miércoles, 12 de junio de 2024

Estructuralismo y deconstrucción

 


Lo genuino y mágico de la literatura consiste en que cada persona elige las palabras que quiere así como el orden y la combinación de las mismas, y esa elección determina a cada uno, pues a través de las palabras uno se comunica, de manera oral o escrita. Resulta imposible que dos discursos pertrechados por dos personas distintas resulten iguales, de ahí la autenticidad de cada persona, que se refleja en las palabras. Por este motivo, acuñar términos preestablecidos y frases preestructuradas, o procurar cambiar la fonética del lenguaje, consiste lisa y llanamente en reducir los grados de libertad de un individuo: toda persona que repite oraciones o formas verbales está repitiendo pensamientos ajenos y, de manera furtiva, está reduciendo su nivel de libertad a la hora de hablar y, consecuentemente, a la hora de pensar, porque pensamos a través de palabras. Comenzar este artículo refiriendo a la importancia de las palabras resulta pertinente cuando aquello que se quiere analizar es el estructuralismo, movimiento filosófico que dio origen, consecuentemente, a la deconstrucción, uno de los pilares fundamentales del posmodernismo.

En la década del 60 del siglo XX, se estableció definitivamente el existencialismo como el paradigma filosófico por antonomasia. Lejos de los claustros académicos, en las calles y los cafés surgía el sujeto como el centro de la escena, la idea de que cada ser humano construye su propia realidad, otorgándole un valor subjetivo a cada acontecimiento y fenómeno de la vida, obligado cada individuo a actuar, arrojado en la escena de la vida sin poder evitar su existencia, porque el hombre está obligado a ser. Un ser humano es lo que hace con lo que hicieron de él. Como se ha mencionado, el sujeto estaba en el centro de la escena. En efecto, esta corriente existencialista que había nacido con Soren Kierkegaard, alcanza este apogeo intelectual debido a la popularidad de Jean Paul Sartre, especialmente en París, donde en aquella época nacían las corrientes de pensamiento que posteriormente se transformarían en cosmopolitas y universales. Dado este escenario, resulta sorpresivo advertir que un grupo de intelectuales se anime a atacar al existencialismo en su pleno auge. A este movimiento se lo llamó estructuralismo, y sus principales exponentes no se reconocían a sí mismos como filósofos, y en algunos casos más extremos, ni siquiera se reconocían como estructuralistas, dado que la encomiable aceptación de este movimiento resultó efímera.

En pocas palabras, el estructuralismo se posiciona como un rival del existencialismo porque desplaza al individuo del centro de la escena y sugiere que son las estructuras las que determinan la vida de cada uno. Louis Althusser, en tal sentido, sostuvo que no es el ser humano el centro de la escena, sino la economía, la política, las ideologías y sus relaciones entre sí que formarán y condicionarán a cada individuo. En realidad, lo que pretendían los estructuralistas no era quitarle humanidad a sus estudios (muchos de ellos fueron caracterizados irónicamente como antihumanistas), sino que procuraban darle a la filosofía un rigor científico que no encontraban en el existencialismo.

