En La República,
Platón desarrolla una defensa del espíritu contemplativo cuando analiza el
aporte que un poeta o un filósofo hace a una sociedad. Desde una visión
económica, tales hombres resultan redondamente inútiles, ya que no aportan en
nada visible a la comunidad de personas. Los poetas y filósofos no inventan
curas para enfermedades, no desarrollan programas o aplicaciones que mejoren la
calidad de vida, no construyen ciudades ni puentes ni rutas que conecten a las
mismas, no desarrollan tecnologías. Sin embargo, en ellos reside la principal
función social: deben instruir al hombre para que todas estás invenciones,
propiedad exclusiva de la economía y la ciencia, no logren alienar al ser
humano. Claro está que un poeta no va a mejorar la calidad de vida del hombre,
pero sí va a impedir que las invenciones dominen su alma. Otros hombres
desarrollarán tecnologías, pero el intelectual está allí para comprenderlas y
mantenerlas sumisas. La atmósfera del mundo espiritual es tan inmensa que
reduce a insignificancia todo descubrimiento material. El filósofo, el
intelectual o el poeta juegan con los avances científicos y tecnológicos como
lo hace un niño con sus juguetes.
En su obra más
aclamada por la crítica literaria El
Shock del Futuro, AlvinToffler sugirió que el ser humano del siglo actual
se vería incapaz de asumir la rapidez de los cambios sociales, ya que los
mismos se dan a una velocidad vertiginosa y, a su vez, las personas
contemporáneas no solemos abrigar ideales muy duraderos: nuestra fascinación va
cambiando a medida que avanzan los días. El mismo autor sostiene que, fruto de
esta incapacidad de asimilación, surgirá el auge de la psicología y la
psiquiatría. No estuvo muy lejos de la realidad y, si Alvin Toffler viviera,
observaría con un dejo de vanidad que su hipótesis se está cumpliendo
actualmente. La terapia psicológica, sin menospreciar su condimento
profesional, presenta en sus formas y en sus campos de estudio cierta dosis de
paradigma o moda. Cada vez son más
las personas que se psicoanalizan, cada vez son más los pacientes que ingieren
psicofármacos para remediar patologías que pueden requerir una solución más
compleja que aquella que habitualmente se suele recomendar. Esta realidad se ve
reflejada con notoriedad mediante el siguiente dato: a mediados del siglo XX,
la cantidad de patologías psicológicas que se encontraban en el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los
Trastornos Mentales) rondaba la cifra de quince; en la actualidad, tras la última
publicación del DSM-5, la cantidad de patologías se extiende a más de 500. La
sede de la formación de este manual, cuyo origen data del año 1952, ha sido
tradicionalmente los Estados Unidos de América, precisamente el mismo país de
donde provienen las principales fuentes de financiación para la mediatización
de nuevas enfermedades mentales, como por ejemplo, la adicción a la comida o el acaparamiento
compulsivo (referido a personas que amontonan una considerable cantidad de
cosas por una redonda incapacidad por deshacerse de ellas). El problema no está
en que se aplique un abordaje novedoso o genuino a ciertos comportamientos
conductuales, sino que se trate una costumbre, un rasgo distintivo de una
persona o una anomalía física a través del consumo de los psicofármacos.
Martin Seligman es un
psicólogo estadounidense, director de la facultad de Psicología de Pensilvania
y miembro de la Asociación Estadounidense de Psicología. Esta última entidad
fue la encargada de establecer las bases de un fenómeno que posteriormente se
daría a llamar como el perfil psicotecnocrático,
una nueva perspectiva de la psicología. La finalidad de tal embarcación es,
según las declaraciones de los falsos filántropos que componen el simposio de
profesionales que dio escalada a este propósito, emancipar a la psicología de
su función histórica. Gracias a los cuantiosos aportes crematísticos que
hicieron las empresas que suelen componer el lobby norteamericano, dentro de
las cuales resaltan los dos millones de dólares de la John TemplationFoundation
y los 3.7 millones de dólares de la Robert Wood JohnsonFoundation, el cenáculo
de psicólogos disruptivos procuraron poner la psicología patas arriba: ya no se
trata de un campo de la ciencia dedicado a atender trastornos psíquicos y
sociales de pacientes que presentan un cuadro patológico, sino que se trata
ahora de una ciencia que nos indica la manera de vivir. La psicología se ha
convertido, a partir de fines del siglo pasado, en una normalización de la
conducta. Seligman se hizo conocido en sus épocas como director de la facultad
de Pensilvania. Ha sido considerado una eminencia por el aporte que hizo
mediante su terminología psicología
positiva. La tesis de su exorbitante descubrimiento de porquería es que las
personas que son sometidas a emociones intensamente beneficiosas son más
propensas a modificar su forma de pensar. Gracias a semejante idiotez alcanzó
nombradía institucional. Sin embargo, no fue elegido por los grandes
financistas por esta particularidad, sino porque a través de la imposición de
normas de felicidad, es decir, reglas que debe cumplir todo ser humano para ser
feliz, se puede estandarizar el comportamiento humano. Esto vendría a
significar que la mejor forma de manipular a un grupo de personas es ofreciendo
una falsa alegría, mediante la cual una persona cree ser feliz cuando en realidad no lo es, porque las actitudes
que ha desarrollado en pos de alcanzar esa felicidad son exógenas. Se establece
así la ciencia de la felicidad, con un propósito ambicioso y falso: establecer
un marco conductual para poder ser feliz.
