miércoles, 21 de febrero de 2024

Izquierda-Derecha, una dialéctica que atrasa

 


Nos han educado en materia de análisis político a reconocer dos bandos en pugna claramente definidos. Asimismo, nos han impuesto que debemos elegir uno de ambos y sentirnos identificados con las ideas y las propuestas que plantean. Estos bandos son la izquierda y la derecha, y en el afán de considerar irreconciliables las diferencias han pretendido hacer de estas palabras dos sustantivos representativos de la política universal.

Los términos se llevaron a la práctica durante la Revolución Francesa iniciada en el año 1789, en base a la posición que los asambleístas ocupaban en el parlamento francés: a la izquierda se ubicaban los partidarios del jacobinismo y a la derecha los defensores del conservadurismo. Histórica y tradicionalmente, algunos conceptos se acuñaron en cada uno de los bandos, fácilmente identificables. Por un lado, quienes promueven la intervención estatal, el Estado laico, la justicia social, la igualdad por sobre la libertad, el rechazo a la represión policial, son partidarios de la izquierda; quienes promueven la tradición, el conservadurismo, la religión, la libertad por sobre la igualdad, el militarismo, el minarquismo son partidarios de la derecha. Hasta aquí la definición y la categorización de los términos parecen algo aceptable y hasta entendible. Entonces, ¿por qué nos empecinamos en decir que esta contradicción, a través de los ojos contemporáneos, es una dialéctica que atrasa? Vamos a enumerar de manera categórica pero también amena cada una de las suposiciones que nos llevan al título de este artículo.

En primer lugar, si hablamos desde nuestra patria o desde nuestra región (Argentina o Latinoamérica), adoptar términos europeizantes para definirnos o para definir a un ciudadano coterráneo no tiene mucho sentido práctico. A cada nación la caracteriza una serie de rasgos tradicionales, geográficos y culturales que la hacen única. Cierto es que algunas definiciones tienden a ser universales para simplificar los estudios y la praxis, pero cierto es que el empleo de términos ajenos a nuestro país (y ajenos a nuestro tiempo) puede resultar contraproducente. Si aplicásemos la dialéctica de unitarios y federales en un país como Francia, por ejemplo, difícilmente esta división tenga un rumbo cierto. Emplear terminologías ajenas es peligroso y no es aconsejable a la hora de analizar la política de un país.

En segundo lugar, la historia nos ha demostrado que algunos gobiernos caracterizados por sí mismos o por sus votantes como defensores de las ideas de la izquierda han aplicado medidas que suelen adjudicarse a la derecha, y viceversa. Un país que vulgarmente se lo ha señalado como ejecutor del imperialismo y de las ideas de derecha ha sido Estados Unidos, y es sabido que las políticas de Reagan –definido por sí mismo como un republicano conservador –tuvieron una clara tendencia hacia el socialismo, especialmente cuando se propuso controlar precios y salarios o cuando decidió quitar la propiedad privada en cuanto a la tenencia de armas o su marcada posición por incluir a la China comunista en la ONU. ¿Cómo se explica que un presidente conservador, de derecha, en un país tan reconocido por este estilo político, adopte este tipo de medidas? Viene al caso recordar que fue George Bush padre, otro presidente estadounidense reconocido como perteneciente a la derecha, quien popularizó los planes sociales como un seguro de desempleo que brinda el estado a las personas sin trabajo, medida hoy catalogada como intrínseca a la izquierda y adoptada por casi todos los gobiernos populistas que pretenden reconocerse en este bando. Asimismo, en la Cuba castrista, un claro ejemplo de gobierno de izquierda, el militarismo ha sido tan popular como contradictorio. Los campos de concentración durante el gobierno de Fidel Castro fueron destinados a someter a los habitantes del país ajenos a la revolución a una serie de adoctrinamientos tales que purifiquen sus espíritus y puedan contribuir a la mencionada revolución comunista. Un ejemplo particular resulta paradigmático: el campo de concentración de Ernesto Guevara en la península de Guanahacabibes, donde se sometían a torturas a los homosexuales bajo el lema de “nuestra revolución no necesita de peluqueros”. ¿Alguien podría ser capaz de ubicar este tipo de militarismo en el bando de la izquierda? Previo al tratado de París (o tratado de Versalles) del 3 de septiembre de 1783, a través del cual culminaría la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica iniciada en 1775, Hamilton –un secretario de estado joven, de apenas 33 años aproximadamente –tuvo una acalorada discusión con el presidente George Washington, ya que éste ultimo reconocía la necesidad imperante de que el gobierno interviniera mediante una cerrazón comercial con el resto del mundo (particularmente con Gran Bretaña) para desarrollar la propia industria, pero a su vez se mostraba reacio a convencer al incipiente Congreso norteamericano. ¿El motivo? En el mundo circulaba una nueva ciencia, la ciencia económica, basada en el libre cambio impulsado por Gran Bretaña y estudiado por Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), y convencer a un grupo de ilustrados de ideas proteccionistas y contrarias a las que postulaba dicha obra resultaría una tarea más que ardua. Sin embargo, Hamilton accedió a convencer a su propio Congreso él mismo. El argumento que utilizó para tal convencimiento resultó novedoso: sostuvo que el proteccionismo estatal para el desarrollo de un país es como un pañal: debe ser utilizado en el nacimiento de una nación para luego, una vez desarrollada la industria nacional, quitárselo y promover el libre comercio. ¿Es dable sospechar que los fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica eran de izquierda?

