domingo, 7 de abril de 2024

Dos ideas de democracia

 


En el año 507 a.C. Clístenes crea en Atenas los demme, un conjunto de entre cien y mil personas que vendría a representar una aldea o aquello que con posterioridad se conocería como pueblo. De esta forma, se crea en la ciudad griega, cuna de la filosofía, la idea de equilibrio entre poderes. El magnate o monarca debe convivir con el Aerópago, compuesto por los arcones –entelequia que emulaba al Senado romano y sus cónsules –, haciendo referencia a la aristocracia; y en simultáneo debe coexistir asimismo con el Consejo de los Quinientos, que vendría a conformar la parte más democrática, ya que dicho ente contaba con el propósito de darle forma a la asamblea o ecclesia (de aquí la palabra Iglesia), la cual estaba conformada por los ciudadanos de cada demme o pueblo. Ante una duda entre el Aerópago y el Consejo de los Quinientos, la última palabra era de la Ecclesia o Asamblea popular. Todos estos beneficios a favor de los demme fueron dados por Pericles alrededor del año 462 a.C., motivo por el cual suele determinarse a este emperador como el fundador del ideal de democracia “pura”. Fue él quien le cedió a los demmes la capacidad de elegir leyes de manera directa. Dos años antes de su muerte (431 a.C.), estalla la guerra del Peloponeso, entre la Esparta oligárquica y la democracia pura ateniense. Esta guerra finaliza en el año 404 a.C. y recién en el 334 a.C., Filipo de Macedonia conquista Atenas. Luego, el Imperio Romano se anexa en el año 184 a.C. a Macedonia, Atenas y todo el territorio griego, quedando los romanos fascinados con la cultura griega, fundando así la civilización grecorromana.

Roma, por su parte, en simultáneo al desarrollo del ideal democrático de Atenas, emplea un ideal más pragmático y menos abstracto: el republicano. En términos técnicos o estrictos, una República es un régimen mixto donde se combinan el elemento monárquico (Poder Ejecutivo), un elemento aristocrático (el Senado o Parlamento) y un elemento democrático (el sufragio o la participación del pueblo). La República se opone a las formas en las que el poder se concentra en una persona o una categoría, ya sea la tiranía, la dictadura o la monarquía absoluta. Es por esto que los regímenes de monarquía parlamentaria de España, Inglaterra, Bélgica u Holanda son repúblicas en términos técnicos o pragmáticos, a pesar de que su nombre no lo diga. De manera tal que la esencia de la república es, precisamente, la limitación de los poderes unos a otros, el equilibrio entre poderes.

Surgen históricamente dos visiones –o dos estilos – de democracia: la ateniense pura y la romana republicana. Estas dos visiones son las que se disputaron el poder durante la Revolución Francesa (1789): en pos de la democracia ateniense luchaban los jacobinos Saint Just y Robespierre, defendiendo la visión romana republicana se encontraban los girondinos, encabezados tempranamente por Mirabeau. Del triunfo jacobino y el terror de la guillotina surge el concepto de pueblo como ente orgánico y autárquico que tanto influyó en los gobiernos latinoamericanos del siglo XX. La Revolución Francesa es, en este sentido, el claro ejemplo de la heterogénesis de los fines que tanto caracterizó a la Edad Moderna, lo cual significa el seguimiento empedernido de un fin para darnos cuenta, en la culminación de tal camino, que hemos conseguido otro propósito contrapuesto. Los jacobinos intentaron terminar con la tiranía de la monarquía absoluta, pero instalaron un régimen tan autoritario como el anterior. No sucedió lo mismo con la Gran Revolución de Gran Bretaña (1688) o la estadounidense (1776-1783), ya que los anglosajones, pragmáticos y empíricos, herederos de la filosofía de Hume y partidarios del utilitarismo, simpatizaban con los futuros posibles, más que con los futuros ideales, y adoptaron un sistema similar al romano: el equilibrio entre poderes.

Aristóteles había formulado una teoría política sobre los sistemas de gobierno. Según él, existían tres formas puras de gobierno: la monarquía (el poder concentrado en una persona), la oligarquía (el poder concentrado en un grupo de personas determinado), y la democracia (el poder concentrado en el pueblo o en una mayoría). Cuando los ejecutores de estos sistemas de gobierno se corrompían, cuando supeditaban los intereses populares detrás de sus intereses personales, estas formas puras degeneraban en formas impuras: tiranía, despotismo y demagogia, respectivamente. Daba a entender Aristóteles que cada nación debía elegir alguna de las formas puras y evitar que degeneren en formas impuras. No proponía un estilo como superior o ideal, como luego harían con la democracia.

