Durante el transcurso de las últimas décadas, G.W.F. Hegel fue duramente
criticado por los filósofos posmodernos y los posestructuralistas por su concepción
de totalidad de la historia. Cuando aparece Hegel, en la primera mitad del
siglo XIX, se produce una gran revolución en el pensamiento del ser humano
debido a que le da a la historia y a la vida de las personas un sentido, una totalidad, y posiblemente una explicación. Desde los siglos
anteriores, la reflexión metafísica estaba condicionada por el concepto
cartesiano de la res extensa: las
cosas están afuera y el hombre las tiene que comprender a través de la razón,
la cual se encuentra dentro de uno. La razón, en la filosofía ilustrativa, es
un método, una forma estructura y condicionada, un cuerpo metódico empleado por
el ser humano para alcanzar aquello que es objetivo y verdadero y que se
encuentra afuera. Y algo más
relevante aún: esa razón que uno lleva dentro la debe proyectar hacia ese exterior tan ajeno, tan distinto, tan temible.
El hombre teme a la realidad porque es totalmente distinta a sus reflexiones, a
sus análisis, e inevitablemente debe no sólo comprender esa realidad sino
también participar de ella, poner en evidencia su esencia abismalmente distinta
a todo lo que ve. Hegel rompe con esta visión de la vida porque considera que el hombre crea la historia y la historia
crea al hombre, hay una relación de reciprocidad entre el creador y el sujeto
creado. El hombre es un sujeto que crea pero aquello que crea también es un
sujeto porque condiciona al hombre. Y todo este fárrago de creaciones y
relaciones intermediarias entre sujetos respeta leyes que el propio hombre
desconoce. De la misma manera que las cosas que participan de la naturaleza
respetan leyes naturales de las cuales no se percatan, el hombre participa de
leyes históricas que tampoco descubre. Un árbol no reconoce las leyes que lo
obligan a comportarse de una determinada manera, y el hombre tampoco sabe
cuáles son las leyes que moldean su comportamiento. Hasta aquí, todo el
desarrollo de la historia y el devenir del destino empiezan a iluminarse pero
necesita de una explicación más profunda o abarcable, ya que le falta la
narrativa del motor de su funcionamiento. ¿Cómo funciona esa historia que es
creada por el hombre y que, a su vez, condiciona al hombre? ¿Cuáles son los
fenómenos que dieron origen a la historia y, consecuentemente, al hombre?
Hegel lo explica por medio de dos teorías. En primer lugar, el hombre
desea deseos, y a esos deseos que desea se contraponen a deseos ajenos, es
decir, deseos de otras personas. Aquí se puede ver la influencia de Hobbes —el hombre es el lobo del hombre—, y
también de Maquiavelo —el primer filósofo en proponer que el motor de la
historia y del proceso de desarrollo de la humanidad era la necesidad de placer
de cada individuo y su puesta en escena en la realidad—. Siguiendo a Hegel, el
hombre se diferencia de los animales porque desea deseos, mientras estos
últimos desean cosas. Cuando un
animal pretende algo, es una cosa en sí, y por lo general la desea para
ingerirla, porque son cosas naturales; los animales desean cosas de la
naturaleza. Está condicionado por premisas vitales de supervivencia. El hombre
no desea cosas, desea deseos, deseos de
ser alguien que aún no es. Incluso cuando un ser humano desea una cosa
—vamos a suponer, un auto—, en realidad no está deseando a la cosa en sí, sino la
reputación que esa cosa le puede llegar a dar y la personalidad que puede
llegar a adquirir por medio de esa cosa.
Entonces, el hombre desea deseos.
Pero cuando el ser humano quiere cumplir su deseo, aparecen deseos
ajenos, de otras personas, tan legítimos como el suyo, que obstaculizan su
desarrollo. Se produce así una batalla entre los deseos, una descarnada lucha
entre ambos. Un sujeto pone en juego una idea a través de una acción, otro
hombre pone en juego otra idea a través de otra acción, y de esa beligerancia sale
triunfadora una de las dos ideas, pero siempre abarcando aspectos de la otra,
ya que en el desarrollo de la batalla entre ambas ideas éstas se mezclan, se
relacionan, se vislumbran, se admiran, se fortalecen, se envidian. Siguiendo
una línea cronológica, el primer hombre que desea propone una tesis —pone en juego su idea—, otro
hombre se opone a esa idea puesta en juego, proponiendo la antítesis, y luego de un desenvolvimiento beligerante, la
combinación de ambas da lugar a una síntesis.
