jueves, 29 de febrero de 2024

Posmodernismo

 


El término aparece en primera instancia para hacer referencia a la arquitectura posmoderna, haciendo alusión a una mezcla de estilos pretéritos con una intención irónica. La aplicación del epíteto a la filosofía o a la literatura aparece más tarde. Se puede decir que es una exaltación de lo irracional, la muerte del gran relato –Jean-François Lyotard –, la instalación de la hermenéutica. No obstante, abordaremos el análisis desde aristas inhabituales, con el objeto de llegar a conclusiones más acertadas y originales.

La palabra hace alusión a una etapa posterior al Modernismo o la Modernidad, lo cual nos hace pensar que se trata de una superación, una redefinición de los valores y paradigmas de la Edad Moderna. Sin embargo, luego de varios análisis de cierta profundidad, estamos en condiciones de sugerir que el posmodernismo es, en verdad, un premodernismo, ya que propone un retorno a las premisas románticas previas al surgimiento de la Modernidad. Entre ellos, podemos enumerar el retorno a la magia por sobre la ciencia, la reivindicación de los pueblos primitivos, el desprecio hacia la civilización, el giro de lo individual a lo masivo –siempre interpretando a las comunidades como antítesis de las sociedades, distinción que oportunamente había hecho ya Ferdinand Tönnies –. A medida que uno ahonda en el estudio del posmodernismo van decantando dos situaciones análogas: por un lado, se trata de la época que nos tocó vivir y, de alguna manera cobarde o simplista, la mayoría de las personas, en lugar de luchar contra los paradigmas de la época, prefiere someterse a ellos, circunscribir su existencia a los límites de las imposiciones que están de moda; por otro lado, nos cercioramos de que todo está relacionado causalmente, todo efecto pragmático que parece ser espontáneo o fruto de la intuición tiene un fundamento teórico detrás.

Si tuviéramos que definir a la Edad Moderna en pocas palabras podríamos hacer referencia inmediata a la ciencia y la técnica como fundamentos o bases del progreso: el hombre, durante la Modernidad, sospecha que su vida mejora paulatinamente gracias a la aplicación de la técnica. Las condiciones laborales son más amenas, la calidad de vida mejora, las personas de distintas clases pueden acceder con mayor facilidad al consumo de alimentos y a ciertas cuotas de placer que antes les estaban vedadas, la situación sanitaria es más efectiva y algunas enfermedades que antes causaban muertes ahora se solucionan mediante medicamentos accesibles, el arte está disponible a cualquiera y ya no queda reservado exclusivamente a los más pudientes. Quedan problemas por solucionar pero es innegable una mejora objetiva y organoléptica en la calidad de vida de la gente. Los baluartes de este progreso son la razón, la ciencia y la globalización. Mediante el pensamiento y el método científico, se introducen reformas que mejoran la vida de las personas, y mediante el carácter cosmopolita de estas reformas el progreso se expande mundialmente y llega a cada rincón del planeta, a pesar de ciertas desaceleraciones fruto del chauvinismo. Hasta aquí parece todo tan bello y sublime que resultaría demencial sospechar una contraoferta.

La primera crítica fue efectuada a partir de la Escuela de Frankfurt y sus pensadores post marxistas, que intentaron redefinir el comunismo materialista y volcarlo de alguna forma quizá impertinente a la cultura. Los pensadores de esta facción, dentro de los cuales se destacaban Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Max Horkheimer, sostenían que el capitalismo tardío había devorado al comunismo, lo había integrado en su propia ideología y en su propio mecanismo. La gente, al tener acceso a facilidades antes insospechadas y a placeres inmediatos, ya no tenía tiempo ni energía para pensar en las injusticias que les tocaba vivir, ya no se preocupaban por nada. El consumismo había terminado consumiendo al consumidor. La gente ya no compraba productos por necesidad, sino para entrar en la rueda de un fenómeno que antes resultaba ignoto, para aparentar, para intentar convencerse a uno mismo que se es feliz cuando, en realidad, uno no lo es. Una característica propia que se deriva de esta circunstancia es el temor inexorable a la soledad. El hombre posmoderno, además de consumista y mediocre, le teme a la soledad y se jacta de ser gregario, prestando suficiente atención a las dependencias y ataduras que su alegría mantiene con el resto de la gente, con aquello que otrora se definía como popular. ¿No es común que el principal criterio para que algo nos guste o para adquirir una actitud o un hábito sea su carácter masivo? En la soledad, nuestro cerebro se ve atiborrado de pensamientos que nos debilitan y nos muestran nuestras principales fragilidades, aquellos compromisos que no queremos asumir y aquellas realidades que no queremos reconocer y buscamos esconder debajo de una alfombra. Estar sólo es un error, o un desafío al que únicamente los valientes pueden hacer frente.