Si tuviéramos que determinar una ideología político económica que represente a los bandos de izquierda y derecha en la actualidad estaríamos prontos a señalar al comunismo en el primer caso y al liberalismo en el segundo, con sus distintos matices, lógicamente. Sin embargo, resulta interesante estudiar el nacimiento de cada uno de estos, aunque sea de manera sucinta, a fines de que nuestro artículo no resulte soporífero. El comunismo, claro está, fue financiado por las elites coetáneas a las ideas de Marx. Sin ir más lejos, el Manifiesto Comunista fue escrito durante el padrinazgo de La Liga de los Justos a la cual pertenecía Karl Marx, y fue asimismo financiado por la banca Rothschild, una realidad que no amerita justificación alguna porque ya es un dato irrefutable. No está de más señalar el financiamiento que han hecho los banqueros de la Reserva Federal a la Revolución Bolchevique a comienzos del siglo XX en la Rusia zarista, subvencionando el accionar de Trotski (exiliado en Estados Unidos, detenido por las fuerzas canadienses previo a su desembarco en Rusia y liberado luego gracias a la intervención del gobierno norteamericano) así como también a Lenin, quien entró a Rusia en tren acompañado de un grupo financiado por las elites y cargando una cantidad inconmensurable de oro. El comunismo no ha sido una ideología iniciada en los claustros obreros del proletariado sino desde arriba, al margen de la discusión que se merece la conveniencia o no de su aplicación, el cual es un tema aparte. ¿Cómo se explica que el movimiento ideológico anti capital por antonomasia haya nacido a partir del financiamiento del capital más concentrado de su época? El liberalismo propiamente dicho propone que, en estado de total libertad, cada hombre dará de sí mismo lo mejor durante la competencia perfecta con otro, y que a partir de dicha competencia se desarrolla ineluctablemente la evolución de las sociedades, haciendo referencia aquí al eufemismo del libre comercio. Y que este mismo axioma es la base del desarrollo de las sociedades. Sin embargo, el país que tanto ha promulgado el liberalismo –Gran Bretaña –, nos esconde un secreto revelador. Durante el siglo XVI, previo a la Revolución Industrial, Gran Bretaña era una isla exclusivamente agrícola, despoblada, con clima desfavorable (muchas lluvias y humedad) y una población intelectualmente deficiente. Vivían principalmente del ganado y de la venta de lana sin procesar a los Países Bajos. La reina Isabel I decide oportunamente promover la producción textil en su país. Por este motivo, impulsa un programa de subvenciones en las ciudades costeras a los ríos (en aquella época, la energía provenía de la fuerza motriz que generaba la corriente acuífera de los ríos) y de contrataciones de industriales textiles de Holanda y Bélgica. Se empieza a desarrollar en Gran Bretaña, un país agricultor y pobre, una incipiente industria textil. Pero la propia Isabel se da cuenta que le falta un plus en su decisión, y decide restringir la exportación de lana a los Países Bajos, quienes compraban esta materia prima a Inglaterra y España. ¿Qué sentido tiene que mi país venda lana a otro y le compre el producto terminado, generando una expansión económica en ellos y un estancamiento en nosotros?, habrá pensado enjundiosamente la reina. Así fue como nació la industria textil en Gran Bretaña y así fue como destruyó la misma en Holanda y Bélgica, los verdaderos impulsores de la Revolución Industrial. ¿Cómo se explica que la fortaleza industrial del país originario del liberalismo haya nacido mediante el intervencionismo estatal?

La derecha y la izquierda han sido invenciones ajenas a través de las cuales nos someten mediante sus imposiciones. La solución no está en uno ni en otro. Como dijo en su momento Leopoldo Marechal: del laberinto no se escapa ni por izquierda ni por derecha, sino por arriba. Lo que quiso decir el egregio escritor argentino es que se debe pensar en una propuesta superadora, propia de la región, para crecer como país y dejar de importar ideologías extranjeras de dudosa procedencia.

