cada una de las suposiciones que nos llevan al título de este artículo.

En primer lugar, si hablamos desde nuestra patria o desde nuestra región (Argentina o Latinoamérica), adoptar términos europeizantes para definirnos o para definir a un ciudadano coterráneo no tiene mucho sentido práctico. A cada nación la caracteriza una serie de rasgos tradicionales, geográficos y culturales que la hacen única. Cierto es que algunas definiciones tienden a ser universales para simplificar los estudios y la praxis, pero cierto es que el empleo de términos ajenos a nuestro país (y ajenos a nuestro tiempo) puede resultar contraproducente. Si aplicásemos la dialéctica de unitarios y federales en un país como Francia, por ejemplo, difícilmente esta división tenga un rumbo cierto. Emplear terminologías ajenas es peligroso y no es aconsejable a la hora de analizar la política de un país.

En segundo lugar, la historia nos ha demostrado que algunos gobiernos caracterizados por sí mismos o por sus votantes como defensores de las ideas de la izquierda han aplicado medidas que suelen adjudicarse a la derecha, y viceversa. Un país que vulgarmente se lo ha señalado como ejecutor del imperialismo y de las ideas de derecha ha sido Estados Unidos, y es sabido que las políticas de Reagan –definido por sí mismo como un republicano conservador –tuvieron una clara tendencia hacia el socialismo, especialmente cuando se propuso controlar precios y salarios o cuando decidió quitar la propiedad privada en cuanto a la tenencia de armas o su marcada posición por incluir a la China comunista en la ONU. ¿Cómo se explica que un presidente conservador, de derecha, en un país tan reconocido por este estilo político, adopte este tipo de medidas? Viene al caso recordar que fue George Bush padre, otro presidente estadounidense reconocido como perteneciente a la derecha, quien popularizó los planes sociales como un seguro de desempleo que brinda el estado a las personas sin trabajo, medida hoy catalogada como intrínseca a la izquierda y adoptada por casi todos los gobiernos populistas que pretenden reconocerse en este bando. Asimismo, en la Cuba castrista, un claro ejemplo de gobierno de izquierda, el militarismo ha sido tan popular como contradictorio. Los campos de concentración durante el gobierno de Fidel Castro fueron destinados a someter a los habitantes del país ajenos a la revolución a una serie de adoctrinamientos tales que purifiquen sus espíritus y puedan contribuir a la mencionada revolución comunista. Un ejemplo particular resulta paradigmático: el campo de concentración de Ernesto Guevara en la península de Guanahacabibes, donde se sometían a torturas a los homosexuales bajo el lema de “nuestra revolución no necesita de peluqueros”. ¿Alguien podría ser capaz de ubicar este tipo de militarismo en el bando de la izquierda? Previo al tratado de París (o tratado de Versalles) del 3 de septiembre de 1783, a través del cual culminaría la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica iniciada en 1775, Hamilton –un secretario de estado joven, de apenas 33 años aproximadamente –tuvo una acalorada discusión con el presidente George Washington, ya que éste ultimo reconocía la necesidad imperante de que el gobierno interviniera mediante una cerrazón comercial con el resto del mundo (particularmente con Gran Bretaña) para desarrollar la propia industria, pero a su vez se mostraba reacio a convencer al incipiente Congreso norteamericano. ¿El motivo? En el mundo circulaba una nueva ciencia, la ciencia económica, basada en el libre cambio impulsado por Gran Bretaña y estudiado por Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), y convencer a un grupo de ilustrados de ideas proteccionistas y contrarias a las que postulaba dicha obra resultaría una tarea más que ardua. Sin embargo, Hamilton accedió a convencer a su propio Congreso él mismo. El argumento que utilizó para tal convencimiento resultó novedoso: sostuvo que el proteccionismo estatal para el desarrollo de un país es como un pañal: debe ser utilizado en el nacimiento de una nación para luego, una vez desarrollada la industria nacional, quitárselo y promover el libre comercio. ¿Es dable sospechar que los fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica eran de izquierda?

