viernes, 26 de abril de 2024

Comunicación y manipulación


 

En el año 1949 se desarrolla el origen de las teorías de la comunicación a partir de los estudios efectuados por Shannon y Weaver. El contexto social coincidía con la aparición del teléfono Bell, tecnología que en estos tiempos parece una antigualla pero que para aquel entonces codificaba una nueva forma de interacción: aquella que establece un vínculo entre personas pero a distancia y sin contacto humano. El modelo citado se resume en una fuente (emisor) que emite un mensaje a través de un medio (transmisor) que llega a un receptor. A pesar de que este modelo haya recibido variadas críticas a lo largo del tiempo debido a la complejidad que demostraron tener las conversaciones entre personas, surgen a partir del mismo dos conceptos que sobreviven en la actualidad: entropía y redundancia.

A la hora de efectuar una comunicación, la intención es dar a conocer algo, transmitir de alguna manera un paquete de información a otra persona. De esta manera, una comunicación efectiva es aquella en la cual el receptor de la información comprende el mensaje que recibe. ¿De qué manera se puede medir la efectividad de un mensaje de acuerdo a su nivel de comprensión? A través de la redundancia y la entropía. El primer término se refiere a un mensaje que contiene una cantidad de información reducida y previsible. Por ejemplo, si estamos entrando a un trabajo y nos cruzamos con una persona que nos saluda, “Buenos días”, se trata de un mensaje de redundancia, donde resultaba perfectamente previsible que esa persona nos salude de esa manera, y donde también el contenido del mensaje es escueto y sencillo: hace referencia a un saludo de pura formalidad o cordialidad. Sin embargo, si esta misma persona al otro día en lugar de saludarnos nos indica que debido a inoperancias de nuestra parte y negligencias evitables se encuentra en riesgo de perder su trabajo, manifestando tanto en la intensidad de su discurso como en la manera de expresarlo cierto encono, entonces se trata de un rasgo digno de entropía, es decir, mensajes imprevisibles, que nos toman por sorpresa y que su contenido de información cuesta digerir. La explicación más cotidiana de entropía es el desorden, pero es frecuente que entre ámbitos académicos vinculados a la física se suela catalogar a la entropía como un índice estadístico de probabilidades, una medida de las posibilidades que pueden llegar a ocurrir en un sistema o en un fenómeno. En comunicación, la entropía es la antítesis de la redundancia. Para entender mejor esta dicotomía, se sugiere el siguiente ejemplo. En una conferencia sobre física cuántica, compuesta por letrados y académicos de similar índole, entendidos sobre el tema a exponer, una información referida al movimiento aleatorio de partículas subatómicas o al principio de incertidumbre de Heisenberg puede resultar una obviedad y aún se espera que en algún momento del transcurso del cenáculo se hable de ello (redundancia). Sin embargo, en una mesa familiar compuesta por personas ajenas al mundo de la física, manifestar este mismo mensaje invita a la confusión y no suele ser un tema de conversación muy habitual o predecible (entropía). De esta manera, a la hora de comunicar algo, ya sea un sentimiento, una idea, una intención o el mero propósito de especular, toda persona debe decidir un equilibrio entre ambas variables: cuanto más entrópico sea un mensaje, más difícil de comprender y más exclusivos sus destinatarios; cuanto más redundante, más fácil de entender y mayor cantidad y variedad de receptores.

Esta teoría de la entropía y redundancia puede verse manifestada en la idea de Estado como proyección burocrática del Gobierno de turno. El Estado propiamente dicho debe aumentar su redundancia a través de la burocracia. El surgimiento de nuevos ministerios e instituciones indica una realidad evidente: las comunidades tienden hacia la entropía, hacia el desorden, lo cual exige que todo Estado incremente su burocracia (redundancia) para mantener bajo control la expansión de la entropía. El ejemplo más elocuente es el surgimiento de las Oficinas Anticorrupción, un ente que depende del Estado y que debe estudiar las fallas que el propio Estado genera: los casos de corrupción. Es el ejemplo de un sistema que brinda herramientas para solucionar los problemas que genera ese mismo sistema. Los Estados burocráticos y elefantiásicos son una consecuencia directa del nivel de entropía que experimenta la sociedad. El problema surge cuando el propio Estado cuenta con herramientas que promuevan la entropía en las sociedades, como por ejemplo los medios de comunicación masiva, lo cual genera un escenario propenso al surgimiento de más burocracia.