Sin embargo, cuando hablamos de estructuras debemos definir aquella que sobresale por el resto y que, según los estructuralistas, sometía silenciosamente al hombre: el lenguaje. El principal análisis lingüístico con rigor filosófico fue esbozado por Ferdinand de Saussure, tal vez el padre del estructuralismo. Este lingüista sostenía que no hay nada en las palabras que denoten su significado. Las palabras son signos que contienen un significante y un significado, pero no podemos comprender a las palabras por lo que significan sino por lo que no significan. En este sentido, las palabras tienen un reconocimiento negativo. A su vez, de Saussure sugiere que no se puede conocer el significado de una palabra sin conocer su antagónico. No puede explicarse el significado de crudo desconociendo lo que significa cocido. Emplea ocasionalmente el ejemplo del semáforo: no hay nada en la palabra rojo que indique que debemos detenernos, así como tampoco lo hay en el color. Hay una construcción que apoya esta simbología, y a su vez, esta misma resultaría incomprendida si no se advierte su antagónico: el verde, que indica que avancemos. Continuando con su estudio, en todo par de palabras que se contradicen entre sí (claro y oscuro, crudo y cocido, lento y rápido, justo e injusto) hay una carga moral que determina que una es buena y otra es mala. Este concepto también es desarrollado por Michel Foucault en su primera etapa, denominada “arqueología del saber”, en la cual se lo reconoce como antihumanista y estructuralista. Es en aquel lapso de su carrera que escribe Las palabras y las cosas, en el cual define que el hombre no manipula un lenguaje a través del cual se comunica, sino que el lenguaje manipula al hombre. Es bien sabido que en Foucault se encuentra constantemente una cierta obsesión con el poder: el autor descubre históricamente al hombre como una especie de marioneta a través de la cual distintas esferas de poder lo manipulan. Sin ir más lejos, fue él quien desarrolló la teoría de La microfísica del poder, donde las dimensiones de poder se fragmentan en pequeñas categorías mediante las cuales someten al ser humano. Entonces, hay poder en un Estado sobre los ciudadanos que gobierna, pero también en un padre sobre un hijo, en un docente sobre sus alumnos, en un supervisor sobre sus empleados, y así hasta llegar a dimensiones microscópicas de la sociedad. De manera tal que las comunidades son un entramado de distintas esferas de poder que se relacionan entre sí. Si se analiza el lenguaje a partir de esta perspectiva, se llega a la conclusión de que es una estructura que manipula al ser humano, en primer lugar porque las palabras no tienen un significado definido, en segundo lugar porque tienen una carga moral, ya que algunas hacen referencia a algo bueno y otras –sus antagónicos –, a algo malo.

Podemos resumir entonces que el estructuralismo surge cronológicamente como una respuesta al existencialismo, criticando en éste la exaltación del yo, o del sujeto, y sosteniendo que son las estructuras que determinan la vida de cada ser humano, ya que éste jamás podría alcanzar la libertad mediante sus propios medios porque sus pensamientos están construidos a través de palabras, y las palabras conforman una estructura (el lenguaje) que manipula a los hombres.Uno de sus principales exponentes, Claude Levi Strauss, señaló que el fin de las ciencias humanas no debería ser construir al sujeto, sino disolverlo: el sujeto no cuenta con las herramientas para construir su propio destino, sino para discernir la forma en que las estructuras lo están construyendo.

La relación que existe entre estructuralismo y deconstrucción es de exaltación, o de exageración. La deconstrucción se propone llevar al estructuralismo al extremo, pero no con la intención de aceptarlo, sino con la intención de llegar al origen de todo, que está detrás del lenguaje. Su exponente más fiel resultó ser  Jacques Derrida, quien alcanzó en Francia una popularidad notable. Derrida toma a de Saussure y lo lleva a límites inconcebibles. Para él, las palabras no tienen significado, no reflejan la realidad. No son más que significantes de otros significantes, un entramado de signos. En los diccionarios no está la realidad, sino que hay otros significantes, otras palabras. De aquí nace su famoso apotegma: no hay nada detrás del texto. En realidad, parte de la filosofía de Derrida se apoya en una obra de Nietzsche, la primera: El origen de la tragedia. En ella, el autor alemán enarbola dos tesis. Por un lado, sugiere un concepto que desarrollará más adelante respecto a la tragedia en el arte. Dice Nietzsche que la civilización más avanzada de la historia– los griegos –, inventaron la tragedia o el dolor en el arte. De aquí una sugerencia que se irá analizando y abusando a lo largo de la historia: el arte debe poner en evidencia un dolor, una tragedia. El segundo dictamen de su obra es el que toma Derrida para hacer su análisis: el lenguaje mediante el cual pretendemos llegar a la verdad está cargado de juicio, ya que implica que algo es bueno y otra cosa es malo; todos los binomios están jerarquizados. Y de las jerarquías de estas contradicciones, extrae una para explicar su teoría. Del antagonismo apolíneo-dionisíaco, históricamente se prefiere lo primero por sobre lo segundo. Lo apolíneo hace referencia a lo racional, a lo que se llega mediante el uso de la razón, mientras lo dionisíaco se refiere a lo pasional, a aquello que se alcanza por el ejercicio de la pasión. Tradicionalmente, con influencia de los griegos (en la Grecia Antigua se proponía a la sophrosyne como la madre de todas las virtudes, haciendo alusión a la moderación o el autocontrol). Según Nietzsche, hay una tendencia a analizar la realidad y comportarnos como si las decisiones racionales fueran superiores moralmente a las decisiones pasionales, y este es un síntoma de degradación de la esencia del hombre. Y en este sentido critica a Sócrates, o más específicamente al método socrático, ya que pretende llegar a la verdad por medio exclusivo de la razón.

