Si tuviéramos la intención de determinar las principales características
de la sociedad occidental contemporánea nos veríamos inmersos en una dificultad
inexorable. Incluso, dada la enorme diversidad de estilos de vida y la cantidad
cada vez mayor de personas que habitan este mundo, resulta redondamente
complejo establecer pocas condiciones que abarquen de manera homogénea a los
participantes de esta realidad. Sin embargo, existen dos cualidades que
destacan entre las personas en la actualidad y que podrían señalarse como
principales características, a partir de las cuales germinan otras
circunstancias, comportamientos y actitudes de menor calibre. En primer lugar,
deberíamos señalar al exitismo, esta
nueva manera de medir la exclusiva capacidad de cada ser humano de ser feliz:
siendo exitoso en una competencia, más allá de que la misma resulte vocacional
o meramente circunstancial. No tiene sentido hablar de la inclinación de una
persona hacia algo que le guste, de la dedicación al abrigo y alimento de una
pasión, sino de demostrar social y popularmente que una iniciativa se ha
llevado a los pedestales del éxito. De esta realidad se derivan otras
inclinaciones que pueden resultar más visibles. Por ejemplo, la idea de
vincular la plenitud y la excelencia con la popularidad, la idea de que una
persona, para ser dichosa, debe tener cientos de miles de reproducciones en su
video, millones de ejemplares vendidos de su libro, millones de reproducciones
en las plataformas musicales, etcétera.
La popularidad como fenómeno transversal siempre ha existido, así como
también la obsesión del ser humano por la fama. Y esto se debe a una condición
primitiva en nuestra mente: en las primeras civilizaciones humanas, el exilio
era una causa suficiente de muerte. Cuando un miembro de la comunidad era
rechazado por el grupo y condenado a vivir sólo y alejado de la misma, tenía
garantizado que sus días estaban contados: no contaban los individuos con
capacidades suficientes para sobrevivir a las adversidades climáticas y
ambientales por sus propios medios. Esta reacción impulsiva quedó grabada en
nuestro subconciente —incluso, fue el puntapié inicial que toma Carl Gustav
Jung para desarrollar su teoría del inconciente
colectivo—, y nos afecta hasta el día de hoy. De manera involuntaria,
solemos tomar decisiones que nos vinculen más a la popularidad o a los
pensamientos predominantes en la opinión pública, que a la soledad o la
originalidad, incluso cuando estas decisiones generan perjuicios para nosotros
mismos o nos obligan a actuar de una manera que verdaderamente no nos resulta
agradable. Para concluir con esta primera idea, se pretende evidenciar la
relación tripartita que existe entre la felicidad y el éxito y, en simultáneo,
entre el éxito y la masividad. De manera tal que, si conjugamos estos tres
extremos (felicidad, éxito, popularidad), podemos reconocer con facilidad que
el hombre gregario y sumiso que pretende participar de las masas es
considerado, tanto por sí mismo como por los demás, como un hombre feliz, mientras
que todo aquel que procura abstraerse de esta ecuación perversa es despreciado
como un misántropo anacoreta que no ha comprendido las vicisitudes de la vida.
La segunda característica contemporánea inherente a la sociedad
occidental es el dilema weberiano entre la ética de la fe y la ética de la
responsabilidad. Para que sea más comprensible, la primera se refiere a las
intenciones y la segunda a las consecuencias. Esta vida está plagada de casos
en los que las intenciones pueden ser loables y las consecuencias nefastas, y
viceversa. Esta situación ha llevado al hombre a desarrollar una profunda
inquietud respecto a las decisiones que debe tomar: si es preferible priorizar las
consecuencias o las intenciones. Si ambas se correspondieran recíprocamente —si
las buenas intenciones generasen ineluctablemente buenas consecuencias—, la
vida resultaría más sencilla y no sería este fárrago descomunal. Sin embargo,
Weber anticipó a través de uno de sus dilemas, alimentados estos por la
existencia inevitable de conflictos en toda vida social, aquello que tanta
incertidumbre nos genera. Cuando tomamos una decisión medimos las posibles
consecuencias de la misma y empezamos a debatir internamente entre otras
alternativas que ofrecen distintos efectos. Pero en algún momento de este
debate interno nos surge la aparición de las intenciones, ya que estas marcan
el límite de nuestro accionar: podemos actuar de cualquier forma, pero siempre
dentro de las posibilidades que nuestra intención impulsiva nos permite. Y si
este dilema no se resuelve, surge una inquietud insoslayable: ¿es preferible
actuar mediante una buena intención y arriesgarnos a consecuencias que nos
pueden perjudicar o resignamos ese carácter moral de la intención, nos
rebajamos a un acto desleal, pero que nos garantiza una consecuencia favorable?
