martes, 5 de agosto de 2025

Nuestro amo juega al esclavo

 


Durante el transcurso de las últimas décadas, G.W.F. Hegel fue duramente criticado por los filósofos posmodernos y los posestructuralistas por su concepción de totalidad de la historia. Cuando aparece Hegel, en la primera mitad del siglo XIX, se produce una gran revolución en el pensamiento del ser humano debido a que le da a la historia y a la vida de las personas un sentido, una totalidad, y posiblemente una explicación. Desde los siglos anteriores, la reflexión metafísica estaba condicionada por el concepto cartesiano de la res extensa: las cosas están afuera y el hombre las tiene que comprender a través de la razón, la cual se encuentra dentro de uno. La razón, en la filosofía ilustrativa, es un método, una forma estructura y condicionada, un cuerpo metódico empleado por el ser humano para alcanzar aquello que es objetivo y verdadero y que se encuentra afuera. Y algo más relevante aún: esa razón que uno lleva dentro la debe proyectar hacia ese exterior tan ajeno, tan distinto, tan temible. El hombre teme a la realidad porque es totalmente distinta a sus reflexiones, a sus análisis, e inevitablemente debe no sólo comprender esa realidad sino también participar de ella, poner en evidencia su esencia abismalmente distinta a todo lo que ve. Hegel rompe con esta visión de la vida porque considera que el hombre crea la historia y la historia crea al hombre, hay una relación de reciprocidad entre el creador y el sujeto creado. El hombre es un sujeto que crea pero aquello que crea también es un sujeto porque condiciona al hombre. Y todo este fárrago de creaciones y relaciones intermediarias entre sujetos respeta leyes que el propio hombre desconoce. De la misma manera que las cosas que participan de la naturaleza respetan leyes naturales de las cuales no se percatan, el hombre participa de leyes históricas que tampoco descubre. Un árbol no reconoce las leyes que lo obligan a comportarse de una determinada manera, y el hombre tampoco sabe cuáles son las leyes que moldean su comportamiento. Hasta aquí, todo el desarrollo de la historia y el devenir del destino empiezan a iluminarse pero necesita de una explicación más profunda o abarcable, ya que le falta la narrativa del motor de su funcionamiento. ¿Cómo funciona esa historia que es creada por el hombre y que, a su vez, condiciona al hombre? ¿Cuáles son los fenómenos que dieron origen a la historia y, consecuentemente, al hombre?

Hegel lo explica por medio de dos teorías. En primer lugar, el hombre desea deseos, y a esos deseos que desea se contraponen a deseos ajenos, es decir, deseos de otras personas. Aquí se puede ver la influencia de Hobbes —el hombre es el lobo del hombre—, y también de Maquiavelo —el primer filósofo en proponer que el motor de la historia y del proceso de desarrollo de la humanidad era la necesidad de placer de cada individuo y su puesta en escena en la realidad—. Siguiendo a Hegel, el hombre se diferencia de los animales porque desea deseos, mientras estos últimos desean cosas. Cuando un animal pretende algo, es una cosa en sí, y por lo general la desea para ingerirla, porque son cosas naturales; los animales desean cosas de la naturaleza. Está condicionado por premisas vitales de supervivencia. El hombre no desea cosas, desea deseos, deseos de ser alguien que aún no es. Incluso cuando un ser humano desea una cosa —vamos a suponer, un auto—, en realidad no está deseando a la cosa en sí, sino  la reputación que esa cosa le puede llegar a dar y la personalidad que puede llegar a adquirir por medio de esa cosa. Entonces, el hombre desea deseos.

