En el año 1949 se desarrolla el origen de las teorías de la comunicación a partir de los estudios efectuados por Shannon y Weaver. El contexto social coincidía con la aparición del teléfono Bell, tecnología que en estos tiempos parece una antigualla pero que para aquel entonces codificaba una nueva forma de interacción: aquella que establece un vínculo entre personas pero a distancia y sin contacto humano. El modelo citado se resume en una fuente (emisor) que emite un mensaje a través de un medio (transmisor) que llega a un receptor. A pesar de que este modelo haya recibido variadas críticas a lo largo del tiempo debido a la complejidad que demostraron tener las conversaciones entre personas, surgen a partir del mismo dos conceptos que sobreviven en la actualidad: entropía y redundancia.
A la hora de efectuar una comunicación, la intención es dar a conocer algo, transmitir de alguna manera un paquete de información a otra persona. De esta manera, una comunicación efectiva es aquella en la cual el receptor de la información comprende el mensaje que recibe. ¿De qué manera se puede medir la efectividad de un mensaje de acuerdo a su nivel de comprensión? A través de la redundancia y la entropía. El primer término se refiere a un mensaje que contiene una cantidad de información reducida y previsible. Por ejemplo, si estamos entrando a un trabajo y nos cruzamos con una persona que nos saluda, “Buenos días”, se trata de un mensaje de redundancia, donde resultaba perfectamente previsible que esa persona nos salude de esa manera, y donde también el contenido del mensaje es escueto y sencillo: hace referencia a un saludo de pura formalidad o cordialidad. Sin embargo, si esta misma persona al otro día en lugar de saludarnos nos indica que debido a inoperancias de nuestra parte y negligencias evitables se encuentra en riesgo de perder su trabajo, manifestando tanto en la intensidad de su discurso como en la manera de expresarlo cierto encono, entonces se trata de un rasgo digno de entropía, es decir, mensajes imprevisibles, que nos toman por sorpresa y que su contenido de información cuesta digerir. La explicación más cotidiana de entropía es el desorden, pero es frecuente que entre ámbitos académicos vinculados a la física se suela catalogar a la entropía como un índice estadístico de probabilidades, una medida de las posibilidades que pueden llegar a ocurrir en un sistema o en un fenómeno. En comunicación, la entropía es la antítesis de la redundancia. Para entender mejor esta dicotomía, se sugiere el siguiente ejemplo. En una conferencia sobre física cuántica, compuesta por letrados y académicos de similar índole, entendidos sobre el tema a exponer, una información referida al movimiento aleatorio de partículas subatómicas o al principio de incertidumbre de Heisenberg puede resultar una obviedad y aún se espera que en algún momento del transcurso del cenáculo se hable de ello (redundancia). Sin embargo, en una mesa familiar compuesta por personas ajenas al mundo de la física, manifestar este mismo mensaje invita a la confusión y no suele ser un tema de conversación muy habitual o predecible (entropía). De esta manera, a la hora de comunicar algo, ya sea un sentimiento, una idea, una intención o el mero propósito de especular, toda persona debe decidir un equilibrio entre ambas variables: cuanto más entrópico sea un mensaje, más difícil de comprender y más exclusivos sus destinatarios; cuanto más redundante, más fácil de entender y mayor cantidad y variedad de receptores.
Esta teoría de la entropía y redundancia puede verse manifestada en la idea de Estado como proyección burocrática del Gobierno de turno. El Estado propiamente dicho debe aumentar su redundancia a través de la burocracia. El surgimiento de nuevos ministerios e instituciones indica una realidad evidente: las comunidades tienden hacia la entropía, hacia el desorden, lo cual exige que todo Estado incremente su burocracia (redundancia) para mantener bajo control la expansión de la entropía. El ejemplo más elocuente es el surgimiento de las Oficinas Anticorrupción, un ente que depende del Estado y que debe estudiar las fallas que el propio Estado genera: los casos de corrupción. Es el ejemplo de un sistema que brinda herramientas para solucionar los problemas que genera ese mismo sistema. Los Estados burocráticos y elefantiásicos son una consecuencia directa del nivel de entropía que experimenta la sociedad. El problema surge cuando el propio Estado cuenta con herramientas que promuevan la entropía en las sociedades, como por ejemplo los medios de comunicación masiva, lo cual genera un escenario propenso al surgimiento de más burocracia.