Otra crítica que la Escuela de Frankfurt hizo a la Modernidad fue el carácter instrumental que la razón adquirió durante esta época. Cuando las esperanzas del Iluminismo nos proponían una mejora continua a partir de la intervención de la razón en la vida del hombre, haciendo hincapié en la ciencia y la técnica, el correr de los años nos ofreció una realidad visiblemente distinta, ya que el hombre no empleó la razón y la técnica para mejorar la vida del ser humano en general, sino para manipular, fruto del poder, a otros hombres y ejercer sobre los mismos un dominio lamentable y subrepticio. La razón no fue un vehículo hacia la mejora del hombre sino una herramienta o un instrumento para la manipulación mutua.

Augusto del Noce fue más puntilloso en su descripción de la posmodernidad, siempre desde un punto de vista crítico y apodíctico. Señaló oportunamente tres características de esta época que se pueden observar implícitamente en la vida cotidiana: el hombre posmoderno es atélico (no tiene fines o propósitos), anutópico (no tiene utopías que funcionen como un horizonte o como un motor impulsor de su vida), y anaxiológico (no hay valores trascendentales, no hay una jerarquía de valores, sino que los mismos se atan a las circunstancias, dependen de ellas, y el orden de los mismos va cambiando por conveniencia). Las personas sin horizonte y sin valores inalterables son más fáciles de manipular. Sin embargo, la manipulación está íntimamente ligada con la mediocridad. En el año 1951, el psicólogo Solomon Asch realizó un experimento para medir la influencia de las opiniones ajenas en las decisiones propias. Se montó un salón donde se hacían preguntas relativamente obvias y lógicas a un grupo de personas. Se les preguntaba, por ejemplo, qué línea era más larga entre un grupo de éstas ordenadas una al lado de la otra, donde la línea más larga era fácil de visualizar y de reconocer. El experimento se enfocaba en una de las personas del grupo, ya que el resto de los individuos eran parte del personal de Asch, los cuales fingían sus respuestas e indicaban como la línea más larga a una que era elocuentemente más corta. El entrevistado, en la gran mayoría de los casos, no elegía aquella que consideraba la respuesta correcta sino la opción elegida por el resto, sabiendo que era la incorrecta. El experimento se había llevado a cabo para analizar el incipiente fenómeno de manipulación de las masas: de qué manera esta situación podía llevarse a cabo y cuáles eran los resortes a través de los cuales se podía manipular. El hombre mediocre tiene características determinadas que no vienen al caso describir, pero que pueden agruparse en la lista mencionada en tiempos pretéritos por del Noce, ya que no tiene fines, ni horizontes, ni valores supremos a los cuales responder. Pero cuando se forma un enjambre de hombres mediocres, una comunidad donde prima la mediocridad, sucede algo increíblemente extraordinario: las personas que pretenden desarrollar valores trascendentales o procuran practicar actividades fuera de lo común, son excluidas mediante la humillación y el rechazo. El hombre posmoderno es inevitablemente mediocre, y la posmodernidad como entelequia no es más que un culto a la mediocridad. Esta situación se ve reforzada por una condición genética que arrastramos desde los primeros esbozos de civilización. En las sociedades primitivas, previo al desarrollo de la agricultura, el hombre se dedicaba exclusivamente a la caza. Para tal actividad, debía contar con dos condiciones físicas: por un lado, la fuerza para derrotar al animal que se persigue; por el otro lado, la rapidez para huir del peligro o para alcanzar a la presa. Ambas cualidades anatómicas resultaban proporcionalmente inversas: la mejora de una ocasionaba el detrimento de la otra. Así, quienes eran más rápidos carecían de fuerza debido a su liviandad, y quienes eran más fuertes carecían de ligereza debido a su reciedumbre. Los sobresalientes eran los que mantenían un equilibrio entre ambas aptitudes. La mediocridad, confundida con equilibrio virtuoso, es un mal que aqueja a nuestra condición humana desde tiempos inmemorables. La consecuencia directa de este fenómeno es la facilidad de manipulación. Y, debido a que toda mediocridad surge de manera espontánea cuando la cantidad de personas es mayor, éste es el signo definitivo de las masas populares. De aquí que se fomente un pensamiento único y se reivindiquen los grandes acontecimientos culturales, donde el criterio no es la calidad del arte sino la masividad de su llegada o de su alcance.

