martes, 13 de agosto de 2024

La psicología del hombre feliz


 

En La República, Platón desarrolla una defensa del espíritu contemplativo cuando analiza el aporte que un poeta o un filósofo hace a una sociedad. Desde una visión económica, tales hombres resultan redondamente inútiles, ya que no aportan en nada visible a la comunidad de personas. Los poetas y filósofos no inventan curas para enfermedades, no desarrollan programas o aplicaciones que mejoren la calidad de vida, no construyen ciudades ni puentes ni rutas que conecten a las mismas, no desarrollan tecnologías. Sin embargo, en ellos reside la principal función social: deben instruir al hombre para que todas estás invenciones, propiedad exclusiva de la economía y la ciencia, no logren alienar al ser humano. Claro está que un poeta no va a mejorar la calidad de vida del hombre, pero sí va a impedir que las invenciones dominen su alma. Otros hombres desarrollarán tecnologías, pero el intelectual está allí para comprenderlas y mantenerlas sumisas. La atmósfera del mundo espiritual es tan inmensa que reduce a insignificancia todo descubrimiento material. El filósofo, el intelectual o el poeta juegan con los avances científicos y tecnológicos como lo hace un niño con sus juguetes.

En su obra más aclamada por la crítica literaria El Shock del Futuro, AlvinToffler sugirió que el ser humano del siglo actual se vería incapaz de asumir la rapidez de los cambios sociales, ya que los mismos se dan a una velocidad vertiginosa y, a su vez, las personas contemporáneas no solemos abrigar ideales muy duraderos: nuestra fascinación va cambiando a medida que avanzan los días. El mismo autor sostiene que, fruto de esta incapacidad de asimilación, surgirá el auge de la psicología y la psiquiatría. No estuvo muy lejos de la realidad y, si Alvin Toffler viviera, observaría con un dejo de vanidad que su hipótesis se está cumpliendo actualmente. La terapia psicológica, sin menospreciar su condimento profesional, presenta en sus formas y en sus campos de estudio cierta dosis de paradigma o moda. Cada vez son más las personas que se psicoanalizan, cada vez son más los pacientes que ingieren psicofármacos para remediar patologías que pueden requerir una solución más compleja que aquella que habitualmente se suele recomendar. Esta realidad se ve reflejada con notoriedad mediante el siguiente dato: a mediados del siglo XX, la cantidad de patologías psicológicas que se encontraban en el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) rondaba la cifra de quince; en la actualidad, tras la última publicación del DSM-5, la cantidad de patologías se extiende a más de 500. La sede de la formación de este manual, cuyo origen data del año 1952, ha sido tradicionalmente los Estados Unidos de América, precisamente el mismo país de donde provienen las principales fuentes de financiación para la mediatización de nuevas enfermedades mentales, como por ejemplo, la adicción a la comida o el acaparamiento compulsivo (referido a personas que amontonan una considerable cantidad de cosas por una redonda incapacidad por deshacerse de ellas). El problema no está en que se aplique un abordaje novedoso o genuino a ciertos comportamientos conductuales, sino que se trate una costumbre, un rasgo distintivo de una persona o una anomalía física a través del consumo de los psicofármacos.

Martin Seligman es un psicólogo estadounidense, director de la facultad de Psicología de Pensilvania y miembro de la Asociación Estadounidense de Psicología. Esta última entidad fue la encargada de establecer las bases de un fenómeno que posteriormente se daría a llamar como el perfil psicotecnocrático, una nueva perspectiva de la psicología. La finalidad de tal embarcación es, según las declaraciones de los falsos filántropos que componen el simposio de profesionales que dio escalada a este propósito, emancipar a la psicología de su función histórica. Gracias a los cuantiosos aportes crematísticos que hicieron las empresas que suelen componer el lobby norteamericano, dentro de las cuales resaltan los dos millones de dólares de la John TemplationFoundation y los 3.7 millones de dólares de la Robert Wood JohnsonFoundation, el cenáculo de psicólogos disruptivos procuraron poner la psicología patas arriba: ya no se trata de un campo de la ciencia dedicado a atender trastornos psíquicos y sociales de pacientes que presentan un cuadro patológico, sino que se trata ahora de una ciencia que nos indica la manera de vivir. La psicología se ha convertido, a partir de fines del siglo pasado, en una normalización  de la conducta. Seligman se hizo conocido en sus épocas como director de la facultad de Pensilvania. Ha sido considerado una eminencia por el aporte que hizo mediante su terminología psicología positiva. La tesis de su exorbitante descubrimiento de porquería es que las personas que son sometidas a emociones intensamente beneficiosas son más propensas a modificar su forma de pensar. Gracias a semejante idiotez alcanzó nombradía institucional. Sin embargo, no fue elegido por los grandes financistas por esta particularidad, sino porque a través de la imposición de normas de felicidad, es decir, reglas que debe cumplir todo ser humano para ser feliz, se puede estandarizar el comportamiento humano. Esto vendría a significar que la mejor forma de manipular a un grupo de personas es ofreciendo una falsa alegría, mediante la cual una persona cree ser feliz cuando en realidad no lo es, porque las actitudes que ha desarrollado en pos de alcanzar esa felicidad son exógenas. Se establece así la ciencia de la felicidad, con un propósito ambicioso y falso: establecer un marco conductual para poder ser feliz.

