“Contra la estupidez hasta los mismos Dioses luchan en vano” (F.
Schiller)
En abril de 1943, Dietrich Bonhoeffer, un pastor
luterano dedicado con cierto ahínco a la teología, fue arrestado por la Gestapo
en territorio teutónico. Como militante antinazi había esgrimido en su mente
varias reflexiones inconclusas que se vinculaban a la búsqueda de explicaciones
respecto al panorama social que su país estaba viviendo. ¿Cómo era posible que
una civilización tan culta y acendrada como la alemana permita tales
incongruencias en su propio haber? Desde los campos de concentración,
Bonhoeffer procuró dar explicaciones a sus cavilaciones respecto a lo que
estaba sucediendo. Sin embargo, al no encontrar motivos fehacientes o sólidos
que respaldaran un argumento sustentable, se le ocurrió una tesis formidable
para la época que ahora resuena con mayor popularidad: existen varios
acontecimientos de la historia –y de la vida de cualquier persona –, que se
explican única y exclusivamente mediante la intervención de la estupidez
humana. De manera tal que decidió estudiar este fenómeno psicosocial con mayor
detenimiento.
El teólogo llegó a varias conclusiones que lo
motivaron a establecer un cuerpo dogmático de su tesis. En primer lugar, el
estúpido se diferencia del malvado por dos motivos principales: el más
importante, que el estúpido está satisfecho de sí mismo, porque precisamente
desconoce su estupidez, mientras que el malvado reconoce su maldad pero la
justifica con cierta astucia en algunos casos y, en otros, simplemente se
resigna a reconocer su costado oscuro; en segundo lugar, el mal puede
combatirse mediante el uso de la fuerza o la aplicación de una ley –como sucede
precisamente a través del código penal –, pero la estupidez no. No hay
instituciones que se encarguen de alejar la estupidez de la mente de las
personas, ni siquiera hay organismos que atenten contra los estúpidos cuando
éstos ejecutan su condición con redonda libertad. En gobiernos totalitarios,
donde la estupidez se vislumbre con sencillez y a cierta distancia, existen
personas de estudios académicos reconocidos y encomiables, en las cuales parece
sorpresivo que la estupidez los domine como si de una enfermedad se tratara.
Esto corresponde a una realidad inevitable: la estupidez no es congénita, es un
estado de la personalidad que nos puede dominar (o no) cuando nos relacionamos
como espíritus gregarios, condicionados por nuestra condición social.
Reflexiona entonces Bonhoeffer que las posibilidades de que nos posea un estado
de estupidez aumentan considerablemente en los grandes grupos (las masas), y
por ende no se trata de un fenómeno psicológico o genético, sino sociológico.
Ante el surgimiento de un paradigma social (un nuevo gobierno, un movimiento
artístico, una ideología de moda, una forma de vestir o de hablar) nuestra
mente entra en un estado de perplejidad tal que resulta redondamente
dificultoso establecer un pensamiento crítico o una posición autónoma: surge
entonces la idea de que es preferible suscribir al pensamiento de la mayoría
(el cuerpo de dicho paradigma) y asimilar como propias las ideas de la masa. De
todos los dolores que la mente humana puede llegar a tolerar, hay uno que
resulta el más insoportable e insostenible: la exclusión social. Entonces, la
adhesión a una moda es inevitable. Así nace la estupidez, la cual permite que ideas
erróneas, equivocadas, inoportunas o perversas se instalen en la sociedad.
No obstante estas revelaciones, Bonhoeffer se
sitúa en el pedestal de los malvados que no son estúpidos pero que ven con
cierta admiración el florecimiento de la estupidez en las civilizaciones. Llega
aquí a una conclusión que hoy parece evidente pero en su momento redundaba en
originalidad: los poderes fácticos (gobiernos, empresas, magnates, ideólogos)
necesitan de un cierto porcentaje de estúpidos para garantizar su
funcionamiento. De aquí que la estupidez sea financiada con tanto interés a
través de la inversión en placeres inmediatos. Para finalizar sus estudios, el
teólogo aprisionado en los campos de concentración alemanes dicta una sentencia
fatal: al ser una característica definitiva del estúpido su incapacidad de
reconocer su estupidez, entonces puede obrar mal sin advertirlo, lo cual
constituye el gran problema de la humanidad. Entonces, la estupidez no sólo es
la raíz de todos los males sino que también es capaz de aniquilar a la propia
humanidad.
