sábado, 17 de mayo de 2025

Es maquiavélico

 


Si tuviéramos la intención de determinar las principales características de la sociedad occidental contemporánea nos veríamos inmersos en una dificultad inexorable. Incluso, dada la enorme diversidad de estilos de vida y la cantidad cada vez mayor de personas que habitan este mundo, resulta redondamente complejo establecer pocas condiciones que abarquen de manera homogénea a los participantes de esta realidad. Sin embargo, existen dos cualidades que destacan entre las personas en la actualidad y que podrían señalarse como principales características, a partir de las cuales germinan otras circunstancias, comportamientos y actitudes de menor calibre. En primer lugar, deberíamos señalar al exitismo, esta nueva manera de medir la exclusiva capacidad de cada ser humano de ser feliz: siendo exitoso en una competencia, más allá de que la misma resulte vocacional o meramente circunstancial. No tiene sentido hablar de la inclinación de una persona hacia algo que le guste, de la dedicación al abrigo y alimento de una pasión, sino de demostrar social y popularmente que una iniciativa se ha llevado a los pedestales del éxito. De esta realidad se derivan otras inclinaciones que pueden resultar más visibles. Por ejemplo, la idea de vincular la plenitud y la excelencia con la popularidad, la idea de que una persona, para ser dichosa, debe tener cientos de miles de reproducciones en su video, millones de ejemplares vendidos de su libro, millones de reproducciones en las plataformas musicales, etcétera.

La popularidad como fenómeno transversal siempre ha existido, así como también la obsesión del ser humano por la fama. Y esto se debe a una condición primitiva en nuestra mente: en las primeras civilizaciones humanas, el exilio era una causa suficiente de muerte. Cuando un miembro de la comunidad era rechazado por el grupo y condenado a vivir sólo y alejado de la misma, tenía garantizado que sus días estaban contados: no contaban los individuos con capacidades suficientes para sobrevivir a las adversidades climáticas y ambientales por sus propios medios. Esta reacción impulsiva quedó grabada en nuestro subconciente —incluso, fue el puntapié inicial que toma Carl Gustav Jung para desarrollar su teoría del inconciente colectivo—, y nos afecta hasta el día de hoy. De manera involuntaria, solemos tomar decisiones que nos vinculen más a la popularidad o a los pensamientos predominantes en la opinión pública, que a la soledad o la originalidad, incluso cuando estas decisiones generan perjuicios para nosotros mismos o nos obligan a actuar de una manera que verdaderamente no nos resulta agradable. Para concluir con esta primera idea, se pretende evidenciar la relación tripartita que existe entre la felicidad y el éxito y, en simultáneo, entre el éxito y la masividad. De manera tal que, si conjugamos estos tres extremos (felicidad, éxito, popularidad), podemos reconocer con facilidad que el hombre gregario y sumiso que pretende participar de las masas es considerado, tanto por sí mismo como por los demás, como un hombre feliz, mientras que todo aquel que procura abstraerse de esta ecuación perversa es despreciado como un misántropo anacoreta que no ha comprendido las vicisitudes de la vida.

La segunda característica contemporánea inherente a la sociedad occidental es el dilema weberiano entre la ética de la fe y la ética de la responsabilidad. Para que sea más comprensible, la primera se refiere a las intenciones y la segunda a las consecuencias. Esta vida está plagada de casos en los que las intenciones pueden ser loables y las consecuencias nefastas, y viceversa. Esta situación ha llevado al hombre a desarrollar una profunda inquietud respecto a las decisiones que debe tomar: si es preferible priorizar las consecuencias o las intenciones. Si ambas se correspondieran recíprocamente —si las buenas intenciones generasen ineluctablemente buenas consecuencias—, la vida resultaría más sencilla y no sería este fárrago descomunal. Sin embargo, Weber anticipó a través de uno de sus dilemas, alimentados estos por la existencia inevitable de conflictos en toda vida social, aquello que tanta incertidumbre nos genera. Cuando tomamos una decisión medimos las posibles consecuencias de la misma y empezamos a debatir internamente entre otras alternativas que ofrecen distintos efectos. Pero en algún momento de este debate interno nos surge la aparición de las intenciones, ya que estas marcan el límite de nuestro accionar: podemos actuar de cualquier forma, pero siempre dentro de las posibilidades que nuestra intención impulsiva nos permite. Y si este dilema no se resuelve, surge una inquietud insoslayable: ¿es preferible actuar mediante una buena intención y arriesgarnos a consecuencias que nos pueden perjudicar o resignamos ese carácter moral de la intención, nos rebajamos a un acto desleal, pero que nos garantiza una consecuencia favorable?

