viernes, 17 de enero de 2025

Disonancias cognitivas

 


Existe un debate teológico cuyo origen se remonta a los inicios de la propia civilización humana y que, de tan inabarcable, parece imposible de conciliar. Se trata inclusive de una discusión que acapara a agnósticos, ateos y religiosos de cualquier índole. El tema es el siguiente: todo creyente alega que hemos sido creados por alguien, y de esta noción se desprende la idea de que ese alguien es alguien superior, ya que difícilmente una creación tenga facultades superiores a las de su creador. Las teorías darwinistas o naturalistas, que reducen al hombre a una existencia cuyo origen es estrictamente evolutivo, avaladas por la ciencia, no han podido descifrar el origen del universo. El modelo del origen del universo propuesto por el astrofísico Fred Hoyle que se conoce como Big Bang supone que todo aquello que existe fue producto de una gran explosión de una partícula superdensa en el espacio. Pero ¿quién ha creado esa partícula superdensa; quién ha creado el espacio donde la misma explota y reparte sus elementos por toda la galaxia? Y una pregunta más sutil aún pero no por ello impertinente: ¿quién ha creado el tiempo mediante el cual se van desarrollando estos fenómenos? El escenario de la discusión entre ateos y creyentes, que parecía ser más mundano de lo común, adquiere ahora condiciones medianamente estrictas: no se puede concebir o explicar científicamente el origen de la existencia, de manera tal que dicha discusión corresponde a los bizantinos desarrollos de las religiones a lo largo de los siglos.

Retomamos ahora el debate que se propone en el principio: si hemos sido creados por alguien, se entiende que este proceso se ha hecho aplicando a las creaciones las características de su creador –aquello que vulgarmente se conoce como a su imagen y semejanza –, pero desconocemos cuáles son los atributos del creador. Más aún: varios filósofos de encomiable talla se han atrevido a sugerir la idea de que exista un dios maligno, y que el origen de todas las desgracias procede de la condición nefanda de nuestro creador: si los seres humanos somos erráticos, imperfectos, y buscamos a toda costa evitar el sufrimiento, debería ser que quien nos haya creado tiene una condición similar, ya que nadie puede crear algo con condiciones ajenas a las nuestras. Lo único que sabemos a ciencia cierta de la fuerza demiúrgica que nos pudo haber creado, lo único que estamos en condiciones de aseverar con total objetividad, es que contiene la capacidad de crear. Entonces nosotros, los seres humanos que hemos sido creados, seremos capaces a su vez de crear, puesto que este es el único atributo digno de ser reconocible en el proceso de la misma creación. Aquí nos remontamos al dictamen que Platón decretó oportunamente cuando desarrolló su alegoría de la caverna: los seres humanos son dioses pero lo habéis olvidado. Esta sentencia platónica intenta responder a todas las preguntas que inquietan a la humanidad desde el origen mismo de su existencia: por qué sufrimos; por qué no podemos ser lo que queremos ser; por qué no podemos tener lo que queremos tener; por qué el motor impulsivo de nuestra voluntad es la carencia o la injusticia; por qué la felicidad no nos impulsa a hacer algo sino que nos lleva a reposar en nuestro goce; por qué la felicidad es tan difícil de conseguir que, una vez alcanzada, la mente nos tortura con una meta superior. La condición del hombre es nefasta. Necesitamos de la angustia para seguir creciendo, para movernos y superarnos. Pero en el fondo tenemos una idea que ya parece más un consuelo que una convicción: somos creadores. Si somos creados, debemos ser creadores, somos inherentemente creadores, por mucho que nos pese. De aquí la importancia del existencialismo como movimiento filosófico: no sólo reconoce que nosotros creamos nuestra propia realidad, sino que nos sentimos perplejamente deprimidos por ello, ya que de buena manera aceptaríamos que fuera otra persona u otra fuerza superior que nos construya la realidad, y nos libere de semejante responsabilidad. Pero no: estamos condenados a actuar y a decidir, y mediante nuestras actuaciones y decisiones forjamos nuestro destino.

Entonces, si somos creadores y construimos nuestra propia vida, ¿por qué lo hacemos tan mal? ¿Cuál es el motivo por el cual no existe ni un solo hombre capaz de ser feliz durante un tiempo prolongado de su vida? Los tiempos contemporáneos, mediante el auge de las redes sociales, nos han calado hasta el hartazgo la imagen de celebridades pudientes que parecen estar felices en todo momento y parecen tener una visible obsesión por demostrar esa especie de felicidad ficticia. Nos hacen pensar que existen personas plenamente alegres y que nuestra vida, en comparación de aquellas, es una mera mediocridad. Pero así como un mediocre puede tener un propósito banal que lo incomode hasta alcanzarlo, también los pudientes tienen propósitos que los incomodan hasta alcanzarlos. También ellos se frustran y no tienen cosas que quieren tener, precisamente porque es condición de la humanidad la carencia, es la fuerza que nos empuja a conquistar aquello que deseamos, sea un deseo bajo o encomiable. Es condición del ser humano querer algo que no tiene, porque esa situación nos impulsa a seguir viviendo, esas utopías nos mantienen en movimiento. Conclusión: nosotros creamos nuestra realidad. Obsesión: ¿por qué no podemos crear la realidad que queremos?