Siguiendo con las características del posmodernismo, hemos de sugerir la contribución de la antropología a la ideología en boga. Sabido es que con la aparición del estructuralismo en período de entre guerras, la antropología dejó de ser evolucionista. Ésta sostenía que el hombre evolucionaba a partir de la razón y la aplicación de la técnica y la ciencia (clara alusión al progresismo), pero los estudios de Claude Levi-Strauss dieron un vuelco neurálgico al asunto, sugiriendo que cada cultura y cada civilización guardaba dentro suyo un sistema de valores morales y rituales éticos propios, y que por ende no podrían evaluarse las costumbres de un pueblo con los criterios de otro. Así, los avances científicos están a la altura de la magia del alquimista, la medicina a la par del curandero. Este viraje de la antropología contribuyó a que la gente, en la modernidad, aprecie el retorno al pasado como una elegía bucólica.

Se advierte en el posmodernismo un matiz malthusiano de la escasez como condición primaria de las relaciones humanas: la idea de una cantidad limitada de recursos nos lleva a sospechar que el otro es el enemigo, y esto da lugar a un pilar fundamental del liberalismo y el comunismo en simultáneo –lo cual nos hace sospechar que ambas ideologías a priori contradictorias comparten la misma raíz –: por un lado, la competencia entre personas, fruto de la noción de que los recursos son limitados y debemos luchar por ellos; por otro lado, la idea de que debemos expoliar beneficios ajenos para que sean propios. En el primer caso, el liberalismo; en el segundo el comunismo. Ambos comparten la idea de conflicto entre personas, rechazan la armonía. El hombre es el lobo del hombre.

Sin embargo, a pesar de las características ya citadas, que pueden calificarse como objetivas, me gustaría hacer una suerte de elucubración propia, e indicar dos reflexiones acerca de la época que nos ha tocado vivir. Porque las relaciones entre personas, los usos y costumbres de las gentes, están estrechamente condicionados por la época en que viven. Existen dos factores que han contribuido al desarrollo del hombre mediocre, el hombre masa, característico de la posmodernidad. Uno es la llegada del materialismo hedonista a las clases inferiores. En Argentina, fue habitual la imagen, a fines de los noventa y comienzos del año 2000, de las antenas satelitales en las villas. El hombre de clase baja, que ya había sido estropeado por el consumo de incipientes drogas degradantes, sumaba ahora una nueva costumbre: el consumo de la televisión basura, que inculca subrepticia y furtivamente la idea del placer inmediato, la idea de la apariencia y la universalidad de los valores. Otrora, el pobre se jactaba de su fuerza, de su trabajo manual, y de su rudimentaria condición ornamental, criticando el estereotipo del chico bien, acomodado, de clase alta, incapaz de soportar el más leve infortunio, enclenque, preocupado por su finura y por la delicadeza de sus remilgos. Ahora, ambos comparten los usos y costumbres, sólo que cada uno recurre a aquello que tiene a su alcance. El hombre se volvió uno sólo. Las diferencias son circunstanciales. Todos persiguen el hedonismo, el materialismo. En segundo lugar, la tecnología, mediante su principal fuente: las redes sociales, contribuyeron a la creación de fenómenos de exhibición, palpando aquella vieja premisa que sostiene que el hombre vive o es sólo cuando es percibido, de manera tal que su ontología se verá más enriquecida cuanto más lo vean otras personas. Nace la necesidad desesperante de compartir lo que uno siente, piensa o hace con el resto de las personas, de manera casi lúdica, casi agonal, casi fervorosa.

Regentar el análisis del Posmodernismo como una etapa autárquica no es tarea fácil. Pero considero que los tópicos antes analizados son los principales fundamentos. Queda en uno el desafío de la abstracción y el desarrollo del pensamiento crítico, como alternativa de la pauperización que se divisa en las muchedumbres.


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