El término
aparece en primera instancia para hacer referencia a la arquitectura posmoderna, haciendo alusión a una
mezcla de estilos pretéritos con una intención irónica. La aplicación del
epíteto a la filosofía o a la literatura aparece más tarde. Se puede decir que
es una exaltación de lo irracional, la muerte del gran relato –Jean-François
Lyotard –, la instalación de
la hermenéutica. No obstante, abordaremos el análisis desde aristas
inhabituales, con el objeto de llegar a conclusiones más acertadas y
originales.
La palabra hace alusión a una etapa posterior
al Modernismo o la Modernidad, lo cual nos hace pensar que se trata de una
superación, una redefinición de los valores y paradigmas de la Edad Moderna.
Sin embargo, luego de varios análisis de cierta profundidad, estamos en
condiciones de sugerir que el posmodernismo es, en verdad, un premodernismo, ya
que propone un retorno a las premisas románticas previas al surgimiento de la
Modernidad. Entre ellos, podemos enumerar el retorno a la magia por sobre la
ciencia, la reivindicación de los pueblos primitivos, el desprecio hacia la
civilización, el giro de lo individual a lo masivo –siempre interpretando a las
comunidades como antítesis de las sociedades, distinción que oportunamente
había hecho ya Ferdinand Tönnies –. A medida que uno ahonda en el estudio del
posmodernismo van decantando dos situaciones análogas: por un lado, se trata de
la época que nos tocó vivir y, de alguna manera cobarde o simplista, la mayoría
de las personas, en lugar de luchar contra los paradigmas de la época, prefiere
someterse a ellos, circunscribir su existencia a los límites de las
imposiciones que están de moda; por otro lado, nos cercioramos de que todo está
relacionado causalmente, todo efecto pragmático que parece ser espontáneo o
fruto de la intuición tiene un fundamento teórico detrás.
Si tuviéramos que definir a la Edad Moderna en
pocas palabras podríamos hacer referencia inmediata a la ciencia y la técnica
como fundamentos o bases del progreso: el hombre, durante la Modernidad,
sospecha que su vida mejora paulatinamente gracias a la aplicación de la
técnica. Las condiciones laborales son más amenas, la calidad de vida mejora,
las personas de distintas clases pueden acceder con mayor facilidad al consumo
de alimentos y a ciertas cuotas de placer que antes les estaban vedadas, la
situación sanitaria es más efectiva y algunas enfermedades que antes causaban
muertes ahora se solucionan mediante medicamentos accesibles, el arte está
disponible a cualquiera y ya no queda reservado exclusivamente a los más
pudientes. Quedan problemas por solucionar pero es innegable una mejora
objetiva y organoléptica en la calidad de vida de la gente. Los baluartes de este
progreso son la razón, la ciencia y la globalización. Mediante el pensamiento y
el método científico, se introducen reformas que mejoran la vida de las
personas, y mediante el carácter cosmopolita de estas reformas el progreso se
expande mundialmente y llega a cada rincón del planeta, a pesar de ciertas
desaceleraciones fruto del chauvinismo. Hasta aquí parece todo tan bello y
sublime que resultaría demencial sospechar una contraoferta.
La primera crítica fue efectuada a partir de la
Escuela de Frankfurt y sus pensadores post marxistas, que intentaron redefinir
el comunismo materialista y volcarlo de alguna forma quizá impertinente a la
cultura. Los pensadores de esta facción, dentro de los cuales se destacaban Herbert
Marcuse, Theodor Adorno y Max Horkheimer, sostenían que el capitalismo tardío
había devorado al comunismo, lo había integrado en su propia ideología y en su
propio mecanismo. La gente, al tener acceso a facilidades antes insospechadas y
a placeres inmediatos, ya no tenía tiempo ni energía para pensar en las
injusticias que les tocaba vivir, ya no se preocupaban por nada. El consumismo
había terminado consumiendo al consumidor. La gente ya no compraba productos
por necesidad, sino para entrar en la rueda de un fenómeno que antes resultaba ignoto,
para aparentar, para intentar convencerse a uno mismo que se es feliz cuando,
en realidad, uno no lo es. Una característica propia que se deriva de esta
circunstancia es el temor inexorable a la
soledad. El hombre posmoderno, además de consumista y mediocre, le teme a
la soledad y se jacta de ser gregario, prestando suficiente atención a las
dependencias y ataduras que su alegría mantiene con el resto de la gente, con
aquello que otrora se definía como popular.