León Festinger fue un psicólogo estadounidense que a mediados del siglo XX (en pleno auge del estudio psicológico de las masas) desarrolló una respuesta técnica a esta pregunta que nos estamos haciendo. Los seres humanos no logramos ser entera y perpetuamente felices porque no deseamos lo que realmente queremos desear, sino que tenemos deseos impostados. Para desarrollar esta idea creó la teoría de la disonancia cognitiva, la cual vendría a explicar el método o mecanismo de funcionamiento que sustenta el hecho de que las personas estemos imbuidas en ese fenómeno de desear cosas que en el fondo no deseamos. Por más que el juego de palabras pueda resultar perturbador, y por más que durante siglos la respuesta a la existencia del sufrimiento humano es la dificultad que presenta todo deseo por su propia naturaleza, vamos a estudiar la teoría de Festinger para comprender con mayor profundidad su propuesta.

El término disonancia cognitiva se refiere a un momento fatal donde la realidad nos demuestra que alguna idea en particular que tenemos instalada en nuestra mente resulta falsa o incorrecta. Hay una diferencia entre lo que pensamos y lo que nos dice la realidad, mediante un acontecimiento objetivo que resulta insoslayable. Cuando llegamos a este estado desagradable pasamos por alto una realidad inevitable: nos cuesta mucho cambiar de opinión, o dicho de una manera más entendible, nos cuesta mucho reconocer que no tenemos razón. La resistencia a cambiar de opinión nos lleva a justificar nuestros actos y defender nuestras ideas aún cuando la realidad demuestra lo contrario. Esto tiene una explicación científica: la arquitectura de nuestra neuropsicología interpreta las contradicciones cognitivas, es decir, la diferencia entre nuestras creencias y la realidad, como una forma de dolor, y esto se debe a que nuestros principios se crearon con mucho esfuerzo y durante mucho tiempo. Aunque no nos hayamos percatado de esto, nuestras ideas fueron desarrollándose paulatinamente, mediante el consumo de información y mediante experiencias de vida. Luego, nos apoyamos en ella para tomar decisiones en una vida plagada de incertidumbres, de manera tal que reconocer que alguna de estas ideas es equivocada implica un cambio drástico que no estamos dispuestos a ejecutar.

Todos tenemos una interpretación particular del funcionamiento del mundo y del rol que ocupamos en la sociedad. El conjunto de creencias constituye una cosmovisión. Cuando esta cosmovisión coincide con lo que sucede en la realidad, nos genera satisfacción. Pero cuando no coincide nos produce un malestar psicológico tan profundo que puede trasladarse inmediatamente al plano físico. Esta coyuntura es fácilmente observable en las conversaciones durante las cuales alguna de las personas demuestra distintos niveles de violencia ante la aparición de una disonancia cognitiva. Existe asimismo un condimento adicional en este estudio: desde los primeros esbozos de la civilización se puede observar una necesidad de coherencia, situación que se refleja en la creación de relatos –mitos, leyendas, epopeyas – que expliquen el funcionamiento del mundo. Al hombre le incomoda lo caótico porque disfruta teniendo el control de las cosas. Es una forma sutil o prematura del deseo de poder, o voluntad de poder, el origen de la perdición de las civilizaciones humanas.

El estudio más profundo de esta temática fue publicado en 1957 por León Festinger, titulando su obra Una teoría de la disonancia cognitiva. El autor cita 5 formas de reaccionar del ser humano ante la evidencia de una disonancia. Utilizaremos el ejemplo de las decisiones políticas para ejemplificar cada una de estas reacciones. Suponiendo que una persona vota a un candidato para que ocupe un cargo de importancia en el gobierno, y suponiendo a su vez que esta elección se apoya en una serie de argumentos, luego esta persona o grupo de personas comete una decisión que deja en evidencia que tales argumentos no eran verdaderos, la persona tiende a desenvolverse de la siguiente manera: 1) Ignorar/Eliminar. Ante la noticia de que la persona votada o el gobierno votado comete un error, la más sencilla de las reacciones es ignorar la primicia o cuestionar la veracidad de la misma, alegando que suelen haber noticias falsas o improbables. 2) Añadir más pensamientos consonantes. Esta táctica se trata de reconocer levemente el error cometido pero agregar otros aciertos para que la disonancia desaparezca. 3) Trivializar o reducir la importancia. Se trata de reconocer el error pero tratarlo como algo ínfimo en comparación con errores que cometieron otras personas, esto es, contextualizar el error dentro de un marco de errores más profundos. Aquí entra la habitual reacción de un ciudadano que reconoce la equivocación de la persona votada pero marca errores pasados en dirigentes políticos que nunca votó. 4) Aumentar la importancia de pensamientos consonantes. Esta reacción es menos frecuente y requiere un embrollo discursivo de difícil ejecución. Se trata de citar el error cometido como parte de un proceso que culminará en una virtud. En el campo de la política podría definirse como el ya famoso y renombrado esfuerzo que debe hacer una población, sometiéndose a medidas contraproducentes, para llegar a un futuro mejor. Hasta aquí, antes de mencionar la quinta y última reacción, podemos determinar el conjunto de reacciones de la siguiente forma. El presidente de un país toma una decisión que no estaba en sus planes ni en sus argumentos, y esa decisión afecta a sus propios votantes, los cuales reaccionan de la siguiente manera: “la noticia es falsa y, como tal, la ignoraremos/Además, hubo presidentes que tomaron peores decisiones y yo nunca los voté/El error es evidente pero esa misma persona acertó en asuntos de mayor relevancia/El error forma parte de un proceso que empieza siendo difícil pero inevitable para alcanzar un rumbo deseado a largo plazo”. 5) La última de las reacciones es la más difícil de llevar a cabo y la menos frecuente: aceptar la nueva información y cambiar de creencia. Desde luego, habrá personas más resistentes a este tipo de cambios y otras más propensas a cambiar, pero la realidad objetiva indica que cualquier ser humano, antes de llegar a la quinta alternativa, debe pasar por las cuatro anteriores.