Este proceso es lo que se conoce como dialéctica,
un concepto afamado en el campo de la filosofía, y es la forma mediante la cual
Hegel explica el desarrollo de la humanidad: los deseos de los hombres se ponen
en juego en la realidad; algunos triunfan, otros perecen, pero los que triunfan
contienen algo del deseo vencido, e incluso una vez que hayan triunfado,
aparecerá otro deseo que se contrapone al deseo ganador y lo intentará refutar,
en otra dialéctica de ideas o en una tercera etapa de este proceso. De esta
forma tan enrevesada pero reveladora, Hegel respeta la idea de progreso en
línea recta de la historia, ya que los deseos y las formas mediante las cuales
se ponen en evidencia van adquiriendo complejidades y astucias, y las batallas
dialécticas son cada vez más complejas, pero también respeta la concepción de
la historia como ciclos repetitivos, ya que el avance histórico hegeliano no es
tan estructural y apologético, hay marchas y contramarchas, hay victorias
dialécticas que nos hacen retroceder en el progreso evolutivo, para volver a
avanzar más adelante. La evolución no es tan visible y vertical, sino que se
vale de caminos sinuosos, de algunos atajos, de algunos senderos que muchas
veces nos vuelven hacia atrás, hacia los costados, e incluso nos detienen,
teniendo en cuenta que algunas batallas dialécticas pueden llegar a durar
varios años, e incluso suele estar plagado de victorias pírricas.
La pregunta que surge de manera inmediata cuando empezamos a comprender
el mecanismo de funcionamiento de la dialéctica en los hombres es la siguiente:
¿cuál es el principal criterio para definir quién será el vencedor de la
batalla entre mi idea o deseo y la del otro? Yo deseo un deseo porque soy un
humano, si fuera un animal desearía una cosa. Cuando estoy deseando una cosa,
especialmente una cosa para consumir,
estoy revelando la faceta animal de mi dualismo, mi parte brutal o
asilvestrada. En el camino que yo emprendo para satisfacer mi deseo, se aparece
de manera inoportuna otra persona cuyo deseo se contrapone al mío. ¿Quién
vencerá? En ambos está presente el miedo, el miedo que por mucho que uno se
esfuerce jamás logrará erradicar de su cuerpo —porque el miedo es necesario
para la supervivencia; sin miedo la humanidad se extinguiría—, y ese temor es
el que definirá el resultado de la batalla: el que más miedo tenga a la muerte
será el derrotado en la dialéctica, siempre teniendo en consideración que el
miedo a la muerte es la madre de todos los miedos, es aquel temor que abarca a
todos los temores de menor magnitud. Todos tenemos miedo de morir, ya que es
algo instintivo, y cuando ponemos de manifiesto el cumplimiento de nuestro
deseo, cuando proyectamos ese deseo a la realidad, al mismo lo acompaña el
miedo a morir; el cumplimiento del deseo implica un riesgo y ese riesgo se representa
o se manifiesta en el temor a la muerte. El que mayor miedo tenga, pierde la
batalla dialéctica y se somete al ganador, o mejor dicho: somete su deseo al
deseo del ganador, ya que este último logra el triunfo no por no tener miedo
sino por arriesgar más. Surge de este modo el segundo motor impulsor de la
historia en Hegel: la dialéctica del amo y el esclavo. El amo es la persona que
arriesga y que reduce mediante ese riesgo el temor a la muerte, motivo por el cual
logra vencer en la batalla dialéctica y somete mediante su deseo al deseo del
perdedor, el cual pasa a ser esclavo del amo. Pero este desarrollo no termina
aquí. Cuando decimos que el ser humano desea deseos, esos deseos cuentan con
una condición principal: deben ser reconocidos por los otros. Aquí vemos la
inevitable influencia de Baruch Spinoza en Hegel, algo que pasa desapercibido
en el mundo académico. Spinoza sostenía que las
acciones que emprenden los hombres no tienen sentido si no son vistas o percibidas
por los demás. Cualquier cosa que uno haga, inherentemente desea que sea percibida
y reconocida por alguien. Esto significa que el hombre desea ser reconocido.