Hasta aquí, queda detallada la teoría de la comunicación de una manera superficial pero que nos permite conocer los conceptos de redundancia y entropía, precisamente para establecer el vínculo que estos dos fenómenos mantienen con la manipulación de las masas, ya que da el puntapié inicial para un principio infalible: cuanto mayor es la redundancia, el paquete de información es más reducido y, por ende, más sencillo de asimilar. Simplificar el mensaje es una condición excluyente para que el mismo llegue a la mayor cantidad de personas posible. De tal manera, la manipulación cuenta con el empleo de ambas herramientas: la entropía para sembrar desorden e incertidumbre en la opinión pública, y redundancia para comunicar un mensaje redondamente entendible. Esto da lugar a un epifenómeno psicológico en auge en la contemporaneidad: el síndrome de Dunning-Kruger. Se trata de un sesgo cognitivo mediante el cual las personas que menos saben sobre un tema definido tienden a sobrestimar su conocimiento, mientras que las personas con alto conocimiento, debido a que comprenden la complejidad de la información y la dificultad de comunicarla, tienden a subestimar su nivel.  Este efecto psicológico, llevado al extremo, tiende a sugerir que las personas ignorantes, cuanto más ignorantes son, tienden a serlo con tanta profundidad que también ignoran su ignorancia, y de este modo se comportan como si supieran de algo que en realidad no saben. No obstante, cuentan con dos ventajas: la primera es la confianza en la manera en que comunican aquello de lo que saben poco, debido a que desconocen que saben poco; la segunda es de orden social, y hace alusión a que vivimos en una época donde se prefiere la redundancia antes que la entropía, los mensajes predecibles y de poca información antes que la complejidad y la confusión. De este modo, los mejores oradores de la contemporaneidad terminan siendo quienes padecen este sesgo cognitivo.

Lo explicado anteriormente cuenta con un estrecho vínculo a la alienación social. Pitirim Sorokin fue un sociólogo de origen ruso que participó en los programas de propaganda de la Unión Soviética en tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, indispensable para generar la adhesión de las masas en un momento coyuntural donde el estado burocrático soviético y las purgas de Stalin comenzaban a demostrar que el paraíso comunista no resultaba tan provechoso como se auspiciaba y la violencia se hacía presente más de lo esperado. Sorokin, desilusionado con el régimen comunista, fue perseguido por el propio gobierno y se exilió en Estados Unidos alrededor del año 1922. Una vez allí, denunció el procedimiento de propaganda para la manipulación mental que ejercía la URSS. El mismo constaba de cuatro pasos. En primer lugar, toda información debe simplificarse. Hete aquí el vínculo con el concepto de redundancia y entropía analizado previamente. Cuanto más simplificada la información que se ofrece, más propensión a la manipulación. Esto exige que conceptos complejos y realidades difíciles de digerir a través de la vulgaridad deban simplificarse en pequeños paquetes de información, con frases fáciles de repetir y de asimilar, que tiendan a reducir y epitomizar toda la envergadura del funcionamiento de un país en una sencilla oración. En segundo lugar, se debe generar una contraposición entre dos bandos en pugna, donde claramente se señale quién es el bueno y quién es el malo. Esto se conoce coloquialmente como grieta, pero es un fenómeno que se digitalizó en el siglo pasado y que resulta funcional a los ejecutores de propaganda que cuenten con el propósito de manipular a sus ciudadanos. Ya queda claro que la información debe ser escueta y simplificada, y al momento de dar esa información se debe establecer una visible división entre aquellos que aceptan ese mensajes (los buenos) y quienes no están en condiciones de aceptarlo (los malos). En tercer lugar se encuentra la emocionalidad. Los mensajes deben estar cargados de emoción, ya que de este modo apelan a la parte reptiloide de nuestro cerebro, al sistema límbico, la parte más primitiva de nuestra mente. Es bien sabido que aquello que toda persona asimila a través de la emoción no suele sujetarse a un análisis racional posterior. Apelar al sistema límbico de las personas es hoy en día algo cotidiano, que fácilmente se puede apreciar en las publicidades o en los noticieros, pero su funcionalidad a la hora de procurar la manipulación social ha sido descubierta en escenarios subsiguientes a la Primera Guerra Mundial. Por último, el cuarto condimento de la propaganda de manipulación destacado por Pitirim Sorokin, es el de la cuantofrenia (patología que consiste en procurar traducir todos los fenómenos sociales a un lenguaje matemático): todo mensaje debe ir acompañado de un dato estadístico que resulte difícil de comprobar. Este fenómeno ha sido introducido con tanta eficacia que se ha colado entre las conversaciones cotidianas. Es muy frecuente escuchar en intercambios circunstanciales que algunas personas pretenden reforzar sus argumentos con datos estadísticos de dudosa procedencia, aprovechándose de que difícilmente su interlocutor esté en condiciones de buscar ese dato para comprobar su verosimilitud, o aún en casos de que el guarismo no exista o sea falso, cuando se reconoce esta falsedad el mensaje ya ha sido asimilado por las personas quienes, controladas ahora por la manipulación, no están dispuestas a recibir información precisa que ponga en tela de juicio aquello que le han implantado en su mente de manera subrepticia y furtiva.