¿Por qué nos genera tanto dolor que la realidad nos demuestre que nuestras decisiones fueron desacertadas y que nuestros principios no son correctos? Desde comienzos de la civilización humana, la necesidad de coherencia fue un factor común en todas las culturas. Las pinturas rupestres, los primeros escritos, los relatos, fábulas, mitos y leyendas están orientados a generar coherencia, a sentir la sensación de pertenecer a este mundo, que no nos sea ajeno, distante, incomprensible e incierto. A los acontecimientos que suceden en la realidad el hombre les da un significado, un origen, una causa, para que dichos acontecimientos no queden ahogados en el mar de la incertidumbre o de lo ilógico.

Surge de soslayo una pregunta interesante que Festinger desarrolla en su obra: ¿cuándo suelen aparecer las disonancias cognitivas? Aunque no parezca, hay cuatro circunstancias durante las cuales es probable que surjan las disonancias: 1) Cuando nos sometemos a nueva información, ya sea consumiendo nuevos medios de comunicación, hablando con personas desconocidas, asistiendo a nuevos cursos, etc. 2) Cuando tomamos una decisión que no coincide con nuestros principios, lógicamente porque tenemos una obligación para tomar esta decisión, o estamos presionados por la situación. 3) Cuando realizamos una actividad que requiere mucho esfuerzo. 4) Cuando tomamos una decisión, sea cual fuere, que resulta de vital importancia. Aquí yace lo que se conoce como el paradigma de la libre elección, la doble faz que tiene el ejercicio de la libertad, pues al hombre le agrada ser libre de hacer lo que quiera pero no está en condiciones de soportar las consecuencias de las decisiones que toma, al punto tal que llega a desear la ausencia total de libertad con tal de evitar el peso del compromiso o de reconocer que en nuestras elecciones radica la raíz de nuestra angustia. Por este mismo motivo, cuando tomamos una decisión surgen dos circunstancias visiblemente diferentes. En primer lugar, las virtudes de las alternativas descartadas comienzan a florecer, y en nuestro fuero interno se produce un sentimiento negativo ya que se vislumbran las dificultades por haber optado por tal o cual camino. Pero esta sensación disonante es psicológicamente insoportable, e inmediatamente se nos presenta la segunda etapa, la cual se conoce como expansión de alternativas: una tendencia a justificar nuestra decisión y adjudicar aspectos negativos a las opciones descartadas. Esta situación cuenta con un aditamento: suele compartirse con los demás, ya que es habitual ver a personas, luego de una decisión importante, relatando a terceros las virtudes elegidas y los riesgos evitados, ya que relatando y repitiendo mecánicamente las minucias y los detalles de la decisión tomada tiende a convencerse uno de que se ha tratado de un acierto. Es un mecanismo psicológico orientado a recuperar el bienestar emocional y el sentido de coherencia.

Por último, existen situaciones en las que actuamos en contra de nuestros propios principios, violando nuestras propias ideas. Esta circunstancia particular surge en alguna de las siguientes situaciones: cuando pretendemos ganar más dinero, conseguir un trabajo, aspirar a un ascenso, evitar herir los sentimientos de una persona o evitar un castigo. Aquí surge un fenómeno que en psicología se denomina “complacencia inducida”, mediante el cual nos hacemos sentir a nosotros mismos como víctimas de un poder circunstancial superior que nos obliga a actuar de determinada forma.

El propósito de este artículo fue destacar las artimañas mentales de las cuales somos víctimas, para reconocer la forma sutil y artera mediante la cual nos engañamos a nosotros mismos, ya que nuestro propósito primordial no es perseguir la verdad sino tener razón. Una vez reconocido el patrón, podemos desentrañar el complejo tejido mediante el cual actúan las disonancias cognitivas, nos resultará más sencillo cambiar de opinión, y gradualmente descubriremos que nuestros propósitos, posiblemente, han sido impuestos por un sistema que se aprovecha de nuestras debilidades mentales.


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