A este incipiente motor encendido con el objetivo de transformar la psicología, hacerla más frecuente y abarcable, se suma una figura de visible lucidez: Daniel Kahneman, quien fuera psicólogo pero en simultáneo ganador de un premio Nobel de la Economía. ¿Qué relación puede haber entre psicología y economía? Como se ha mencionado, el primer vínculo es el establecido entre las industrias farmacéuticas, deseosas de esparcir enfermedades psíquicas por doquier para recetar sus psicofármacos, y el lobby conformado por psicólogos rentados y financiados por estas mismas industrias para que propaguen las nuevas patologías mentales. No es casual que el auge de los psicofármacos coincida con el auge de la terapia psicológica y, a su vez, con el incremento de las enfermedades psíquicas o fobias, como se las conoce coloquialmente. Más allá de esta obviedad –que a los efectos del artículo parece una perogrullada –, existe una relación más estrecha pero difícil de percibir, una idea sugerida por el propio Kahneman: la mensurabilidad de la felicidad. Para establecer normas de conducta universales que conduzcan indefectiblemente hacia la plenitud, deberían existir asimismo criterios que establezcan rangos de felicidad y que permitan comparar el nivel de felicidad de una persona con otra, o el de un país con otro. A esto se le suele llamar ciencia de la felicidad, la cual exige un criterio único para establecer este índice.

Para hacer más profundo este análisis, deberíamos hacer un poco de historia: si a partir de fines del siglo pasado se ha intentado –y se ha logrado –, establecer un modelo único de felicidad, con normas de conducta predeterminadas y criterios que puedan determinar qué tan feliz o infeliz es una persona, esto implica necesariamente que antes de dicha intervención institucional debería haber otro modelo de felicidad, otra forma de percibir esta emoción o este sentimiento. Y aquí debemos señalar dos acepciones. En primer lugar, la perspectiva filosófica o griega, que sostenía que la felicidad se logra mediante el ejercicio de la virtud. Se supone que cuando alguien hace algo que está bien, se siente feliz. Con el correr del tiempo, la neurociencia se encargó de reforzar esta teoría nacida en las escuelas filosóficas de Grecia, ya que existen explicaciones hormonales para tal sentido. Por ejemplo, cuando uno hace ejercicio físico, segrega dopamina, conocida vulgarmente como la hormona de la felicidad. Lo mismo ocurre cuando una persona estudia y aprueba un examen o cuando ejecuta un trabajo complejo y recibe una señal de aprobación. La ciencia terminó por darle la razón a la filosofía que había establecido un dictamen ambicioso hace más de dos mil años: el ser humano es feliz cuando se esfuerza, porque a partir de tal esfuerzo se logra la virtud, la cual es la clave de la alegría. Sin embargo, a esta idea le surgió un interrogante furtivo pero difícil de contestar: ¿quién tiene el poder suficiente para indicarnos qué es una virtud y qué es un defecto? ¿Acaso las personas que son incapaces de esfuerzo alguno están condenadas a ser felices? ¿Acaso no hemos visto ejemplos de personas que parecen vivir alegremente sin haber incurrido en esfuerzo alguno? A partir de estas preguntas nace una nueva concepción de la felicidad, que no niega la anterior concepción sino que la incluye. Es cierto que debemos luchar para ser felices, esforzarnos y alcanzar el sabor de la virtud. Pero también es cierto que la felicidad es intima: no es lo mismo ser feliz para uno que para el otro, porque cada persona tiene distintas personalidades, ideas, impulsos, y en esas diferencias esenciales estriba la maravilla de toda sociedad: la variedad de los estilos de vida. Para un atleta profesional resultará virtuoso entrenar cinco horas por día, pero para una persona normal podría resultar una virtud el simple hecho de entrenar cinco horas por semana. De este modo, resultaría imposible establecer un modelo conductual universal de la felicidad, ya que la respuesta más impulsiva sería señalar que la felicidad es personal, particular, subjetiva. Luego, aparece el dilema existencial por antonomasia, el dilema de la felicidad: si uno tiene deseos resulta más feliz si éstos se cumplen, por lo cual actuaría en virtud del cumplimiento de ellos. Pero cumplir los deseos y sentirnos felices nos hace ver una realidad adversa: somos presas de nuestros deseos, los cuales nos esclavizan y nos quitan libertad. Nos obsesionamos con nuestros deseos. Esto se ve en la vida cotidiana cuando muchas veces sencillamente no queremos hacer eso que nos conduce al camino del logro de nuestra felicidad, simplemente queremos no hacer nada o hacer otra cosa. Esto indica que la felicidad es un arma de doble filo, ya que incluso su alcance no nos garantiza plenitud sino esclavización de nuestras propias pasiones.