Si tuviéramos que determinar una ideología político económica que represente a los bandos de izquierda y derecha en la actualidad estaríamos prontos a señalar al comunismo en el primer caso y al liberalismo en el segundo, con sus distintos matices, lógicamente. Sin embargo, resulta interesante estudiar el nacimiento de cada uno de estos, aunque sea de manera sucinta, a fines de que nuestro artículo no resulte soporífero. El comunismo, claro está, fue financiado por las elites coetáneas a las ideas de Marx. Sin ir más lejos, el Manifiesto Comunista fue escrito durante el padrinazgo de La Liga de los Justos a la cual pertenecía Karl Marx, y fue asimismo financiado por la banca Rothschild, una realidad que no amerita justificación alguna porque ya es un dato irrefutable. No está de más señalar el financiamiento que han hecho los banqueros de la Reserva Federal a la Revolución Bolchevique a comienzos del siglo XX en la Rusia zarista, subvencionando el accionar de Trotski (exiliado en Estados Unidos, detenido por las fuerzas canadienses previo a su desembarco en Rusia y liberado luego gracias a la intervención del gobierno norteamericano) así como también a Lenin, quien entró a Rusia en tren acompañado de un grupo financiado por las elites y cargando una cantidad inconmensurable de oro. El comunismo no ha sido una ideología iniciada en los claustros obreros del proletariado sino desde arriba, al margen de la discusión que se merece la conveniencia o no de su aplicación, el cual es un tema aparte. ¿Cómo se explica que el movimiento ideológico anti capital por antonomasia haya nacido a partir del financiamiento del capital más concentrado de su época? El liberalismo propiamente dicho propone que, en estado de total libertad, cada hombre dará de sí mismo lo mejor durante la competencia perfecta con otro, y que a partir de dicha competencia se desarrolla ineluctablemente la evolución de las sociedades, haciendo referencia aquí al eufemismo del libre comercio. Y que este mismo axioma es la base del desarrollo de las sociedades. Sin embargo, el país que tanto ha promulgado el liberalismo –Gran Bretaña –, nos esconde un secreto revelador. Durante el siglo XVI, previo a la Revolución Industrial, Gran Bretaña era una isla exclusivamente agrícola, despoblada, con clima desfavorable (muchas lluvias y humedad) y una población intelectualmente deficiente. Vivían principalmente del ganado y de la venta de lana sin procesar a los Países Bajos. La reina Isabel I decide oportunamente promover la producción textil en su país. Por este motivo, impulsa un programa de subvenciones en las ciudades costeras a los ríos (en aquella época, la energía provenía de la fuerza motriz que generaba la corriente acuífera de los ríos) y de contrataciones de industriales textiles de Holanda y Bélgica. Se empieza a desarrollar en Gran Bretaña, un país agricultor y pobre, una incipiente industria textil. Pero la propia Isabel se da cuenta que le falta un plus en su decisión, y decide restringir la exportación de lana a los Países Bajos, quienes compraban esta materia prima a Inglaterra y España. ¿Qué sentido tiene que mi país venda lana a otro y le compre el producto terminado, generando una expansión económica en ellos y un estancamiento en nosotros?, habrá pensado enjundiosamente la reina. Así fue como nació la industria textil en Gran Bretaña y así fue como destruyó la misma en Holanda y Bélgica, los verdaderos impulsores de la Revolución Industrial. ¿Cómo se explica que la fortaleza industrial del país originario del liberalismo haya nacido mediante el intervencionismo estatal?

La derecha y la izquierda han sido invenciones ajenas a través de las cuales nos someten mediante sus imposiciones. La solución no está en uno ni en otro. Como dijo en su momento Leopoldo Marechal: del laberinto no se escapa ni por izquierda ni por derecha, sino por arriba. Lo que quiso decir el egregio escritor argentino es que se debe pensar en una propuesta superadora, propia de la región, para crecer como país y dejar de importar ideologías extranjeras de dudosa procedencia.