¿No es común que el principal criterio para que algo nos guste o para adquirir
una actitud o un hábito sea su carácter masivo? En la soledad, nuestro cerebro
se ve atiborrado de pensamientos que nos debilitan y nos muestran nuestras
principales fragilidades, aquellos compromisos que no queremos asumir y aquellas
realidades que no queremos reconocer y buscamos esconder debajo de una
alfombra. Estar sólo es un error, o un desafío al que únicamente los valientes
pueden hacer frente.
Otra crítica que la Escuela de Frankfurt hizo a
la Modernidad fue el carácter instrumental que la razón adquirió durante esta
época. Cuando las esperanzas del Iluminismo nos proponían una mejora continua a
partir de la intervención de la razón en la vida del hombre, haciendo hincapié
en la ciencia y la técnica, el correr de los años nos ofreció una realidad
visiblemente distinta, ya que el hombre no empleó la razón y la técnica para
mejorar la vida del ser humano en general, sino para manipular, fruto del
poder, a otros hombres y ejercer sobre los mismos un dominio lamentable y subrepticio.
La razón no fue un vehículo hacia la mejora del hombre sino una herramienta o un instrumento para la manipulación mutua.
Augusto del Noce fue más puntilloso en su
descripción de la posmodernidad, siempre desde un punto de vista crítico y
apodíctico. Señaló oportunamente tres características de esta época que se
pueden observar implícitamente en la vida cotidiana: el hombre posmoderno es atélico (no tiene fines o propósitos), anutópico (no tiene utopías que
funcionen como un horizonte o como un motor impulsor de su vida), y anaxiológico (no hay valores trascendentales,
no hay una jerarquía de valores, sino que los mismos se atan a las
circunstancias, dependen de ellas, y el orden de los mismos va cambiando por
conveniencia). Las personas sin horizonte y sin valores inalterables son más
fáciles de manipular. Sin embargo, la manipulación está íntimamente ligada con
la mediocridad. En el año 1951, el psicólogo Solomon Asch realizó un
experimento para medir la influencia de las opiniones ajenas en las decisiones
propias. Se montó un salón donde se hacían preguntas relativamente obvias y
lógicas a un grupo de personas. Se les preguntaba, por ejemplo, qué línea era
más larga entre un grupo de éstas ordenadas una al lado de la otra, donde la
línea más larga era fácil de visualizar y de reconocer. El experimento se
enfocaba en una de las personas del grupo, ya que el resto de los individuos
eran parte del personal de Asch, los cuales fingían sus respuestas e indicaban
como la línea más larga a una que era elocuentemente más corta. El entrevistado,
en la gran mayoría de los casos, no elegía aquella que consideraba la respuesta
correcta sino la opción elegida por el resto, sabiendo que era la incorrecta.
El experimento se había llevado a cabo para analizar el incipiente fenómeno de
manipulación de las masas: de qué manera esta situación podía llevarse a cabo y
cuáles eran los resortes a través de los cuales se podía manipular. El hombre
mediocre tiene características determinadas que no vienen al caso describir,
pero que pueden agruparse en la lista mencionada en tiempos pretéritos por del
Noce, ya que no tiene fines, ni horizontes, ni valores supremos a los cuales
responder. Pero cuando se forma un enjambre de hombres mediocres, una comunidad
donde prima la mediocridad, sucede algo increíblemente extraordinario: las
personas que pretenden desarrollar valores trascendentales o procuran practicar
actividades fuera de lo común, son excluidas mediante la humillación y el
rechazo. El hombre posmoderno es inevitablemente mediocre, y la posmodernidad
como entelequia no es más que un culto a la mediocridad. Esta situación se ve
reforzada por una condición genética que arrastramos desde los primeros esbozos
de civilización. En las sociedades primitivas, previo al desarrollo de la
agricultura, el hombre se dedicaba exclusivamente a la caza. Para tal
actividad, debía contar con dos condiciones físicas: por un lado, la fuerza
para derrotar al animal que se persigue; por el otro lado, la rapidez para huir
del peligro o para alcanzar a la presa. Ambas cualidades anatómicas resultaban
proporcionalmente inversas: la mejora de una ocasionaba el detrimento de la
otra. Así, quienes eran más rápidos carecían de fuerza debido a su liviandad, y
quienes eran más fuertes carecían de ligereza debido a su reciedumbre. Los
sobresalientes eran los que mantenían un equilibrio entre ambas aptitudes. La
mediocridad, confundida con equilibrio virtuoso, es un mal que aqueja a nuestra
condición humana desde tiempos inmemorables. La consecuencia directa de este
fenómeno es la facilidad de manipulación. Y, debido a que toda mediocridad
surge de manera espontánea cuando la cantidad de personas es mayor, éste es el
signo definitivo de las masas populares. De aquí que se fomente un pensamiento
único y se reivindiquen los grandes acontecimientos culturales, donde el
criterio no es la calidad del arte sino la masividad de su llegada o de su
alcance.