A este incipiente
motor encendido con el objetivo de transformar la psicología, hacerla más frecuente
y abarcable, se suma una figura de visible lucidez: Daniel Kahneman, quien
fuera psicólogo pero en simultáneo ganador de un premio Nobel de la Economía.
¿Qué relación puede haber entre psicología y economía? Como se ha mencionado,
el primer vínculo es el establecido entre las industrias farmacéuticas,
deseosas de esparcir enfermedades psíquicas por doquier para recetar sus
psicofármacos, y el lobby conformado por psicólogos rentados y financiados por
estas mismas industrias para que propaguen las nuevas patologías mentales. No
es casual que el auge de los psicofármacos coincida con el auge de la terapia
psicológica y, a su vez, con el incremento de las enfermedades psíquicas o fobias, como se las conoce coloquialmente.
Más allá de esta obviedad –que a los efectos del artículo parece una
perogrullada –, existe una relación más estrecha pero difícil de percibir, una
idea sugerida por el propio Kahneman: la mensurabilidad de la felicidad. Para
establecer normas de conducta universales que conduzcan indefectiblemente hacia
la plenitud, deberían existir asimismo criterios que establezcan rangos de
felicidad y que permitan comparar el nivel de felicidad de una persona con
otra, o el de un país con otro. A esto se le suele llamar ciencia de la felicidad, la cual exige un criterio único para
establecer este índice.
Para hacer más
profundo este análisis, deberíamos hacer un poco de historia: si a partir de
fines del siglo pasado se ha intentado –y se ha logrado –, establecer un modelo
único de felicidad, con normas de conducta predeterminadas y criterios que
puedan determinar qué tan feliz o infeliz es una persona, esto implica
necesariamente que antes de dicha intervención institucional debería haber otro modelo de felicidad, otra forma de
percibir esta emoción o este sentimiento. Y aquí debemos señalar dos
acepciones. En primer lugar, la perspectiva filosófica o griega, que sostenía
que la felicidad se logra mediante el ejercicio de la virtud. Se supone que
cuando alguien hace algo que está bien, se siente feliz. Con el correr del
tiempo, la neurociencia se encargó de reforzar esta teoría nacida en las escuelas
filosóficas de Grecia, ya que existen explicaciones hormonales para tal
sentido. Por ejemplo, cuando uno hace ejercicio físico, segrega dopamina,
conocida vulgarmente como la hormona de la felicidad. Lo mismo ocurre cuando
una persona estudia y aprueba un examen o cuando ejecuta un trabajo complejo y
recibe una señal de aprobación. La ciencia terminó por darle la razón a la
filosofía que había establecido un dictamen ambicioso hace más de dos mil años:
el ser humano es feliz cuando se esfuerza, porque a partir de tal esfuerzo se
logra la virtud, la cual es la clave de la alegría. Sin embargo, a esta idea le
surgió un interrogante furtivo pero difícil de contestar: ¿quién tiene el poder
suficiente para indicarnos qué es una virtud y qué es un defecto? ¿Acaso las
personas que son incapaces de esfuerzo alguno están condenadas a ser felices?