Sin embargo, a pesar de la claridad de los datos fehacientes que pueden llevar a este pensamiento, surge una nueva pregunta legítima: ¿por qué los países dominantes necesitan exportar una ideología que ellos mismos se rehusaron a aplicar en su debido momento? O mejor aún: ¿por qué a los países dominantes no les conviene el desarrollo del resto de los países? La respuesta no parece tan obvia: la riqueza es expandible, pero el poder no; la riqueza es un juego de suma positiva, mientras que el poder es un juego de suma cero. Esto implica lo siguiente: si yo quisiera aumentar mi cantidad de dinero, puedo hacerlo sin perjudicar a los demás, a través de trabajo, de estudio, de ideas, etcétera. En cambio, si yo quisiera aumentar mi poder, debería quitárselo a otro. Mientras la riqueza es infinita y no tiene techo, el poder es finito, como una torta que debe repartirse. Los dueños del poder nos hicieron creer que la riqueza es limitada –pilar fundamental del comunismo –, y que para ganar más dinero debemos quitárselo o expoliárselo a los demás. Lo que hacen mediante la repetición de este paralogismo es desviar la atención del poder y de su esquema de funcionamiento. Las potencias mundiales no quieren perder su cuota de poder. Cuando fue el intervencionismo estatal pilar fundamental de su desarrollo, exportan el liberalismo como ideología predilecta, y aquí radica tanto su engaño como su astucia, porque los dueños del poder no tienen ni un pelo de tontos.

La enrevesada complejidad de la dialéctica izquierda-derecha nos ha llevado a confundir, en nuestro país, al comunismo con justicialismo, nos ha llevado vilmente a sospechar una similitud entre justicialismo y progresismo –los últimos años hemos sido testigos de la forzada e inoportuna inclusión de categorías progresistas propias de la socialdemocracia al peronismo, donde los resultados fueron visiblemente paupérrimos–, y nos ha llevado también a sospechar que una persona por tener tal pensamiento debe pensar también de tal forma, como si la humanidad entera pudiera dividirse en dos bandos claramente diferenciables.

Cuando el auge de la dialéctica izquierda-derecha parece irrevocable, se propone valiente y oportunamente una nueva dialéctica: globalismo-soberanismo, donde el criterio para establecer qué conviene y qué no conviene a cada país sea, más bien, aquello que refuerza su soberanía o aquello que favorece el ecumenismo en detrimento de la propia nación, respectivamente.

La existencia de países soberanos o potencias mundiales que no hayan desarrollado su industria y su abastecimiento energético es una utopía, cómo también lo es que alcancen estos tópicos sin proteccionismo estatal. La contradicción entre izquierda y derecha no aplica a los grandes países, estos ya han comprendido que existen medidas de izquierda que favorecen el crecimiento y medidas de derecha que favorecen la madurez. Dependiendo del momento coyuntural se deberán aplicar unas u otras. En Sudamérica, especialmente en Argentina, se importan rótulos que no tienen sentido ni aplicación práctica. La soberanía de un país exige el desarrollo de su industria, su energía y su alimentación. Industria, energía y comida son los tres pilares fundamentales de todo país soberano. En la vereda de enfrente está la globalización, ya que a los países poderosos y dominantes no les cae en gracia alguna ceder su poder.

Así como dijo en su momento Bergoglio, hoy Papa Francisco, el mundo ya no es una esfera, sino un poliedro, dónde cada cara de dicha figura geométrica representa una nación soberana o una región del mundo. Ya hemos aceptado decenas de años de globalización y aún tenemos gente muriendo de hambre y problemas sociales inexorables que pauperizan la vida de nuestros habitantes. La solución que prometía la globalización no ha sido tal, y la miseria social a la que nos hemos acostumbrado es un reflejo de su fracaso. Mientras elegimos entre gobiernos que se autodenominan "de izquierda" o "de derecha", cuando no son más que gobiernos receptores de la globalización y de ideas europeizantes, nuestros países se sumergen más en la pobreza y no deciden el rumbo industrial del país soberano. La oportunidad es única: la globalización se encuentra en su momento más frágil. Solo depende de nosotros, los ciudadanos, de recapacitar y abandonar trincheras o debates intelectuales vacíos que no tienen sentido, y poner sobre la mesa la verdadera dicotomía: globalización o soberanismo.


martes, 13 de febrero de 2024

Progresismo

 


Los últimos años hemos sido testigos en Latinoamérica (me atrevería a decir que se trata de un fenómeno mundial, con la diferencia que propone la cultura de cada país) del auge de una ideología que se enmascara vilmente bajo lemas y perogrulladas que, a priori, nadie podría rechazar. Defender el medio ambiente, proteger a los más débiles, levantar banderas históricamente desdeñadas, conmoverse ante la pobreza y la marginación, son tópicos a partir de los cuales la humanidad entera se pondría de acuerdo que resultan prontos a atender y defender. Pero detrás de estas pancartas se esconde no una perversión sino una ideología cuya aplicación no garantiza resolver aquello que se propone sino más bien agravarlo.

