martes, 13 de febrero de 2024

Progresismo

 


Los últimos años hemos sido testigos en Latinoamérica (me atrevería a decir que se trata de un fenómeno mundial, con la diferencia que propone la cultura de cada país) del auge de una ideología que se enmascara vilmente bajo lemas y perogrulladas que, a priori, nadie podría rechazar. Defender el medio ambiente, proteger a los más débiles, levantar banderas históricamente desdeñadas, conmoverse ante la pobreza y la marginación, son tópicos a partir de los cuales la humanidad entera se pondría de acuerdo que resultan prontos a atender y defender. Pero detrás de estas pancartas se esconde no una perversión sino una ideología cuya aplicación no garantiza resolver aquello que se propone sino más bien agravarlo.

El progresismo cuenta con una serie de características que conviene enumerarlas y describirlas para su correcta comprensión y con el propósito de que, una vez asimiladas, cada individuo realice su propio juicio al respecto. Con esto estamos intentando hacer un juicio descriptivo –objetivo, si se quiere –, y no un juicio de valor. Amén de estas características, a simple vista podemos razonar que, a partir de su epíteto, el progresismo pregona la evolución de la sociedad. Esto encierra una noción extraña, y es la idea de que la humanidad avanza o mejora indefectiblemente a lo largo del tiempo. El hombre de hoy vive mejor que el del pasado y peor que el del futuro; la validez y el valor de las ideas dependen de su edad. Una premisa del pasado queda en ridículo ante una premisa contemporánea, y sus adláteres suelen utilizar este mecanismo para analizar la realidad, criticando los principios y preceptos que deslumbraron a la humanidad en siglos pretéritos en comparación con sus homónimos de la actualidad. Como se puede observar, el pilar fundamental de esta ideología es el iluminismo: si se parte de la premisa de que la humanidad evoluciona inevitablemente no lo hace por fruto del azar o del destino, sino por medio de la razón iluminista, la cualidad que caracteriza al ser humano a la hora de tomar decisiones que ubiquen al hombre en dicho sendero, en el camino del progreso. En síntesis, la humanidad inevitablemente vive cada vez mejor y el vehículo para tal propósito es la razón.

La primera crítica a esta explicación fue hecha por Max Weber, quien rechaza esta adiposidad de optimismo sosteniendo que el progresismo (y el iluminismo) es una racionalidad de medios y no de fines. Esto significa que el hombre progresista o iluminista –para el caso que se ha explicado resultan sinónimos –, se ha preocupado por aplicar la razón a los medios pero no se ha detenido a pensar en los fines racionales. Esta pulla es tomada por Theodor Adorno y Max Horkheimer en Dialéctica del Iluminismo, cuya tesis principal sugiere que mediante el uso de la razón el ser humano ha utilizado su don de una manera meramente instrumental con el fin de manipular a otros individuos. La razón como instrumento de poder, de manipulación.

Continuamos con otras características de la ideología en boga en la actualidad. El progresismo invita a resolver los problemas de la humanidad a priori, sin que los mismos hayan sido experimentados pragmáticamente por quien los pretende solucionar. Es un anticipo de la realidad pragmática, un pronóstico. Como la razón es el vehículo para ubicar al hombre en el sendero del progreso, no es necesario ningún acontecimiento visible o palpable u organoléptico, y de aquí deriva un resabio de nuestra sociedad que nos ha dañado hasta el hartazgo: la imagen de personas defendiendo causas que le son totalmente ajenas, porque detrás de toda acción hay una idea, y las ideas se manipulan subrepticiamente. La última década nos ha obligado a presenciar situaciones en las que personas totalmente ajenas a la pobreza pretenden diagramar resoluciones a tal problemática, personas que desconocen los inconvenientes de las clases bajas y se escudan en la defensa de los pobres, enumerando y ordenando sus desesperaciones sin tener la más remota idea de cómo vive un pobre o cuáles pueden ser sus inquietudes más desesperantes. Aquí se esconde una necedad más preocupante aún, que se deriva de lo anteriormente dicho en este párrafo: si la razón puede aplicar a problemas que aún no hemos vivido en carne propia, si la razón nos ofrece tal potestad, entonces nuestra moral puede ser definida a través de ella. Es decir, la moral puede emparentarse a la técnica, y así como toda tecnología progresa a medida que avanza el tiempo, también puede hacerlo la moral. De aquí que haya tanta repulsión a la religión en el progresismo, precisamente porque viene a representar un código moral antiguo, pasado de moda, que debe ser reemplazado por uno nuevo, el cual debe ser diseñado a través de la razón y no de la práctica. El principal crítico de esta idea fue Walter Benjamin –al igual que Adorno y Horkheimer, perteneciente a la Escuela de Frankfurt –, quien interpretó como un despropósito que el mismo esquema de progreso que se aplicaba a la ciencia se pueda aplicar a la moral.