¿Acaso no hemos visto ejemplos de personas que parecen vivir alegremente sin
haber incurrido en esfuerzo alguno? A partir de estas preguntas nace una nueva
concepción de la felicidad, que no niega la anterior concepción sino que la
incluye. Es cierto que debemos luchar
para ser felices, esforzarnos y alcanzar el sabor de la virtud. Pero también es
cierto que la felicidad es intima: no
es lo mismo ser feliz para uno que para el otro, porque cada persona tiene
distintas personalidades, ideas, impulsos, y en esas diferencias esenciales
estriba la maravilla de toda sociedad: la variedad de los estilos de vida. Para
un atleta profesional resultará virtuoso entrenar cinco horas por día, pero
para una persona normal podría resultar una virtud el simple hecho de entrenar
cinco horas por semana. De este modo, resultaría imposible establecer un modelo
conductual universal de la felicidad, ya que la respuesta más impulsiva sería
señalar que la felicidad es personal, particular, subjetiva. Luego, aparece el
dilema existencial por antonomasia, el dilema
de la felicidad: si uno tiene deseos resulta más feliz si éstos se cumplen,
por lo cual actuaría en virtud del cumplimiento de ellos. Pero cumplir los
deseos y sentirnos felices nos hace ver una realidad adversa: somos presas de
nuestros deseos, los cuales nos esclavizan y nos quitan libertad. Nos
obsesionamos con nuestros deseos. Esto se ve en la vida cotidiana cuando muchas
veces sencillamente no queremos hacer eso que nos conduce al camino del logro
de nuestra felicidad, simplemente queremos no hacer nada o hacer otra cosa.
Esto indica que la felicidad es un arma de doble filo, ya que incluso su
alcance no nos garantiza plenitud sino esclavización de nuestras propias
pasiones.
Volviendo al tema en
cuestión, si uno se propone manipular a la gente mediante el ofrecimiento de la
alegría, debería ofrecer una alegría estandarizada, un producto que pueda ser
ofrecido en varios países, en varias razas, en varias generaciones. Esto implica tres realidades que, de
agudizar apenas nuestro discernimiento, seremos capaces de percibir en nuestra
vida cotidiana con total sencillez. En primer lugar, la felicidad ya no sólo
puede medirse y calcularse, sino que también se comporta como una mercancía de
intercambio: si una persona cumple con determinadas condiciones, podemos
determinar que es feliz. Uno consume bienes y servicios para ser feliz. Pero
aquí estriba el problema fundamental del consumismo: cuando el consumidor
consume más por el atropello de consumir que por el valor o rédito que le da el
producto consumido. En segundo lugar, la felicidad pasa de ser un sustantivo
como ocurría en el pasado –la sophrosine
griega –, y pasa a ser un adjetivo, un estado de emoción. Esto indica que la
propia felicidad ha perdido sustancia. Y por último, en tercer lugar, la
felicidad ya no mora en el horizonte, donde puedo verla guiar mis
comportamientos, como una meta a la cual deba uno alcanzar, sino que mora en el
presente, es un estado perpetuo, está latente dentro nuestro a punto de ser
satisfecha con algunos de los productos y servicios que nos ofrece la
contemporaneidad. No hay una meta difícil de alcanzar en el futuro, hay
herramientas de placer al alcance de todos en el presente.
Para finalizar la reflexión, ¿cuáles son los criterios
fehacientes para determinar si una persona es o no es feliz? ¿Cuáles son los comportamientos
que debe perseguir todo ser humano si quisiera alcanzar esa felicidad? La explicación más trillada pero no
por ello desacertada o incorrecta hace alusión al imperio del dinero sobre los
principios. El poder del dinero brutalmente acumulado ha sido capaz de
subvertir el poder de las ideas y los valores. Esta realidad, incluso, se ha
visto reflejada en proverbios, frases tradicionales, metáforas, etcétera. En
tiempos que ahora se asemejan lejanos, la manera más efectiva de hacer dinero
era producir un bien o un servicio que resulte novedoso, original, eficiente.
