Lo
genuino y mágico de la literatura consiste en que cada persona elige las
palabras que quiere así como el orden y la combinación de las mismas, y esa
elección determina a cada uno, pues a través de las palabras uno se comunica,
de manera oral o escrita. Resulta imposible que dos discursos pertrechados por
dos personas distintas resulten iguales, de ahí la autenticidad de cada
persona, que se refleja en las palabras. Por este motivo, acuñar términos
preestablecidos y frases preestructuradas, o procurar cambiar la fonética del
lenguaje, consiste lisa y llanamente en reducir los grados de libertad de un
individuo: toda persona que repite oraciones o formas verbales está repitiendo
pensamientos ajenos y, de manera furtiva, está reduciendo su nivel de libertad a
la hora de hablar y, consecuentemente, a la hora de pensar, porque pensamos a
través de palabras. Comenzar este artículo refiriendo a la importancia de las
palabras resulta pertinente cuando aquello que se quiere analizar es el
estructuralismo, movimiento filosófico que dio origen, consecuentemente, a la
deconstrucción, uno de los pilares fundamentales del posmodernismo.
En la
década del 60 del siglo XX, se estableció definitivamente el existencialismo
como el paradigma filosófico por antonomasia. Lejos de los claustros
académicos, en las calles y los cafés surgía el sujeto como el centro de la
escena, la idea de que cada ser humano construye su propia realidad,
otorgándole un valor subjetivo a cada acontecimiento y fenómeno de la vida,
obligado cada individuo a actuar,
arrojado en la escena de la vida sin poder evitar su existencia, porque el
hombre está obligado a ser. Un ser humano
es lo que hace con lo que hicieron de él. Como se ha mencionado, el sujeto
estaba en el centro de la escena. En efecto, esta corriente existencialista que
había nacido con Soren Kierkegaard, alcanza este apogeo intelectual debido a la
popularidad de Jean Paul Sartre, especialmente en París, donde en aquella época
nacían las corrientes de pensamiento que posteriormente se transformarían en
cosmopolitas y universales. Dado este escenario, resulta sorpresivo advertir
que un grupo de intelectuales se anime a atacar al existencialismo en su pleno
auge. A este movimiento se lo llamó estructuralismo,
y sus principales exponentes no se reconocían a sí mismos como filósofos, y en
algunos casos más extremos, ni siquiera se reconocían como estructuralistas,
dado que la encomiable aceptación de este movimiento resultó efímera.
En
pocas palabras, el estructuralismo se posiciona como un rival del
existencialismo porque desplaza al individuo del centro de la escena y sugiere
que son las estructuras las que determinan la vida de cada uno. Louis
Althusser, en tal sentido, sostuvo que no es el ser humano el centro de la
escena, sino la economía, la política, las ideologías y sus relaciones entre sí
que formarán y condicionarán a cada individuo. En realidad, lo que pretendían
los estructuralistas no era quitarle humanidad a sus estudios (muchos de ellos
fueron caracterizados irónicamente como antihumanistas),
sino que procuraban darle a la filosofía un rigor científico que no encontraban
en el existencialismo.
Sin
embargo, cuando hablamos de estructuras debemos definir aquella que sobresale
por el resto y que, según los estructuralistas, sometía silenciosamente al
hombre: el lenguaje. El principal análisis lingüístico con rigor filosófico fue
esbozado por Ferdinand de Saussure, tal vez el padre del estructuralismo. Este
lingüista sostenía que no hay nada en las palabras que denoten su significado.
Las palabras son signos que contienen un significante y un significado, pero no
podemos comprender a las palabras por lo que significan sino por lo que no
significan. En este sentido, las palabras tienen un reconocimiento negativo. A
su vez, de Saussure sugiere que no se puede conocer el significado de una
palabra sin conocer su antagónico. No puede explicarse el significado de crudo desconociendo lo que significa cocido. Emplea ocasionalmente el ejemplo
del semáforo: no hay nada en la palabra rojo que indique que debemos
detenernos, así como tampoco lo hay en el color. Hay una construcción que apoya
esta simbología, y a su vez, esta misma resultaría incomprendida si no se
advierte su antagónico: el verde, que indica que avancemos. Continuando con su
estudio, en todo par de palabras que se contradicen entre sí (claro y oscuro,
crudo y cocido, lento y rápido, justo e injusto) hay una carga moral que
determina que una es buena y otra es mala. Este concepto también es
desarrollado por Michel Foucault en su primera etapa, denominada “arqueología
del saber”, en la cual se lo reconoce como antihumanista y estructuralista. Es
en aquel lapso de su carrera que escribe Las
palabras y las cosas, en el cual define que el hombre no manipula un
lenguaje a través del cual se comunica, sino que el lenguaje manipula al
hombre. Es bien sabido que en Foucault se encuentra constantemente una cierta
obsesión con el poder: el autor descubre históricamente al hombre como una especie
de marioneta a través de la cual distintas esferas de poder lo manipulan. Sin
ir más lejos, fue él quien desarrolló la teoría de La microfísica del poder, donde las dimensiones de poder se
fragmentan en pequeñas categorías mediante las cuales someten al ser humano.