Estos cuestionamientos, que parecen exclusivamente actuales y que nos da
la sensación, a priori, de que antes no existían, aparecen durante el
Renacimiento, a fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI. Podríamos decir
que siempre existieron y que recién en aquellos años se le dio una entidad
intelectual. Se producen en Europa tres acontecimientos que caracterizaron a la
época y generaron un cambio de paradigma impensado: las revoluciones burguesas,
el descubrimiento de América y el fin de la Era Medieval. Los tres hechos
estuvieron relacionados entre sí y posiblemente nunca en la historia de las
civilizaciones hubo cambios tan profundos como durante el Renacimiento. La idea
cristiana de que vivimos en un mundo transitorio, un preámbulo del verdadero
paraíso, y de que mediante actos nobles podemos llegar a conseguirlo, la cual
gobernó a las personas durante el Medioevo, ya estaba destrozada desde que
apareció una nueva clase social que vino a poner en jaque la moral de las
personas: los pequeñoburgueses, personajes que le dieron entidad al comercio y
al dinero, individuos que debido al intercambio de sus mercancías por moneda
corriente escalaron en las clases sociales hasta alcanzar la preponderancia de
la nobleza, la cual detestaba a estos nuevos miembros y se oponían a su
indeclinable ascenso. Las revoluciones burguesas vinieron a destronar la
primacía de las buenas intenciones y los actos nobles, demostraron que
almacenando grandes fortunas podían generan cúmulos o centros de poder, un
fenómeno que antes era potestad exclusiva de la nobleza y el clero. Años más
tarde, esta nueva clase social jugaría un rol preponderante en la modernidad a
través de la Reforma Protestante y la Revolución Francesa, dos pilares de la
formulación de las condiciones psicológicas del ser humano occidental en la
actualidad. Por otro lado, el descubrimiento de América generó el choque de dos
mundos. De un lado, el mundo civilizado, monoteísta y católico de Europa, y del
otro el mundo bárbaro, pagano y politeísta —incluso totémico— de América. Como
es sabido, a la historia la escribe quien es vencedor, y los relatos del
descubrimiento de América fueron narrados por los europeos —particularmente,
por los ingleses, quienes se encargaron de instalar una leyenda negra que ataque
a España y a su fe fundacional, material de estudio y análisis para otra
ocasión—. Los europeos se vieron asombrados no tanto por las diferencias que
existían entre americanos —indios— y europeos, sino por la existencia de un
mundo totalmente ajeno al suyo, justo cuando creían que el ser humano era sólo
uno y que la historia era una línea recta que marchaba inevitablemente hacia el progreso. Todo tiene que ver con todo y detrás de toda decisión hay una idea
germinante: las revoluciones burguesas fueron la consecuencia pragmática de los
pensadores anglosajones empiristas, especialmente John Locke y David Ricardo,
cuyas ideas sentaron las bases de la transición del feudalismo al capitalismo,
la Reforma Protestante, el desprecio a la religión cristiana, la acumulación de
dinero, la propiedad privada y la llegada de la secularización.
Estos dos fenómenos
sociales que hoy son fáciles de reconocer en nuestra sociedad —el exitismo y el
dilema weberiano de las intenciones y las consecuencias—, incluso catalizados
por una situación que invita más al exitismo y a la acción que a la
contemplación y la moral, fueron advertidos por un personaje que se vio
condicionado por la convulsiva situación de Europa en los albores del
Renacimiento. Nicolás Maquiavelo fue el principal propulsor de las ideas
de la modernidad, así como también un influjo predominante en las filosofías de
Marx, Hegel y el ya mencionado Max Weber. La hipótesis que impulsó el estado
reflexivo de Maquiavelo, así como sus conclusiones avasallantes, fue harto
similar a la idea de Hobbes: un galopante pesimismo reinante en la condición
humana que condiciona sus comportamientos y, en simultáneo, da forma a una
sociedad en la cual no suele abundar la gracia o la bondad. La noción central
maquiavélica y hobbesiana sugiere que el
hombre es malo por naturaleza, que se trata de un ser imperfecto, ahogado
de pasiones, incapaz de proyectarlas y frustrado por esta circunstancia. Pero
lo peor de todo aún no ha sido mencionado: ningún ser humano es capaz de vivir
de acuerdo a la totalidad de sus pretensiones, y la confesión de sus verdades y
secretos podría resultar catastrófico.