Estos cuestionamientos, que parecen exclusivamente actuales y que nos da la sensación, a priori, de que antes no existían, aparecen durante el Renacimiento, a fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI. Podríamos decir que siempre existieron y que recién en aquellos años se le dio una entidad intelectual. Se producen en Europa tres acontecimientos que caracterizaron a la época y generaron un cambio de paradigma impensado: las revoluciones burguesas, el descubrimiento de América y el fin de la Era Medieval. Los tres hechos estuvieron relacionados entre sí y posiblemente nunca en la historia de las civilizaciones hubo cambios tan profundos como durante el Renacimiento. La idea cristiana de que vivimos en un mundo transitorio, un preámbulo del verdadero paraíso, y de que mediante actos nobles podemos llegar a conseguirlo, la cual gobernó a las personas durante el Medioevo, ya estaba destrozada desde que apareció una nueva clase social que vino a poner en jaque la moral de las personas: los pequeñoburgueses, personajes que le dieron entidad al comercio y al dinero, individuos que debido al intercambio de sus mercancías por moneda corriente escalaron en las clases sociales hasta alcanzar la preponderancia de la nobleza, la cual detestaba a estos nuevos miembros y se oponían a su indeclinable ascenso. Las revoluciones burguesas vinieron a destronar la primacía de las buenas intenciones y los actos nobles, demostraron que almacenando grandes fortunas podían generan cúmulos o centros de poder, un fenómeno que antes era potestad exclusiva de la nobleza y el clero. Años más tarde, esta nueva clase social jugaría un rol preponderante en la modernidad a través de la Reforma Protestante y la Revolución Francesa, dos pilares de la formulación de las condiciones psicológicas del ser humano occidental en la actualidad. Por otro lado, el descubrimiento de América generó el choque de dos mundos. De un lado, el mundo civilizado, monoteísta y católico de Europa, y del otro el mundo bárbaro, pagano y politeísta —incluso totémico— de América. Como es sabido, a la historia la escribe quien es vencedor, y los relatos del descubrimiento de América fueron narrados por los europeos —particularmente, por los ingleses, quienes se encargaron de instalar una leyenda negra que ataque a España y a su fe fundacional, material de estudio y análisis para otra ocasión—. Los europeos se vieron asombrados no tanto por las diferencias que existían entre americanos —indios— y europeos, sino por la existencia de un mundo totalmente ajeno al suyo, justo cuando creían que el ser humano era sólo uno y que la historia era una línea recta que marchaba inevitablemente hacia el progreso. Todo tiene que ver con todo y detrás de toda decisión hay una idea germinante: las revoluciones burguesas fueron la consecuencia pragmática de los pensadores anglosajones empiristas, especialmente John Locke y David Ricardo, cuyas ideas sentaron las bases de la transición del feudalismo al capitalismo, la Reforma Protestante, el desprecio a la religión cristiana, la acumulación de dinero, la propiedad privada y la llegada de la secularización.

Estos dos fenómenos sociales que hoy son fáciles de reconocer en nuestra sociedad —el exitismo y el dilema weberiano de las intenciones y las consecuencias—, incluso catalizados por una situación que invita más al exitismo y a la acción que a la contemplación y la moral, fueron advertidos por un personaje que se vio condicionado por la convulsiva situación de Europa en los albores del Renacimiento. Nicolás  Maquiavelo fue el principal propulsor de las ideas de la modernidad, así como también un influjo predominante en las filosofías de Marx, Hegel y el ya mencionado Max Weber. La hipótesis que impulsó el estado reflexivo de Maquiavelo, así como sus conclusiones avasallantes, fue harto similar a la idea de Hobbes: un galopante pesimismo reinante en la condición humana que condiciona sus comportamientos y, en simultáneo, da forma a una sociedad en la cual no suele abundar la gracia o la bondad. La noción central maquiavélica y hobbesiana sugiere que el hombre es malo por naturaleza, que se trata de un ser imperfecto, ahogado de pasiones, incapaz de proyectarlas y frustrado por esta circunstancia. Pero lo peor de todo aún no ha sido mencionado: ningún ser humano es capaz de vivir de acuerdo a la totalidad de sus pretensiones, y la confesión de sus verdades y secretos podría resultar catastrófico.

