martes, 16 de abril de 2024

Dos ideas de democracia II

 


En el año 1895, Gustave Le Bon publica “Psicología de las masas”, una obra cuyo indecible valor irá creciendo gradualmente con el tiempo. En el libro, Le Bon analiza el comportamiento grupal de las personas y la psicología social para dar con una tesis reveladora para aquel momento: las personas, cuando actúan colectivamente, se comportan de manera diferente a como lo harían estando solos, y los grupos –o las masas –, son irracionales, sugestionables y propensas a la emoción más que a la reflexión. Luego, dada esta coyuntura circunstancial, serán indefectiblemente propensas a la manipulación. El análisis de Le Bon se apoya firmemente en la premisa de que los individuos, cuando pertenecen a un grupo, adquieren un nivel de anonimato tal que les brinda un sentimiento de invulnerabilidad y una disminución de la responsabilidad personal, lo cual los lleva a efectuar comportamientos que no se atreverían a hacer en soledad. A esto le llamó el “alma colectiva” de la masa, la cual, al ser susceptible de efectos emocionales, es propensa a ser manipulada por una persona carismática o un líder que conozca esas raíces sentimentales y sepa manejarlas a su propio provecho. A pesar de las repercusiones que ha tenido esta obra, más allá de las buenas y las malas reseñas que haya recibido, es un buen punto de partida para analizar en este artículo aquella pregunta que tanto se ha hecho la historia a lo largo de los últimos dos siglos: ¿por qué hay países que están destinados al fracaso y otros a la gloria, habiendo partido en las mismas condiciones?

En 1690, a través de su obra Dos tratados sobre el gobierno civil, John Locke analiza la principal desventaja que encierra el régimen democrático: el pueblo, que a priori puede ser interpretado como una masa uniforme, encierra dentro suyo una cantidad considerable de intereses, debido a que está conformado por una cantidad considerable de personas distintas entre sí. Este carácter heterogéneo de la población de un país sugiere, según Locke, el siguiente escenario: en una elección triunfa el candidato votado por la mayoría, pero esa mayoría no implica la totalidad de un país, ya que existen minorías que no están representadas por él, y que esas mismas minorías pueden llegar a ser ocasionalmente las mayorías del futuro, mediante los mecanismos tan impredecibles mediante los cuales funciona la democracia. De esta manera, el representante de la mayoría está limitado por el reclamo de esas minorías. La mayoría sirve únicamente para gobernar durante un período transitorio. Si tomamos el ejemplo del continente americano, este es el modelo imperante en Estados Unidos y en Canadá.

Otra idea de democracia propone Jean Jacques Rousseau, fundador intelectual de la Revolución Francesa. El creador del ya gastado contrato social propone lo siguiente: en el momento en que se ejecuta la votación, se fundamenta la Voluntad General, epíteto mediante el cual hace referencia a la mayoría triunfante. La Voluntad General no hace alusión a la suma aritmética de voluntades individuales, las cuales son distintas entre sí, sino a un acto racional mediante el cual cada ciudadano se ve obligado a interpretar cuál es la nueva Voluntad de un pueblo. Una vez conocido el escrutinio, los ciudadanos que no votaron por la fórmula ganadora deben reconocer su error al haber interpretado equivocadamente la Voluntad General, y deben plegarse inmediatamente a la interpretación mayoritaria, restableciéndose así el contrato social originario que cuya esencia y fundamento se había suspendido transitoriamente durante los comicios. La mayoría no sólo tenía acceso a la Voluntad General sino también a la razón. Dos indicios de esta interpretación roussoniana pueden ayudar a comprender la teoría: en primer lugar, la forma agonal que adquiere el desarrollo de las elecciones en nuestro país; en segundo lugar, la sensación de incongruencia o vacío que nos genera haber votado en contra de la fórmula triunfante, no ya por la derrota, sino por la falta de interpretación de la realidad, la sensación de haber estudiado e interpretado mal la realidad social del país. Está dentro de nosotros la concepción de Jean Jacques Rousseau como arquetipo del ideal democrático. Siguiendo con la analogía del continente americano, así es como piensan los países latinoamericanos.