Siguiendo con las características del
posmodernismo, hemos de sugerir la contribución de la antropología a la
ideología en boga. Sabido es que con la aparición del estructuralismo en
período de entre guerras, la antropología dejó de ser evolucionista. Ésta
sostenía que el hombre evolucionaba a partir de la razón y la aplicación de la
técnica y la ciencia (clara alusión al progresismo),
pero los estudios de Claude Levi-Strauss dieron un vuelco neurálgico al asunto,
sugiriendo que cada cultura y cada civilización guardaba dentro suyo un sistema
de valores morales y rituales éticos propios, y que por ende no podrían
evaluarse las costumbres de un pueblo con los criterios de otro. Así, los
avances científicos están a la altura de la magia del alquimista, la medicina a
la par del curandero. Este viraje de la antropología contribuyó a que la gente,
en la modernidad, aprecie el retorno al pasado como una elegía bucólica.
Se advierte en el posmodernismo un matiz malthusiano
de la escasez como condición primaria de las relaciones humanas: la idea de una
cantidad limitada de recursos nos lleva a sospechar que el otro es el enemigo,
y esto da lugar a un pilar fundamental del liberalismo y el comunismo en
simultáneo –lo cual nos hace sospechar que ambas ideologías a priori
contradictorias comparten la misma raíz –: por un lado, la competencia entre
personas, fruto de la noción de que los recursos son limitados y debemos luchar
por ellos; por otro lado, la idea de que debemos expoliar beneficios ajenos
para que sean propios. En el primer caso, el liberalismo; en el segundo el
comunismo. Ambos comparten la idea de conflicto entre personas, rechazan la
armonía. El hombre es el lobo del hombre.
Sin embargo, a pesar de las características ya
citadas, que pueden calificarse como objetivas,
me gustaría hacer una suerte de elucubración propia, e indicar dos reflexiones
acerca de la época que nos ha tocado vivir. Porque las relaciones entre
personas, los usos y costumbres de las gentes, están estrechamente
condicionados por la época en que viven. Existen dos factores que han
contribuido al desarrollo del hombre mediocre, el hombre masa, característico
de la posmodernidad. Uno es la llegada del materialismo hedonista a las clases
inferiores. En Argentina, fue habitual la imagen, a fines de los noventa y
comienzos del año 2000, de las antenas satelitales en las villas. El hombre de
clase baja, que ya había sido estropeado por el consumo de incipientes drogas
degradantes, sumaba ahora una nueva costumbre: el consumo de la televisión
basura, que inculca subrepticia y furtivamente la idea del placer inmediato, la
idea de la apariencia y la universalidad de los valores. Otrora, el pobre se
jactaba de su fuerza, de su trabajo manual, y de su rudimentaria condición ornamental,
criticando el estereotipo del chico bien, acomodado, de clase alta, incapaz de
soportar el más leve infortunio, enclenque, preocupado por su finura y por la
delicadeza de sus remilgos. Ahora, ambos comparten los usos y costumbres, sólo
que cada uno recurre a aquello que tiene a su alcance. El hombre se volvió uno
sólo. Las diferencias son circunstanciales. Todos persiguen el hedonismo, el
materialismo. En segundo lugar, la tecnología, mediante su principal fuente:
las redes sociales, contribuyeron a la creación de fenómenos de exhibición, palpando
aquella vieja premisa que sostiene que el hombre vive o es sólo cuando es percibido, de manera tal que su ontología se verá
más enriquecida cuanto más lo vean otras personas. Nace la necesidad
desesperante de compartir lo que uno siente, piensa o hace con el resto de las
personas, de manera casi lúdica, casi agonal, casi fervorosa.
Regentar el análisis del Posmodernismo como una
etapa autárquica no es tarea fácil. Pero considero que los tópicos antes
analizados son los principales fundamentos. Queda en uno el desafío de la
abstracción y el desarrollo del pensamiento crítico, como alternativa de la
pauperización que se divisa en las muchedumbres.

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