A fines del siglo XVIII surgió en Europa una dicotomía –o una rivalidad intelectual, si se me permite –, entre Herder y Kant, respecto al universalismo del conocimiento. Mientras el segundo proponía que el alcance del conocimiento humano se iba a definir gradualmente hasta alcanzar un ápice a través de la comunicación entre distintas civilizaciones, las cuales, en su conjugación, desecharán los aspectos negativos y asimilarán los positivos, llegando a crear un conocimiento universal o globalizado, el primero sostenía que todo conocimiento, así como todo sistema de valores, es inherente a cada civilización y depende de cada una de ellas, surgiendo entonces distintos conocimientos que no resultan compatibles entre sí. Claramente, Kant era un iluminista y Herder era un romántico. Esta diferenciación viene al caso para definir una nueva característica del progresismo: su relación con la libertad. Al igual que las ideas de Kant, las premisas del progresismo desembocan inexorablemente en una libertad negativa, es decir, una ausencia de coacciones externas que someten al hombre. Y de estas coacciones, el filósofo alemán va a destacar dos principales: por un lado, la religión, mediante un sistema de normas morales que someten al individuo y le dan una forma determinada privándolo de su esencia, y por otro lado las tradiciones vernáculas, las costumbres de la civilización a la que pertenece, que ciñen al individuo estructuralmente. Para ser libre, el hombre debe desprenderse de estos dos fenómenos o medios de manipulación, sostenía Kant. Por ende, la libertad es negativa. Esto se opone a la idea que, más recientemente, hizo Augusto del Noce respecto a la libertad, a la cual calificó como positiva, ya que la libertad es buena, bella y deseable por el simple hecho de ejercerla, y no como un medio para alcanzar otra cosa. ¿Libertad para qué? ¿No convendría, antes de reclamar el desprendimiento de un prejuicio, una moral o una costumbre, razonar para qué queremos desprendernos de esas coacciones externas? Libertad para fines y no para medios, vociferó en su momento Herder y luego del Noce.