Entonces, hay poder en un Estado sobre los ciudadanos que gobierna, pero
también en un padre sobre un hijo, en un docente sobre sus alumnos, en un
supervisor sobre sus empleados, y así hasta llegar a dimensiones microscópicas
de la sociedad. De manera tal que las comunidades son un entramado de distintas
esferas de poder que se relacionan entre sí. Si se analiza el lenguaje a partir
de esta perspectiva, se llega a la conclusión de que es una estructura que
manipula al ser humano, en primer lugar porque las palabras no tienen un
significado definido, en segundo lugar porque tienen una carga moral, ya que
algunas hacen referencia a algo bueno y
otras –sus antagónicos –, a algo malo.
Podemos
resumir entonces que el estructuralismo surge cronológicamente como una
respuesta al existencialismo, criticando en éste la exaltación del yo, o del sujeto, y sosteniendo que son
las estructuras que determinan la vida de cada ser humano, ya que éste jamás
podría alcanzar la libertad mediante sus propios medios porque sus pensamientos
están construidos a través de palabras, y las palabras conforman una estructura
(el lenguaje) que manipula a los hombres.Uno de sus principales exponentes,
Claude Levi Strauss, señaló que el fin de las ciencias humanas no debería ser construir al sujeto, sino disolverlo: el sujeto no cuenta con las
herramientas para construir su propio destino, sino para discernir la forma en
que las estructuras lo están construyendo.
La
relación que existe entre estructuralismo y deconstrucción es de exaltación, o
de exageración. La deconstrucción se propone llevar al estructuralismo al
extremo, pero no con la intención de aceptarlo, sino con la intención de llegar
al origen de todo, que está detrás del lenguaje. Su exponente más fiel resultó
ser Jacques Derrida, quien alcanzó
en Francia una popularidad notable. Derrida toma a de Saussure y lo lleva a
límites inconcebibles. Para él, las palabras no tienen significado, no reflejan
la realidad. No son más que significantes de otros significantes, un entramado
de signos. En los diccionarios no está la realidad, sino que hay otros
significantes, otras palabras. De aquí nace su famoso apotegma: no hay nada detrás del texto. En
realidad, parte de la filosofía de Derrida se apoya en una obra de Nietzsche,
la primera: El origen de la tragedia. En ella, el autor alemán enarbola dos
tesis. Por un lado, sugiere un concepto que desarrollará más adelante respecto
a la tragedia en el arte. Dice Nietzsche que la civilización más avanzada de la
historia– los griegos –, inventaron la tragedia o el dolor en el arte. De aquí
una sugerencia que se irá analizando y abusando a lo largo de la historia: el
arte debe poner en evidencia un
dolor, una tragedia. El segundo dictamen de su obra es el que toma Derrida para
hacer su análisis: el lenguaje mediante el cual pretendemos llegar a la verdad
está cargado de juicio, ya que implica que algo es bueno y otra cosa es malo;
todos los binomios están jerarquizados. Y de las jerarquías de estas
contradicciones, extrae una para explicar su teoría. Del antagonismo apolíneo-dionisíaco,
históricamente se prefiere lo primero por sobre lo segundo. Lo apolíneo hace
referencia a lo racional, a lo que se llega mediante el uso de la razón,
mientras lo dionisíaco se refiere a lo pasional, a aquello que se alcanza por
el ejercicio de la pasión. Tradicionalmente, con influencia de los griegos (en
la Grecia Antigua se proponía a la sophrosyne como la madre de todas las
virtudes, haciendo alusión a la moderación o el autocontrol). Según Nietzsche,
hay una tendencia a analizar la realidad y comportarnos como si las decisiones
racionales fueran superiores moralmente a las decisiones pasionales, y este es un
síntoma de degradación de la esencia del hombre. Y en este sentido critica a
Sócrates, o más específicamente al método socrático, ya que pretende llegar a
la verdad por medio exclusivo de la razón.