En su obra póstuma, El Príncipe, la cual fue escrita para César Borgia como un refranero de su consejero principal, Maquiavelo escribe: 

“Los hombres son hipócritas, rencorosos, inconstantes, cínicos, desagradecidos, ingratos y fingidores, huyen del peligro y están ávidos de ganancias.” 

Aunque nunca se pudo comprobar, parecería que los fundadores del liberalismo inglés (principalmente Adam Smith y David Ricardo) leyeron a Maquiavelo para formular sus teorías de las relaciones entre los individuos. El florentino señalaba que cada individuo persigue sus propios objetivos y sus propias pasiones, y que se esfuerza únicamente para ponerlas de manifiesto en la sociedad. Suponer que el motor impulsor de las acciones de un ser humano puede ser la creación de un futuro mejor o la paz en sus relaciones con el prójimo le parecía a Maquiavelo una redonda estupidez. La intención del hombre por querer satisfacer sus perversiones y por la sed de placer que le genera su condición de maldad es lo que hace que cada uno perfeccione su personalidad y adquiera astucias que en la sociedad pueden ser vistas con agrado. El hombre refinado, de buenos modales, de acendrada educación y que procura ser altruista y bondadoso no es más que un mentiroso que se vale de tales estrategias para conseguir algo que verdaderamente esconde, ya que, como se ha mencionado, el hombre es malo por naturaleza y es incapaz de confesar sus verdaderas intenciones. Bastará que cada lector reflexione acerca de los secretos que esconde y de las intenciones que silencia para no ser rechazado en la sociedad en la cual se encuentra inmerso.

Aquí se puede ver con claridad el influjo maquiavélico sobre las teorías liberales, al suponer que cuando un ser humano busca la exclusiva satisfacción de sus placeres termina por esforzarse tanto que genera un beneficio para la sociedad. El hombre que estudia, trabaja y se esfuerza con esmero lo hace únicamente para saciar su sed de placer, pero todo ese esfuerzo genera un valor en la sociedad. Cito a Adam Smith: “al buscar su interés personal, el hombre trabaja a menudo de una manera mucho más eficaz por el interés de la sociedad que si tuviera realmente el objetivo de trabajar por ella”. También esta concepción se relaciona íntimamente con la idea maquiavelista de las virtudes malas y los vicios buenos: algunas virtudes pueden resultar ruinosas cuando se ponen en práctica, y algunos vicios, puestos en evidencia, redundan en estabilidad y bienestar para las personas. Nótese la influencia en la actualidad, dónde algunas prácticas agonales e incluso la usura, que antes eran despreciadas, hoy abundan en las sociedades y generan trabajo para una cuantiosa cantidad de personas. Desde una concepción maquiavélica se trata de vicios que se han puesto en práctica, se han formalizado, y actúan como agente económicos en beneficio de la sociedad. Asimismo, se establece una relación con la crítica de los liberales al socialismo: cuando un gobierno pretende, mediante el imperio de la igualdad, mejorar la vida de las personas, no hace más que empeorarlas debido a que resigna una cuota de su libertad. La idea del Estado soberano que intenta generar un beneficio para sus ciudadanos pero termina perjudicándolos fue originalmente maquiavelista.

Estos postulados fueron llevados al extremo por Bernard de Mandeville en La Fábula de las Abejas (1714), desarrollando una teoría apocalíptica pero muy interesante: las sociedades existen gracias a la maldad y los vicios del ser humano. Cito a Mandeville: 

“Ni los afectos que son naturales ni las virtudes que el hombre es capaz de adquirir a través de la razón constituyen el fundamento de la sociedad; el mismo reside en lo que llamamos mal, tanto de índole moral como natural, tal el principio que nos hace criaturas sociables. Si cesara el mal, la sociedad decaería y acaso se hundiría en la completa disolución”. 