El progresismo cuenta con una serie de características que conviene enumerarlas y describirlas para su correcta comprensión y con el propósito de que, una vez asimiladas, cada individuo realice su propio juicio al respecto. Con esto estamos intentando hacer un juicio descriptivo –objetivo, si se quiere –, y no un juicio de valor. Amén de estas características, a simple vista podemos razonar que, a partir de su epíteto, el progresismo pregona la evolución de la sociedad. Esto encierra una noción extraña, y es la idea de que la humanidad avanza o mejora indefectiblemente a lo largo del tiempo. El hombre de hoy vive mejor que el del pasado y peor que el del futuro; la validez y el valor de las ideas dependen de su edad. Una premisa del pasado queda en ridículo ante una premisa contemporánea, y sus adláteres suelen utilizar este mecanismo para analizar la realidad, criticando los principios y preceptos que deslumbraron a la humanidad en siglos pretéritos en comparación con sus homónimos de la actualidad. Como se puede observar, el pilar fundamental de esta ideología es el iluminismo: si se parte de la premisa de que la humanidad evoluciona inevitablemente no lo hace por fruto del azar o del destino, sino por medio de la razón iluminista, la cualidad que caracteriza al ser humano a la hora de tomar decisiones que ubiquen al hombre en dicho sendero, en el camino del progreso. En síntesis, la humanidad inevitablemente vive cada vez mejor y el vehículo para tal propósito es la razón.

La primera crítica a esta explicación fue hecha por Max Weber, quien rechaza esta adiposidad de optimismo sosteniendo que el progresismo (y el iluminismo) es una racionalidad de medios y no de fines. Esto significa que el hombre progresista o iluminista –para el caso que se ha explicado resultan sinónimos –, se ha preocupado por aplicar la razón a los medios pero no se ha detenido a pensar en los fines racionales. Esta pulla es tomada por Theodor Adorno y Max Horkheimer en Dialéctica del Iluminismo, cuya tesis principal sugiere que mediante el uso de la razón el ser humano ha utilizado su don de una manera meramente instrumental con el fin de manipular a otros individuos. La razón como instrumento de poder, de manipulación.

Continuamos con otras características de la ideología en boga en la actualidad. El progresismo invita a resolver los problemas de la humanidad a priori, sin que los mismos hayan sido experimentados pragmáticamente por quien los pretende solucionar. Es un anticipo de la realidad pragmática, un pronóstico. Como la razón es el vehículo para ubicar al hombre en el sendero del progreso, no es necesario ningún acontecimiento visible o palpable u organoléptico, y de aquí deriva un resabio de nuestra sociedad que nos ha dañado hasta el hartazgo: la imagen de personas defendiendo causas que le son totalmente ajenas, porque detrás de toda acción hay una idea, y las ideas se manipulan subrepticiamente. La última década nos ha obligado a presenciar situaciones en las que personas totalmente ajenas a la pobreza pretenden diagramar resoluciones a tal problemática, personas que desconocen los inconvenientes de las clases bajas y se escudan en la defensa de los pobres, enumerando y ordenando sus desesperaciones sin tener la más remota idea de cómo vive un pobre o cuáles pueden ser sus inquietudes más desesperantes. Aquí se esconde una necedad más preocupante aún, que se deriva de lo anteriormente dicho en este párrafo: si la razón puede aplicar a problemas que aún no hemos vivido en carne propia, si la razón nos ofrece tal potestad, entonces nuestra moral puede ser definida a través de ella. Es decir, la moral puede emparentarse a la técnica, y así como toda tecnología progresa a medida que avanza el tiempo, también puede hacerlo la moral. De aquí que haya tanta repulsión a la religión en el progresismo, precisamente porque viene a representar un código moral antiguo, pasado de moda, que debe ser reemplazado por uno nuevo, el cual debe ser diseñado a través de la razón y no de la práctica. El principal crítico de esta idea fue Walter Benjamin –al igual que Adorno y Horkheimer, perteneciente a la Escuela de Frankfurt –, quien interpretó como un despropósito que el mismo esquema de progreso que se aplicaba a la ciencia se pueda aplicar a la moral.