En su obra póstuma, El Príncipe, la cual fue escrita para César Borgia como un refranero de su consejero principal, Maquiavelo escribe:
“Los hombres son hipócritas, rencorosos, inconstantes, cínicos, desagradecidos, ingratos y fingidores, huyen del peligro y están ávidos de ganancias.”
Aunque nunca se pudo comprobar, parecería que los
fundadores del liberalismo inglés (principalmente Adam Smith y David Ricardo)
leyeron a Maquiavelo para formular sus teorías de las relaciones entre los
individuos. El florentino señalaba que cada individuo persigue sus propios
objetivos y sus propias pasiones, y que se esfuerza únicamente para ponerlas de
manifiesto en la sociedad. Suponer que el motor impulsor de las acciones de un
ser humano puede ser la creación de un futuro mejor o la paz en sus relaciones
con el prójimo le parecía a Maquiavelo una redonda estupidez. La intención del
hombre por querer satisfacer sus perversiones y por la sed de placer que le
genera su condición de maldad es lo que hace que cada uno perfeccione su
personalidad y adquiera astucias que en la sociedad pueden ser vistas con
agrado. El hombre refinado, de buenos modales, de acendrada educación y que
procura ser altruista y bondadoso no es más que un mentiroso que se vale de
tales estrategias para conseguir algo que verdaderamente esconde, ya que, como
se ha mencionado, el hombre es malo por naturaleza y es incapaz de confesar sus
verdaderas intenciones. Bastará que cada lector reflexione acerca de los
secretos que esconde y de las intenciones que silencia para no ser rechazado en
la sociedad en la cual se encuentra inmerso.
Aquí se
puede ver con claridad el influjo maquiavélico sobre las teorías liberales, al
suponer que cuando un ser humano busca la
exclusiva satisfacción de sus placeres termina por esforzarse tanto que genera
un beneficio para la sociedad. El hombre que estudia, trabaja y se esfuerza
con esmero lo hace únicamente para saciar su sed de placer, pero todo ese
esfuerzo genera un valor en la sociedad. Cito a Adam Smith: “al buscar su interés personal, el hombre
trabaja a menudo de una manera mucho más eficaz por el interés de la sociedad
que si tuviera realmente el objetivo de trabajar por ella”. También esta
concepción se relaciona íntimamente con la idea maquiavelista de las virtudes
malas y los vicios buenos: algunas virtudes pueden resultar ruinosas cuando se
ponen en práctica, y algunos vicios, puestos en evidencia, redundan en
estabilidad y bienestar para las personas. Nótese la influencia en la
actualidad, dónde algunas prácticas agonales e incluso la usura, que antes eran
despreciadas, hoy abundan en las sociedades y generan trabajo para una
cuantiosa cantidad de personas. Desde una concepción maquiavélica se trata de
vicios que se han puesto en práctica, se han formalizado, y actúan como agente
económicos en beneficio de la sociedad. Asimismo, se establece una relación con
la crítica de los liberales al socialismo: cuando un gobierno pretende,
mediante el imperio de la igualdad, mejorar la vida de las personas, no hace
más que empeorarlas debido a que resigna una cuota de su libertad. La idea del
Estado soberano que intenta generar un beneficio para sus ciudadanos pero
termina perjudicándolos fue originalmente maquiavelista.
Estos postulados fueron llevados al extremo por Bernard de Mandeville en La Fábula de las Abejas (1714), desarrollando una teoría apocalíptica pero muy interesante: las sociedades existen gracias a la maldad y los vicios del ser humano. Cito a Mandeville:
“Ni los afectos que son naturales ni las virtudes que el hombre es capaz de adquirir a través de la razón constituyen el fundamento de la sociedad; el mismo reside en lo que llamamos mal, tanto de índole moral como natural, tal el principio que nos hace criaturas sociables. Si cesara el mal, la sociedad decaería y acaso se hundiría en la completa disolución”.