El primer pensador que va a objetar esta tesis aristotélica será Polibio, quien vivió el pleno auge del Imperio Romano –desde el triunfo de Roma sobre Cartago en la Segunda Guerra Púnica (201 a.C.) hasta la Guerra Civil entre plebeyos y patricios en el 133 a.C. (la rebelión de los hermano Graco) –. Polibio se apoyó en dos tesis para explicar el avance y la redefinición de la concepción aristotélica. En primer lugar, su teoría de los ciclos políticos: toda monarquía degenera en tiranía, la cual da lugar a un grupo de personas acendradas que mejoraría tal condición: la oligarquía, la cual degenera inevitablemente en despotismo, escenario predilecto para que el pueblo o la mayoría reaccione y funde la democracia, la cual degenera a su vez ineluctablemente en demagogia, estado de pavura tal que implica el surgimiento de una figura carismática que personifique los ideales políticos: la monarquía, y así el ciclo se repite indefinidamente. La segunda tesis de Polibio es la siguiente: no triunfan formas puras o ideales de gobierno, sino los gobiernos mixtos. ¿Por qué? Precisamente porque el poder debe reflejar o sugerir a sus ciudadanos una idea abstracta: la armonía entre opuestos o distintos. Estamos en condiciones de sugerir aquí la primera distinción entre un país desarrollado y un país periférico, la armonía: cuando un gobierno presenta su propio poder dividido a su vez en distintos poderes heterogéneos, con distintas personas e instituciones que representan cada poder y que conviven entre sí en plena armonía, da lugar a la convivencia entre sus ciudadanos, los cuales serán asimismo distintos pero deberán aprender a convivir sanamente: la armonía entre poderes distintos implica la armonía de las clases que dichos poderes representan, noción que se aleja categóricamente a la idea marxista del conflicto como puntapié inicial hacia el progreso.

Hecho este análisis, retornando a la analogía con las Revoluciones más destacadas en la historia, se observa claramente una elección por parte de la Revolución Francesa respecto a las dos ideas de democracia. Rousseau y los pensadores ilustrados procuraron instalar un régimen democrático ateniense, donde la Asamblea no sea sólo representativa del pueblo sino que, además, sea el pueblo, propiamente dicho. La idea de una mayoría representativa era reemplazada por un ideal más ambicioso: esa mayoría era el pueblo. Por este motivo, la Revolución Francesa fracasó: desembocó en el Imperio Napoleónico que, tras la caída de Napoleón en Waterloo en 1815, implicó la restauración de la dinastía de los Borbones mediante Luis XVIII. Las otras revoluciones ya mencionadas, la inglesa del siglo XVII y la estadounidense del siglo XVIII, fueron exitosas porque no pretendían un ideal democrático acendrado al estilo ateniense, sino una representación mixta al estilo de la República Romana. Los anglosajones acostumbrados a la acción y a la praxis formularon revoluciones posibles; los franceses acostumbrados a las ideas abstractas, formularon una revolución perfecta e impoluta pero impracticable.

El Renacimiento fue una época donde la humanidad abandona el imperio de las ideas cristianas que gobernaron el comportamiento común durante la época Medieval y procuran retornar a los ideales de la civilización grecorromana. No obstante, fue la instauración de la modernidad y sus principios (la fe en la razón, el desarrollo de la ciencia o el método científico y la confianza en que la técnica mejoraría la vida de los individuos) aquello que caracterizó al Renacimiento. Esta coyuntura social e intelectual explica el surgimiento de un pensador que observó y estudió con detalle las dos ideas de democracia ya mencionadas (la ateniense y la romana), y que también funcionó como impulsor de las ideas marxistas: Maquiavelo. Su principal aporte intelectual fue la distinción entre filosofía e historia. Según Maquiavelo, las personas que estudiaban la filosofía se volvían blandas y tenían una clara inclinación hacia la contemplación. Cita en este grupo a Aristóteles, los atenienses y Santo Tomás de Aquino. Por otro lado, quienes estudian la historia se vuelven viriles y tienen una predisposición hacia la acción. Cita en este grupo al paradigma de los ideales pragmáticos: el Imperio Romano. Así como la religión cristiana, mediante el perdón y el amor al prójimo, volvía vulnerables a los individuos creyentes, también la filosofía, mediante su incentivo a la contemplación, volvía frágiles a los filósofos. Maquiavelo sostuvo que el rumbo correcto estaba comandado por los hombres de acción, como los romanos, quienes persiguen hechos concretos y posibles en lugar de ideas abstractas, y asimismo los países que se inclinan por un ideal democrático romano. Maquiavelo se apoya en la teoría dualista de Averroes, la cual sostiene lo siguiente: las dudas filosóficas generan incertidumbre y en el afán de manipular a las masas no resulta oportuna sembrarles estas suspicacias filosóficas, ya que las muchedumbres pensantes pueden llegar a sospechar que están siendo manipuladas. Para tal fin, resulta conveniente instalar en las masas la religión, que se apoya en certezas improbables, en lugar de la filosofía, que incita a la duda. Para Averroes, ese instrumento manipulador era el Islam. Para Maquiavelo, era el cristianismo. Cuando Marx sostuvo que la religión es el opio del pueblo, no hacía más que citar a Averroes y a Maquiavelo. Históricamente hay claras inclinaciones hacia un ideal democrático u otro, ya sea en cuanto refiere a pensadores o a naciones enteras, a partir del cual se fundamentan, de manera incompleta pero oportuna, sus logros y/o sus fracasos.


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