Nos han educado en materia de análisis político
a reconocer dos bandos en pugna claramente definidos. Asimismo, nos han
impuesto que debemos elegir uno de ambos y sentirnos identificados con las
ideas y las propuestas que plantean. Estos bandos son la izquierda y la
derecha, y en el afán de considerar irreconciliables las diferencias han
pretendido hacer de estas palabras dos sustantivos representativos de la
política universal.
Los términos se llevaron a la práctica durante
la Revolución Francesa iniciada en el año 1789, en base a la posición que los
asambleístas ocupaban en el parlamento francés: a la izquierda se ubicaban los
partidarios del jacobinismo y a la derecha los defensores del conservadurismo.
Histórica y tradicionalmente, algunos conceptos se acuñaron en cada uno de los
bandos, fácilmente identificables. Por un lado, quienes promueven la
intervención estatal, el Estado laico, la justicia social, la igualdad por
sobre la libertad, el rechazo a la represión policial, son partidarios de la
izquierda; quienes promueven la tradición, el conservadurismo, la religión, la
libertad por sobre la igualdad, el militarismo, el minarquismo son partidarios
de la derecha. Hasta aquí la definición y la categorización de los términos parecen
algo aceptable y hasta entendible. Entonces, ¿por qué nos empecinamos en decir
que esta contradicción, a través de los ojos contemporáneos, es una dialéctica
que atrasa? Vamos a enumerar de manera categórica pero también amena cada una
de las suposiciones que nos llevan al título de este artículo.
En primer lugar, si hablamos desde nuestra
patria o desde nuestra región (Argentina o Latinoamérica), adoptar términos
europeizantes para definirnos o para definir a un ciudadano coterráneo no tiene
mucho sentido práctico. A cada nación la caracteriza una serie de rasgos
tradicionales, geográficos y culturales que la hacen única. Cierto es que
algunas definiciones tienden a ser universales para simplificar los estudios y
la praxis, pero cierto es que el empleo de términos ajenos a nuestro país (y
ajenos a nuestro tiempo) puede resultar contraproducente. Si aplicásemos la dialéctica
de unitarios y federales en un país como Francia, por ejemplo, difícilmente
esta división tenga un rumbo cierto. Emplear terminologías ajenas es peligroso
y no es aconsejable a la hora de analizar la política de un país.
En segundo lugar, la historia nos ha demostrado
que algunos gobiernos caracterizados por sí mismos o por sus votantes como
defensores de las ideas de la izquierda
han aplicado medidas que suelen adjudicarse a la derecha, y viceversa. Un país que vulgarmente se lo ha señalado
como ejecutor del imperialismo y de las ideas de derecha ha sido Estados
Unidos, y es sabido que las políticas de Reagan –definido por sí mismo como un
republicano conservador –tuvieron una clara tendencia hacia el socialismo,
especialmente cuando se propuso controlar precios y salarios o cuando decidió
quitar la propiedad privada en cuanto a la tenencia de armas o su marcada
posición por incluir a la China comunista en la ONU. ¿Cómo se explica que un
presidente conservador, de derecha, en un país tan reconocido por este estilo
político, adopte este tipo de medidas? Viene al caso recordar que fue George
Bush padre, otro presidente estadounidense reconocido como perteneciente a la derecha, quien popularizó los planes
sociales como un seguro de desempleo que brinda el estado a las personas sin
trabajo, medida hoy catalogada como intrínseca a la izquierda y adoptada por
casi todos los gobiernos populistas que pretenden reconocerse en este bando.
Asimismo, en la Cuba castrista, un claro ejemplo de gobierno de izquierda, el militarismo ha sido tan
popular como contradictorio. Los campos de concentración durante el gobierno de
Fidel Castro fueron destinados a someter a los habitantes del país ajenos a la
revolución a una serie de adoctrinamientos tales que purifiquen sus espíritus y
puedan contribuir a la mencionada revolución comunista. Un ejemplo particular
resulta paradigmático: el campo de concentración de Ernesto Guevara en la península
de Guanahacabibes, donde se sometían a torturas a los homosexuales bajo el lema
de “nuestra revolución no necesita de peluqueros”. ¿Alguien podría ser capaz de
ubicar este tipo de militarismo en el bando de la izquierda? Previo al tratado
de París (o tratado de Versalles) del 3 de septiembre de 1783, a través del
cual culminaría la independencia de los Estados Unidos de Norteamérica iniciada
en 1775, Hamilton –un secretario de estado joven, de apenas 33 años
aproximadamente –tuvo una acalorada discusión con el presidente George
Washington, ya que éste ultimo reconocía la necesidad imperante de que el
gobierno interviniera mediante una cerrazón comercial con el resto del mundo
(particularmente con Gran Bretaña) para desarrollar la propia industria, pero a
su vez se mostraba reacio a convencer al incipiente Congreso norteamericano.