Lo que hicieron Adam Smith y Bernard de
Mandeville no fue solo reivindicar a Maquiavelo, sino también crear las bases
del desarrollo de la astucia de la razón, una teoría filosófica de G.W.F Hegel,
con la diferencia que éste último invierte la ecuación. Mientras Maquiavelo y
los economistas ingleses sugirieron que el hombre se vale de astucias para
satisfacer sus deseos individuales, y que mediante esta decisión contribuye
racionalmente al progreso de la sociedad sin
intentarlo de antemano, Hegel propone que la relación es al revés: el
hombre cuenta con una dosis de razón que se vale de las pasiones y los deseos
para satisfacer sus necesidades. No es el hombre perverso utilizando el
pensamiento racional para satisfacer sus pasiones, sino un hombre racional que
utiliza la bajeza de las pasiones y los deseos para desarrollarse racionalmente. Hasta aquí, parece más
convincente la primera proposición, ya que nos ha ocurrido con frecuencia que a
nuestros impulsos más inmediatos y brutales debemos racionalizarlos o
domesticarlos para ponerlos en evidencia en la sociedad. Es decir, hemos sido
testigos de la forma en que debidos incurrir en artimañas, incluso en mentiras,
para lograr ciertos propósitos. Esto demuestra una paradoja inefable: pensando nos damos cuenta de que el
pensamiento es una categoría inferior a las pasiones. Sin embargo, Hegel
propone razonar de distinta forma para poder reconocer la potestad de la razón
sobre las pasiones. En primer lugar, deberíamos recordar que Hegel estuvo
influenciado, al igual que todo el idealismo alemán, por una carga teológica:
sus reflexiones filosóficas estaban condicionadas por la idea que tenían sobre
Dios. Al respecto, Hegel abrigaba una teoría verdaderamente original: Dios no
creó el mundo y se detuvo a observar el desarrollo del mismo, sino que Dios está creando al mundo constantemente, a
través una facultad presente en los seres humanos que no se halla en ningún otro
ser vivo: la razón. Las personas se equivocan cuando pretenden justificar la
razón a través de los hechos históricos. Claramente, si pretendiéramos explicar
el desarrollo de una guerra mundial o de la invención de la bomba atómica a
través de la razón, no podríamos hacerlo y podríamos llegar a la conclusión de
que el ser humano no es racional en absoluto, sino más bien emocional. Pero Hegel propone,
nuevamente, invertir este razonamiento: no debe buscarse en los hechos la
presencia de la razón, no debe intentar explicarse la historia a través de la
razón, sino que debe buscarse justificar los hechos a través de la razón. No se
trata de explicar la razón a través de los hechos sino de explicar los hechos a
través de la razón. De este modo, la razón podría explicar el desarrollo de una
guerra mundial o los motivos fehacientes que llevaron a la misma. Si el mundo
fuese irracional, no hubiera leyes en la naturaleza. Sin embargo, es fácil
reconocer que la misma se rige por leyes físicas, y sus actores las desconocen.
El mismo razonamiento aplica a la humanidad: todos nuestros actos están
gobernados por leyes racionales, nada más que nosotros las desconocemos y
tenemos una inclinación a procurar explicar los acontecimientos mediante las
emociones.
El
concepto de astucia de la razón en la
filosofía y el de la mano invisible
en economía comparten ambos una raíz teológica: por más que los seres humanos
se preocupen por satisfacer sus necesidades individuales de una manera
exclusivamente egoísta, contribuirán involuntariamente al progreso y al
desarrollo de las sociedades, a través del esfuerzo que la satisfacción de sus
deseos arroja en la comunidad en la que viven. Intentando ser malo, el hombre
termina siendo bueno. Yace aquí una referencia a Dios o a la divina
providencia, una costumbre inveterada del siglo XVIII. Llegamos entonces a una
conclusión: tanto en Hegel como en Adam Smith y sus fundamentos liberales
resulta imprescindible la presencia de un Dios que rige, mediante leyes
naturales, el curso de la historia. Un filósofo alemán de renombre que ha
contribuido profundamente al desarrollo del pensamiento moderno basado en la
idea de progreso y la fe en la ciencia y la técnica ha sido Imanuel Kant. En
sus escritos, más vinculados a la filosofía individual que a la sociología, se
refería con similar deducción a la idea de un plan divino detrás de los
impulsos ególatras de cada individuo, aunque reconoce, al igual que Maquiavelo
y de Mandeville, que el mal es la raíz del desarrollo de las sociedades.
Escribe el mismo en Filosofía de la
Historia:
“Una sociedad podrá progresar siempre hacia lo mejor,
incluso en el sentido moral, sin que la causa de ese progreso sea el amor, sino
el egoísmo… Los hombres no reparan que al seguir cada uno sus propias
intenciones persiguen sin advertirlo la intención de la naturaleza (…) Cuando
advertimos cierta sabiduría en un individuo, encontramos que la misma está
entretejida por la torpeza, la vanidad pueril, la maldad y el afán de
destrucción.”