Lo que hicieron Adam Smith y Bernard de Mandeville no fue solo reivindicar a Maquiavelo, sino también crear las bases del desarrollo de la astucia de la razón, una teoría filosófica de G.W.F Hegel, con la diferencia que éste último invierte la ecuación. Mientras Maquiavelo y los economistas ingleses sugirieron que el hombre se vale de astucias para satisfacer sus deseos individuales, y que mediante esta decisión contribuye racionalmente al progreso de la sociedad sin intentarlo de antemano, Hegel propone que la relación es al revés: el hombre cuenta con una dosis de razón que se vale de las pasiones y los deseos para satisfacer sus necesidades. No es el hombre perverso utilizando el pensamiento racional para satisfacer sus pasiones, sino un hombre racional que utiliza la bajeza de las pasiones y los deseos para desarrollarse racionalmente. Hasta aquí, parece más convincente la primera proposición, ya que nos ha ocurrido con frecuencia que a nuestros impulsos más inmediatos y brutales debemos racionalizarlos o domesticarlos para ponerlos en evidencia en la sociedad. Es decir, hemos sido testigos de la forma en que debidos incurrir en artimañas, incluso en mentiras, para lograr ciertos propósitos. Esto demuestra una paradoja inefable: pensando nos damos cuenta de que el pensamiento es una categoría inferior a las pasiones. Sin embargo, Hegel propone razonar de distinta forma para poder reconocer la potestad de la razón sobre las pasiones. En primer lugar, deberíamos recordar que Hegel estuvo influenciado, al igual que todo el idealismo alemán, por una carga teológica: sus reflexiones filosóficas estaban condicionadas por la idea que tenían sobre Dios. Al respecto, Hegel abrigaba una teoría verdaderamente original: Dios no creó el mundo y se detuvo a observar el desarrollo del mismo, sino que Dios está creando al mundo constantemente, a través una facultad presente en los seres humanos que no se halla en ningún otro ser vivo: la razón. Las personas se equivocan cuando pretenden justificar la razón a través de los hechos históricos. Claramente, si pretendiéramos explicar el desarrollo de una guerra mundial o de la invención de la bomba atómica a través de la razón, no podríamos hacerlo y podríamos llegar a la conclusión de que el ser humano no es racional en absoluto, sino más bien emocional. Pero Hegel propone, nuevamente, invertir este razonamiento: no debe buscarse en los hechos la presencia de la razón, no debe intentar explicarse la historia a través de la razón, sino que debe buscarse justificar los hechos a través de la razón. No se trata de explicar la razón a través de los hechos sino de explicar los hechos a través de la razón. De este modo, la razón podría explicar el desarrollo de una guerra mundial o los motivos fehacientes que llevaron a la misma. Si el mundo fuese irracional, no hubiera leyes en la naturaleza. Sin embargo, es fácil reconocer que la misma se rige por leyes físicas, y sus actores las desconocen. El mismo razonamiento aplica a la humanidad: todos nuestros actos están gobernados por leyes racionales, nada más que nosotros las desconocemos y tenemos una inclinación a procurar explicar los acontecimientos mediante las emociones.

El concepto de astucia de la razón en la filosofía y el de la mano invisible en economía comparten ambos una raíz teológica: por más que los seres humanos se preocupen por satisfacer sus necesidades individuales de una manera exclusivamente egoísta, contribuirán involuntariamente al progreso y al desarrollo de las sociedades, a través del esfuerzo que la satisfacción de sus deseos arroja en la comunidad en la que viven. Intentando ser malo, el hombre termina siendo bueno. Yace aquí una referencia a Dios o a la divina providencia, una costumbre inveterada del siglo XVIII. Llegamos entonces a una conclusión: tanto en Hegel como en Adam Smith y sus fundamentos liberales resulta imprescindible la presencia de un Dios que rige, mediante leyes naturales, el curso de la historia. Un filósofo alemán de renombre que ha contribuido profundamente al desarrollo del pensamiento moderno basado en la idea de progreso y la fe en la ciencia y la técnica ha sido Imanuel Kant. En sus escritos, más vinculados a la filosofía individual que a la sociología, se refería con similar deducción a la idea de un plan divino detrás de los impulsos ególatras de cada individuo, aunque reconoce, al igual que Maquiavelo y de Mandeville, que el mal es la raíz del desarrollo de las sociedades. Escribe el mismo en Filosofía de la Historia:

“Una sociedad podrá progresar siempre hacia lo mejor, incluso en el sentido moral, sin que la causa de ese progreso sea el amor, sino el egoísmo… Los hombres no reparan que al seguir cada uno sus propias intenciones persiguen sin advertirlo la intención de la naturaleza (…) Cuando advertimos cierta sabiduría en un individuo, encontramos que la misma está entretejida por la torpeza, la vanidad pueril, la maldad y el afán de destrucción.”