A fines del siglo XVIII surgió en Europa una dicotomía –o una rivalidad intelectual, si se me permite –, entre Herder y Kant, respecto al universalismo del conocimiento. Mientras el segundo proponía que el alcance del conocimiento humano se iba a definir gradualmente hasta alcanzar un ápice a través de la comunicación entre distintas civilizaciones, las cuales, en su conjugación, desecharán los aspectos negativos y asimilarán los positivos, llegando a crear un conocimiento universal o globalizado, el primero sostenía que todo conocimiento, así como todo sistema de valores, es inherente a cada civilización y depende de cada una de ellas, surgiendo entonces distintos conocimientos que no resultan compatibles entre sí. Claramente, Kant era un iluminista y Herder era un romántico. Esta diferenciación viene al caso para definir una nueva característica del progresismo: su relación con la libertad. Al igual que las ideas de Kant, las premisas del progresismo desembocan inexorablemente en una libertad negativa, es decir, una ausencia de coacciones externas que someten al hombre. Y de estas coacciones, el filósofo alemán va a destacar dos principales: por un lado, la religión, mediante un sistema de normas morales que someten al individuo y le dan una forma determinada privándolo de su esencia, y por otro lado las tradiciones vernáculas, las costumbres de la civilización a la que pertenece, que ciñen al individuo estructuralmente. Para ser libre, el hombre debe desprenderse de estos dos fenómenos o medios de manipulación, sostenía Kant. Por ende, la libertad es negativa. Esto se opone a la idea que, más recientemente, hizo Augusto del Noce respecto a la libertad, a la cual calificó como positiva, ya que la libertad es buena, bella y deseable por el simple hecho de ejercerla, y no como un medio para alcanzar otra cosa. ¿Libertad para qué? ¿No convendría, antes de reclamar el desprendimiento de un prejuicio, una moral o una costumbre, razonar para qué queremos desprendernos de esas coacciones externas? Libertad para fines y no para medios, vociferó en su momento Herder y luego del Noce.