En el estudio de las teorías de la comunicación, que presenta su origen con Shannon y Weaver, se suscitaron distintos pensadores que analizaron este modelo. El primero en vincular las estrategias de comunicación como una herramienta de control mental por parte del poder fue Harold Lasswell, quien le puso título a su estudio: teoría hipodérmica, haciendo referencia a la forma en que las propagandas se inoculaban dentro de la piel de las personas sin que ellas lo percibieran. Lasswell fue el primero en vincular las teorías de la comunicación al poder mediático y, luego, a la forma silenciosa en que se procedía la manipulación. Sin embargo, si de nombres se trata, fue Paul Felix Lazarsfeld quien llevó a cierta profundidad este tipo de análisis. Mediante el Proyecto Radio –financiado por Rockefeller –, durante la Segunda Guerra Mundial, Lazarsfeld puso en tela de juicio el modelo de comunicación iniciado por Shannon y Weaver y continuado por Harold Lasswell, el cuál proponía que un emisor transmite un mensaje a través de un canal específico, a un receptor, con efectos determinados (¿quién dice qué, por qué canal, a quién, con qué efectos?). Según Lazarsfeld, resulta imposible que un emisor transmita un mensaje a un receptor con total eficacia. Para que esto suceda, debe intervenir un agente secundario en el medio, un líder carismático que intervenga entre el emisor (el poder mediático o el poder gubernamental) y el receptor (los ciudadanos). A esta teoría se le llamó la teoría de los dos pasos, en la cual los líderes de opinión adquieren una visible relevancia.

Sin embargo, entre las líneas de estos sistemas de manipulación mental, se sugiere un condimento indispensable para que estos programas funcionen correctamente: la predisposición del individuo a ser manipulado. Esta inclinación del ser humano hacia la alienación fue mencionada por primera vez por Platón a través del mito de la caverna: se supone que aquel que ha logrado desprenderse de las ataduras de la caverna, impulsado consecuentemente a salir al exterior y descubrir la verdad, cuando retorna para poder comunicar a sus similares la experiencia y liberarlos también a ellos, éstos prefieren continuar dentro del recinto por el temor a la verdad. La facilidad o la comodidad de contar con un tutor que nos indique de qué forma vivir y de qué forma pensar es preferible a la revelación de la verdad, precisamente porque ésta puede exigir por su propia naturaleza a que cada uno piense por sí mismo, lo cual a priori resulta una tarea compleja de por sí. En el mito del discípulo de Sócrates, quienes regresaban a la caverna para liberar al resto, eran asesinados por los prisioneros, quienes preferían seguir viviendo en tales condiciones. Luego, fue Kant quien en la Fundamentación de la metafísica de la moral, retoma esta idea recogiendo la fórmula del poeta Horacio en su Ars Poética que difundió la ilustración alemana: Sapere Aude, o atrévete a saber, consignando que los hombres se encuentran cómodos con tutores o guardianes que les dicen cómo vivir, porque el saber implica un atrevimiento y todo atrevimiento implica un riesgo. Luego fue Alexis de Tocqueville quien indicó en La democracia en América, que llegaría el momento en que la humanidad sería manipulada por el placer o la emoción (el sistema límbico del ser humano), y que toda persona renunciaría al riesgo de pensar por sí misma mientras exista un ente superior que le brinde herramientas de placer. Esta teoría de Tocqueville fue la que marcó el escenario predilecto para el desarrollo de la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz, quien anticipaba que las dictaduras del futuro no serían sangrientas y los poderosos no apelarían a las bayonetas sino a los medios de propaganda que se infiltren en el sistema límbico del ser humano, a través del consumo de drogas y del ejercicio del placer inmediato, generado una situación difícil de entender: que el ser humano sea feliz en situaciones donde en realidad no debería serlo, y que consecuentemente no quiera salir de esa prisión porque, precisamente, no la reconoce.


martes, 16 de abril de 2024

Dos ideas de democracia II

 