Llegamos ahora al punto más sutil de las características del progresismo. Ya hemos esbozado someramente el origen cronológico de tal ideología, situándola en la Edad Moderna, en Europa, fruto del auge del Iluminismo, la diosa razón y la concepción lineal del tiempo, rivalizada con la teoría del Eterno Retorno o del tiempo cíclico que había esgrimido en su momento Platón (La República) y popularizó posteriormente el propio Nietszche. Existieron en tiempos más lejanos algunas referencias a la idea de progreso en general. Jenófanes, en el siglo VI a. de C, se refirió al secreto de los Dioses, aludiendo a que los mismos no habían sido revelados a los hombres pero que éstos, con el correr de los años, los irían descubriendo. En el Prometeo de Esquilo se hace referencia al rechazo de las normas consuetudinarias que impedían el avance de los individuos. Y así podríamos estar largo rato, descubriendo indicios del sentido del progreso o la evolución del hombre, en el pasado. Una extraña condición se suscita en el cristianismo: si bien la idea de un mundo redentor superior al mundo profano tiende a despreciar o menospreciar los avances fehacientes que genera la razón humana, también es cierto que el propio San Agustín, en Ciudad de Dios, hace referencia a los logros obtenidos por la humanidad a lo largo del tiempo, y la medida en que estos logros acercaron al hombre a Dios. Pero claramente la ideología propiamente dicha y el sentido del tiempo lineal surgieron durante el auge del Iluminismo en Europa. Ahora vamos a concentrarnos en la relación que el individuo tiene con la naturaleza, entendiendo a ésta como todo lo exógeno y fenoménico, todas las realidades exteriores que pueden llegar a ejercer una influencia en las personas. Para el progresismo, lo natural es heterónimo, viene impuesto desde afuera. Esto significa que existe una condición extrínseca a la existencia del individuo, y la reacción que éste debe adquirir es de rechazo. Aquello que caracteriza fisiológica y biológicamente al ser humano no es más que una imposición que se le ha adjudicado sin pedirle permiso, y como tal no tiene derecho a ser ejercida. Mediante el uso de la razón, el ser humano debe redefinir su naturaleza. La contraposición a este axioma podemos situarla en los clásicos –pre modernos –, quienes sostenían que la realidad o la existencia de un individuo está compuesta por dos facciones íntimamente vinculadas entre sí: aquello que biológicamente le es dado y aquello que cultural y socialmente cada uno debe darse a sí mismo. Para los clásicos, no existe una heteronomía de la naturaleza, una condición que deba rechazarse, sino que el propio individuo, a partir de tal condición, debe desarrollarse potencialmente mediante la formación de un vínculo. Este diagrama propio del progresismo es el que dio lugar –entre otras cosas, desde luego –a algunas corrientes existencialistas. Y es precisamente por este motivo que la ideología progresista en auge durante las últimas décadas en la cultura occidental se ha hecho eco de la sapiencia sartriana y de las obras de Simone de Beauvoir. Frases que hoy son clichés progresistas como que “una no nace mujer, sino que se hace”, o “la existencia precede a la esencia”, o la idea de autopercibirse de una forma distinta a lo que biológicamente se nos ha determinado, son fruto de la noción de heteronomía de la naturaleza y de la equivocación en cuanto a la relación que todo individuo mantiene con dicha naturaleza. Desde esta perspectiva se puede citar a la antropología culturalista como uno de los cimientos del progresismo, ya que se trata de una vertiente que pretendía sobreponer la cultura por sobre la raza o la biología, aludiendo que la primera es quien determina a la otra. Su principal exponente ha sido Claude Levi Strauss: “son las formas de la cultura que determinan en gran medida el ritmo de la evolución biológica y de su orientación.”

Es dable observar un vínculo insoslayable entre marxismo y progresismo, especialmente en su concepción lineal del tiempo. Es cierto que las ideas de Marx se apoyaron con firmeza en la dialéctica de Hegel, que propone que a cada tesis se le opone una antítesis y que de tal conflicto surge la síntesis, una especie de reconciliación o superación entre ambas. El término alemán aufheben hace referencia a una rechazo que incluye a aquello que rechaza, y Hegel lo aplicó a su sentido de la dialéctica para explicar, en su enjundiosa opinión, la forma en que se comportaban las sociedades. El sentido de evolución en el progresismo es caprichoso y taxativo: el hombre evoluciona a lo largo del tiempo, aún sin quererlo, porque en las sociedades surge, a partir de las relaciones entre los individuos, una especie de alma propia que vela por la evolución en general. De aquí que los indolentes y despreocupados por el bien ajeno disfruten de los frutos de quienes trabajan con ahínco por vivir en un lugar mejor. Pero la idea de progreso en Marx –y en Hegel lógicamente –, resulta más compleja: hay marchas y contramarchas, hay pasos en falso y errores, pero a cada error le surge una superación, y la humanidad indefectiblemente, a pesar de ciertos tropiezos, vive mejor. La idea cristiana del paraíso perdido que se debe recuperar está latente en Marx; la humanidad pasó de un comunismo primitivo a un salvajismo, luego a la esclavitud, luego a la servidumbre, luego a la explotación laboral, para culminar, revoluciones y evoluciones mediante, en una sociedad sin clases a la cual se llega primero a través del socialismo y luego a través del comunismo. Es difícil de entender, pero detrás de esta concepción circular de la historia –una historia en la cual Marx pretendía haber descubierto características científicas y, por ende, previsibles –, se esconde el pensamiento de línea recta hacia el progreso. Marx sostenía que el hombre evoluciona y que indefectiblemente esta evolución culmina en la sociedad sin clases. La similitud con el progresismo no es casualidad.