Quien retoma los estudios de Dietrich Bonhoeffer
es el sociólogo y economista italiano Carlo Cipolla en la década del setenta
del siglo XX. La motivación de Cipolla por continuar la línea de este análisis
sociológico es la constatación de que, a todas las perturbaciones, rémoras y
tribulaciones que cualquier raza animal tiene que superar en la vida, los seres
humanos contamos con el aditamento de un grupo de personas particularmente
peligrosas y numerosas que impiden el correcto funcionamiento de la humanidad y
el establecimiento indeclinable de la felicidad humana. No hay perros
estúpidos, o gatos estúpidos o sorprendentes y estúpidas ballenas. Sólo hay
estupidez en la humanidad. Para explicar el mecanismo de funcionamiento de esta
estirpe, diseñó las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana, que se
estudiarán a continuación.
La primera ley fundamental de la estupidez
sugiere que siempre e inevitablemente
cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan
por el mundo. Para explicar este artículo, Cipolla sugiere lo siguiente: en
la vida de cualquier individuo ocurre que sus planes y sus hábitos suelen estar
interrumpidos por la aparición imprevista de personas estúpidas, circunstancia
que a sus víctimas les lleva a sospechar que tienen la desgracia de cruzarse
inoportunamente con este tipo de sujetos en el camino. Pero eso no es cierto.
Cruzarnos con estúpidos no es algo que nos sucede a algunos pocos individuos
desafortunados. Es algo que le sucede a todo el mundo. Eso significa que el
número de personas estúpidas es considerablemente alto. De hecho, muchos se han
acostumbrado a lidiar con este tipo de personas, lo asimilaron, lo normalizaron
y conviven con ese tipo de situaciones. En simultáneo, también es probable que
alguno haya considerado a una persona como inteligente o perspicaz, pero que al
cabo de un tiempo determinado, en una situación inesperada, termina demostrando
su más honda estupidez con total indiferencia. Se deduce de esta primera ley
que todo ser humano tiende a subestimar la cantidad de personas estúpidas que
existen en el mundo, o al porcentaje de estupidez que abarca a nuestra raza. La
segunda ley sugiere lo siguiente: la
probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier
característica de esa misma persona. De manera tal que tanto las razas, los
sitios geográficos, las edades, las condiciones ideológicas, la escala
socioeconómica, quedan a un lado a la hora de la influencia que puedan tener en
el desarrollo de la estupidez. Sin embargo, Cipolla detalla en el desarrollo de
esta ley que hay dos extremos de personas: las que no soportan a la sociedad y
se ven obligados a interactuar lamentablemente con ella, y las que no soportan
la soledad y son capaces de pasar un tiempo determinado con personas que no
sean de su agrado con tal de no estar solos. Cipolla agrega que la sociedad nos
ha acostumbrado a despreciar al primer grupo: no suelen ser excluidos los
simpáticos y los sociables, sino los retraídos y anacoretas. El sistema, según
Cipolla, nos invita a comportarnos como animales gregarios y dependientes de
una masa, y eso incrementa la probabilidad de la estupidez, porque los
paradigmas suelen estar plagados de potencial idiotez y todo paradigma es, por
naturaleza, masivo.