Esta tesis, aplicada al esquema dialéctico de Hegel, genera la siguiente
conclusión: cuando el hombre desea deseos está deseando simultáneamente el
deseo de ser reconocido por otros. No solo quiere satisfacer su deseo sino que
también quiere que ese deseo satisfecho sea reconocido. Pero en la beligerancia
dialéctica, el amo que vence y somete al esclavo miedoso es reconocido por el
esclavo. Y para el amo no tiene sentido ser reconocido por un esclavo, porque
un esclavo es un perdedor, es un miedoso que antepuso sus temores al
cumplimiento de su deseo. Entonces, el reconocimiento del esclavo no le
interesa al amo, lo desprecia, y su victoria dialéctica ha perdido sentido y
valor.
El amo
cumple su deseo, pero necesita ser reconocido, y no se puede reconocer sino a
alguien superior, así como no se puede ser reconocido sino por alguien
inferior. Cuando yo cumplo mi deseo, quien me reconoce y se me somete es
alguien inferior, y el reconocimiento de alguien inferior no me satisface. Este
es el origen, ni más ni menos, del deseo insatisfecho. Pero la dialéctica
continúa, y se vuelve más compleja. Los amos que satisfacen sus deseos se
relajan y disfrutan del deseo cumplido. Si quisieran ser reconocidos por
alguien superior (algo lógicamente imposible porque nadie reconoce a alguien
inferior) pone en marcha otra dialéctica, ya que necesitará llamar la atención
de ese alguien superior y para hacerlo deberá llevar a cabo una acción
particular que, a su vez, le opondrá otro contrincante y así se inicia otro
juego dialéctico. Pero volvamos al momento en que la dialéctica se resolvió:
alguien cumplió su deseo y debe gozar, y otro alguien ha perdido, no ha
cumplido su deseo, y debe trabajar. El amo es ocioso y disfruta. El esclavo
debe trabajar. Incluso, muchas veces debe trabajar para el amo. Es el caso en
que el amo y el esclavo tienen una relación directa, una relación de empleador
y empleado. Pero este resultado no define la historia, porque mientras el amo
disfruta, el esclavo trabaja, y mediante su esfuerzo transforma la realidad, cambia la naturaleza, y ejerce así la
cultura. Los esclavos hacen la cultura y los amos la consumen. De este modo,
con el correr del tiempo, al descubrir el esclavo los secretos del trabajo y
aprender a transformar la realidad, se vuelven amos potenciales: tienen nuevas
armas con las cuales pelear en el juego dialéctico; mientras que los amos,
relajados y ociosos, no transforman la realidad sino la consumen, no hacen la
cultura sino la disfrutan, y en ese relajamiento y en esa indolencia moran y
pierden herramientas para una posterior batalla dialéctica. De este modo, el
paso del tiempo va transformando a los amos en esclavos y a los esclavos en
amos.
Esta fue
la principal influencia de Hegel en Marx, quien utilizó la teoría de la
dialéctica hegeliana para aplicarla a la lucha de clases, es decir, trasvasó la
dialéctica desde el idealismo hacia el materialismo, motivo por el cual la
filosofía marxiana es definida como materialismo
dialéctico. Lo que Marx sugería era que el proletariado constituía al
esclavo, destinado a trabajar, mientras que el burgués representaba al amo,
destinado a disfrutar del capital. Pero el paso del tiempo le daría
herramientas a los esclavos para que sometan a sus amos e, incluso, esta
situación se agravaría con el aumento de la plusvalía (parte del trabajo del
proletariado que no le es reconocida y que va directo a la ganancia del
empleador). Se producirá indefectiblemente una situación en la que el amo
pasará a ser esclavo y el esclavo pasará a ser amo, de una manera inevitable,
como si de una ciencia se tratara. El advenimiento del comunismo, de la
sociedad sin clases, resulta entonces inevitable. Aquí se puede observar
con detalle la influencia de Hegel en Sartre, el creador del existencialismo.
Cuando Hegel deposita en el esclavo una capacidad potencial de descubrir los
secretos del amo, de trabajar la naturaleza, transformar la realidad y crear
consecuentemente la cultura que a posteriori van a consumir los amos, está
depositando en los esclavos un ápice de libertad. Incluso teniendo el amo la
potestad del dinero y de las herramientas de trabajo, el esclavo tiene un
mínimo de libertad en la forma en que ejecuta su trabajo, porque es él
finalmente el que pone un tornillo o no, y el que decide de qué manera ponerlo.