Llegamos ahora al punto más sutil de las características del progresismo. Ya hemos esbozado someramente el origen cronológico de tal ideología, situándola en la Edad Moderna, en Europa, fruto del auge del Iluminismo, la diosa razón y la concepción lineal del tiempo, rivalizada con la teoría del Eterno Retorno o del tiempo cíclico que había esgrimido en su momento Platón (La República) y popularizó posteriormente el propio Nietszche. Existieron en tiempos más lejanos algunas referencias a la idea de progreso en general. Jenófanes, en el siglo VI a. de C, se refirió al secreto de los Dioses, aludiendo a que los mismos no habían sido revelados a los hombres pero que éstos, con el correr de los años, los irían descubriendo. En el Prometeo de Esquilo se hace referencia al rechazo de las normas consuetudinarias que impedían el avance de los individuos. Y así podríamos estar largo rato, descubriendo indicios del sentido del progreso o la evolución del hombre, en el pasado. Una extraña condición se suscita en el cristianismo: si bien la idea de un mundo redentor superior al mundo profano tiende a despreciar o menospreciar los avances fehacientes que genera la razón humana, también es cierto que el propio San Agustín, en Ciudad de Dios, hace referencia a los logros obtenidos por la humanidad a lo largo del tiempo, y la medida en que estos logros acercaron al hombre a Dios. Pero claramente la ideología propiamente dicha y el sentido del tiempo lineal surgieron durante el auge del Iluminismo en Europa. Ahora vamos a concentrarnos en la relación que el individuo tiene con la naturaleza, entendiendo a ésta como todo lo exógeno y fenoménico, todas las realidades exteriores que pueden llegar a ejercer una influencia en las personas. Para el progresismo, lo natural es heterónimo, viene impuesto desde afuera. Esto significa que existe una condición extrínseca a la existencia del individuo, y la reacción que éste debe adquirir es de rechazo. Aquello que caracteriza fisiológica y biológicamente al ser humano no es más que una imposición que se le ha adjudicado sin pedirle permiso, y como tal no tiene derecho a ser ejercida. Mediante el uso de la razón, el ser humano debe redefinir su naturaleza. La contraposición a este axioma podemos situarla en los clásicos –pre modernos –, quienes sostenían que la realidad o la existencia de un individuo está compuesta por dos facciones íntimamente vinculadas entre sí: aquello que biológicamente le es dado y aquello que cultural y socialmente cada uno debe darse a sí mismo. Para los clásicos, no existe una heteronomía de la naturaleza, una condición que deba rechazarse, sino que el propio individuo, a partir de tal condición, debe desarrollarse potencialmente mediante la formación de un vínculo. Este diagrama propio del progresismo es el que dio lugar –entre otras cosas, desde luego –a algunas corrientes existencialistas. Y es precisamente por este motivo que la ideología progresista en auge durante las últimas décadas en la cultura occidental se ha hecho eco de la sapiencia sartriana y de las obras de Simone de Beauvoir. Frases que hoy son clichés progresistas como que “una no nace mujer, sino que se hace”, o “la existencia precede a la esencia”, o la idea de autopercibirse de una forma distinta a lo que biológicamente se nos ha determinado, son fruto de la noción de heteronomía de la naturaleza y de la equivocación en cuanto a la relación que todo individuo mantiene con dicha naturaleza. Desde esta perspectiva se puede citar a la antropología culturalista como uno de los cimientos del progresismo, ya que se trata de una vertiente que pretendía sobreponer la cultura por sobre la raza o la biología, aludiendo que la primera es quien determina a la otra. Su principal exponente ha sido Claude Levi Strauss: “son las formas de la cultura que determinan en gran medida el ritmo de la evolución biológica y de su orientación.”

Es dable observar un vínculo insoslayable entre marxismo y progresismo, especialmente en su concepción lineal del tiempo. Es cierto que las ideas de Marx se apoyaron con firmeza en la dialéctica de Hegel, que propone que a cada tesis se le opone una antítesis y que de tal conflicto surge la síntesis, una especie de reconciliación o superación entre ambas. El término alemán aufheben hace referencia a una rechazo que incluye a aquello que rechaza, y Hegel lo aplicó a su sentido de la dialéctica para explicar, en su enjundiosa opinión, la forma en que se comportaban las sociedades. El sentido de evolución en el progresismo es caprichoso y taxativo: el hombre evoluciona a lo largo del tiempo, aún sin quererlo, porque en las sociedades surge, a partir de las relaciones entre los individuos, una especie de alma propia que vela por la evolución en general. De aquí que los indolentes y despreocupados por el bien ajeno disfruten de los frutos de quienes trabajan con ahínco por vivir en un lugar mejor. Pero la idea de progreso en Marx –y en Hegel lógicamente –, resulta más compleja: hay marchas y contramarchas, hay pasos en falso y errores, pero a cada error le surge una superación, y la humanidad indefectiblemente, a pesar de ciertos tropiezos, vive mejor. La idea cristiana del paraíso perdido que se debe recuperar está latente en Marx; la humanidad pasó de un comunismo primitivo a un salvajismo, luego a la esclavitud, luego a la servidumbre, luego a la explotación laboral, para culminar, revoluciones y evoluciones mediante, en una sociedad sin clases a la cual se llega primero a través del socialismo y luego a través del comunismo. Es difícil de entender, pero detrás de esta concepción circular de la historia –una historia en la cual Marx pretendía haber descubierto características científicas y, por ende, previsibles –, se esconde el pensamiento de línea recta hacia el progreso. Marx sostenía que el hombre evoluciona y que indefectiblemente esta evolución culmina en la sociedad sin clases. La similitud con el progresismo no es casualidad.