Sin embargo, a pesar de la claridad de los datos fehacientes que pueden llevar a este pensamiento, surge una nueva pregunta legítima: ¿por qué los países dominantes necesitan exportar una ideología que ellos mismos se rehusaron a aplicar en su debido momento? O mejor aún: ¿por qué a los países dominantes no les conviene el desarrollo del resto de los países? La respuesta no parece tan obvia: la riqueza es expandible, pero el poder no; la riqueza es un juego de suma positiva, mientras que el poder es un juego de suma cero. Esto implica lo siguiente: si yo quisiera aumentar mi cantidad de dinero, puedo hacerlo sin perjudicar a los demás, a través de trabajo, de estudio, de ideas, etcétera. En cambio, si yo quisiera aumentar mi poder, debería quitárselo a otro. Mientras la riqueza es infinita y no tiene techo, el poder es finito, como una torta que debe repartirse. Los dueños del poder nos hicieron creer que la riqueza es limitada –pilar fundamental del comunismo –, y que para ganar más dinero debemos quitárselo o expoliárselo a los demás. Lo que hacen mediante la repetición de este paralogismo es desviar la atención del poder y de su esquema de funcionamiento. Las potencias mundiales no quieren perder su cuota de poder. Cuando fue el intervencionismo estatal pilar fundamental de su desarrollo, exportan el liberalismo como ideología predilecta, y aquí radica tanto su engaño como su astucia, porque los dueños del poder no tienen ni un pelo de tontos.

La enrevesada complejidad de la dialéctica izquierda-derecha nos ha llevado a confundir, en nuestro país, al comunismo con justicialismo, nos ha llevado vilmente a sospechar una similitud entre justicialismo y progresismo –los últimos años hemos sido testigos de la forzada e inoportuna inclusión de categorías progresistas propias de la socialdemocracia al peronismo, donde los resultados fueron visiblemente paupérrimos–, y nos ha llevado también a sospechar que una persona por tener tal pensamiento debe pensar también de tal forma, como si la humanidad entera pudiera dividirse en dos bandos claramente diferenciables.

Cuando el auge de la dialéctica izquierda-derecha parece irrevocable, se propone valiente y oportunamente una nueva dialéctica: globalismo-soberanismo, donde el criterio para establecer qué conviene y qué no conviene a cada país sea, más bien, aquello que refuerza su soberanía o aquello que favorece el ecumenismo en detrimento de la propia nación, respectivamente.

La existencia de países soberanos o potencias mundiales que no hayan desarrollado su industria y su abastecimiento energético es una utopía, cómo también lo es que alcancen estos tópicos sin proteccionismo estatal. La contradicción entre izquierda y derecha no aplica a los grandes países, estos ya han comprendido que existen medidas de izquierda que favorecen el crecimiento y medidas de derecha que favorecen la madurez. Dependiendo del momento coyuntural se deberán aplicar unas u otras. En Sudamérica, especialmente en Argentina, se importan rótulos que no tienen sentido ni aplicación práctica. La soberanía de un país exige el desarrollo de su industria, su energía y su alimentación. Industria, energía y comida son los tres pilares fundamentales de todo país soberano. En la vereda de enfrente está la globalización, ya que a los países poderosos y dominantes no les cae en gracia alguna ceder su poder.

Así como dijo en su momento Bergoglio, hoy Papa Francisco, el mundo ya no es una esfera, sino un poliedro, dónde cada cara de dicha figura geométrica representa una nación soberana o una región del mundo. Ya hemos aceptado decenas de años de globalización y aún tenemos gente muriendo de hambre y problemas sociales inexorables que pauperizan la vida de nuestros habitantes. La solución que prometía la globalización no ha sido tal, y la miseria social a la que nos hemos acostumbrado es un reflejo de su fracaso. Mientras elegimos entre gobiernos que se autodenominan "de izquierda" o "de derecha", cuando no son más que gobiernos receptores de la globalización y de ideas europeizantes, nuestros países se sumergen más en la pobreza y no deciden el rumbo industrial del país soberano. La oportunidad es única: la globalización se encuentra en su momento más frágil. Solo depende de nosotros, los ciudadanos, de recapacitar y abandonar trincheras o debates intelectuales vacíos que no tienen sentido, y poner sobre la mesa la verdadera dicotomía: globalización o soberanismo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

El poder blando

  Edward Bernays fue conocido vulgarmente por ser sobrino de Sigmund Freud, pero su actividad ha marcado una destacada relevancia en el mund...