En el año 1895, Gustave Le Bon publica “Psicología de las masas”, una obra cuyo indecible valor irá creciendo gradualmente con el tiempo. En el libro, Le Bon analiza el comportamiento grupal de las personas y la psicología social para dar con una tesis reveladora para aquel momento: las personas, cuando actúan colectivamente, se comportan de manera diferente a como lo harían estando solos, y los grupos –o las masas –, son irracionales, sugestionables y propensas a la emoción más que a la reflexión. Luego, dada esta coyuntura circunstancial, serán indefectiblemente propensas a la manipulación. El análisis de Le Bon se apoya firmemente en la premisa de que los individuos, cuando pertenecen a un grupo, adquieren un nivel de anonimato tal que les brinda un sentimiento de invulnerabilidad y una disminución de la responsabilidad personal, lo cual los lleva a efectuar comportamientos que no se atreverían a hacer en soledad. A esto le llamó el “alma colectiva” de la masa, la cual, al ser susceptible de efectos emocionales, es propensa a ser manipulada por una persona carismática o un líder que conozca esas raíces sentimentales y sepa manejarlas a su propio provecho. A pesar de las repercusiones que ha tenido esta obra, más allá de las buenas y las malas reseñas que haya recibido, es un buen punto de partida para analizar en este artículo aquella pregunta que tanto se ha hecho la historia a lo largo de los últimos dos siglos: ¿por qué hay países que están destinados al fracaso y otros a la gloria, habiendo partido en las mismas condiciones?

En 1690, a través de su obra Dos tratados sobre el gobierno civil, John Locke analiza la principal desventaja que encierra el régimen democrático: el pueblo, que a priori puede ser interpretado como una masa uniforme, encierra dentro suyo una cantidad considerable de intereses, debido a que está conformado por una cantidad considerable de personas distintas entre sí. Este carácter heterogéneo de la población de un país sugiere, según Locke, el siguiente escenario: en una elección triunfa el candidato votado por la mayoría, pero esa mayoría no implica la totalidad de un país, ya que existen minorías que no están representadas por él, y que esas mismas minorías pueden llegar a ser ocasionalmente las mayorías del futuro, mediante los mecanismos tan impredecibles mediante los cuales funciona la democracia. De esta manera, el representante de la mayoría está limitado por el reclamo de esas minorías. La mayoría sirve únicamente para gobernar durante un período transitorio. Si tomamos el ejemplo del continente americano, este es el modelo imperante en Estados Unidos y en Canadá.

Otra idea de democracia propone Jean Jacques Rousseau, fundador intelectual de la Revolución Francesa. El creador del ya gastado contrato social propone lo siguiente: en el momento en que se ejecuta la votación, se fundamenta la Voluntad General, epíteto mediante el cual hace referencia a la mayoría triunfante. La Voluntad General no hace alusión a la suma aritmética de voluntades individuales, las cuales son distintas entre sí, sino a un acto racional mediante el cual cada ciudadano se ve obligado a interpretar cuál es la nueva Voluntad de un pueblo. Una vez conocido el escrutinio, los ciudadanos que no votaron por la fórmula ganadora deben reconocer su error al haber interpretado equivocadamente la Voluntad General, y deben plegarse inmediatamente a la interpretación mayoritaria, restableciéndose así el contrato social originario que cuya esencia y fundamento se había suspendido transitoriamente durante los comicios. La mayoría no sólo tenía acceso a la Voluntad General sino también a la razón. Dos indicios de esta interpretación roussoniana pueden ayudar a comprender la teoría: en primer lugar, la forma agonal que adquiere el desarrollo de las elecciones en nuestro país; en segundo lugar, la sensación de incongruencia o vacío que nos genera haber votado en contra de la fórmula triunfante, no ya por la derrota, sino por la falta de interpretación de la realidad, la sensación de haber estudiado e interpretado mal la realidad social del país. Está dentro de nosotros la concepción de Jean Jacques Rousseau como arquetipo del ideal democrático. Siguiendo con la analogía del continente americano, así es como piensan los países latinoamericanos.

Resulta oportuno aquí destacar las dos clases de libertades que Benjamin Constant distinguió durante el siglo XX, ya que aplican a la temática: la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. La libertad de los antiguos consiste exclusivamente en participar todos los ciudadanos en una elección, para consecuentemente reconocer o descubrir la Voluntad General. Aquí hace clara referencia a Rousseau. La libertad de los modernos no consiste solamente en participar. Una vez reconocida la mayoría ganadora, al individuo le espera una esfera de intimidad dentro de la cual puede ejercer su acción sin la intromisión de la Voluntad General, y a partir de aquel minúscula trinchera procurar algún cambio o alguna alternativa. La libertad de los antiguos sugiere la suscripción (o sumisión) a la Voluntad General de la mayoría. La libertad de los modernos sugiere ejercer nuestras diferencias en la intimidad.