Parece sorpresivo que los grandes pensadores de la historia tengan concepciones tan pesimistas de la condición humana. No sólo nos consideran erráticos e imperfectos, sino también malos y cínicos. Pero esto tiene, como todo en la vida, una explicación un poco más convincente. Kant, Hegel, y más tarde Marx y Weber, heredaron de Maquiavelo un concepto revelador, fundamental en el desarrollo del capitalismo y del espíritu moderno: la herramienta primordial del progreso humano es el conflicto. De aquí se deriva la teoría de la lucha de clases como motor de la evolución en los países —de hecho, Marx sostenía que el principal motivo por el cual el Medio Oriente y África no lograban progresar era por la ausencia de la lucha de clases en el seno de sus sociedades—. Y esta teoría que hoy nos parece algo obvio y hasta indispensable resultó un verdadero cambio de paradigma durante el Renacimiento en el cual surgió la figura de Nicolás Maquiavelo, ya que durante el Medioevo la idea de conflicto era despreciada, se promovía la armonía y la moralidad acendrada como virtudes. Maquiavelo fue visto como un demonio o como un hereje al sugerir una idea que, con el correr de los siglos, se terminaría instalando en el centro de todo debate tanto filosófico como político.

Por último, Maquiavelo prefiguró los gobiernos fascistas característicos de la primera mitad del siglo XX. Si tenemos en cuenta que las características principales del ser humano son negativas o, para ser más profundos en la descripción, condicionadas por deseos de placer y por egoísmos que se alejan del bien común, no tendría ningún sentido que haya gobierno alguno, ya que la esencia de ese gobierno sería la conjunción o la suma de las intenciones de las personas que lo componen. Es decir, si los humanos son malos, defectuosos y egoístas, un conjunto de humanos lo único que haría sería multiplicar esas maldades, defectos y egoísmos. Bajo el imperio de la lógica maquiavélica los gobiernos no tendrían sentido. ¿Por qué algunas personas se arriesgarían a dejar de lado sus egoísmos para satisfacer los deseos ajenos? Si alguien hiciera eso, si alguien conformara un gobierno dedicado al bien común, estaría traicionando la condición principal del ser humano, estaría dejando de ser humano. La única explicación posible para la formación de un Estado es la que posteriormente Nietzsche le dio entidad: el concepto de la voluntad de poder. Existe en algunos hombres el impulso de manipular a otros, porque el ser humano es incompleto, es una transición entre un animal y Dios, y existen personas con dotaciones superiores a los seres humanos comunes: los superhombres. La idea del superhombre como portador de cualidades superlativas y el concepto de voluntad de poder de Nietzsche presenta sus raíces en los razonamientos de Maquiavelo. La humanidad egoísta y destinada a un derrotero de imperfecciones puede ser corregida por un grupo de personas que avizora este destino nefasto y corrige el rumbo de la sociedad, necesitando a tal efecto reducir una cuota de libertad de cada ser humano y circunscribir sus comportamientos a parámetros reducidos. Toda esta descripción hace alusión exacta a los gobiernos totalitarios del siglo XX, dónde un grupo selectivo de personas dictaba inescrupulosamente la forma de vivir de sus ciudadanos. Este fenómeno da lugar a un cuestionamiento filosófico existencial que aún hoy perdura en nuestras mentes: ¿es preferible que una persona ejerza su libertad por más que ésta le conduzca a la perdición, o que esa misma persona sea limitada en su libre albedrío para garantizarle un futuro mejor? Este razonamiento se mantiene vigente en todo análisis político. El imbécil que ejerce su libertad no puede llegar a otro rumbo que el de la imbecilidad, pero si se le obliga a obrar correctamente su destino podría resultar más amigable. En ambos casos se incurre en un problema. En el primero, el imperio y la legitimidad de los inútiles. En el segundo, el desmedro de sus libertades.

De esta manera, queda definido el origen del concepto de conflicto o lucha de clases, la relación entre los conceptos de astucia de la razón y la mano invisible, el influjo de Maquiavelo en pensadores ilustrados como Hegel, Marx, Kant y Weber, y en el liberalismo anglosajón de David Ricardo y Adam Smith, el cambio de paradigma producido entre el Medioevo y el Renacimiento, y las teorías sobre la maldad como el origen de la evolución en las sociedades humanas.

 


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