Pero cuando el ser humano quiere cumplir su deseo, aparecen deseos ajenos, de otras personas, tan legítimos como el suyo, que obstaculizan su desarrollo. Se produce así una batalla entre los deseos, una descarnada lucha entre ambos. Un sujeto pone en juego una idea a través de una acción, otro hombre pone en juego otra idea a través de otra acción, y de esa beligerancia sale triunfadora una de las dos ideas, pero siempre abarcando aspectos de la otra, ya que en el desarrollo de la batalla entre ambas ideas éstas se mezclan, se relacionan, se vislumbran, se admiran, se fortalecen, se envidian. Siguiendo una línea cronológica, el primer hombre que desea propone una tesis —pone en juego su idea—, otro hombre se opone a esa idea puesta en juego, proponiendo la antítesis, y luego de un desenvolvimiento beligerante, la combinación de ambas da lugar a una síntesis. Este proceso es lo que se conoce como dialéctica, un concepto afamado en el campo de la filosofía, y es la forma mediante la cual Hegel explica el desarrollo de la humanidad: los deseos de los hombres se ponen en juego en la realidad; algunos triunfan, otros perecen, pero los que triunfan contienen algo del deseo vencido, e incluso una vez que hayan triunfado, aparecerá otro deseo que se contrapone al deseo ganador y lo intentará refutar, en otra dialéctica de ideas o en una tercera etapa de este proceso. De esta forma tan enrevesada pero reveladora, Hegel respeta la idea de progreso en línea recta de la historia, ya que los deseos y las formas mediante las cuales se ponen en evidencia van adquiriendo complejidades y astucias, y las batallas dialécticas son cada vez más complejas, pero también respeta la concepción de la historia como ciclos repetitivos, ya que el avance histórico hegeliano no es tan estructural y apologético, hay marchas y contramarchas, hay victorias dialécticas que nos hacen retroceder en el progreso evolutivo, para volver a avanzar más adelante. La evolución no es tan visible y vertical, sino que se vale de caminos sinuosos, de algunos atajos, de algunos senderos que muchas veces nos vuelven hacia atrás, hacia los costados, e incluso nos detienen, teniendo en cuenta que algunas batallas dialécticas pueden llegar a durar varios años, e incluso suele estar plagado de victorias pírricas.

La pregunta que surge de manera inmediata cuando empezamos a comprender el mecanismo de funcionamiento de la dialéctica en los hombres es la siguiente: ¿cuál es el principal criterio para definir quién será el vencedor de la batalla entre mi idea o deseo y la del otro? Yo deseo un deseo porque soy un humano, si fuera un animal desearía una cosa. Cuando estoy deseando una cosa, especialmente una cosa para consumir, estoy revelando la faceta animal de mi dualismo, mi parte brutal o asilvestrada. En el camino que yo emprendo para satisfacer mi deseo, se aparece de manera inoportuna otra persona cuyo deseo se contrapone al mío. ¿Quién vencerá? En ambos está presente el miedo, el miedo que por mucho que uno se esfuerce jamás logrará erradicar de su cuerpo —porque el miedo es necesario para la supervivencia; sin miedo la humanidad se extinguiría—, y ese temor es el que definirá el resultado de la batalla: el que más miedo tenga a la muerte será el derrotado en la dialéctica, siempre teniendo en consideración que el miedo a la muerte es la madre de todos los miedos, es aquel temor que abarca a todos los temores de menor magnitud. Todos tenemos miedo de morir, ya que es algo instintivo, y cuando ponemos de manifiesto el cumplimiento de nuestro deseo, cuando proyectamos ese deseo a la realidad, al mismo lo acompaña el miedo a morir; el cumplimiento del deseo implica un riesgo y ese riesgo se representa o se manifiesta en el temor a la muerte. El que mayor miedo tenga, pierde la batalla dialéctica y se somete al ganador, o mejor dicho: somete su deseo al deseo del ganador, ya que este último logra el triunfo no por no tener miedo sino por arriesgar más. Surge de este modo el segundo motor impulsor de la historia en Hegel: la dialéctica del amo y el esclavo. El amo es la persona que arriesga y que reduce mediante ese riesgo el temor a la muerte, motivo por el cual logra vencer en la batalla dialéctica y somete mediante su deseo al deseo del perdedor, el cual pasa a ser esclavo del amo. Pero este desarrollo no termina aquí. Cuando decimos que el ser humano desea deseos, esos deseos cuentan con una condición principal: deben ser reconocidos por los otros. Aquí vemos la inevitable influencia de Baruch Spinoza en Hegel, algo que pasa desapercibido en el mundo académico. Spinoza sostenía que las acciones que emprenden los hombres no tienen sentido si no son vistas o percibidas por los demás. Cualquier cosa que uno haga, inherentemente desea que sea percibida y reconocida por alguien. Esto significa que el hombre desea ser reconocido. Esta tesis, aplicada al esquema dialéctico de Hegel, genera la siguiente conclusión: cuando el hombre desea deseos está deseando simultáneamente el deseo de ser reconocido por otros. No solo quiere satisfacer su deseo sino que también quiere que ese deseo satisfecho sea reconocido. Pero en la beligerancia dialéctica, el amo que vence y somete al esclavo miedoso es reconocido por el esclavo. Y para el amo no tiene sentido ser reconocido por un esclavo, porque un esclavo es un perdedor, es un miedoso que antepuso sus temores al cumplimiento de su deseo. Entonces, el reconocimiento del esclavo no le interesa al amo, lo desprecia, y su victoria dialéctica ha perdido sentido y valor.