Damos lugar ahora al gran pensador de las democracias contemporáneas, capaz de haber anticipado en sus obras los vaivenes sociales y políticos de nuestros días con una capacidad de prognosis inigualable: Alexis de Tocqueville. Así como Montesquieu fue quien mejor interpretó las primeras democracias y quien ofreció la forma más fehaciente de su correcto funcionamiento (división de poderes – gobiernos republicanos mixtos), Tocqueville fue quien mejor interpretó no las democracias de su época sino las que estaban por venir: las democracias modernas (y posmodernas). El primer aporte que hace Tocqueville al respecto hace referencia a la necesidad de los seres humanos de ser manipulados por alguien superior, teoría que desarrolló en La democracia en América, y que injustamente suele ser atribuida a Aldous Huxley por su afamada novela Un mundo feliz, donde desarrolla la misma idea. Toqueville hace alusión al Estado de Bienestar (Welfare State), a través de la idea de un poder superior (en ningún momento hace referencia a un Estado o gobierno determinado), que manipula a las personas mediante el placer, pero sin utilizar la fuerza, precisamente porque las personas quieren ser manipuladas a cambio de esa cuota de placer. Esto daría lugar a una masa caracterizada por cierto infantilismo y a una nueva concepción del poder, que pasaría de ser aguerrido y opresor a ser más bien, según sus propias palabras, “detallado, regular, previsor y suave”, en ningún momento se refiere a la violencia, la represión, la censura, la manipulación. El poder es previsor porque anticipa las debilidades de la gente, es detallado porque las analiza minuciosamente, es suave porque no necesita de la violencia para ejercer la manipulación. El autoritarismo del futuro, ese futuro que ya llegó, tendría tales características. El acierto de Tocqueville respecto a las masas es tan fino como el de Le Bon explicado en el primer párrafo.

Por último, vamos a analizar la forma en que estas ideas han generado diferencias en países que iniciaron sus caminos independentistas en épocas similares y en condiciones que presentaban también cierta similitud: Argentina y Estados Unidos. Cabe aclarar que no es éste un análisis holístico y que se encarga exclusivamente de regentar un estudio político, excluyendo a la religión y a los distintos avatares que a lo largo del tiempo se fueron dando en cada país, que serán analizados posteriormente cuando se de la oportunidad. Hecha esta salvedad, iniciamos el antagonismo a partir de ambas constituciones. La Constitución de los Estados Unidos de 1787 entró en vigencia dos años después. En ese pequeño tiempo, tres pensadores publicaron 85 artículos que reforzaron las ideas de la misma. Estos tres intelectuales (Hamilton, Madison y Jay) firmaban sus escritos a través de un mismo seudónimo: Publius, haciendo alusión a un cónsul de la República Romana, Publius Valerius. A través de sus escritos y del valor agregado que dieron a su constitución, los tres intelectuales dejaron en claro cuál era el principal temor que los asediaba: la concepción de la Voluntad General de Rousseau, la idea de un presidente que encarne la voluntad del pueblo. Al punto tal de que las mayorías, para los tres federalistas de norteamérica, les generaba un rechazo indecible. A la clásica división de poderes de Montesquieu le agregaron un condimento federal –la autonomía de los estados – que se personificaba en el Parlamento. A la división horizontal de Montesquieu agregaron una división vertical. El presidente, según su visión, no tenía que ser una persona poderosa que pueda manipular mediante su potestad el resto de los poderes, o que pueda pasar por alto alguna decisión del Parlamento, o que pueda designar mediante su señalamiento algún miembro del Poder Judicial. El presidente está encargado de regular las relaciones entre los otros poderes, para evitar la demagogia de las asambleas o parlamentos, porque el gran temor de los federalistas Hamilton, Madison y Jay era que el espíritu de la Voluntad General de Rousseau encarne en cada ciudadano estadounidense. Es por eso que hasta el día de hoy los norteamericanos desprecian tanto a la demagogia. Una anécdota sirve para reforzar esta idea. En plena guerra de Malvinas, con una manifestación popular en defensa de Galtieri que colmaba la Plaza de Mayo, el presidente de facto argentino quiso impresionar al secretarios de Estado estadounidense, el general Haig, invitándolo el mismo día en que se producía dicha manifestación, pero logrando el efecto contrario: el horror de Haig al ver la plaza colmada, debido al rechazo de los norteamericanos a las demostraciones multitudinarias.