Volviendo al tema en cuestión, si uno se propone manipular a la gente mediante el ofrecimiento de la alegría, debería ofrecer una alegría estandarizada, un producto que pueda ser ofrecido en varios países, en varias razas, en varias generaciones. Esto implica tres realidades que, de agudizar apenas nuestro discernimiento, seremos capaces de percibir en nuestra vida cotidiana con total sencillez. En primer lugar, la felicidad ya no sólo puede medirse y calcularse, sino que también se comporta como una mercancía de intercambio: si una persona cumple con determinadas condiciones, podemos determinar que es feliz. Uno consume bienes y servicios para ser feliz. Pero aquí estriba el problema fundamental del consumismo: cuando el consumidor consume más por el atropello de consumir que por el valor o rédito que le da el producto consumido. En segundo lugar, la felicidad pasa de ser un sustantivo como ocurría en el pasado –la sophrosine griega –, y pasa a ser un adjetivo, un estado de emoción. Esto indica que la propia felicidad ha perdido sustancia. Y por último, en tercer lugar, la felicidad ya no mora en el horizonte, donde puedo verla guiar mis comportamientos, como una meta a la cual deba uno alcanzar, sino que mora en el presente, es un estado perpetuo, está latente dentro nuestro a punto de ser satisfecha con algunos de los productos y servicios que nos ofrece la contemporaneidad. No hay una meta difícil de alcanzar en el futuro, hay herramientas de placer al alcance de todos en el presente.