Para terminar, llevaremos el concepto de progresismo a la política, particularmente a través de un fenómeno que le ha caído en gracia a una mitad de la población argentina y en detrimento de la otra, tan acostumbrados nos han tenido durante los últimos años en dividir a la sociedad nacional en dos facciones antagónicas e inconciliables, obligándonos a mirar la realidad en blanco y negro cuando en realidad se nos presenta en distintos matices. En la década del noventa escuché decir al filósofo José Pablo Feinman que su propósito, así como el de algunos colegas suyos que comparten su visión, fue la de llenar de categorías marxistas al peronismo. Cuando los comunistas se han cerciorado de que no cuentan con la masa popular necesaria para llevar a cabo una revolución, aquellos que dentro de tal grupo se consideraban intelectuales han sugerido infiltrarse en el movimiento político más popular y masivo de aquel entonces: el peronismo; aun desconociendo que este movimiento, con su propia doctrina en la espalda, ha rechazado categórica y enfáticamente las ideas marxistas o comunistas. Pero esta iniciativa que, desde luego, estaba destinada a su propia muerte, ha sido retomada en los últimos años por el kirchnerismo. Dado el conocimiento de su propia incapacidad para combatir con un enemigo deleznable y cínico, el kirchnerismo ha decidido perentoriamente introducir en su doctrina –que en los comienzos, especialmente durante el gobierno de Néstor Kirchner, había adoptado una iniciativa peronista doctrinaria –los principios del progresismo. Mezclaron la doctrina peronista que los había llevado a levantar la bandera de la década ganada con categorías progresistas que fueron impuestas subrepticiamente por los magnates del establishment mundial, cedieron a la presión internacional y aquí radica su inevitable error. El gobierno de Alberto Fernández, un socialdemócrata disfrazado de peronista, fue el resultado más palpable de esta equivocación. En un país sin desarrollo industrial, sin progreso económico, y con índices de pobreza, marginalidad y desempleo notables se promovían leyes de aborto legal, lenguaje inclusivo, documentos no binarios, operaciones transgénero gratuitas. Se atendió una agenda progresista impuesta desde afuera y se desatendieron los problemas catastróficos que asediaban a la población más vulnerable del país. Los frutos de este capricho son tan visibles que resulta inentendible cómo un grupo de adultos aficionados a la política haya caído en tan infausta iniciativa.

¿Por qué tanto ahínco del progresismo por imponer un Estado laico; por qué tanta saña contra la religión? Todas las religiones hacen alusión a la pérdida de un paraíso. Si Dios nos hizo a imagen y semejanza, eso significa que los primeros hombres fueron los mejores, y que con el correr del tiempo, el ser humano se fue corrompiendo y alejándose de dicho paraíso terrenal, al que aspira a retornar luego de la muerte. El idealismo de las sociedades primitivas fue una constante desde Platón o Hesíodo, que llamaba Edad de Oro a la primera etapa de la humanidad. Toda situación de crisis conlleva a la añoranza de las sociedades primitivas, donde se sospecha que el hombre vivía mejor. Las religiones proponen ese retorno, ese imperativo a regresar a nuestros inicios. Por este motivo conceptual, el progresismo está en visible contradicción con la religión.

Hasta aquí se han puesto en escena las principales características del progresismo, procurando no redundar en fechas, datos o acontecimientos abúlicos que puedan llegar a confundir al lector. Se ha procurado, más bien, una lectura alternativa basada en interpretaciones, deliberaciones y relaciones entre ellas. No está de más sugerir que un peligro del progresismo no es únicamente atender necesidades ajenas y promover invectivas que no favorecen a nuestro pueblo, sino también que la idea de ceder al raciocinio el dictamen del destino de millones de personas corre con el riesgo de suponer que aquellos individuos intelectualmente más preparados que las masas populares corren con una suerte de privilegio o liderazgos que, en el fondo, carece de legitimidad. Esto es: el progresismo también sugiere la genuflexión ante un líder que no es tal, y la apoteosis de cualquier peculiaridad que la demencia o el capricho de este líder pueda engendrar. Si seguimos en este sendero, tendremos un país que ciegamente aplaude y defiende a una persona que no está en condiciones de conducir el rumbo incierto de un país maravilloso pero frágil, y que mucho menos representa a sus ciudadanos.

 

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