En nuestros pagos, el 3 de febrero de 1852 el general Justo José de Urquiza, por entonces gobernador de Entre Ríos, derrota a Juan Manuel de Rosas (el prócer más subestimado de nuestra historia) en la batalla de Caseros. De inmediato, Urquiza acude a la ayuda de Juan Bautista Alberdi, exiliado en Valparaiso, Chile, a redactar la Constitución Nacional, a través del afamado Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Si uno se detiene a observar los escritos de los primeros próceres de nuestra nación, se va a encontrar con un punto en común que compartían todos: la necesidad de imponer orden ante el temor de la anarquía, heredado de la tradición hispánica. De hecho, ya había sido el general San Martín quien había advertido que la principal tarea de los patriotas en este país era la de instalar el orden y exterminar las ideas anarquistas que sobrevolaban nuestra nación, para luego, en un escenario de orden y progreso, poder llevar a cabo ideas más detalladas y minuciosas. En esto se basa la constitución de Alberdi. Si el principal temor de los federalistas estadounidenses era la demagogia, el principal temor de Alberdi (y de nuestros próceres más remotos) era la anarquía. A la clásica división de poderes de Montesquieu, Alberdi le agregó una cuota más de poder a uno de esos tres: al Poder Ejecutivo, ya que pretendía un líder autoritario que garantice el orden. Mediante un presidencialismo fuerte, Argentina no corría riesgos de anarquía. Pero Alberdi, brillante pensador, estaba muy influenciado por los iluministas, e implícitamente subvertía en la constitución las ideas de Rousseau: el presidente fuerte y autoritario, elegido por el pueblo, era el representante de la Voluntad General. Según sus pensamientos, el precio a pagar por alejar la anarquía de nuestro territorio, era la demagogia, la forma impura de la democracia según Aristóteles. Entonces, a diferencia de los norteamericanos, no es cuando un presidente es demasiado fuerte sino cuando es demasiado débil cuando los argentinos sentimos cierto desprecio. Nixon cae en 1974 porque había crecido demasiado, y la propia población le había puesto un techo a esa “arrogancia de poder”. En Argentina, Illia en 1966 o de la Rúa en 2001, demostraron cierta debilidad que terminó con sus gobiernos, ya que la debilidad es interpretada como una incapacidad a la hora de gobernar. Las elecciones legislativas o gubernamentales en Argentina no adquieren la misma importancia que las presidenciales. Inclusive, muchas recriminaciones que corresponden a municipios o a provincias son atribuidas al presidente. Y se suele sospechar que cambiando de nombre en el Poder Ejecutivo se cambia inmediatamente de realidad.

Hasta aquí, las diferencias entre las dos ideas de democracia: la de Locke y la de Rousseau. La forma en que cada una ha repercutido en el espíritu democrático de cada país. La manera en que las multitudes son despreciadas o veneradas por una sociedad Lockeana o Rousseauniana. El carácter vulnerable que presentan las masas y que ha sido anticipado por Le Bon. La forma que adquiere el poder actual que ha sido anticipado por Tocqueville. La comparación entre Argentina y Estados Unidos para simplificar esta idea. Y las repercusiones que dichas sentencias aún tienen en la actualidad.

 


domingo, 7 de abril de 2024

Dos ideas de democracia

 


En el año 507 a.C. Clístenes crea en Atenas los demme, un conjunto de entre cien y mil personas que vendría a representar una aldea o aquello que con posterioridad se conocería como pueblo. De esta forma, se crea en la ciudad griega, cuna de la filosofía, la idea de equilibrio entre poderes. El magnate o monarca debe convivir con el Aerópago, compuesto por los arcones –entelequia que emulaba al Senado romano y sus cónsules –, haciendo referencia a la aristocracia; y en simultáneo debe coexistir asimismo con el Consejo de los Quinientos, que vendría a conformar la parte más democrática, ya que dicho ente contaba con el propósito de darle forma a la asamblea o ecclesia (de aquí la palabra Iglesia), la cual estaba conformada por los ciudadanos de cada demme o pueblo. Ante una duda entre el Aerópago y el Consejo de los Quinientos, la última palabra era de la Ecclesia o Asamblea popular. Todos estos beneficios a favor de los demme fueron dados por Pericles alrededor del año 462 a.C., motivo por el cual suele determinarse a este emperador como el fundador del ideal de democracia “pura”. Fue él quien le cedió a los demmes la capacidad de elegir leyes de manera directa. Dos años antes de su muerte (431 a.C.), estalla la guerra del Peloponeso, entre la Esparta oligárquica y la democracia pura ateniense. Esta guerra finaliza en el año 404 a.C. y recién en el 334 a.C., Filipo de Macedonia conquista Atenas. Luego, el Imperio Romano se anexa en el año 184 a.C. a Macedonia, Atenas y todo el territorio griego, quedando los romanos fascinados con la cultura griega, fundando así la civilización grecorromana.