Derrida, que en sus escritos ha llegado a inventar palabras, se pregunta qué está primero: el pensamiento o el lenguaje. ¿Se puede pensar sin palabras? Y, en simultáneo, qué está primero: la palabra oral o la escrita. Los conceptos y las categorías en las cuales nos apoyamos intentan reflejar una verdad que no es tal. El ser humano no puede conocer a la verdad porque se apoya en palabras (o en pensamientos construidos por palabras) para llegar a ella, pero estas palabras y estos pensamientos son una cadena de significantes, y detrás de ellos no hay nada. La forma en que nosotros pretendemos llegar a la verdad es mediante herramientas que no representan nada y es mediante un mecanismo cuyo funcionamiento es supervisado por el poder. La deconstrucción consiste entonces en desestabilizar todo lo que está definido para encontrar qué hay detrás, a través de las paradojas. Y el único medio con que cuenta el hombre para deconstruir la realidad y buscar aquella verdad que a priori resulta inconcebible es la filosofía.

Derrida es un filósofo antropológico por excelencia, ya que ataca los cimientos del conocimiento humano, ataca aquello que se da por sentado como verdadero. Hace una clarísima distinción entre la palabra oral y la escrita, y de aquí nace su crítica a la sociedad occidental. Según él, la filosofía fracasó porque intentó comprender mediante la esritura aquello que fue concebido por la tradición oral. Es decir, el fundamento de la sociedad occidental que fue esgrimida a través de dos oradores, Sócrates (la razón) y Jesús (la religión), se ha intentando abordar a través de la escritura, porque la filosofía es exclusivamente escrita. En este sentido, Derrida propone volver a encauzar el sueño del filósofo: levantar los velos de la realidad para poder verla en su forma más pura.

Sin embargo, así como encontramos un vínculo (el lingüístico) entre estructuralismo y deconstrucción, existe entre ambos un abismo inconciliable, el cual es personificado por Foucault y Derrida en relación a una interpretación cartesiana. El vínculo del lenguaje entre ambas corrientes se compensa con la visión arqueológica de Foucault por un lado y el concepto de gramatología en Derrida. El primero encuentra discontinuidades en la historia de la humanidad; el segundo analiza estos supuestos antagonismos que dividen a la sociedad y llega a la conclusión de que uno incluye al otro. Foucault, en su análisis de la locura, encuentra en Descartes una ruptura entre la locura y la razón a la que no pueden acceder los dementes. Luego, este abismo surgido en el seno de la humanidad será ejecutado por la política durante fines del siglo XVII mediante el encierro de los locos en las clínicas, cuando antes eran aceptados en la misma sociedad. La discontinuidad insalvable entre razón y locura incentiva a los gobiernos a encerrar a los dementes, excluirlos de la sociedad, considerando en efecto que dicha sociedad se ha fragmentado y que la parte más poderosa producto de dicha fragmentación –que suele ser la parte más numerosa –, termina sometiendo a la minoría inerme mediante el encierro. La historia, en Foucault, es un escenario de rupturas que son, a su vez, escenarios de disputas de poder.

Derrida responde a esta noción arqueológica de Foucault mediante un estudio o análisis minucioso de las meditaciones cartesianas. Descartes no sólo reconoce a la locura dentro de la sociedad sino que también la incluye. Es decir, Derrida –fiel a su estilo hiperbólico y disruptivo –, no sólo dice que Foucault se equivoca al encontrar en Descartes una ruptura entre locura y razón que luego sería aprovechada y usufructuada por la política, sino que también sostiene que la interpretación foucaultiana es diametralmente opuesta a la realidad, en aras de afirmar que Descartes, mediante la teoría del sueño y del genio maligno, reconoce e incluye a la locura dentro de la humanidad.

Se ha logrado reconocer que existe un vínculo lingüístico entre estructuralismo y deconstrucción –Derrida tomando a de Saussure y extrapolando sus ideas, negando la existencia de significados–, y luego la diferencia entre la gramatología de Derrida y la arqueología de Foucault.

 


El poder blando

  Edward Bernays fue conocido vulgarmente por ser sobrino de Sigmund Freud, pero su actividad ha marcado una destacada relevancia en el mund...