El amo cumple su deseo, pero necesita ser reconocido, y no se puede reconocer sino a alguien superior, así como no se puede ser reconocido sino por alguien inferior. Cuando yo cumplo mi deseo, quien me reconoce y se me somete es alguien inferior, y el reconocimiento de alguien inferior no me satisface. Este es el origen, ni más ni menos, del deseo insatisfecho. Pero la dialéctica continúa, y se vuelve más compleja. Los amos que satisfacen sus deseos se relajan y disfrutan del deseo cumplido. Si quisieran ser reconocidos por alguien superior (algo lógicamente imposible porque nadie reconoce a alguien inferior) pone en marcha otra dialéctica, ya que necesitará llamar la atención de ese alguien superior y para hacerlo deberá llevar a cabo una acción particular que, a su vez, le opondrá otro contrincante y así se inicia otro juego dialéctico. Pero volvamos al momento en que la dialéctica se resolvió: alguien cumplió su deseo y debe gozar, y otro alguien ha perdido, no ha cumplido su deseo, y debe trabajar. El amo es ocioso y disfruta. El esclavo debe trabajar. Incluso, muchas veces debe trabajar para el amo. Es el caso en que el amo y el esclavo tienen una relación directa, una relación de empleador y empleado. Pero este resultado no define la historia, porque mientras el amo disfruta, el esclavo trabaja, y mediante su esfuerzo transforma la realidad, cambia la naturaleza, y ejerce así la cultura. Los esclavos hacen la cultura y los amos la consumen. De este modo, con el correr del tiempo, al descubrir el esclavo los secretos del trabajo y aprender a transformar la realidad, se vuelven amos potenciales: tienen nuevas armas con las cuales pelear en el juego dialéctico; mientras que los amos, relajados y ociosos, no transforman la realidad sino la consumen, no hacen la cultura sino la disfrutan, y en ese relajamiento y en esa indolencia moran y pierden herramientas para una posterior batalla dialéctica. De este modo, el paso del tiempo va transformando a los amos en esclavos y a los esclavos en amos. 