En el desarrollo de la tercera ley de la
estupidez humana, Cipolla presenta un cuadro compuesto por dos ejes de abscisas
y ordenadas, como se puede ver en la imagen. El eje X se refiere a las
ganancias de uno mismo (cuando es positivo) y las pérdidas para uno mismo
(cuando es negativo), mientras que el eje Y hace alusión a las ganancias para
el resto de las personas (cuando es positivo) y las pérdidas para el resto de
las personas (cuando es negativo). En el cuadrante “I”, arriba a la derecha, se
encuentran las personas que actúan en beneficio propio y beneficiando en
simultáneo a los demás. A estas personas Cipolla las califica como inteligentes. En el cuadrante contiguo e
inferior, el “B”, se sitúan las personas que actúan en beneficio propio, pero
ocasionando pérdidas y perjuicios a los demás. A estos seres se los califica
como malvados. En el cuadrante a la
izquierda de los malvados se encuentra nuestro objeto de estudio: los estúpidos, personas que actúan
generando daños para sí mismos y, en simultáneo, para los demás. Y en el último
cuadrante, el “D”, se encuentran los ingenuos o incautos: aquellas personas que
actúan en beneficio de los demás aún sabiendo que genera pérdidas para sí
mismos. Esta imagen da pie para la descripción de la tercera ley fundamental de
la estupidez humana: una persona estúpida
es aquella que actúa generando un daño en otras personas pero, en simultáneo,
generando un daño para sí mismo. A esta ley Cipolla la denominó la regla de
oro de la estupidez. Pero observemos también que a los cuadrantes los puede
cruzar una línea recta diagonal, dividiendo cada uno de los mismos en dos
triángulos. Esto significa que cada cuadrante comparte relación de contigüidad
con su vecino. En detalle, existen malvados estúpidos, aquellos que ocasionan
mucho daño en los demás consiguiendo un beneficio reducido para sí mismo. Aquí
entra en juego la categorización de la criminalidad. Por ejemplo, puede existir
una persona que roba millones de dólares a un banco privado, sin ocasionar el
más mínimo daño físico a cualquier persona, obteniendo una cuantiosa suma a
cambio. Esta persona es malvada pero se acerca al cuadrante vecino de la
inteligencia. Es un malvado astuto. Sin embargo, puede existir también un
malvado criminal que roba un par de zapatillas a otra persona y al escapar le
dispara en una pierna, impidiendo que la víctima vuelva a caminar. El daño que
genera esta persona es incomparable con la ventaja de haber obtenido un par de
zapatillas. Este tipo de malvado se acerca a su vecino de la izquierda: es un
bandido estúpido. Este fenómeno sucede en todos los cuadrantes, pero nótese que
existe una notable particularidad: los malvados pueden ser estúpidos o
inteligentes, los estúpidos puedes ser indefensos o malvados, los incautos
pueden ser inteligentes o estúpidos, y los inteligentes pueden ser malvados o indefensos.
Pero hay dos condiciones que no pueden mezclarse: las personas indefensas nunca
podrían ser malvadas. Existe una condición psicológica que así lo impide. No
hay relación entre ser incauto y ser malvado, es una mezcla insoluble. Y, a su
vez, las personas estúpidas nunca pueden ser inteligentes, por mucho que se
esfuercen. Al igual que con los indefensos, existe una condición que se los
impide. Aquí Cipolla se detiene para señalar una realidad magnífica. Según él,
los malvados no son los culpables de los males de este mundo, sino los
estúpidos. Los malvados no sólo que obtienen algo positivo para ellos mismos,
sino que son conscientes de su maldad. Por mucho que algunos intenten ocultar
un crimen bajo las arcas de la legalidad (cada vez más insípida), todo malvado sabe que está ocasionando un mal, y lo
ejecuta amparado por incentivos claramente más tentadores que el mero ejercicio
del bien. Pero los estúpidos, en cambio, no son conscientes de su condición, no
reconocen su estupidez, o peor aún: se creen inteligentes aún siendo
redondamente estúpidos. Y estos son los seres potencialmente más peligrosos. Es
más, los malvados son más fáciles de reconocer que los estúpidos. Los malvados
pretenden conseguir un provecho para sí mismos, pero como no son lo suficientemente
inteligentes como para encontrar acciones que los beneficien a ellos y a los
demás, terminan ocasionando pérdidas en el prójimo. Eso no está bien y es
injusto, pero también es racional. El malvado es malo e injusto, pero es
racional. El estúpido no; no demuestra el más mínimo atisbo de razón en su
proceder. El problema es cuando existen estúpidos que no ocasionan pérdidas a
pocas personas sino a muchas y, en algunos casos, a una generación o a una
sociedad entera. Esto sucede cuando un estúpido alcanza un puesto importante de
burócrata, gerente, político, etcétera. La pregunta del millón es la siguiente:
¿cómo es posible que una persona estúpida alcance un puesto de relevancia?