Hasta aquí, queda detallada la teoría de la comunicación de una manera superficial pero que nos permite conocer los conceptos de redundancia y entropía, precisamente para establecer el vínculo que estos dos fenómenos mantienen con la manipulación de las masas, ya que da el puntapié inicial para un principio infalible: cuanto mayor es la redundancia, el paquete de información es más reducido y, por ende, más sencillo de asimilar. Simplificar el mensaje es una condición excluyente para que el mismo llegue a la mayor cantidad de personas posible. De tal manera, la manipulación cuenta con el empleo de ambas herramientas: la entropía para sembrar desorden e incertidumbre en la opinión pública, y redundancia para comunicar un mensaje redondamente entendible. Esto da lugar a un epifenómeno psicológico en auge en la contemporaneidad: el síndrome de Dunning-Kruger. Se trata de un sesgo cognitivo mediante el cual las personas que menos saben sobre un tema definido tienden a sobrestimar su conocimiento, mientras que las personas con alto conocimiento, debido a que comprenden la complejidad de la información y la dificultad de comunicarla, tienden a subestimar su nivel. Este efecto psicológico, llevado al extremo, tiende a sugerir que las personas ignorantes, cuanto más ignorantes son, tienden a serlo con tanta profundidad que también ignoran su ignorancia, y de este modo se comportan como si supieran de algo que en realidad no saben. No obstante, cuentan con dos ventajas: la primera es la confianza en la manera en que comunican aquello de lo que saben poco, debido a que desconocen que saben poco; la segunda es de orden social, y hace alusión a que vivimos en una época donde se prefiere la redundancia antes que la entropía, los mensajes predecibles y de poca información antes que la complejidad y la confusión. De este modo, los mejores oradores de la contemporaneidad terminan siendo quienes padecen este sesgo cognitivo.
Lo explicado anteriormente cuenta con un estrecho vínculo a la alienación social. Pitirim Sorokin fue un sociólogo de origen ruso que participó en los programas de propaganda de la Unión Soviética en tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, indispensable para generar la adhesión de las masas en un momento coyuntural donde el estado burocrático soviético y las purgas de Stalin comenzaban a demostrar que el paraíso comunista no resultaba tan provechoso como se auspiciaba y la violencia se hacía presente más de lo esperado. Sorokin, desilusionado con el régimen comunista, fue perseguido por el propio gobierno y se exilió en Estados Unidos alrededor del año 1922. Una vez allí, denunció el procedimiento de propaganda para la manipulación mental que ejercía la URSS. El mismo constaba de cuatro pasos. En primer lugar, toda información debe simplificarse. Hete aquí el vínculo con el concepto de redundancia y entropía analizado previamente. Cuanto más simplificada la información que se ofrece, más propensión a la manipulación. Esto exige que conceptos complejos y realidades difíciles de digerir a través de la vulgaridad deban simplificarse en pequeños paquetes de información, con frases fáciles de repetir y de asimilar, que tiendan a reducir y epitomizar toda la envergadura del funcionamiento de un país en una sencilla oración. En segundo lugar, se debe generar una contraposición entre dos bandos en pugna, donde claramente se señale quién es el bueno y quién es el malo. Esto se conoce coloquialmente como grieta, pero es un fenómeno que se digitalizó en el siglo pasado y que resulta funcional a los ejecutores de propaganda que cuenten con el propósito de manipular a sus ciudadanos. Ya queda claro que la información debe ser escueta y simplificada, y al momento de dar esa información se debe establecer una visible división entre aquellos que aceptan ese mensajes (los buenos) y quienes no están en condiciones de aceptarlo (los malos). En tercer lugar se encuentra la emocionalidad. Los mensajes deben estar cargados de emoción, ya que de este modo apelan a la parte reptiloide de nuestro cerebro, al sistema límbico, la parte más primitiva de nuestra mente. Es bien sabido que aquello que toda persona asimila a través de la emoción no suele sujetarse a un análisis racional posterior. Apelar al sistema límbico de las personas es hoy en día algo cotidiano, que fácilmente se puede apreciar en las publicidades o en los noticieros, pero su funcionalidad a la hora de procurar la manipulación social ha sido descubierta en escenarios subsiguientes a la Primera Guerra Mundial. Por último, el cuarto condimento de la propaganda de manipulación destacado por Pitirim Sorokin, es el de la cuantofrenia (patología que consiste en procurar traducir todos los fenómenos sociales a un lenguaje matemático): todo mensaje debe ir acompañado de un dato estadístico que resulte difícil de comprobar. Este fenómeno ha sido introducido con tanta eficacia que se ha colado entre las conversaciones cotidianas. Es muy frecuente escuchar en intercambios circunstanciales que algunas personas pretenden reforzar sus argumentos con datos estadísticos de dudosa procedencia, aprovechándose de que difícilmente su interlocutor esté en condiciones de buscar ese dato para comprobar su verosimilitud, o aún en casos de que el guarismo no exista o sea falso, cuando se reconoce esta falsedad el mensaje ya ha sido asimilado por las personas quienes, controladas ahora por la manipulación, no están dispuestas a recibir información precisa que ponga en tela de juicio aquello que le han implantado en su mente de manera subrepticia y furtiva.