Para terminar, llevaremos el concepto de progresismo a la política, particularmente a través de un fenómeno que le ha caído en gracia a una mitad de la población argentina y en detrimento de la otra, tan acostumbrados nos han tenido durante los últimos años en dividir a la sociedad nacional en dos facciones antagónicas e inconciliables, obligándonos a mirar la realidad en blanco y negro cuando en realidad se nos presenta en distintos matices. En la década del noventa escuché decir al filósofo José Pablo Feinman que su propósito, así como el de algunos colegas suyos que comparten su visión, fue la de llenar de categorías marxistas al peronismo. Cuando los comunistas se han cerciorado de que no cuentan con la masa popular necesaria para llevar a cabo una revolución, aquellos que dentro de tal grupo se consideraban intelectuales han sugerido infiltrarse en el movimiento político más popular y masivo de aquel entonces: el peronismo; aun desconociendo que este movimiento, con su propia doctrina en la espalda, ha rechazado categórica y enfáticamente las ideas marxistas o comunistas. Pero esta iniciativa que, desde luego, estaba destinada a su propia muerte, ha sido retomada en los últimos años por el kirchnerismo. Dado el conocimiento de su propia incapacidad para combatir con un enemigo deleznable y cínico, el kirchnerismo ha decidido perentoriamente introducir en su doctrina –que en los comienzos, especialmente durante el gobierno de Néstor Kirchner, había adoptado una iniciativa peronista doctrinaria –los principios del progresismo. Mezclaron la doctrina peronista que los había llevado a levantar la bandera de la década ganada con categorías progresistas que fueron impuestas subrepticiamente por los magnates del establishment mundial, cedieron a la presión internacional y aquí radica su inevitable error. El gobierno de Alberto Fernández, un socialdemócrata disfrazado de peronista, fue el resultado más palpable de esta equivocación. En un país sin desarrollo industrial, sin progreso económico, y con índices de pobreza, marginalidad y desempleo notables se promovían leyes de aborto legal, lenguaje inclusivo, documentos no binarios, operaciones transgénero gratuitas. Se atendió una agenda progresista impuesta desde afuera y se desatendieron los problemas catastróficos que asediaban a la población más vulnerable del país. Los frutos de este capricho son tan visibles que resulta inentendible cómo un grupo de adultos aficionados a la política haya caído en tan infausta iniciativa.

¿Por qué tanto ahínco del progresismo por imponer un Estado laico; por qué tanta saña contra la religión? Todas las religiones hacen alusión a la pérdida de un paraíso. Si Dios nos hizo a imagen y semejanza, eso significa que los primeros hombres fueron los mejores, y que con el correr del tiempo, el ser humano se fue corrompiendo y alejándose de dicho paraíso terrenal, al que aspira a retornar luego de la muerte. El idealismo de las sociedades primitivas fue una constante desde Platón o Hesíodo, que llamaba Edad de Oro a la primera etapa de la humanidad. Toda situación de crisis conlleva a la añoranza de las sociedades primitivas, donde se sospecha que el hombre vivía mejor. Las religiones proponen ese retorno, ese imperativo a regresar a nuestros inicios. Por este motivo conceptual, el progresismo está en visible contradicción con la religión.

Hasta aquí se han puesto en escena las principales características del progresismo, procurando no redundar en fechas, datos o acontecimientos abúlicos que puedan llegar a confundir al lector. Se ha procurado, más bien, una lectura alternativa basada en interpretaciones, deliberaciones y relaciones entre ellas. No está de más sugerir que un peligro del progresismo no es únicamente atender necesidades ajenas y promover invectivas que no favorecen a nuestro pueblo, sino también que la idea de ceder al raciocinio el dictamen del destino de millones de personas corre con el riesgo de suponer que aquellos individuos intelectualmente más preparados que las masas populares corren con una suerte de privilegio o liderazgos que, en el fondo, carece de legitimidad. Esto es: el progresismo también sugiere la genuflexión ante un líder que no es tal, y la apoteosis de cualquier peculiaridad que la demencia o el capricho de este líder pueda engendrar. Si seguimos en este sendero, tendremos un país que ciegamente aplaude y defiende a una persona que no está en condiciones de conducir el rumbo incierto de un país maravilloso pero frágil, y que mucho menos representa a sus ciudadanos.

 

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