Resulta oportuno aquí destacar las dos clases de libertades que Benjamin Constant distinguió durante el siglo XX, ya que aplican a la temática: la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. La libertad de los antiguos consiste exclusivamente en participar todos los ciudadanos en una elección, para consecuentemente reconocer o descubrir la Voluntad General. Aquí hace clara referencia a Rousseau. La libertad de los modernos no consiste solamente en participar. Una vez reconocida la mayoría ganadora, al individuo le espera una esfera de intimidad dentro de la cual puede ejercer su acción sin la intromisión de la Voluntad General, y a partir de aquel minúscula trinchera procurar algún cambio o alguna alternativa. La libertad de los antiguos sugiere la suscripción (o sumisión) a la Voluntad General de la mayoría. La libertad de los modernos sugiere ejercer nuestras diferencias en la intimidad.

Damos lugar ahora al gran pensador de las democracias contemporáneas, capaz de haber anticipado en sus obras los vaivenes sociales y políticos de nuestros días con una capacidad de prognosis inigualable: Alexis de Tocqueville. Así como Montesquieu fue quien mejor interpretó las primeras democracias y quien ofreció la forma más fehaciente de su correcto funcionamiento (división de poderes – gobiernos republicanos mixtos), Tocqueville fue quien mejor interpretó no las democracias de su época sino las que estaban por venir: las democracias modernas (y posmodernas). El primer aporte que hace Tocqueville al respecto hace referencia a la necesidad de los seres humanos de ser manipulados por alguien superior, teoría que desarrolló en La democracia en América, y que injustamente suele ser atribuida a Aldous Huxley por su afamada novela Un mundo feliz, donde desarrolla la misma idea. Toqueville hace alusión al Estado de Bienestar (Welfare State), a través de la idea de un poder superior (en ningún momento hace referencia a un Estado o gobierno determinado), que manipula a las personas mediante el placer, pero sin utilizar la fuerza, precisamente porque las personas quieren ser manipuladas a cambio de esa cuota de placer. Esto daría lugar a una masa caracterizada por cierto infantilismo y a una nueva concepción del poder, que pasaría de ser aguerrido y opresor a ser más bien, según sus propias palabras, “detallado, regular, previsor y suave”, en ningún momento se refiere a la violencia, la represión, la censura, la manipulación. El poder es previsor porque anticipa las debilidades de la gente, es detallado porque las analiza minuciosamente, es suave porque no necesita de la violencia para ejercer la manipulación. El autoritarismo del futuro, ese futuro que ya llegó, tendría tales características. El acierto de Tocqueville respecto a las masas es tan fino como el de Le Bon explicado en el primer párrafo.

Por último, vamos a analizar la forma en que estas ideas han generado diferencias en países que iniciaron sus caminos independentistas en épocas similares y en condiciones que presentaban también cierta similitud: Argentina y Estados Unidos. Cabe aclarar que no es éste un análisis holístico y que se encarga exclusivamente de regentar un estudio político, excluyendo a la religión y a los distintos avatares que a lo largo del tiempo se fueron dando en cada país, que serán analizados posteriormente cuando se de la oportunidad. Hecha esta salvedad, iniciamos el antagonismo a partir de ambas constituciones. La Constitución de los Estados Unidos de 1787 entró en vigencia dos años después. En ese pequeño tiempo, tres pensadores publicaron 85 artículos que reforzaron las ideas de la misma. Estos tres intelectuales (Hamilton, Madison y Jay) firmaban sus escritos a través de un mismo seudónimo: Publius, haciendo alusión a un cónsul de la República Romana, Publius Valerius. A través de sus escritos y del valor agregado que dieron a su constitución, los tres intelectuales dejaron en claro cuál era el principal temor que los asediaba: la concepción de la Voluntad General de Rousseau, la idea de un presidente que encarne la voluntad del pueblo. Al punto tal de que las mayorías, para los tres federalistas de norteamérica, les generaba un rechazo indecible. A la clásica división de poderes de Montesquieu le agregaron un condimento federal –la autonomía de los estados – que se personificaba en el Parlamento. A la división horizontal de Montesquieu agregaron una división vertical. El presidente, según su visión, no tenía que ser una persona poderosa que pueda manipular mediante su potestad el resto de los poderes, o que pueda pasar por alto alguna decisión del Parlamento, o que pueda designar mediante su señalamiento algún miembro del Poder Judicial. El presidente está encargado de regular las relaciones entre los otros poderes, para evitar la demagogia de las asambleas o parlamentos, porque el gran temor de los federalistas Hamilton, Madison y Jay era que el espíritu de la Voluntad General de Rousseau encarne en cada ciudadano estadounidense. Es por eso que hasta el día de hoy los norteamericanos desprecian tanto a la demagogia. Una anécdota sirve para reforzar esta idea. En plena guerra de Malvinas, con una manifestación popular en defensa de Galtieri que colmaba la Plaza de Mayo, el presidente de facto argentino quiso impresionar al secretarios de Estado estadounidense, el general Haig, invitándolo el mismo día en que se producía dicha manifestación, pero logrando el efecto contrario: el horror de Haig al ver la plaza colmada, debido al rechazo de los norteamericanos a las demostraciones multitudinarias.