Esta fue la principal influencia de Hegel en Marx, quien utilizó la teoría de la dialéctica hegeliana para aplicarla a la lucha de clases, es decir, trasvasó la dialéctica desde el idealismo hacia el materialismo, motivo por el cual la filosofía marxiana es definida como materialismo dialéctico. Lo que Marx sugería era que el proletariado constituía al esclavo, destinado a trabajar, mientras que el burgués representaba al amo, destinado a disfrutar del capital. Pero el paso del tiempo le daría herramientas a los esclavos para que sometan a sus amos e, incluso, esta situación se agravaría con el aumento de la plusvalía (parte del trabajo del proletariado que no le es reconocida y que va directo a la ganancia del empleador). Se producirá indefectiblemente una situación en la que el amo pasará a ser esclavo y el esclavo pasará a ser amo, de una manera inevitable, como si de una ciencia se tratara. El advenimiento del comunismo, de la sociedad sin clases, resulta entonces inevitable. Aquí se puede observar con detalle la influencia de Hegel en Sartre, el creador del existencialismo. Cuando Hegel deposita en el esclavo una capacidad potencial de descubrir los secretos del amo, de trabajar la naturaleza, transformar la realidad y crear consecuentemente la cultura que a posteriori van a consumir los amos, está depositando en los esclavos un ápice de libertad. Incluso teniendo el amo la potestad del dinero y de las herramientas de trabajo, el esclavo tiene un mínimo de libertad en la forma en que ejecuta su trabajo, porque es él finalmente el que pone un tornillo o no, y el que decide de qué manera ponerlo. Esta noción llevó a Sartre a sospechar que, hasta en la situación más embarazosa, extrema o ridícula, el ser humano está ejecutando su libertad y está decidiendo su destino. Más original resulta su la idea que desarrolla en El Ser y la Nada, aplicando la dialéctica de Hegel al campo del amor, en el cual también se cumplen con los roles de amo y esclavo: en una relación amorosa habrá siempre uno que se comporte como amo y su contraparte que se comporta como esclavo. El esclavo es el que ama más, porque al amar demasiado no puede poner en juego la relación. Su miedo a perder ese vínculo lo lleva a arriesgar poco, a querer quedarse con lo que está establecido. Su miedo a perder la relación representa el miedo a la muerte. Entonces, el que más ama, no arriesga, es un esclavo, está destinado a satisfacer al amo, y los deseos del esclavo son supeditados a los deseos del amo: en toda relación, el que más ama suspende sus pretensiones para satisfacer los deseos de la parte que menos ama, es decir, su pareja. En contraposición, la parte que menos ama en este trance sentimental es la que se comporta como amo: al no amar tanto, no siente el temor de perder a la otra persona, y arriesga más. No siente la necesidad de satisfacer los deseos ajenos y tiene una tendencia más egoísta, se comporta de este modo como un amo.

Sin embargo, la historia, desde mediados del siglo XIX hasta el día de hoy, nos ha demostrado que las profecías de Hegel no se han cumplido. Los amos no pasaron a ser esclavos y los esclavos no pasaron a ser amos. Los dueños del capital no tuvieron que volver a trabajar y los dueños de las herramientas no lograron disfrutar de la acumulación de capital. A diferencia de lo que auguraron Hegel y Marx, los pobres se volvieron más pobres y los ricos más ricos (los esclavos más esclavos y los amos más amos). ¿Por qué ocurrió esto? ¿Cómo fue posible que dos de los filósofos más importantes e influyentes de la historia, personas de una inteligencia superlativa y una agudeza particular, se hayan equivocado en algo tan básico? La respuesta es fácil de vislumbrar a partir de la perspectiva posmoderna. Ni Marx ni Hegel vivieron la época de las apariencias, la cual en la contemporaneidad es harto evidente. Ninguno de los dos pudo prever que los amos juegan a ser esclavos y los esclavos juegan a ser amos. Como si se tratase de algo teatral, los amos se sienten atraídos por comportamientos de esclavos, y viceversa. Sus máscaras confunden a la gente, pero lo más importante: se confunden a sí mismos. Los esclavos que juegan a ser amos resultan inicuos, pero los amos que juegan a ser esclavos resultan verdaderamente peligrosos. Esto se corresponde con la diferencia que hay entre la lógica ilustrada y la lógica hegeliana. La primera, a través de la cual estamos acostumbrados a pensar, sugiere que las cosas existen primero y las relaciones después. Esto implica que las personas son preexistentes a las relaciones y luego, mediante la interacción entre ellas, surgen las relaciones. La lógica hegeliana funciona de otra manera: primero existen las relaciones, y después las cosas. Atentos a esta maravilla hegeliana: las relaciones están ahí, disponibles a ser ocupadas por personas, las personas eligen una relación, eligen una reacción preestablecida. Son las relaciones las que existen primero que las cosas, y no al revés. Lo mismo ocurre con la acción. No se trata de una persona que precede a la acción que va a tomar, y que luego da lugar a esa acción. Se trata de una acción preexistente y una persona que opta por una entre varias acciones. El motivo por el cual las filosofías hegelianas y marxistas han fracasado es precisamente el auge del mundo de las apariencias, donde es más importante lo que se aparenta que la propia esencia de esa persona. Incluso cuando nos percatamos de un engaño, no podemos comprender la magnitud del mismo en su cabal medida, porque también nosotros, quienes discernimos entre las apariencias, estamos acostumbrados más a aparentar que a ser.


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