Esta noción llevó a Sartre a sospechar que, hasta en la situación más
embarazosa, extrema o ridícula, el ser humano está ejecutando su libertad y
está decidiendo su destino. Más original resulta su la idea que desarrolla en El Ser y la
Nada, aplicando la dialéctica de Hegel al campo del amor, en el cual
también se cumplen con los roles de amo y esclavo: en una relación amorosa
habrá siempre uno que se comporte como amo y su contraparte que se comporta
como esclavo. El esclavo es el que ama más, porque al amar demasiado no puede
poner en juego la relación. Su miedo a perder ese vínculo lo lleva a arriesgar
poco, a querer quedarse con lo que está establecido. Su miedo a perder la
relación representa el miedo a la muerte. Entonces, el que más ama, no
arriesga, es un esclavo, está destinado a satisfacer al amo, y los deseos del
esclavo son supeditados a los deseos del amo: en toda relación, el que más ama
suspende sus pretensiones para satisfacer los deseos de la parte que menos ama,
es decir, su pareja. En contraposición, la parte que menos ama en este trance sentimental es la que se comporta como
amo: al no amar tanto, no siente el temor de perder a la otra persona, y
arriesga más. No siente la necesidad de satisfacer los deseos ajenos y tiene
una tendencia más egoísta, se comporta de este modo como un amo.
Sin
embargo, la historia, desde mediados del siglo XIX hasta el día de hoy, nos ha
demostrado que las profecías de Hegel no se han cumplido. Los amos no pasaron a
ser esclavos y los esclavos no pasaron a ser amos. Los dueños del capital no
tuvieron que volver a trabajar y los dueños de las herramientas no lograron
disfrutar de la acumulación de capital. A diferencia de lo que auguraron Hegel
y Marx, los pobres se volvieron más pobres y los ricos más ricos (los esclavos
más esclavos y los amos más amos). ¿Por qué ocurrió esto? ¿Cómo fue posible que
dos de los filósofos más importantes e influyentes de la historia, personas de
una inteligencia superlativa y una agudeza particular, se hayan equivocado en
algo tan básico? La respuesta es fácil de vislumbrar a partir de la perspectiva
posmoderna. Ni Marx ni Hegel vivieron la época de las apariencias, la cual en
la contemporaneidad es harto evidente. Ninguno de los dos pudo prever que los
amos juegan a ser esclavos y los esclavos juegan a ser amos. Como si se tratase
de algo teatral, los amos se sienten atraídos por comportamientos de esclavos,
y viceversa. Sus máscaras confunden a la gente, pero lo más importante: se
confunden a sí mismos. Los esclavos que juegan a ser amos resultan inicuos,
pero los amos que juegan a ser esclavos resultan verdaderamente peligrosos.
Esto se corresponde con la diferencia que hay entre la lógica ilustrada y la
lógica hegeliana. La primera, a través de la cual estamos acostumbrados a
pensar, sugiere que las cosas existen primero y las relaciones después. Esto
implica que las personas son preexistentes a las relaciones y luego, mediante
la interacción entre ellas, surgen las relaciones. La lógica hegeliana funciona
de otra manera: primero existen las relaciones, y después las cosas. Atentos a
esta maravilla hegeliana: las relaciones están ahí, disponibles a ser ocupadas
por personas, las personas eligen una
relación, eligen una reacción preestablecida. Son las relaciones las que
existen primero que las cosas, y no al revés. Lo mismo ocurre con la acción. No
se trata de una persona que precede a la acción que va a tomar, y que luego da
lugar a esa acción. Se trata de una acción preexistente y una persona que opta
por una entre varias acciones. El motivo por el cual las
filosofías hegelianas y marxistas han fracasado es precisamente el auge del
mundo de las apariencias, donde es más importante lo que se aparenta que la
propia esencia de esa persona. Incluso cuando nos percatamos de un engaño, no
podemos comprender la magnitud del mismo en su cabal medida, porque también
nosotros, quienes discernimos entre las apariencias, estamos acostumbrados más
a aparentar que a ser.