Se estudiaban necesidades del consumidor y se llevaban a cabo estas
producciones que prometían pertrechar grandes riquezas. Sin embargo, esta
realidad se ve distorsionada en la actualidad, ya que la manera más visible y
segura de hacer dinero ya no es la manufactura de bienes o producción de
servicios, sino la usura. Desde hace décadas, resulta más seguro y rentable
ganar dinero con los intereses de un dinero prestado. El portador de la deuda
tiene la obligación de pagar más de lo que recibe, debiendo dejar como garantía
un ingreso o una propiedad en caso de no poder afrontar dicha deuda. Es el caso
emblemático del dinero produciendo más dinero. Una película estrenada en el año
2011, con figuras estelares de la talla de Robert de Niro y Bradley Cooper
ejemplifica esta noción. Se trata de Sin
Límites. Sinopsis: un joven fracasado, dedicado a escribir por encargo en
una editorial, descubre una droga que potencia y cataliza las capacidades
cognitivas del ser humano. Durante el transcurso de dicha heurística, el sujeto
se vuelve extremadamente poderoso dentro de los límites de la física. No puede
volar o teletransportarse como otros superhéroes, pero puede aprender idiomas,
asimilar ecuaciones de visible complejidad, memorizar numerologías
inescrutables, y todo ello en un tiempo extremadamente acotado. La decisión del
protagonista refleja lo estudiado previamente: el sujeto decide dedicarse al
mercado financiero en Wall Street. Pudiendo haber creado grandes obras de arte
que trasciendan la historia, pudiendo haber descubierto la cura de una
enfermedad mortal, pudiendo haber hallado la combinación ideal de un gobierno
incorruptible, decide sin embargo dedicarse a la usura formal del mercado
bursátil. Lo que hace esta película, como lo hacen innumerables herramientas
del poder, es inculcarnos una manera alcanzable
de ser feliz. El consumismo, combinado con el placer inmediato, ha
homogeneizado el comportamiento de las personas. Se trate de cualquier clase
social, todos se comportan de la misma manera; desde el más rico hasta el más pobre,
cualquier ser humano busca saciar el apetito de placer. La única diferencia
mora en que cada persona cuenta distintas calidades en los medios que emplean
para satisfacer esa carencia de plenitud. El hombre rico y el hombre pobre se
comportan de igual manera, ambos están siendo esclavizados por una necesidad de
placer inmanente, y ejecutan esta desesperación también de igual manera y en
igual medida, incluso incurriendo en las mismas consecuencias, pero en
disímiles calidades.
De fondo se encuentra la eterna beligerancia
que se desarrolla en torno a la concepción del mal. Históricamente, la sociedad
occidental a la cual pertenecemos se ha apoyado en el fundamento escolástico:
el hombre es bueno por naturaleza, y el mal es una corrupción del bien. Para
explicarlo de manera más amena, el mal existe porque no existe el bien, o
porque el bueno se confunde. Pero,
dese esta perspectiva, el mal no tiene entidad,
no existe por sí sólo, no tiene esencia. Más aún, el mal de la religión cristiana,
representado por Lucifer, es un ángel caído, es una corrupción del bien. En
contraposición surgen los hedonistas, que fundamentaron la herejía cristiana
conocida tradicionalmente como protestantismo,
y que dio origen asimismo al utilitarismo profundizado por Jeremías Bentham. La
pregunta del hedonista es la siguiente: si el ser humano es bueno por
naturaleza, si existe un Dios que nos ama y procura para nosotros el bien, ¿por qué tenemos a nuestro alcance
la inclinación hacia el mal? La mejor manera de vivir, según el hedonista, es
evitando la mayor cantidad de dolores y procurando la mayor cantidad de
placeres. Esto esconde una condición implícita: se reconoce, por tanto, que el
mal existe, que está a nuestro
alcance y que ha nacido en el mismo momento en que ha nacido el hombre.
Claramente esta última concepción de la ontología del ser humano le ha ganado
la pulseada a la primera y es la que reina en nuestros espíritus actualmente.
Para cerrar, vamos a recordar la sutileza con
que Soren Kierkegaard encaró esta batalla entre el hedonismo y la escolástica,
esta discusión en torno a la existencia del mal. Decía el danés que el hombre
peca primero por debilidad: no cuenta con las facultades suficientes para
comprender la dinámica de la vida, y esa carencia lo lleva a cometer un error.
Luego, se siente mal por ese error y entra en un estado de desesperación, que
lo lleva a confundirse y a volver a pecar.
De esta manera, la desesperación es causa y consecuencia a la vez del pecado –o
del error –. De manera tal que la persistencia del mal es una consecuencia de
la primera vez que haya ocurrido.
Queda de manifiesto en
este artículo su tácita intención: discernir los paquetes de placer que el
sistema nos ofrece como medio de alcanzar la felicidad, percibir la forma en
que la alegría del ser humano se ha homogeneizado hasta alcanzar un patrón
común, y encontrar vertiginosamente cuál es nuestra
felicidad, la cual, desde luego, no podrá coincidir con felicidades ajenas.

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