¿El motivo? En el mundo circulaba una nueva ciencia, la ciencia económica, basada en el libre cambio impulsado por Gran
Bretaña y estudiado por Adam Smith en La
riqueza de las naciones (1776), y convencer a un grupo de ilustrados de
ideas proteccionistas y contrarias a las que postulaba dicha obra resultaría
una tarea más que ardua. Sin embargo, Hamilton accedió a convencer a su propio
Congreso él mismo. El argumento que utilizó para tal convencimiento resultó
novedoso: sostuvo que el proteccionismo estatal para el desarrollo de un país
es como un pañal: debe ser utilizado
en el nacimiento de una nación para luego, una vez desarrollada la industria
nacional, quitárselo y promover el libre comercio. ¿Es dable sospechar que los
fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica eran de izquierda?
Si tuviéramos que determinar una ideología
político económica que represente a los bandos de izquierda y derecha en la
actualidad estaríamos prontos a señalar al comunismo en el primer caso y al
liberalismo en el segundo, con sus distintos matices, lógicamente. Sin embargo,
resulta interesante estudiar el nacimiento de cada uno de estos, aunque sea de
manera sucinta, a fines de que nuestro artículo no resulte soporífero. El
comunismo, claro está, fue financiado por las elites coetáneas a las ideas de
Marx. Sin ir más lejos, el Manifiesto Comunista fue escrito durante el
padrinazgo de La Liga de los Justos a la cual pertenecía Karl Marx, y fue
asimismo financiado por la banca Rothschild, una realidad que no amerita justificación
alguna porque ya es un dato irrefutable. No está de más señalar el
financiamiento que han hecho los banqueros de la Reserva Federal a la
Revolución Bolchevique a comienzos del siglo XX en la Rusia zarista,
subvencionando el accionar de Trotski (exiliado en Estados Unidos, detenido por
las fuerzas canadienses previo a su desembarco en Rusia y liberado luego
gracias a la intervención del gobierno norteamericano) así como también a
Lenin, quien entró a Rusia en tren acompañado de un grupo financiado por las
elites y cargando una cantidad inconmensurable de oro. El comunismo no ha sido
una ideología iniciada en los claustros obreros del proletariado sino desde
arriba, al margen de la discusión que se merece la conveniencia o no de su
aplicación, el cual es un tema aparte. ¿Cómo se explica que el movimiento ideológico
anti capital por antonomasia haya nacido a partir del financiamiento del
capital más concentrado de su época? El liberalismo propiamente dicho propone
que, en estado de total libertad, cada hombre dará de sí mismo lo mejor durante
la competencia perfecta con otro, y que a partir de dicha competencia se
desarrolla ineluctablemente la evolución de las sociedades, haciendo referencia
aquí al eufemismo del libre comercio.
Y que este mismo axioma es la base del desarrollo de las sociedades. Sin
embargo, el país que tanto ha promulgado el liberalismo –Gran Bretaña –, nos
esconde un secreto revelador. Durante el siglo XVI, previo a la Revolución
Industrial, Gran Bretaña era una isla exclusivamente agrícola, despoblada, con
clima desfavorable (muchas lluvias y humedad) y una población intelectualmente
deficiente. Vivían principalmente del ganado y de la venta de lana sin procesar
a los Países Bajos. La reina Isabel I decide oportunamente promover la
producción textil en su país. Por este motivo, impulsa un programa de
subvenciones en las ciudades costeras a los ríos (en aquella época, la energía
provenía de la fuerza motriz que generaba la corriente acuífera de los ríos) y
de contrataciones de industriales textiles de Holanda y Bélgica. Se empieza a
desarrollar en Gran Bretaña, un país agricultor y pobre, una incipiente
industria textil. Pero la propia Isabel se da cuenta que le falta un plus en su
decisión, y decide restringir la exportación de lana a los Países Bajos,
quienes compraban esta materia prima a Inglaterra y España. ¿Qué sentido tiene
que mi país venda lana a otro y le compre el producto terminado, generando una
expansión económica en ellos y un estancamiento en nosotros?, habrá pensado
enjundiosamente la reina. Así fue como nació la industria textil en Gran
Bretaña y así fue como destruyó la misma en Holanda y Bélgica, los verdaderos impulsores
de la Revolución Industrial. ¿Cómo se explica que la fortaleza industrial del
país originario del liberalismo haya nacido mediante el intervencionismo estatal?