Roma, por su parte, en simultáneo al desarrollo del ideal democrático de Atenas, emplea un ideal más pragmático y menos abstracto: el republicano. En términos técnicos o estrictos, una República es un régimen mixto donde se combinan el elemento monárquico (Poder Ejecutivo), un elemento aristocrático (el Senado o Parlamento) y un elemento democrático (el sufragio o la participación del pueblo). La República se opone a las formas en las que el poder se concentra en una persona o una categoría, ya sea la tiranía, la dictadura o la monarquía absoluta. Es por esto que los regímenes de monarquía parlamentaria de España, Inglaterra, Bélgica u Holanda son repúblicas en términos técnicos o pragmáticos, a pesar de que su nombre no lo diga. De manera tal que la esencia de la república es, precisamente, la limitación de los poderes unos a otros, el equilibrio entre poderes.

Surgen históricamente dos visiones –o dos estilos – de democracia: la ateniense pura y la romana republicana. Estas dos visiones son las que se disputaron el poder durante la Revolución Francesa (1789): en pos de la democracia ateniense luchaban los jacobinos Saint Just y Robespierre, defendiendo la visión romana republicana se encontraban los girondinos, encabezados tempranamente por Mirabeau. Del triunfo jacobino y el terror de la guillotina surge el concepto de pueblo como ente orgánico y autárquico que tanto influyó en los gobiernos latinoamericanos del siglo XX. La Revolución Francesa es, en este sentido, el claro ejemplo de la heterogénesis de los fines que tanto caracterizó a la Edad Moderna, lo cual significa el seguimiento empedernido de un fin para darnos cuenta, en la culminación de tal camino, que hemos conseguido otro propósito contrapuesto. Los jacobinos intentaron terminar con la tiranía de la monarquía absoluta, pero instalaron un régimen tan autoritario como el anterior. No sucedió lo mismo con la Gran Revolución de Gran Bretaña (1688) o la estadounidense (1776-1783), ya que los anglosajones, pragmáticos y empíricos, herederos de la filosofía de Hume y partidarios del utilitarismo, simpatizaban con los futuros posibles, más que con los futuros ideales, y adoptaron un sistema similar al romano: el equilibrio entre poderes.

Aristóteles había formulado una teoría política sobre los sistemas de gobierno. Según él, existían tres formas puras de gobierno: la monarquía (el poder concentrado en una persona), la oligarquía (el poder concentrado en un grupo de personas determinado), y la democracia (el poder concentrado en el pueblo o en una mayoría). Cuando los ejecutores de estos sistemas de gobierno se corrompían, cuando supeditaban los intereses populares detrás de sus intereses personales, estas formas puras degeneraban en formas impuras: tiranía, despotismo y demagogia, respectivamente. Daba a entender Aristóteles que cada nación debía elegir alguna de las formas puras y evitar que degeneren en formas impuras. No proponía un estilo como superior o ideal, como luego harían con la democracia.

El primer pensador que va a objetar esta tesis aristotélica será Polibio, quien vivió el pleno auge del Imperio Romano –desde el triunfo de Roma sobre Cartago en la Segunda Guerra Púnica (201 a.C.) hasta la Guerra Civil entre plebeyos y patricios en el 133 a.C. (la rebelión de los hermano Graco) –. Polibio se apoyó en dos tesis para explicar el avance y la redefinición de la concepción aristotélica. En primer lugar, su teoría de los ciclos políticos: toda monarquía degenera en tiranía, la cual da lugar a un grupo de personas acendradas que mejoraría tal condición: la oligarquía, la cual degenera inevitablemente en despotismo, escenario predilecto para que el pueblo o la mayoría reaccione y funde la democracia, la cual degenera a su vez ineluctablemente en demagogia, estado de pavura tal que implica el surgimiento de una figura carismática que personifique los ideales políticos: la monarquía, y así el ciclo se repite indefinidamente. La segunda tesis de Polibio es la siguiente: no triunfan formas puras o ideales de gobierno, sino los gobiernos mixtos. ¿Por qué? Precisamente porque el poder debe reflejar o sugerir a sus ciudadanos una idea abstracta: la armonía entre opuestos o distintos. Estamos en condiciones de sugerir aquí la primera distinción entre un país desarrollado y un país periférico, la armonía: cuando un gobierno presenta su propio poder dividido a su vez en distintos poderes heterogéneos, con distintas personas e instituciones que representan cada poder y que conviven entre sí en plena armonía, da lugar a la convivencia entre sus ciudadanos, los cuales serán asimismo distintos pero deberán aprender a convivir sanamente: la armonía entre poderes distintos implica la armonía de las clases que dichos poderes representan, noción que se aleja categóricamente a la idea marxista del conflicto como puntapié inicial hacia el progreso.