En el estudio de las teorías de la comunicación, que presenta su origen con Shannon y Weaver, se suscitaron distintos pensadores que analizaron este modelo. El primero en vincular las estrategias de comunicación como una herramienta de control mental por parte del poder fue Harold Lasswell, quien le puso título a su estudio: teoría hipodérmica, haciendo referencia a la forma en que las propagandas se inoculaban dentro de la piel de las personas sin que ellas lo percibieran. Lasswell fue el primero en vincular las teorías de la comunicación al poder mediático y, luego, a la forma silenciosa en que se procedía la manipulación. Sin embargo, si de nombres se trata, fue Paul Felix Lazarsfeld quien llevó a cierta profundidad este tipo de análisis. Mediante el Proyecto Radio –financiado por Rockefeller –, durante la Segunda Guerra Mundial, Lazarsfeld puso en tela de juicio el modelo de comunicación iniciado por Shannon y Weaver y continuado por Harold Lasswell, el cuál proponía que un emisor transmite un mensaje a través de un canal específico, a un receptor, con efectos determinados (¿quién dice qué, por qué canal, a quién, con qué efectos?). Según Lazarsfeld, resulta imposible que un emisor transmita un mensaje a un receptor con total eficacia. Para que esto suceda, debe intervenir un agente secundario en el medio, un líder carismático que intervenga entre el emisor (el poder mediático o el poder gubernamental) y el receptor (los ciudadanos). A esta teoría se le llamó la teoría de los dos pasos, en la cual los líderes de opinión adquieren una visible relevancia.
Sin embargo, entre las líneas de estos sistemas de manipulación mental, se sugiere un condimento indispensable para que estos programas funcionen correctamente: la predisposición del individuo a ser manipulado. Esta inclinación del ser humano hacia la alienación fue mencionada por primera vez por Platón a través del mito de la caverna: se supone que aquel que ha logrado desprenderse de las ataduras de la caverna, impulsado consecuentemente a salir al exterior y descubrir la verdad, cuando retorna para poder comunicar a sus similares la experiencia y liberarlos también a ellos, éstos prefieren continuar dentro del recinto por el temor a la verdad. La facilidad o la comodidad de contar con un tutor que nos indique de qué forma vivir y de qué forma pensar es preferible a la revelación de la verdad, precisamente porque ésta puede exigir por su propia naturaleza a que cada uno piense por sí mismo, lo cual a priori resulta una tarea compleja de por sí. En el mito del discípulo de Sócrates, quienes regresaban a la caverna para liberar al resto, eran asesinados por los prisioneros, quienes preferían seguir viviendo en tales condiciones. Luego, fue Kant quien en la Fundamentación de la metafísica de la moral, retoma esta idea recogiendo la fórmula del poeta Horacio en su Ars Poética que difundió la ilustración alemana: Sapere Aude, o atrévete a saber, consignando que los hombres se encuentran cómodos con tutores o guardianes que les dicen cómo vivir, porque el saber implica un atrevimiento y todo atrevimiento implica un riesgo. Luego fue Alexis de Tocqueville quien indicó en La democracia en América, que llegaría el momento en que la humanidad sería manipulada por el placer o la emoción (el sistema límbico del ser humano), y que toda persona renunciaría al riesgo de pensar por sí misma mientras exista un ente superior que le brinde herramientas de placer. Esta teoría de Tocqueville fue la que marcó el escenario predilecto para el desarrollo de la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz, quien anticipaba que las dictaduras del futuro no serían sangrientas y los poderosos no apelarían a las bayonetas sino a los medios de propaganda que se infiltren en el sistema límbico del ser humano, a través del consumo de drogas y del ejercicio del placer inmediato, generado una situación difícil de entender: que el ser humano sea feliz en situaciones donde en realidad no debería serlo, y que consecuentemente no quiera salir de esa prisión porque, precisamente, no la reconoce.


