Las reflexiones acerca del impulso contemporáneo por regresar a los valores bucólicos idealizados y banalizados ha suscitado una dicotomía que presenta raíces milenarias: la rivalidad entre la talasocracia y la geocracia (término en algunos pasajes puede ser reemplazado por telurocracia). Podemos definir a la primera de ellas como un estilo de gobierno basado en el dominio de los mares; a la segunda, en contraposición, como un sistema político basado en el dominio de la tierra. Sin embargo, el estudio de ambas invita a un desarrollo harto profundo.
La geocracia hace referencia a una personalidad, a un talante, a un estilo de vida. Reivindica los valores telúricos haciendo alusión a aquellos principios invariantes que se mantienen firmes a lo largo del tiempo, obligando a las coyunturas sociales a adecuarse a los mismos, en lugar de hacer lo contrario. Hay en la geocracia una supeditación de los avances de cada civilización a los valores perennes e inmutables de los ancestros, por ende, una pleitesía a aquello que se transmite de manera generacional. De este modo, las instituciones que validan este esquema son las verdaderamente legítimas: la familia, el matrimonio, las tradiciones. La talasocracia, por su parte, se basa en el dinamismo, en la mezcla de las culturas, en el eclecticismo, en el abandono de paradigmas pretéritos para dar lugar a aquellos que surgen constantemente. Tiene raigambre en el nomadismo y su liquidez genera un desprecio a todo epifenómeno que ocasiona un estancamiento en el avance ineluctable de toda sociedad. La familia y el matrimonio pierden valor, aquellas costumbres que practicaban nuestros ancestros resultanantiguallas y deben reemplazarse por los nuevos hábitos. La virtud ya no reposa en atributos imperturbables, sino que éstos dependen de la ocasión, y el hombre debe convertirse en un príncipe maquiavélico, al servicio del momento, priorizando aquellas modas pasajeras por sobre los principios del pasado. Detrás de esta argucia, detrás de esta falsa sensación de libertad, se consigue lo opuesto. A esto se llama heterogonía de los fines: el alcance de un destino cuando se pretendía conseguir todo lo contrario. Reemplazar valores telúricos o principios trascendentales por paradigmas efímeros conquistados a través dela razón parece suponer, a priori, un nuevo grado de libertad en la vida de los individuos. Los cerriles rituales dogmáticos de nuestros ancestros cargan con un factor de complejidad referido a lo trascendental: no comprendemos cómo los seres humanos depositaban tanta confianza y tanta fe en algo invisible e incomprobable. Y se conoce que todo aquello que no se comprende, se rechaza. Costumbres pretéritas que ahora nos parecen ridículas reflejaban un sentido de trascendencia que alimentaba todas las decisiones de los individuos. A partir de esta perspectiva, pareciera que el hombre del pasado no era libre, ya que ataba sus emociones, decisiones y pensamientos a una religión o a una concepción teológica tradicional y ajena a todo raciocinio. Ahora que aquellos paradigmas y ritos han sido desplazados de la sociedad, el hombre experimenta un grado mayor de libertad, se libera en su vientre el tiempo y la energía que ocupaban estos rituales, y queda a merced de su razón la elección de las nuevas costumbres. Pero así como el hombre pierde lo sacro, lo ceremonioso, lo irracional, pierde también lo trascendental. El eclecticismo de la talasocracia, que a bombos y platillos auspicia una libertad palpable y visible, también nos quita ese vínculo con aquello que nosotros consideramos sagrado, trascendental, metafísico, un sentimiento o una pasión que impide el imperio de los sentidos y el goce del placer inmediato. Perdimos el aburrimiento pero también la trascendencia. El hombre incapaz de pergeñar una idea que sobrevuele los cielos grises de lo mundano, de lo sensual, es incapaz del ejercicio de cualquier libertad. Es un hombre corrompido y propenso a la sumisión.
Durante las guerras púnicas (264 a.C hasta 146 a.C), se enfrentaron ambos modelos: la Roma geocrática y telúrica contra Cartago,talasocrática y líquida. Los romanos estaban espantados por las costumbres mefistofélicas de los cartagineses, quienes descendían de los fenicios y de los cuales heredaron no sólo el dominio del mar, sino también rituales satánicos, como los sacrificios humanos o los asesinatos de los recién nacidos, dentro de monstruos metálicos que incrementaban el sonido del llanto y la súplica (el culto a Baal). El Imperio Romano basaba su estirpe en la conquista terrestre y en el trabajo de la tierra, mientras que Cartago cimentaba el crecimiento y desarrollo de su comunidad en la rapiña, la piratería, la expoliación o, dicho de manera más elegante, el comercio marítimo. En este sentido, lo telúrico hace referencia al acto: la tierra es organoléptica, se palpa, se ve, se siente; el ser humano decide de qué forma utilizar la tierra para su propio provecho (cultivo, ganado, construcciones). Mientras que el mar es potencia: se desconoce aquello que se obtendrá; el contenido de los barcos que serán atacados y usurpados es una incógnita; las costumbres de las civilizaciones que serán atacadas se asimilan y las propias tradiciones van mutando. Aquí se observa la diferencia aristotélica de acto y potencia.
A fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX se dio una rivalidad que adquirió nuevamente la condición de talasocracia y geocracia: la hispanidad telúrica contra el Imperio Británico talasocrático. Desde luego, aquellos gobiernos insulares, de tierras exiguas rodeadas de mar, tienen una inclinación inmanente hacia la talasocracia. Gran Bretaña ha sido el mejor ejemplo. Mientras la Hispanidad, desde el descubrimiento de América, se preocupaba por las misiones católicas, por extender la religión hacia las tierras precolombinas, el Imperio Británico estaba más inclinado hacia el comercio, la usura, la imposición del libre comercio como ideología por excelencia. Detrás de tanta filantropía disfrazada de civilización y evolución, detrás del protestantismo como bandera pseudo religiosa, se esconde la talasocracia líquida, la legitimación de una perversidad usurera, la deuda internacional mediante la cual se exigen condiciones favorables únicamente para el dueño de esa deuda. Sin ir más lejos, la Revolución de Mayo fue el cambio de una dependencia por otra: del sometimiento a una España que atrasaba por una anglofilia que prometía el avance perpetuo y sostenido a lo largo del tiempo. Para un ilustrado de comienzos del siglo XIX, España era el atraso y Gran Bretaña la promesa del progreso. Los británicos, astutos como serpientes, incentivaron las revoluciones porque sabían que las mismas invitarían a comerciar con ellos. Dejen que los países latinoamericanos se independicen, que tengan su propia bandera y su propio himno nacional, que reivindiquen sus costumbres y se ensalcen en sus geografías, porque luego de ello vendrá nuestra propia manipulación, nuestro dominio silencioso e invisible: el sometimiento a través del comercio y la deuda.
El enfrentamiento bélico entre Rusia y la OTAN, a través del territorio ucraniano, parece renacer la vieja rivalidad entre talasocracia y geocracia. El territorio ruso ha sido invadido en la premodernidad por los mongoles, a fines del siglo XVIII por Napoleón, y la Operación Barbarroja(1941) a cargo del Nacional Socialismo. Estos tres acontecimientos históricos guardan una característica en común: las tres invasiones fueron perpetradas a través del territorio que hoy corresponde a Ucrania. La presencia de la OTAN en este territorio invita a sospechar de tal coincidencia.

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