Hecho este análisis, retornando a la analogía con las Revoluciones más destacadas en la historia, se observa claramente una elección por parte de la Revolución Francesa respecto a las dos ideas de democracia. Rousseau y los pensadores ilustrados procuraron instalar un régimen democrático ateniense, donde la Asamblea no sea sólo representativa del pueblo sino que, además, sea el pueblo, propiamente dicho. La idea de una mayoría representativa era reemplazada por un ideal más ambicioso: esa mayoría era el pueblo. Por este motivo, la Revolución Francesa fracasó: desembocó en el Imperio Napoleónico que, tras la caída de Napoleón en Waterloo en 1815, implicó la restauración de la dinastía de los Borbones mediante Luis XVIII. Las otras revoluciones ya mencionadas, la inglesa del siglo XVII y la estadounidense del siglo XVIII, fueron exitosas porque no pretendían un ideal democrático acendrado al estilo ateniense, sino una representación mixta al estilo de la República Romana. Los anglosajones acostumbrados a la acción y a la praxis formularon revoluciones posibles; los franceses acostumbrados a las ideas abstractas, formularon una revolución perfecta e impoluta pero impracticable.

El Renacimiento fue una época donde la humanidad abandona el imperio de las ideas cristianas que gobernaron el comportamiento común durante la época Medieval y procuran retornar a los ideales de la civilización grecorromana. No obstante, fue la instauración de la modernidad y sus principios (la fe en la razón, el desarrollo de la ciencia o el método científico y la confianza en que la técnica mejoraría la vida de los individuos) aquello que caracterizó al Renacimiento. Esta coyuntura social e intelectual explica el surgimiento de un pensador que observó y estudió con detalle las dos ideas de democracia ya mencionadas (la ateniense y la romana), y que también funcionó como impulsor de las ideas marxistas: Maquiavelo. Su principal aporte intelectual fue la distinción entre filosofía e historia. Según Maquiavelo, las personas que estudiaban la filosofía se volvían blandas y tenían una clara inclinación hacia la contemplación. Cita en este grupo a Aristóteles, los atenienses y Santo Tomás de Aquino. Por otro lado, quienes estudian la historia se vuelven viriles y tienen una predisposición hacia la acción. Cita en este grupo al paradigma de los ideales pragmáticos: el Imperio Romano. Así como la religión cristiana, mediante el perdón y el amor al prójimo, volvía vulnerables a los individuos creyentes, también la filosofía, mediante su incentivo a la contemplación, volvía frágiles a los filósofos. Maquiavelo sostuvo que el rumbo correcto estaba comandado por los hombres de acción, como los romanos, quienes persiguen hechos concretos y posibles en lugar de ideas abstractas, y asimismo los países que se inclinan por un ideal democrático romano. Maquiavelo se apoya en la teoría dualista de Averroes, la cual sostiene lo siguiente: las dudas filosóficas generan incertidumbre y en el afán de manipular a las masas no resulta oportuna sembrarles estas suspicacias filosóficas, ya que las muchedumbres pensantes pueden llegar a sospechar que están siendo manipuladas. Para tal fin, resulta conveniente instalar en las masas la religión, que se apoya en certezas improbables, en lugar de la filosofía, que incita a la duda. Para Averroes, ese instrumento manipulador era el Islam. Para Maquiavelo, era el cristianismo. Cuando Marx sostuvo que la religión es el opio del pueblo, no hacía más que citar a Averroes y a Maquiavelo. Históricamente hay claras inclinaciones hacia un ideal democrático u otro, ya sea en cuanto refiere a pensadores o a naciones enteras, a partir del cual se fundamentan, de manera incompleta pero oportuna, sus logros y/o sus fracasos.


El poder blando

  Edward Bernays fue conocido vulgarmente por ser sobrino de Sigmund Freud, pero su actividad ha marcado una destacada relevancia en el mund...