Para finalizar la reflexión, ¿cuáles son los criterios fehacientes para determinar si una persona es o no es feliz? ¿Cuáles son los comportamientos que debe perseguir todo ser humano si quisiera alcanzar esa felicidad? La explicación más trillada pero no por ello desacertada o incorrecta hace alusión al imperio del dinero sobre los principios. El poder del dinero brutalmente acumulado ha sido capaz de subvertir el poder de las ideas y los valores. Esta realidad, incluso, se ha visto reflejada en proverbios, frases tradicionales, metáforas, etcétera. En tiempos que ahora se asemejan lejanos, la manera más efectiva de hacer dinero era producir un bien o un servicio que resulte novedoso, original, eficiente. Se estudiaban necesidades del consumidor y se llevaban a cabo estas producciones que prometían pertrechar grandes riquezas. Sin embargo, esta realidad se ve distorsionada en la actualidad, ya que la manera más visible y segura de hacer dinero ya no es la manufactura de bienes o producción de servicios, sino la usura. Desde hace décadas, resulta más seguro y rentable ganar dinero con los intereses de un dinero prestado. El portador de la deuda tiene la obligación de pagar más de lo que recibe, debiendo dejar como garantía un ingreso o una propiedad en caso de no poder afrontar dicha deuda. Es el caso emblemático del dinero produciendo más dinero. Una película estrenada en el año 2011, con figuras estelares de la talla de Robert de Niro y Bradley Cooper ejemplifica esta noción. Se trata de Sin Límites. Sinopsis: un joven fracasado, dedicado a escribir por encargo en una editorial, descubre una droga que potencia y cataliza las capacidades cognitivas del ser humano. Durante el transcurso de dicha heurística, el sujeto se vuelve extremadamente poderoso dentro de los límites de la física. No puede volar o teletransportarse como otros superhéroes, pero puede aprender idiomas, asimilar ecuaciones de visible complejidad, memorizar numerologías inescrutables, y todo ello en un tiempo extremadamente acotado. La decisión del protagonista refleja lo estudiado previamente: el sujeto decide dedicarse al mercado financiero en Wall Street. Pudiendo haber creado grandes obras de arte que trasciendan la historia, pudiendo haber descubierto la cura de una enfermedad mortal, pudiendo haber hallado la combinación ideal de un gobierno incorruptible, decide sin embargo dedicarse a la usura formal del mercado bursátil. Lo que hace esta película, como lo hacen innumerables herramientas del poder, es inculcarnos una manera alcanzable de ser feliz. El consumismo, combinado con el placer inmediato, ha homogeneizado el comportamiento de las personas. Se trate de cualquier clase social, todos se comportan de la misma manera; desde el más rico hasta el más pobre, cualquier ser humano busca saciar el apetito de placer. La única diferencia mora en que cada persona cuenta distintas calidades en los medios que emplean para satisfacer esa carencia de plenitud. El hombre rico y el hombre pobre se comportan de igual manera, ambos están siendo esclavizados por una necesidad de placer inmanente, y ejecutan esta desesperación también de igual manera y en igual medida, incluso incurriendo en las mismas consecuencias, pero en disímiles calidades.

De fondo se encuentra la eterna beligerancia que se desarrolla en torno a la concepción del mal. Históricamente, la sociedad occidental a la cual pertenecemos se ha apoyado en el fundamento escolástico: el hombre es bueno por naturaleza, y el mal es una corrupción del bien. Para explicarlo de manera más amena, el mal existe porque no existe el bien, o porque el bueno se confunde. Pero, dese esta perspectiva, el mal no tiene entidad, no existe por sí sólo, no tiene esencia. Más aún, el mal de la religión cristiana, representado por Lucifer, es un ángel caído, es una corrupción del bien. En contraposición surgen los hedonistas, que fundamentaron la herejía cristiana conocida tradicionalmente como protestantismo, y que dio origen asimismo al utilitarismo profundizado por Jeremías Bentham. La pregunta del hedonista es la siguiente: si el ser humano es bueno por naturaleza, si existe un Dios que nos ama y procura para nosotros el bien, ¿por qué tenemos a nuestro alcance la inclinación hacia el mal? La mejor manera de vivir, según el hedonista, es evitando la mayor cantidad de dolores y procurando la mayor cantidad de placeres. Esto esconde una condición implícita: se reconoce, por tanto, que el mal existe, que está a nuestro alcance y que ha nacido en el mismo momento en que ha nacido el hombre. Claramente esta última concepción de la ontología del ser humano le ha ganado la pulseada a la primera y es la que reina en nuestros espíritus actualmente.

Para cerrar, vamos a recordar la sutileza con que Soren Kierkegaard encaró esta batalla entre el hedonismo y la escolástica, esta discusión en torno a la existencia del mal. Decía el danés que el hombre peca primero por debilidad: no cuenta con las facultades suficientes para comprender la dinámica de la vida, y esa carencia lo lleva a cometer un error. Luego, se siente mal por ese error y entra en un estado de desesperación, que lo lleva a confundirse y a volver a pecar. De esta manera, la desesperación es causa y consecuencia a la vez del pecado –o del error –. De manera tal que la persistencia del mal es una consecuencia de la primera vez que haya ocurrido.  

Queda de manifiesto en este artículo su tácita intención: discernir los paquetes de placer que el sistema nos ofrece como medio de alcanzar la felicidad, percibir la forma en que la alegría del ser humano se ha homogeneizado hasta alcanzar un patrón común, y encontrar vertiginosamente cuál es nuestra felicidad, la cual, desde luego, no podrá coincidir con felicidades ajenas.

 

El poder blando

  Edward Bernays fue conocido vulgarmente por ser sobrino de Sigmund Freud, pero su actividad ha marcado una destacada relevancia en el mund...