Parece
sorpresivo que los grandes pensadores de la historia tengan concepciones tan
pesimistas de la condición humana. No sólo nos consideran erráticos e
imperfectos, sino también malos y cínicos. Pero esto tiene, como todo en la
vida, una explicación un poco más convincente. Kant, Hegel, y más tarde Marx y
Weber, heredaron de Maquiavelo un concepto revelador, fundamental en el
desarrollo del capitalismo y del espíritu moderno: la herramienta primordial
del progreso humano es el conflicto. De aquí se deriva la teoría de la lucha de
clases como motor de la evolución en los países —de hecho, Marx sostenía que el
principal motivo por el cual el Medio Oriente y África no lograban progresar
era por la ausencia de la lucha de clases en el seno de sus sociedades—. Y esta
teoría que hoy nos parece algo obvio y hasta indispensable resultó un verdadero
cambio de paradigma durante el Renacimiento en el cual surgió la figura de
Nicolás Maquiavelo, ya que durante el Medioevo la idea de conflicto era despreciada,
se promovía la armonía y la moralidad acendrada como virtudes. Maquiavelo fue
visto como un demonio o como un hereje al sugerir una idea que, con el correr
de los siglos, se terminaría instalando en el centro de todo debate tanto
filosófico como político.
Por
último, Maquiavelo prefiguró los gobiernos fascistas característicos de la
primera mitad del siglo XX. Si tenemos en cuenta que las características
principales del ser humano son negativas o, para ser más profundos en la
descripción, condicionadas por deseos de placer y por egoísmos que se alejan
del bien común, no tendría ningún sentido que haya gobierno alguno, ya que la
esencia de ese gobierno sería la conjunción o la suma de las intenciones de las
personas que lo componen. Es decir, si los humanos son malos, defectuosos y
egoístas, un conjunto de humanos lo único que haría sería multiplicar esas
maldades, defectos y egoísmos. Bajo el imperio de la lógica maquiavélica los
gobiernos no tendrían sentido. ¿Por qué algunas personas se arriesgarían a
dejar de lado sus egoísmos para satisfacer los deseos ajenos? Si alguien
hiciera eso, si alguien conformara un gobierno dedicado al bien común, estaría
traicionando la condición principal del ser humano, estaría dejando de ser humano.
La única explicación posible para la formación de un Estado es la que
posteriormente Nietzsche le dio entidad: el concepto de la voluntad de poder.
Existe en algunos hombres el impulso de manipular a otros, porque el ser humano
es incompleto, es una transición entre un animal y Dios, y existen personas con
dotaciones superiores a los seres humanos comunes: los superhombres. La idea
del superhombre como portador de cualidades superlativas y el concepto de
voluntad de poder de Nietzsche presenta sus raíces en los razonamientos de
Maquiavelo. La humanidad egoísta y destinada a un derrotero de imperfecciones
puede ser corregida por un grupo de personas que avizora este destino nefasto y
corrige el rumbo de la sociedad, necesitando a tal efecto reducir una cuota de
libertad de cada ser humano y circunscribir sus comportamientos a parámetros
reducidos. Toda esta descripción hace alusión exacta a los gobiernos
totalitarios del siglo XX, dónde un grupo selectivo de personas dictaba
inescrupulosamente la forma de vivir de sus ciudadanos. Este fenómeno da lugar
a un cuestionamiento filosófico existencial que aún hoy perdura en nuestras
mentes: ¿es preferible que una persona ejerza su libertad por más que ésta le
conduzca a la perdición, o que esa misma persona sea limitada en su libre
albedrío para garantizarle un futuro mejor? Este razonamiento se mantiene
vigente en todo análisis político. El imbécil que ejerce su libertad no puede
llegar a otro rumbo que el de la imbecilidad, pero si se le obliga a obrar
correctamente su destino podría resultar más amigable. En ambos casos se
incurre en un problema. En el primero, el imperio y la legitimidad de los
inútiles. En el segundo, el desmedro de sus libertades.
De esta
manera, queda definido el origen del concepto de conflicto o lucha de clases,
la relación entre los conceptos de astucia de la razón y la mano invisible, el
influjo de Maquiavelo en pensadores ilustrados como Hegel, Marx, Kant y Weber,
y en el liberalismo anglosajón de David Ricardo y Adam Smith, el cambio de
paradigma producido entre el Medioevo y el Renacimiento, y las teorías sobre la
maldad como el origen de la evolución en las sociedades humanas.
