En el año 1895, Gustave Le Bon publica “Psicología
de las masas”, una obra cuyo indecible valor irá creciendo gradualmente con el
tiempo. En el libro, Le Bon analiza el comportamiento grupal de las personas y
la psicología social para dar con una tesis reveladora para aquel momento: las
personas, cuando actúan colectivamente, se comportan de manera diferente a como
lo harían estando solos, y los grupos –o las masas –, son irracionales,
sugestionables y propensas a la emoción más que a la reflexión. Luego, dada
esta coyuntura circunstancial, serán indefectiblemente propensas a la
manipulación. El análisis de Le Bon se apoya firmemente en la premisa de que
los individuos, cuando pertenecen a un grupo, adquieren un nivel de anonimato
tal que les brinda un sentimiento de invulnerabilidad y una disminución de la
responsabilidad personal, lo cual los lleva a efectuar comportamientos que no
se atreverían a hacer en soledad. A esto le llamó el “alma colectiva” de la
masa, la cual, al ser susceptible de efectos emocionales, es propensa a ser
manipulada por una persona carismática o un líder que conozca esas raíces
sentimentales y sepa manejarlas a su propio provecho. A pesar de las
repercusiones que ha tenido esta obra, más allá de las buenas y las malas
reseñas que haya recibido, es un buen punto de partida para analizar en este
artículo aquella pregunta que tanto se ha hecho la historia a lo largo de los últimos
dos siglos: ¿por qué hay países que están destinados
al fracaso y otros a la gloria, habiendo partido en las mismas condiciones?
En 1690, a través de su obra Dos tratados sobre el gobierno civil, John
Locke analiza la principal desventaja que encierra el régimen democrático: el
pueblo, que a priori puede ser interpretado como una masa uniforme, encierra
dentro suyo una cantidad considerable de intereses, debido a que está
conformado por una cantidad considerable de personas distintas entre sí. Este carácter
heterogéneo de la población de un país sugiere, según Locke, el siguiente
escenario: en una elección triunfa el candidato votado por la mayoría, pero esa
mayoría no implica la totalidad de un
país, ya que existen minorías que no están representadas por él, y que esas
mismas minorías pueden llegar a ser ocasionalmente las mayorías del futuro,
mediante los mecanismos tan impredecibles mediante los cuales funciona la
democracia. De esta manera, el representante de la mayoría está limitado por el
reclamo de esas minorías. La mayoría sirve únicamente para gobernar durante un período transitorio. Si tomamos el ejemplo del
continente americano, este es el modelo imperante en Estados Unidos y en
Canadá.
Otra idea de democracia propone Jean Jacques
Rousseau, fundador intelectual de la Revolución Francesa. El creador del ya
gastado contrato social propone lo siguiente: en el momento en que se ejecuta
la votación, se fundamenta la Voluntad General, epíteto mediante el cual hace
referencia a la mayoría triunfante. La Voluntad General no hace alusión a la
suma aritmética de voluntades individuales, las cuales son distintas entre sí,
sino a un acto racional mediante el cual cada ciudadano se ve obligado a
interpretar cuál es la nueva Voluntad de un pueblo. Una vez conocido el
escrutinio, los ciudadanos que no votaron por la fórmula ganadora deben
reconocer su error al haber interpretado equivocadamente la Voluntad General, y
deben plegarse inmediatamente a la interpretación mayoritaria, restableciéndose
así el contrato social originario que
cuya esencia y fundamento se había suspendido transitoriamente durante los
comicios. La mayoría no sólo tenía acceso a la Voluntad General sino también a
la razón. Dos indicios de esta
interpretación roussoniana pueden ayudar a comprender la teoría: en primer lugar,
la forma agonal que adquiere el desarrollo de las elecciones en nuestro país;
en segundo lugar, la sensación de incongruencia o vacío que nos genera haber
votado en contra de la fórmula triunfante, no ya por la derrota, sino por la
falta de interpretación de la realidad, la sensación de haber estudiado e
interpretado mal la realidad social del país. Está dentro de nosotros la
concepción de Jean Jacques Rousseau como arquetipo del ideal democrático. Siguiendo
con la analogía del continente americano, así es como piensan los países
latinoamericanos.