Derrida,
que en sus escritos ha llegado a inventar palabras, se pregunta qué está primero:
el pensamiento o el lenguaje. ¿Se puede pensar sin palabras? Y, en simultáneo,
qué está primero: la palabra oral o la escrita. Los conceptos y las categorías
en las cuales nos apoyamos intentan reflejar una verdad que no es tal. El ser
humano no puede conocer a la verdad
porque se apoya en palabras (o en pensamientos construidos por palabras) para
llegar a ella, pero estas palabras y estos pensamientos son una cadena de
significantes, y detrás de ellos no hay nada. La forma en que nosotros
pretendemos llegar a la verdad es mediante herramientas que no representan nada
y es mediante un mecanismo cuyo funcionamiento es supervisado por el poder. La
deconstrucción consiste entonces en desestabilizar todo lo que está definido
para encontrar qué hay detrás, a través de las paradojas. Y el único medio con
que cuenta el hombre para deconstruir la realidad y buscar aquella verdad que a
priori resulta inconcebible es la filosofía.
Derrida
es un filósofo antropológico por excelencia, ya que ataca los cimientos del
conocimiento humano, ataca aquello que se da por sentado como verdadero. Hace
una clarísima distinción entre la palabra oral y la escrita, y de aquí nace su crítica
a la sociedad occidental. Según él, la filosofía fracasó porque intentó
comprender mediante la esritura aquello que fue concebido por la tradición oral.
Es decir, el fundamento de la sociedad occidental que fue esgrimida a través de
dos oradores, Sócrates (la razón) y Jesús (la religión), se ha intentando
abordar a través de la escritura, porque la filosofía es exclusivamente
escrita. En este sentido, Derrida propone volver a encauzar el sueño del
filósofo: levantar los velos de la realidad para poder verla en su forma más
pura.
Sin
embargo, así como encontramos un vínculo (el lingüístico) entre estructuralismo
y deconstrucción, existe entre ambos un abismo inconciliable, el cual es
personificado por Foucault y Derrida en relación a una interpretación
cartesiana. El vínculo del lenguaje entre ambas corrientes se compensa con la
visión arqueológica de Foucault por un lado y el concepto de gramatología en
Derrida. El primero encuentra discontinuidades en la historia de la humanidad;
el segundo analiza estos supuestos antagonismos que dividen a la sociedad y
llega a la conclusión de que uno incluye al otro. Foucault, en su análisis de
la locura, encuentra en Descartes una ruptura entre la locura y la razón a la
que no pueden acceder los dementes. Luego, este abismo surgido en el seno de la
humanidad será ejecutado por la política durante fines del siglo XVII mediante
el encierro de los locos en las clínicas, cuando antes eran aceptados en la
misma sociedad. La discontinuidad insalvable entre razón y locura incentiva a
los gobiernos a encerrar a los dementes, excluirlos de la sociedad,
considerando en efecto que dicha sociedad se ha fragmentado y que la parte más
poderosa producto de dicha fragmentación –que suele ser la parte más numerosa –, termina sometiendo a la
minoría inerme mediante el encierro. La historia, en Foucault, es un escenario
de rupturas que son, a su vez, escenarios de disputas de poder.
Derrida
responde a esta noción arqueológica de Foucault mediante un estudio o análisis
minucioso de las meditaciones cartesianas. Descartes no sólo reconoce a la
locura dentro de la sociedad sino que también la incluye. Es decir, Derrida –fiel a su estilo hiperbólico y
disruptivo –, no sólo dice que Foucault se equivoca al encontrar en Descartes
una ruptura entre locura y razón que luego sería aprovechada y usufructuada por
la política, sino que también sostiene que la interpretación foucaultiana es
diametralmente opuesta a la realidad, en aras de afirmar que Descartes,
mediante la teoría del sueño y del genio maligno, reconoce e incluye a la locura dentro de la humanidad.
Se ha
logrado reconocer que existe un vínculo lingüístico entre estructuralismo y
deconstrucción –Derrida tomando a de Saussure y extrapolando sus ideas, negando
la existencia de significados–, y luego la diferencia entre la gramatología de
Derrida y la arqueología de Foucault.