En nuestros pagos, el 3 de febrero de 1852 el general Justo José de Urquiza, por entonces gobernador de Entre Ríos, derrota a Juan Manuel de Rosas (el prócer más subestimado de nuestra historia) en la batalla de Caseros. De inmediato, Urquiza acude a la ayuda de Juan Bautista Alberdi, exiliado en Valparaiso, Chile, a redactar la Constitución Nacional, a través del afamado Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina. Si uno se detiene a observar los escritos de los primeros próceres de nuestra nación, se va a encontrar con un punto en común que compartían todos: la necesidad de imponer orden ante el temor de la anarquía, heredado de la tradición hispánica. De hecho, ya había sido el general San Martín quien había advertido que la principal tarea de los patriotas en este país era la de instalar el orden y exterminar las ideas anarquistas que sobrevolaban nuestra nación, para luego, en un escenario de orden y progreso, poder llevar a cabo ideas más detalladas y minuciosas. En esto se basa la constitución de Alberdi. Si el principal temor de los federalistas estadounidenses era la demagogia, el principal temor de Alberdi (y de nuestros próceres más remotos) era la anarquía. A la clásica división de poderes de Montesquieu, Alberdi le agregó una cuota más de poder a uno de esos tres: al Poder Ejecutivo, ya que pretendía un líder autoritario que garantice el orden. Mediante un presidencialismo fuerte, Argentina no corría riesgos de anarquía. Pero Alberdi, brillante pensador, estaba muy influenciado por los iluministas, e implícitamente subvertía en la constitución las ideas de Rousseau: el presidente fuerte y autoritario, elegido por el pueblo, era el representante de la Voluntad General. Según sus pensamientos, el precio a pagar por alejar la anarquía de nuestro territorio, era la demagogia, la forma impura de la democracia según Aristóteles. Entonces, a diferencia de los norteamericanos, no es cuando un presidente es demasiado fuerte sino cuando es demasiado débil cuando los argentinos sentimos cierto desprecio. Nixon cae en 1974 porque había crecido demasiado, y la propia población le había puesto un techo a esa “arrogancia de poder”. En Argentina, Illia en 1966 o de la Rúa en 2001, demostraron cierta debilidad que terminó con sus gobiernos, ya que la debilidad es interpretada como una incapacidad a la hora de gobernar. Las elecciones legislativas o gubernamentales en Argentina no adquieren la misma importancia que las presidenciales. Inclusive, muchas recriminaciones que corresponden a municipios o a provincias son atribuidas al presidente. Y se suele sospechar que cambiando de nombre en el Poder Ejecutivo se cambia inmediatamente de realidad.

Hasta aquí, las diferencias entre las dos ideas de democracia: la de Locke y la de Rousseau. La forma en que cada una ha repercutido en el espíritu democrático de cada país. La manera en que las multitudes son despreciadas o veneradas por una sociedad Lockeana o Rousseauniana. El carácter vulnerable que presentan las masas y que ha sido anticipado por Le Bon. La forma que adquiere el poder actual que ha sido anticipado por Tocqueville. La comparación entre Argentina y Estados Unidos para simplificar esta idea. Y las repercusiones que dichas sentencias aún tienen en la actualidad.

 


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