Resulta oportuno aquí destacar las dos clases
de libertades que Benjamin Constant distinguió durante el siglo XX, ya que
aplican a la temática: la libertad de los antiguos y la libertad de los
modernos. La libertad de los antiguos consiste exclusivamente en participar todos los ciudadanos en una
elección, para consecuentemente reconocer o descubrir
la Voluntad General. Aquí hace clara referencia a Rousseau. La libertad de los
modernos no consiste solamente en participar. Una vez reconocida la mayoría
ganadora, al individuo le espera una esfera de intimidad dentro de la cual
puede ejercer su acción sin la intromisión de la Voluntad General, y a partir
de aquel minúscula trinchera procurar algún cambio o alguna alternativa. La libertad
de los antiguos sugiere la suscripción (o sumisión) a la Voluntad General de la
mayoría. La libertad de los modernos sugiere ejercer nuestras diferencias en la
intimidad.
Damos lugar ahora al gran pensador de las
democracias contemporáneas, capaz de haber anticipado en sus obras los vaivenes
sociales y políticos de nuestros días con una capacidad de prognosis
inigualable: Alexis de Tocqueville. Así como Montesquieu fue quien mejor
interpretó las primeras democracias y quien ofreció la forma más fehaciente de
su correcto funcionamiento (división de poderes – gobiernos republicanos
mixtos), Tocqueville fue quien mejor interpretó no las democracias de su época
sino las que estaban por venir: las democracias modernas (y posmodernas). El primer
aporte que hace Tocqueville al respecto hace referencia a la necesidad de los
seres humanos de ser manipulados por alguien superior, teoría que desarrolló en
La democracia en América, y que
injustamente suele ser atribuida a Aldous Huxley por su afamada novela Un mundo feliz, donde desarrolla la
misma idea. Toqueville hace alusión al Estado de Bienestar (Welfare State), a
través de la idea de un poder superior (en ningún momento hace referencia a un
Estado o gobierno determinado), que manipula a las personas mediante el placer,
pero sin utilizar la fuerza, precisamente porque las personas quieren ser manipuladas a cambio de esa
cuota de placer. Esto daría lugar a una masa caracterizada por cierto infantilismo
y a una nueva concepción del poder, que pasaría de ser aguerrido y opresor a
ser más bien, según sus propias palabras, “detallado, regular, previsor y suave”,
en ningún momento se refiere a la violencia, la represión, la censura, la
manipulación. El poder es previsor porque anticipa las debilidades de la gente,
es detallado porque las analiza minuciosamente, es suave porque no necesita de
la violencia para ejercer la manipulación. El autoritarismo del futuro, ese
futuro que ya llegó, tendría tales características. El acierto de Tocqueville
respecto a las masas es tan fino como el de Le Bon explicado en el primer
párrafo.
Por último, vamos a analizar la forma en que
estas ideas han generado diferencias en países que iniciaron sus caminos
independentistas en épocas similares y en condiciones que presentaban también
cierta similitud: Argentina y Estados Unidos. Cabe aclarar que no es éste un
análisis holístico y que se encarga exclusivamente de regentar un estudio político,
excluyendo a la religión y a los distintos avatares que a lo largo del tiempo
se fueron dando en cada país, que serán analizados posteriormente cuando se de
la oportunidad. Hecha esta salvedad, iniciamos el antagonismo a partir de ambas
constituciones. La Constitución de los Estados Unidos de 1787 entró en vigencia
dos años después. En ese pequeño tiempo, tres pensadores publicaron 85
artículos que reforzaron las ideas de la misma. Estos tres intelectuales
(Hamilton, Madison y Jay) firmaban sus escritos a través de un mismo seudónimo:
Publius, haciendo alusión a un cónsul de la República Romana, Publius Valerius.