La derecha y la izquierda han sido invenciones
ajenas a través de las cuales nos someten mediante sus imposiciones. La
solución no está en uno ni en otro. Como dijo en su momento Leopoldo Marechal:
del laberinto no se escapa ni por izquierda ni por derecha, sino por arriba. Lo
que quiso decir el egregio escritor argentino es que se debe pensar en una
propuesta superadora, propia de la región, para crecer como país y dejar de
importar ideologías extranjeras de dudosa procedencia.
Sin embargo, a pesar de la claridad de los
datos fehacientes que pueden llevar a este pensamiento, surge una nueva
pregunta legítima: ¿por qué los países dominantes necesitan exportar una
ideología que ellos mismos se rehusaron a aplicar en su debido momento? O mejor
aún: ¿por qué a los países dominantes no les conviene el desarrollo del resto
de los países? La respuesta no parece tan obvia: la riqueza es expandible, pero
el poder no; la riqueza es un juego de suma positiva, mientras que el poder es
un juego de suma cero. Esto implica lo siguiente: si yo quisiera aumentar mi
cantidad de dinero, puedo hacerlo sin perjudicar a los demás, a través de
trabajo, de estudio, de ideas, etcétera. En cambio, si yo quisiera aumentar mi
poder, debería quitárselo a otro. Mientras la riqueza es infinita y no tiene
techo, el poder es finito, como una torta que debe repartirse. Los dueños del
poder nos hicieron creer que la riqueza es limitada –pilar fundamental del
comunismo –, y que para ganar más dinero debemos quitárselo o expoliárselo a
los demás. Lo que hacen mediante la repetición de este paralogismo es desviar
la atención del poder y de su esquema de funcionamiento. Las potencias mundiales
no quieren perder su cuota de poder. Cuando fue el intervencionismo estatal
pilar fundamental de su desarrollo, exportan el liberalismo como ideología
predilecta, y aquí radica tanto su engaño como su astucia, porque los dueños
del poder no tienen ni un pelo de tontos.
La enrevesada complejidad de la dialéctica
izquierda-derecha nos ha llevado a confundir, en nuestro país, al comunismo con
justicialismo, nos ha llevado vilmente a sospechar una similitud entre justicialismo
y progresismo –los últimos años hemos sido testigos de la forzada e inoportuna
inclusión de categorías progresistas propias de la socialdemocracia al
peronismo, donde los resultados fueron visiblemente paupérrimos–, y nos ha
llevado también a sospechar que una persona por tener tal pensamiento debe
pensar también de tal forma, como si la humanidad entera pudiera dividirse en
dos bandos claramente diferenciables.
Cuando el auge de la dialéctica
izquierda-derecha parece irrevocable, se propone valiente y oportunamente una
nueva dialéctica: globalismo-soberanismo, donde el criterio para establecer qué
conviene y qué no conviene a cada país sea, más bien, aquello que refuerza su
soberanía o aquello que favorece el ecumenismo en detrimento de la propia nación,
respectivamente.
La existencia de países soberanos o potencias mundiales que
no hayan desarrollado su industria y su abastecimiento energético es una
utopía, cómo también lo es que alcancen estos tópicos sin proteccionismo
estatal. La contradicción entre izquierda y derecha no aplica a los grandes
países, estos ya han comprendido que existen medidas de izquierda que favorecen
el crecimiento y medidas de derecha que favorecen la madurez. Dependiendo del
momento coyuntural se deberán aplicar unas u otras. En Sudamérica, especialmente
en Argentina, se importan rótulos que no tienen sentido ni aplicación práctica.
La soberanía de un país exige el desarrollo de su industria, su energía y su
alimentación. Industria, energía y comida son los tres pilares fundamentales de todo país soberano. En la vereda de enfrente está la
globalización, ya que a los países poderosos y dominantes no les cae en gracia
alguna ceder su poder.
Así como dijo en su momento Bergoglio, hoy Papa Francisco,
el mundo ya no es una esfera, sino un poliedro, dónde cada cara de dicha figura
geométrica representa una nación soberana o una región del mundo. Ya hemos
aceptado decenas de años de globalización y aún tenemos gente muriendo de
hambre y problemas sociales inexorables que pauperizan la vida de nuestros habitantes.
La solución que prometía la globalización no ha sido tal, y la miseria social a
la que nos hemos acostumbrado es un reflejo de su fracaso. Mientras elegimos
entre gobiernos que se autodenominan "de izquierda" o "de
derecha", cuando no son más que gobiernos receptores de la globalización y
de ideas europeizantes, nuestros países se sumergen más en la pobreza y no
deciden el rumbo industrial del país soberano. La oportunidad es única: la
globalización se encuentra en su momento más frágil. Solo depende de nosotros,
los ciudadanos, de recapacitar y abandonar trincheras o debates intelectuales
vacíos que no tienen sentido, y poner sobre la mesa la verdadera dicotomía:
globalización o soberanismo.

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