La respuesta viene dada por la primera ley de
la estupidez, la cual glosa respecto a la cantidad de estúpidos que existe en
nuestra tierra. Siempre la tendencia subestima esta cantidad, pero esa misma
cantidad suele ser fija. Cipolla la caracteriza con el signo Ƹ, el porcentaje de estúpidos presentes en una comunidad. Esta cifra está
presente en todas las sociedades, y por más que la gente tienda a subestimarla,
es inalterable. De manera tal que la democracia (el gobierno de las mayorías)
es una invitación insana al brillo coruscante de los estúpidos: esa fracción Ƹ presente en la sociedad, se traslada a los gobiernos a partir de los
votantes, lo cual sugiere que un grupo determinado de personas estúpidas
actuará estúpidamente eligiendo a otros estúpidos. El porcentaje de estúpidos
en un gobierno es proporcional al porcentaje de estúpidos de la sociedad que ha
elegido a esos gobernantes. Claramente se vislumbra un desprecio de Cipolla
hacia la democracia.
Pasamos entonces a la cuarta regla fundamental:
las personas no estúpidas subestiman siempre
el poder nocivo de las personas estúpidas. Esto sucede por el siguiente
motivo: hipnotizar a los incautos es tarea sencilla, y por este motivo son la
presa más recurrente de los estúpidos. Sin embargo, los malvados y los inteligentes
también son víctimas de los estúpidos. ¿Por qué? A las personas inteligentes
les da lástima un individuo estúpido, y cree que se trata de un indefenso, un
pobre sujeto condenado al fracaso. Pero el error de los inteligentes, según
Cipolla, es confundir la idiotez con candidez. Cuando una persona está
visiblemente enamorada, cándida, es
capaz de cometer las atrocidades más peligrosas para su realidad sin darse
cuenta. Éste es un claro ejemplo de candidez,
pero eso no es estupidez, porque el enamorado se arruina su vida sumido en tal
estado de fervor apodíctico, pero no perjudica la vida de los demás. El
estúpido, en cambio, es incapaz de enamorarse, es incapaz de experimentar
candidez. Por el lado delos malvados, creen equivocadamente que pueden manipular
a los estúpidos, también sospechan que son incautos, pero tarde o temprano caen
en las consecuencias de la estupidez.
Como corolario nos llega la quinta y última
regla fundamental. La persona estúpida es
el tipo de persona más peligrosa que existe. Y llega aquí la conclusión más
polémica de Cipolla, que ya ha sido citada con antelación, pero que ahora se
refiere a nivel macro, a una sociedad como órgano homogéneo, ya que el
sociólogo italiano sostiene que un estúpido es altamente más peligroso que un
malvado, pero lo explica de la siguiente manera: en una sociedad, el malvado
consigue algo a cambio de una pérdida en el prójimo. Esto implica que durante
un acto de maldad, algo se gana. Ese
algo que se gana puede ser ilícito, injusto, incluso criminal, pero es
racional: el malvado está buscando una manera de obtener algo que él considera
de valor. Si en una sociedad todas las personas fuesen perfectamente malvadas, la sociedad no avanzaría pero tampoco
retrocedería, estaría estancada. Se trata de una sociedad conservadora, donde
uno pierde en igual magnitud que el otro gana (obsérvese esta implícita crítica
al espíritu del comunismo). Otra realidad experimentaría la sociedad si todas
las personas fuesen perfectamente
estúpidas, ya que estarían constantemente cometiendo actividades donde
todos los intervinientes terminan sufriendo pérdidas, y la comunidad entera se
vería sumida en un inexorable retroceso. Bajo esta perspectiva, las grandes
crisis y depresiones no son fruto del ejercicio de malvados o perversos, sino
de seres profundamente estúpidos.

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