A través de sus escritos y del valor agregado que dieron a su constitución, los
tres intelectuales dejaron en claro cuál era el principal temor que los
asediaba: la concepción de la Voluntad General de Rousseau, la idea de un
presidente que encarne la voluntad
del pueblo. Al punto tal de que las mayorías,
para los tres federalistas de norteamérica, les generaba un rechazo indecible. A
la clásica división de poderes de Montesquieu le agregaron un condimento
federal –la autonomía de los estados – que se personificaba en el Parlamento. A
la división horizontal de Montesquieu agregaron una división vertical. El presidente,
según su visión, no tenía que ser una persona poderosa que pueda manipular
mediante su potestad el resto de los poderes, o que pueda pasar por alto alguna
decisión del Parlamento, o que pueda designar mediante su señalamiento algún
miembro del Poder Judicial. El presidente está encargado de regular las
relaciones entre los otros poderes, para evitar la demagogia de las asambleas o
parlamentos, porque el gran temor de los federalistas Hamilton, Madison y Jay era
que el espíritu de la Voluntad General de Rousseau encarne en cada ciudadano
estadounidense. Es por eso que hasta el día de hoy los norteamericanos
desprecian tanto a la demagogia. Una anécdota sirve para reforzar esta idea. En
plena guerra de Malvinas, con una manifestación popular en defensa de Galtieri
que colmaba la Plaza de Mayo, el presidente de facto argentino quiso
impresionar al secretarios de Estado estadounidense, el general Haig, invitándolo
el mismo día en que se producía dicha manifestación, pero logrando el efecto
contrario: el horror de Haig al ver la plaza colmada, debido al rechazo de los norteamericanos
a las demostraciones multitudinarias.
En nuestros pagos, el 3 de febrero de 1852 el general
Justo José de Urquiza, por entonces gobernador de Entre Ríos, derrota a Juan
Manuel de Rosas (el prócer más subestimado de nuestra historia) en la batalla
de Caseros. De inmediato, Urquiza acude a la ayuda de Juan Bautista Alberdi,
exiliado en Valparaiso, Chile, a redactar la Constitución Nacional, a través
del afamado Bases y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina. Si uno se detiene
a observar los escritos de los primeros próceres de nuestra nación, se va a
encontrar con un punto en común que compartían todos: la necesidad de imponer
orden ante el temor de la anarquía, heredado de la tradición hispánica. De hecho,
ya había sido el general San Martín quien había advertido que la principal
tarea de los patriotas en este país era la de instalar el orden y exterminar
las ideas anarquistas que sobrevolaban nuestra nación, para luego, en un
escenario de orden y progreso, poder llevar a cabo ideas más detalladas y
minuciosas. En esto se basa la constitución de Alberdi. Si el principal temor
de los federalistas estadounidenses era la demagogia, el principal temor de
Alberdi (y de nuestros próceres más remotos) era la anarquía. A la clásica división de poderes de Montesquieu, Alberdi
le agregó una cuota más de poder a uno de esos tres: al Poder Ejecutivo, ya que
pretendía un líder autoritario que garantice el orden. Mediante un
presidencialismo fuerte, Argentina no corría riesgos de anarquía. Pero Alberdi,
brillante pensador, estaba muy influenciado por los iluministas, e
implícitamente subvertía en la constitución las ideas de Rousseau: el
presidente fuerte y autoritario, elegido por el pueblo, era el representante de
la Voluntad General. Según sus pensamientos, el precio a pagar por alejar la
anarquía de nuestro territorio, era la demagogia, la forma impura de la democracia según Aristóteles. Entonces, a diferencia
de los norteamericanos, no es cuando un presidente es demasiado fuerte sino cuando es demasiado
débil cuando los argentinos sentimos cierto desprecio. Nixon cae en 1974
porque había crecido demasiado, y la propia población le había puesto un techo
a esa “arrogancia de poder”. En Argentina, Illia en 1966 o de la Rúa en 2001,
demostraron cierta debilidad que terminó con sus gobiernos, ya que la debilidad
es interpretada como una incapacidad a la hora de gobernar. Las elecciones
legislativas o gubernamentales en Argentina no adquieren la misma importancia
que las presidenciales. Inclusive, muchas recriminaciones que corresponden a
municipios o a provincias son atribuidas al presidente. Y se suele sospechar
que cambiando de nombre en el Poder Ejecutivo se cambia inmediatamente de
realidad.
Hasta aquí, las diferencias entre las dos ideas
de democracia: la de Locke y la de Rousseau. La forma en que cada una ha
repercutido en el espíritu democrático de cada país. La manera en que las
multitudes son despreciadas o veneradas por una sociedad Lockeana o Rousseauniana. El carácter vulnerable que presentan las
masas y que ha sido anticipado por Le Bon. La forma que adquiere el poder
actual que ha sido anticipado por Tocqueville. La comparación entre Argentina y
Estados Unidos para simplificar esta idea. Y las repercusiones que dichas sentencias
aún tienen en la actualidad.

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